La especie humana ha creado herramientas para resolver problemas
desde tiempos inmemoriales. Pero el ritmo de los avances se vuelve
cada vez más vertiginoso. En menos de 100 años hemos pasado de la
calculadora electrónica de mano a la inteligencia artificial
generativa. Usamos tanto estas herramientas que casi se han
convertido en una extensión del ser humano.

(Foto: Octavian Lazar / Shutterstock).
Pensémoslo: ¿sabríamos calcular la raíz cuadrada de 2209 o
improvisar un cuento para niños? Si el primer impulso es
preguntarle a la IA, es porque
nuestra mente intenta aligerar
su carga externalizando recursos. En realidad, este fenómeno
ya fue descrito por la literatura científica de los últimos 30
años como
delegación cognitiva,
memoria externa
o
mente extendida.
Sin embargo, muchos
científicos, expertos del ámbito clínico y
educadores están cada vez más preocupados sobre cómo la IA
impactará a largo plazo.
El estudio del MIT
Para averiguar de qué manera
nos afecta cognitivamente el
uso de herramientas como la inteligencia artificial,
investigadores del
Massachusetts Institute of Technology
(MIT) estudiaron
qué ocurre en el cerebro al usar la IA
para redactar. Durante tres sesiones,
midieron la actividad
cerebral de 54 jóvenes y
puntuaron la calidad de sus
textos. Un tercio de ellos se ayudaron de
ChatGPT,
otro de
Google y el resto
sólo contó con su cerebro.
Quienes usaron ChatGPT
rindieron peor que el resto a
nivel
neuronal,
lingüístico y en la
calidad de sus
textos. Además,
recordaban peor y
se sentían
menos conectados a las ideas escritas.
Así, plantearon que depender repetidamente de ChatGPT
reemplaza
el esfuerzo cognitivo para el pensamiento independiente.
Esto podría generar una acumulación de lo que llamaron "deuda
cognitiva", con
costos cerebrales a largo plazo.
Limitaciones y viralización de los resultados
Aunque algunas voces señalaron
las limitaciones del estudio,
múltiples medios de comunicación sugirieron a partir de estos
resultados que
usar la IA genera inevitablemente una deuda
cognitiva. Esto es, una
pérdida progresiva de
capacidades mentales no visible a corto plazo.
Pero esa repercusión
no se ha visto reflejada en trabajos
empíricos: la evidencia brilla por su ausencia. La mayoría
de los artículos científicos que se publican
siguen siendo
teóricos, o incluso
prescriptivos, aconsejando cómo
prevenir los efectos cerebrales del uso continuado de la IA. Los
resultados en este campo aún
son limitados y preliminares.
¿Por qué recurrimos a la IA?
En cambio, podemos analizar el impacto de la IA en la salud
cerebral desde otro prisma. Hace una década, los investigadores
Evan Risko y
Sam Gilbert
desarrollaron un modelo cognitivo para
explicar por qué usamos
sistemas externos antes que nuestro propio cerebro. En otras
palabras, ayudaron a explicar
qué procesos mentales seguimos
cuando, por ejemplo, decidimos buscar algo en Google o
preguntárselo a la inteligencia artificial.
Estos expertos plantearon que el impacto cognitivo
depende de
los objetivos que perseguimos al utilizar estos sistemas.
Así, podemos recurrir a ellos para
evitar esforzarnos
cognitivamente o porque
creemos que mejorarán nuestro
rendimiento.

Árbol de autorreflexión sobre los posibles efectos
cognitivos de delegar en la IA generativa al realizar una tarea
educativa o laboral. Los resultados representan posibilidades
teóricas y no efectos inevitables ni diagnósticos sobre la
competencia cognitiva (Foto: elaboración a partir del modelo
metacognitivo de delegación cognitiva de Risko y Gilbert (2016)
y la evidencia preliminar sobre el uso de IA generativa).
Por ejemplo, podemos pedir a ChatGPT que escriba una redacción
porque no nos vemos capaces. O bien porque
queremos
contrastar ideas y buscar nuevas perspectivas que potencien
nuestro escrito. Por tanto, para comprender las consecuencias
cerebrales de la delegación cognitiva será esencial
preguntarse
primero por qué delegamos. Este es un aspecto que
el
estudio del MIT no exploró en absoluto.
Recursos cognitivos ahorrados
Más allá de por qué usamos ChatGPT, importa saber
qué hacemos
con los recursos "ahorrados". Es decir, si nos ha costado
menos tiempo o esfuerzo terminar una tarea cognitiva (un resumen,
una redacción, un esquema, una idea)…
¿qué hacemos con el
tiempo y la energía que hemos ahorrado? ¿Simplemente nos
dedicamos a la deriva mental? ¿O los destinamos a nuevos
aprendizajes?
Estudios sobre el uso de Google indican que, cuando lo usamos para
potenciar otros aprendizajes, como dónde localizar la información
útil,
nuestra habilidad en la tarea puede mejorar. Lo
mismo ocurre con la inteligencia artificial: usarla de manera
deliberada para
potenciar el entrenamiento cognitivo, o
para
dialogar sobre conceptos en lugar de simplemente
pedir la respuesta a una tarea,
puede mejorar nuestro
aprendizaje estratégico.
El propio estudio del MIT que comentábamos al principio ofrece
evidencia al respecto: los autores invitaron a sus participantes a
una cuarta sesión donde los que habían usado ChatGPT ya
no podrían hacerlo. En cambio, los que usaron Google o su
propio cerebro
ahora tenían acceso a la IA. Los primeros
siguieron
mostrando menor actividad cerebral y rendimiento, mientras
que los segundos
aumentaron en ambos resultados. Esto
indica que usar la IA
podría tener beneficios en ciertos
escenarios (por ejemplo, cuando integramos nuestras ideas
con las sugerencias de ChatGPT),
potenciando procesos mentales
como la atención y la memoria.
Por esta razón es tan importante, especialmente en el contexto
educativo, definir con cuidado qué tareas
podrían
automatizarse con ayuda de la IA y qué otras más
significativas
podrían reforzarse con el tiempo y esfuerzo
liberados.
No todo es deuda cognitiva
En definitiva, la deuda cognitiva que puede generar el uso
continuado de IA es
una realidad posible pero aún incierta.
El estudio del MIT es prometedor y abre la puerta a un mundo
todavía desconocido. Sin embargo,
aún estamos lejos de
saber cómo la IA afecta a las capacidades mentales a largo plazo.
La citada investigación inició una oleada de
conclusiones
catastróficas sobre la deuda cognitiva, pero no definió qué
formas de uso pueden ser perjudiciales y cuáles, incluso,
beneficiosas. Observar
cómo y para qué usamos estas
herramientas, ayuda a diseccionar tales condicionantes
antes
de caer en interpretaciones apocalípticas.
(Fuente: Xataka / The Conversation / varios /
redacción propia)