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martes, 12 de agosto de 2025

Qúe hacer cuando nos abruma la llamada "fatiga del escándalo"

En el ensayo "El fracaso de la república de Weimar", el periodista e historiador Volker Ullrich plantea una pregunta inquietante cuando se contempla desde hoy: ¿cómo pudo desmoronarse con tanta facilidad la democracia alemana en los años 30?

(Foto: Shutterstock).

Su respuesta no apunta a un destino trágico, sino a una serie de decisiones evitables, y la República de Weimar es uno de los grandes ejemplos en la historia. “Nada estaba escrito”, insiste Ullrich. Si algunos jueces y políticos -y por qué no periodistas- hubieran actuado con mayor claridad, Hitler podría haber sido sólo uno más entre muchos agitadores radicales que han existido.

Esa observación encierra una advertencia útil para nuestra época: la democracia puede fallar por exceso de confianza. Cuando confundimos solidez institucional con estabilidad automática, basta un soplo -una crisis, una renuncia colectiva a vigilar- para que el edificio se venga abajo como un castillo de naipes.

La vigencia del cuarto poder

Ahora bien, tampoco alimentemos el pesimismo. Si algo ha mejorado desde los días de Weimar es la capacidad que hoy tienen las democracias para fiscalizar el poder. En particular, el periodismo, como elemento de contrapoder, cuenta con más recursos y eficacia que nunca en defensa del Estado de derecho.

El llamado cuarto poder opera hoy en un ecosistema completamente distinto. Las leyes de transparencia, los portales de datos abiertos, las redes internacionales de colaboración entre periodistas, ONG y fiscalías, así como las herramientas de análisis de datos y el uso de inteligencia artificial han transformado profundamente la forma en que se investiga y se informa.

Estamos -aunque no siempre lo percibamos- en una especie de edad de oro de la trazabilidad informativa. Un político que oculte patrimonio, manipule licitaciones o canalice donaciones irregulares a través de fundaciones pantalla se arriesga a ser descubierto no ya en años, sino en cuestión de horas. No por azar, sino porque hay periodistas formados para cruzar registros, rastrear operaciones, automatizar búsquedas y detectar patrones que antes permanecían ocultos.

Herederos del periodismo de precisión

Este cambio metodológico no es reciente. En los años 70, el periodista estadounidense Philip Meyer anticipó la evolución del oficio al proponer lo que llamó periodismo de precisión. Apostaba por incorporar los métodos de las ciencias sociales al trabajo periodístico: estadísticas, encuestas, bases de datos.

Hoy esa visión es ya una realidad. Tanto desde los grandes medios tradicionales como desde proyectos independientes, se asiste a un resurgir de la verificación, la contrastación y el periodismo colaborativo como ejes del control al poder.

A esto se suma otro fenómeno: las sociedades hiperconectadas no sólo amplifican el discurso populista; también permiten una fiscalización ciudadana y mediática casi inmediata.

Cualquier decisión polémica, cualquier documento filtrado o declaración engañosa puede circular y ser analizada en tiempo real por expertos, medios y usuarios con acceso a herramientas de análisis y fuentes abiertas.

Fatiga del escándalo

Pero no todo son buenas noticias. Porque la eficacia de estos mecanismos depende también del estado de la ciudadanía. Y aquí aparece un riesgo sutil, pero creciente: la saturación de escándalos.

Si todo es escándalo, nada lo es. Cuando la corrupción se presenta como ubicua, cuando los titulares sobre irregularidades se suceden sin pausa en no pocos países, puede llegar a producirse un efecto paradójico: lejos de provocar una ciudadanía más exigente, se genera indiferencia, cinismo, desmovilización. Es lo que algunos estudios llaman fatiga del escándalo.

La repetición, la aceleración informativa, la ausencia de contexto y la pérdida de jerarquía noticiosa terminan vaciando de sentido el papel del periodismo como generador de inteligencia pública.

Hoy, el problema ya no es sólo que el poder mienta, sino que la ciudadanía se resigne a que así sea. La abundancia de información, por sí sola, no garantiza una comprensión más clara de la realidad. Al contrario: sin mediación profesional, sin criterios editoriales sólidos, sin una narrativa que ordene y jerarquice, la información se transforma en ruido. Y el ruido es terreno fértil para la apatía democrática.

Por eso, aunque celebremos los avances en transparencia y periodismo de datos, debemos estar atentos a otro tipo de erosión: la que proviene no del secretismo, sino de la sobreexposición. Una que convierte la denuncia en espectáculo, y el escándalo en rutina.

