Son las 6:30 de la mañana, suena el despertador. Antes incluso de
levantarnos ya empezamos a repasar la reunión de primera hora, los
correos pendientes, las tareas domésticas, las facturas, los
mensajes sin responder y todo lo que tendremos que hacer y
resolver. Aún no hemos salido de la cama y ya nos sentimos
agotados.
Una sesión de biofeedback (Foto: Microgen /
Shutterstock).
El día acaba de comenzar, pero el sistema nervioso ya
se ha
puesto en modo alerta. Ni corremos delante de un depredador
ni huimos de una amenaza vital, pero el cerebro activa el mismo
mecanismo
de supervivencia que permitió sobrevivir a nuestros
antepasados durante miles de años.
Lo preocupante es que esta respuesta
ya no dura unos minutos.
Para muchas personas
se mantiene activa durante buena parte
del día, e incluso durante meses o años. Cuando el organismo
pierde la capacidad de recuperar el equilibrio, el estrés deja de
ser una herramienta para sobrevivir y
comienza a convertirse
en un problema de salud. No se trata de una situación
excepcional. Es la realidad cotidiana de millones de personas y
uno de los mayores
retos sanitarios del siglo XXI.
La pregunta, por lo tanto, ya no es si vivimos demasiado
estresados. La verdadera cuestión es
si podemos enseñar a
nuestro sistema nervioso a recuperar la calma. La respuesta
empieza con una característica extraordinaria del cerebro:
su
capacidad para aprender.
Igual que aprendemos un idioma, a conducir o a tocar un
instrumento, el sistema nervioso también
aprende a responder
al entorno. Puede acostumbrarse a vivir en un estado de
alerta casi permanente, pero
también puede entrenarse para
recuperar el estado de calma.
Durante décadas hemos intentado reducir el estrés actuando sobre
nuestros pensamientos, nuestras emociones o nuestra conducta. Hoy
la neurociencia propone un
enfoque complementario:
entrenar directamente los
mecanismos fisiológicos que
participan en la respuesta al estrés. Es precisamente aquí
donde el
biofeedback y
el
neurofeedback
han despertado un enorme interés.
Entrenar el sistema nervioso
Las recién mencionadas son dos de las herramientas más
prometedoras para
entrenar la capacidad de autorregulación
del sistema nervioso. Aunque comparten este objetivo,
no son
exactamente lo mismo. Ambas parten de una idea sencilla:
convertir
señales fisiológicas que normalmente pasan desapercibidas en
información que la persona puede observar en tiempo real
para aprender a regular su organismo.
En el
biofeedback se registran mediante
sensores
variables como la
respiración, la
tensión
muscular, la
temperatura de la piel o la
variabilidad de la
frecuencia cardíaca. Esta última es un
biomarcador que refleja la capacidad del sistema nervioso
autónomo para
adaptarse a las demandas del entorno y la
recuperación
fisiológica tras una situación de estrés. El
neurofeedback,
por su parte, utiliza la
actividad eléctrica cerebral
registrada mediante
electroencefalografía.
En ninguno de los dos casos el dispositivo de medida actúa
directamente sobre el cerebro o el organismo:
funciona como un
espejo fisiológico. Al observar en tiempo real cómo cambia
su actividad corporal o cerebral, la persona puede identificar
qué
estrategias favorecen un estado de mayor equilibrio y
entrenarlas de forma progresiva.
¿Funciona realmente?
Esta es la pregunta importante. Porque una cosa es que podamos
observar lo que hace nuestro organismo y otra muy distinta que
el
entrenamiento cambie nuestra salud. La evidencia científica
disponible permite
responder afirmativamente, aunque con
importantes matices.
La eficacia de estas técnicas depende de
tres factores: el
problema que se pretende tratar, el protocolo utilizado y la
experiencia del profesional que dirige el entrenamiento. Por eso
no
es posible afirmar simplemente que funcionan o no.
En primer lugar, el biofeedback es
una de las técnicas que más
se ha investigado para mejorar la regulación del estrés. Los
mejores resultados se han obtenido utilizando la
variabilidad
de la frecuencia cardíaca. Cuando la persona
aprende a
respirar de una forma determinada y recibe información
inmediata sobre cómo responde su organismo, mejora su capacidad
para regular la respuesta de estrés.
Además, también se han descrito
cambios en la actividad
de regiones cerebrales implicadas en la
regulación
emocional, la
atención y el
control cognitivo,
lo que sugiere que sus efectos van más allá de la respuesta
fisiológica inmediata.
En segundo lugar, la investigación sobre neurofeedback también
ha
mostrado resultados prometedores en problemas relacionados
con la regulación emocional, como el
trastorno por estrés
posttraumático, algunos
trastornos de ansiedad o el
insomnio. Sin embargo, la calidad de la evidencia todavía
es variable y depende en gran medida del
protocolo empleado
y de la
población estudiada.
Eso significa que estas técnicas
no son milagrosas.
Tampoco sustituyen a la
psicoterapia, a la
medicación
cuando es necesaria o a los
cambios en el estilo de vida.
Son una herramienta más. Cuando se utilizan bien pueden ayudar a
que la persona aprenda a regular mejor su propio sistema nervioso.
La importancia de medir bien
En los últimos años han aparecido
relojes, pulseras y
aplicaciones capaces de registrar nuestra
frecuencia
cardíaca, el
sueño y la
actividad física.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información sobre nuestro
organismo. Pero existe un problema:
medir no siempre significa
comprender.
Una frecuencia cardíaca elevada puede deberse al estrés, pero
también al
ejercicio, al
calor, a la
falta de
sueño o simplemente, por ejemplo, a
haber subido unas
escaleras. Lo mismo ocurre con muchos otros biomarcadores.
Sin una interpretación adecuada, los datos
pueden generar más
preocupación que tranquilidad.
Por eso, el biofeedback y el neurofeedback
no consisten
únicamente en colocar unos sensores. Antes hay que saber
qué
se quiere entrenar, por qué y cómo hacerlo. La tecnología
proporciona información. El profesional es quien
la convierte
en una intervención útil.
Mañana volverá a sonar el despertador. Seguirán esperando los
correos, las reuniones y las facturas. Lo que puede cambiar es la
forma en la que el sistema nervioso responde a todo ello.
Y
esa capacidad, como tantas otras del cerebro, también puede
entrenarse.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción
propia)