Nos gusta pensar que decidimos por nosotros mismos. Que elegimos
qué ver, qué comprar, qué opinar. Que somos, en última instancia,
sujetos autónomos navegando en un espacio lleno de posibilidades.
Pero esa imagen empieza a resquebrajarse cuando observamos con más
detenimiento cómo funcionan los entornos digitales en los que
pasamos buena parte de nuestro tiempo.
(Foto: Shutterstock).
La sociología lleva tiempo recordándonos que
la libertad nunca
opera en el vacío. Como planteó el sociólogo francés
Pierre
Bourdieu, nuestras decisiones están siempre orientadas
por
estructuras previas que delimitan lo que percibimos
como posible. Hoy, esas estructuras no solo son sociales:
son
también algorítmicas.
Internet no nos quita la capacidad de decidir, sino que hace algo
más sofisticado:
configura el marco dentro del cual decidimos.
•
Elegimos lo que vemos, pero no lo que aparece
Cuando abrimos una red social o hacemos una búsqueda, no accedemos
a "todo lo que hay", sino a una
selección previa. Un
filtro invisible ha decidido antes
qué merece nuestra atención.
No sentimos que eso limite nuestra libertad porque seguimos
eligiendo, pero
lo hacemos dentro de un menú ya configurado.
Ahí es donde el poder se vuelve sutil, casi imperceptible. Como
sugería
Michel Foucault,
no hace falta imponer conductas si se puede
organizar el campo
de lo posible.
•
Creemos que algo es importante porque nos lo ponen delante
muchas veces
Hay temas que parecen inevitables. Están en todas partes: en
titulares, en vídeos, en conversaciones digitales. Poco a poco,
empiezan a ocupar más espacio en nuestra mente. No es casualidad,
sino el resultado de
procesos de selección que deciden qué
circula y qué queda relegado.
Como explicaba
Niklas
Luhmann, los sistemas sociales
funcionan
reduciendo complejidad. Internet lo hace simplificando el
mundo hasta convertirlo en aquello que aparece en pantalla. Lo que
no aparece simplemente
deja de existir para nosotros.
•
Formamos opiniones en entornos que ya están inclinados
Muchas veces creemos que nuestras opiniones son el
resultado
de una reflexión personal. Pero lo cierto es que solemos
construirlas en
espacios donde ciertas ideas ya están
reforzadas. Leemos, escuchamos y vemos contenidos que
apuntan en direcciones similares. Con el tiempo, eso genera la
sensación de que "todo el mundo piensa así".
Eso es hegemonía en el sentido que le confería el intelectual y
filósofo italiano
Antonio Gramsci:
no hace falta obligar a nadie a pensar algo si se logra que
determinadas ideas
parezcan las más razonables, las más
evidentes, las más normales.
•
Sentimos de determinada manera porque el entorno nos empuja a
ello
Internet no sólo organiza información: también
organiza
emociones. Hay contenidos que circulan más porque generan
indignación; otros porque producen miedo; y otros porque refuerzan
identidades o pertenencias. Sin darnos cuenta,
nos movemos
emocionalmente dentro de esos marcos. Nos indignamos cuando
toca indignarse, nos alarmamos cuando toca alarmarse, e internet
lo sabe porque
conoce nuestros gustos.
En términos de la profesora de sociología estadounidense
Arlie Russell
Hochschild, podríamos decir que hay una especie de
“guía emocional” implícita que orienta
cómo nos debemos sentir
en cada momento.
•
Compramos lo que creemos querer pero ese deseo ya estaba
anticipado
Las recomendaciones parecen adaptarse a nuestros gustos. Y en
parte lo hacen, pero
también los modelan. Después de ver
ciertas cosas, empezamos a interesarnos por otras similares. Poco
a poco, nuestras preferencias se vuelven
más previsibles y más
dirigidas.
Aquí se cumple, en versión digital, una intuición clásica de
Karl Marx:
el sistema no solamente responde a necesidades,
también las
produce.
No sólo elegimos lo que queremos:
terminamos queriendo lo que
aparece disponible.
•
Pensamos rápido, pero cada vez pensamos menos en profundidad
La lógica de internet
premia la velocidad. Respuestas
rápidas, contenidos breves, explicaciones simples. Eso facilita el
acceso, pero tiene un costo: la
pérdida de matiz, de duda, de
elaboración.
Como advertía el sociólogo y filósofo estadounidense
Herbert Marcuse,
el riesgo de una sociedad altamente funcional es la
reducción
del pensamiento a una sola dimensión: lo inmediato, lo útil,
lo evidente.
Pensar despacio empieza a parecer un lujo
innecesario.
•
Hablamos como la plataforma permite que hablemos
No sólo cambia lo que decimos, sino
cómo lo decimos. Los
formatos digitales -memes, hashtags, frases cortas- condicionan el
tipo de lenguaje que utilizamos. Y, con ello,
el tipo de ideas
que podemos expresar.
Porque, como señalaba
Ludwig Wittgenstein,
los límites del lenguaje son también los
límites del
pensamiento. Si el lenguaje se estrecha, también lo hace
nuestra
capacidad de imaginar otras formas de ver el mundo.
•
Lo más importante: todo esto nos parece completamente normal
Quizá lo más inquietante no es ninguna de las formas anteriores
por separado, sino el hecho de que
todas ellas han dejado de
resultarnos problemáticas. No sentimos que algo nos esté
condicionando, ni percibimos pérdida de autonomía, ni detectamos
imposición.
Simplemente, vivimos así.
Eso es lo que los filósofos
Theodor Adorno
y
Max Horkheimer
identificaron como una de las formas más eficaces de dominación:
aquella que no se reconoce como tal.
Una pregunta final difícil de esquivar
Si todo lo que vemos, lo que nos interesa, lo que nos emociona, lo
que deseamos -e incluso la forma en que lo nombramos- ocurre
dentro
de entornos previamente organizados por otros, ¿qué parte de
nuestra vida seguiría siendo reconocible como "nuestra" si, de
pronto, quedamos fuera de esos entornos?
Y, aún más inquietante: si no podemos responder con claridad
¿seguimos decidiendo o simplemente
estamos habitando
decisiones que alguien (o algo) ya tomó por nosotros?
Podemos llevarnos esta pregunta a la cama. Pero, cuidado: hay
preguntas que, una vez pensadas,
ya no nos devuelven la misma
vida. Porque algunas preguntas funcionan como aquella
pastilla
roja de Matrix: no nos dan respuestas, nos obligan a ver
lo que ya no podemos dejar de ver.
(Fuente: The Conversation / redacción propia)