El periodismo debe seguir develando tramas, sí. Pero también tiene la responsabilidad de cuidar su forma y su fondo. Aportar contexto. Explicar qué está en juego. Distinguir lo anecdótico de lo esencial. Resistirse al titular fácil. Porque, como advertía Ullrich, todo puede cambiar a peor en muy poco tiempo. Y si la sociedad se anestesia ante la mentira, el siguiente “demagogo carismático” podría encontrar la puerta abierta.

La respuesta desde el periodismo público

Existe un enfoque del periodismo muy adecuado para hacer frente a esta deriva de la sociedad. Nacido desde las intuiciones de Jay Rosen y Davis Merrit en los años 90, el llamado public journalism (periodismo público) no se conforma con levantar alfombras: quiere que el ciudadano mire debajo de ellas y decida barrer.

Frente a la fatiga del escándalo -ese hartazgo que anestesia- propone relatos que no sólo denuncien, sino que convoquen. Sustituye el grito repetido por el diálogo fértil. Da voz a la comunidad y convierte el dato en carne: lo baja a tierra, lo humaniza. Así, donde hay riesgo de apatía, cultiva responsabilidad compartida.

En tiempos de sobreinformación y ruido, este periodismo sereno rescata lo esencial: el sentido. No reduce la verdad al clic ni la urgencia al escándalo. Apuesta por el contexto, la conversación y el compromiso. No quiere espectadores irritados, sino vecinos implicados. Porque sin ciudadanos despiertos, ni la mejor noticia exclusiva cambia nada. Y sin alma, ni la verdad más verificada conmueve.

(Fuente: The Conversation)

miércoles, 6 de agosto de 2025

Llega "Perspectivas Bonaerenses", una revista para reflexionar problemáticas y generar políticas públicas

El gobierno de la Provincia de Buenos Aires lanzó su propio espacio destinado a las ciencias sociales y las humanidades. El comité científico está conformado por especialistas de distintas áreas. 

(Foto: captura de pantalla).

La Provincia de Buenos Aires tiene su propio espacio para las ciencias sociales y las humanidades. Se trata de Perspectivas Bonaerenses, una revista académica editada por la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia y dirigida por Enrique Schmukler, doctor en Letras y docente de la Universidad Nacional de La Plata. La publicación será bianual y la primera edición, que saldrá en diciembre, estará enfocada en cuestiones vinculadas a la niñez y las infancias. Aunque el segundo número se publicará en junio de 2026, la temática ya está definida y tiene que ver con mujeres que influyeron y hacen historia en territorio provincial. El objetivo no sólo es generar artículos enfocados en la cultura y la identidad, sino también convertirse en una fuente de consulta para la elaboración de políticas concretas.

“La idea de la revista es publicar trabajos sobre los problemas concretos de Buenos Aires desde una perspectiva científica. En un contexto donde se propagan discursos de una racionalidad muy sospechosa, las ciencias sociales pueden ofrecer conocimiento objetivo, probado y empírico. Una de las tareas es proponer hipótesis sobre los problemas de la Provincia que lleven a la solución de los conflictos”, cuenta Schmukler.

Y continúa: “El propósito es ofrecer material de calidad a los científicos y a los funcionarios para el avance de proyectos relacionados con el territorio, funcionar como una usina de ideas para el diseño de políticas públicas y ser una caja de resonancia para divulgar las investigaciones sobre la provincia de Buenos Aires”.

Aunque la revista estará indexada y cumplirá con todos los estándares científicos necesarios, la idea es que participen especialistas de todas las universidades públicas y los centros de investigación que se encuentran en Buenos Aires. El primer número se llamará “Infancias bonaerenses, perspectivas y desafíos de la investigación social sobre las nuevas generaciones” y estará coordinado por Carla Villalta, Julieta Grinberg y Leandro Stagno.

Además de contar con Schmukler en la dirección, la publicación tiene un comité científico de primer nivel, que incluye a especialistas de diferentes disciplinas y distintas universidades que se encuentran en la provincia. En este aspecto, algunos de los nombres más destacados son Dora Barrancos, Nora Goren, Daniel Feierstein y Alejandro Grimson.

La revista no sólo tendrá artículos y ensayos, sino que también tendrá una sección destinada a la reseña bibliográfica de libros publicados por las editoriales universitarias con sede en la Provincia. “Hay muchísimo trabajo en las editoriales universitarias y la idea es realizar reseñas sobre esa gran producción de libros que, en general, no tienen la suficiente atención de la prensa cultural y de las publicaciones científicas”, explica Schmuckler.

A su vez, Perspectivas Bonaerenses estará ilustrada con imágenes en alta definición. Mediante un convenio con el Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti, la revista incluirá trabajos de distintas épocas realizados por artistas locales.

(Fuente: Agencia de Noticias Científicas / UNQ)