Delegar tareas cognitivas complejas en herramientas de
inteligencia artificial no disminuye nuestro cociente intelectual,
pero sí afecta a nuestra capacidad de retener y valorar la
información.
(Foto: Shutterstock).
Tener en la palma de la mano una herramienta que puede
responder
a cualquier duda o pregunta de manera lógica y rapidísima
(aunque
no siempre correcta), y usarla a menudo, ¿cambia
nuestra
capacidad de pensar y razonar de manera independiente?
Esta duda es especialmente preocupante
en el caso de los niños
y los jóvenes que aprenden hoy en escuelas y universidades,
ya que cuentan con acceso a herramientas de inteligencia
artificial generativa
cada vez más sofisticadas y potentes.
¿Está la inteligencia artificial generativa "atrofiando" el
cerebro de las nuevas generaciones y
haciéndolas menos
inteligentes? Para responder a ello de forma rigurosa,
analizaremos en detalle
algunos conceptos clave de la
psicología
y la
neurociencia.
¿Qué es la inteligencia?
Es la capacidad global para
procesar información,
resolver
problemas novedosos,
razonar,
planificar y
adaptarnos
flexiblemente a un entorno en constante cambio. Desde el
punto de vista de la psicología -y, más en concreto, de la
psicometría-,
la inteligencia se ha estimado en términos del llamado "
cociente intelectual".
Se ha demostrado que el cociente intelectual
afecta en ámbitos
clínicos, educativos y profesionales. Además,
es
relativamente estable a lo largo de la vida. El uso de
pruebas específicas permite diferenciar la
inteligencia verbal
(uso y la comprensión del lenguaje) de la
no verbal
(razonamiento abstracto y las habilidades de resolución de
problemas).
¿Ha evolucionado a lo largo de la historia?
A lo largo del siglo XX, específicamente si se comparan las
primeras décadas frente a las últimas de ese siglo, las
puntuaciones
promedio en los test de cociente intelectual
aumentaron
generación tras generación. Ésto se denominó "
efecto Flynn".
Teniendo en cuenta que la
arquitectura biológica de
nuestro cerebro no ha cambiado de forma sustancial en los últimos
milenios y que los
cambios genéticos que se han registrado
no implican un cambio cerebral drástico, podemos concluir que las
bases neuronales que sustentan nuestra capacidad cognitiva
siguen siendo esencialmente las mismas.
En otras palabras: es posible inferir que si un bebé de la Edad de
Piedra fuera criado hoy,
desarrollaría las
mismas capacidades intelectuales que cualquiera de
nosotros.
Por lo tanto, los cambios registrados en el cociente intelectual
deberían responder a las
mejoras en la nutrición, el
acceso
a la escolarización, la
mejora de la salud pública e
incluso la
familiarización
con esa clase de pruebas.
¿Vamos a menos?
Curiosamente, en las últimas décadas se ha observado lo que
algunos autores denominan un "
efecto Flynn inverso"
en
determinados países desarrollados. Este retroceso no
puede deberse a que nuestra especie haya experimentado ni una
progresión ni una regresión genética o biológica. De hecho, se ha
argumentado que los
principales responsables de esos cambios
son los
factores ambientales:
transformaciones en la educación -tanto en el ambiente
familiar como en el propio sistema educativo- o la
exposición
a las nuevas tecnologías.
Por ejemplo, este fenómeno podría explicarse por la
menor
demanda de procesos cognitivos profundos -como la
memoria
de trabajo y la
atención sostenida- en favor de una
hiperestimulación caracterizada por la
brevedad y
la
multitarea.
Cerebros maleables
Nuestros cerebros, y el
sistema nervioso central sobre el
que se sustenta su actividad, son "plásticos"; es decir, tienen la
capacidad de modificar su estructura física y sus conexiones
internas a lo largo de toda la vida por la experiencia.
Esta
neuroplasticidad
favorece que el ambiente -ésto es, todo aquello que nos rodea y
nos sucede: lo que leemos, las habilidades que practicamos, entre
otros factores-
promueva el aprendizaje. Sin embargo, no se
altera la
base genética ni la
estructura biológica
heredada, que marcan los
límites del cerebro.
Tenemos ejemplos de ello en los clásicos estudios sobre los
cambios en el hipocampo
de los taxistas de Londres o en el
cerebro de los músicos
profesionales a lo largo de su trayectoria.
Entonces, ¿pueden
estímulos ambientales -como el uso de
herramientas de IA- modificar el cerebro o, más en concreto, los
procesos
cognitivos de las últimas generaciones?
¿Qué es lo que puede haber cambiado?
Respecto a qué es lo que sí puede ir a peor ante el
uso
acrítico de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial
generativa, debemos centrarnos en la
memoria, la
atención
y el
pensamiento crítico, pero no necesariamente en el
cociente
intelectual o la
inteligencia general.
Para evaluar cambios en el cociente intelectual tendríamos que
acumular
evidencias a lo largo de varias generaciones, y las nuevas
herramientas de IA
llevan demasiado poco tiempo entre nosotros.
Por el contrario, los procesos cognitivos señalados
resultan
más sencillos de evaluar.
Menos redes complejas
Dado que estas herramientas generativas
aceleran la síntesis
de grandes cantidades de información, cuando las usamos por
costumbre estamos dejando de
crear las redes cerebrales
complejas que nos permiten, precisamente, ese
esfuerzo de codificación y recuperación
de la información.
Si los estudiantes
delegan sistemáticamente en estas
herramientas digitales, minusvalorando los
procesos de
memorización, el cerebro carecerá de la materia prima
indispensable para generar redes complejas: en otras palabras,
para poder pensar
hace falta tener contenido sobre el que
pensar; si no almacenamos nada,
no tenemos con qué
razonar. Al consumir respuestas automatizadas y listas para
usar,
se fomenta una actitud de aceptación pasiva.
Estimulación y atención
De la misma forma, la exposición repetida a un
exceso de
estimulación audiovisual podría debilitar los procesos de
atención, específicamente, la
atención sostenida o la
vigilancia. El pensamiento crítico requiere
contrastar
evidencias y
detectar sesgos o errores, lo cual
exige
ejercitar la memoria y
sostener la atención.
Si privamos al cerebro de este entrenamiento,
no se formarán
las redes neuronales complejas que garantizan su existencia.
Bajo la
falsa premisa de que la información está siempre
disponible, dejamos de intentar retenerla. En el caso de los
estudiantes, los
conocimientos y contenidos académicos son
la materia prima indispensable para que puedan
desarrollar el
pensamiento crítico. En este sentido, usar la inteligencia
artificial generativa sí es un factor que
puede empeorar el
desempeño académico y la capacidad crítica si no
revalorizamos el
entrenamiento cognitivo de base.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción
propia)