La vida humana se desarrolla a través de dos formas fundamentales
de estar: con los demás y en soledad. Las interacciones sociales
impregnan la vida cotidiana y, ya sean breves o prolongadas,
profundas o superficiales, presenciales o en línea, estos
intercambios son los pilares de nuestras relaciones. Desempeñan un
papel fundamental en nuestro bienestar psicológico y emocional.

(Foto: Tero Vesalainen / Shutterstock).
Las investigaciones actuales muestran que la clave para una vida
social plena
no radica en el número de interacciones que
tenemos, sino en lo significativas y positivas que sean.
También sugieren que la calidad de una interacción social depende
tanto de factores situacionales
como individuales, y de cómo se combinan.
Los
factores situacionales son el contexto que rodea a una
interacción: si se produce cara a cara o de forma virtual, en
grupos pequeños o grandes, y con personas conocidas o
desconocidas. Los
factores individuales, como los rasgos
de personalidad, reflejan las
características únicas de las
personas implicadas.
Dado que la soledad se está convirtiendo rápidamente en una
grave
crisis de salud mental, es fundamental que aprendamos más
sobre
cómo establecer relaciones significativas. En este
contexto, las personas con
ansiedad social aportan
una perspectiva especialmente útil sobre cómo funciona la
socialización.
Calidad de la interacción y energía
La ansiedad social es un miedo o malestar que algunas personas
sienten en
situaciones sociales reales o imaginarias. Un
error común es pensar que las personas con ansiedad social tienen
dificultades con todas las interacciones sociales y que su
bienestar se ve mermado porque su ansiedad hace que
sus
encuentros sociales sean de menor calidad y se perciban como
menos placenteros.

Socializar en grupos grandes, sobre todo con
conocidos, puede resultar agotador para las personas con
ansiedad social (Foto: Nicole Herrero / Unsplash).
El
gasto de energía también desempeña un papel fundamental
en la ansiedad social. Las interacciones sociales cotidianas
requieren una
cierta cantidad de energía social. Esto es
así para todo el mundo, pero para las personas que sufren ansiedad
social,
incluso las interacciones rutinarias pueden resultar
agotadoras.
Por lo tanto, existe una tensión constante entre dos fuerzas
opuestas: la
necesidad fundamental de pertenencia -que se
satisface mediante
relaciones significativas y de calidad-
y la
necesidad de gestionar los niveles de energía. En el
caso de las personas con ansiedad social, el
miedo recurrente
a ser juzgadas durante una conversación
no sólo les
quita la alegría del momento, sino que también hace que la
experiencia resulte más agotadora.
Encontrar el equilibrio
Un estudio de 2026 tenía como objetivo explorar si ciertas
condiciones específicas resultan más favorables para las personas
con ansiedad social. Para abordar esta cuestión, se le pidió a los
participantes
que llevaran un diario de sus interacciones
sociales. Relataban sus
pensamientos, sentimientos y
acciones varias veces al día en tiempo real.
Esta metodología difiere de las encuestas en las que se pide a los
participantes
que recuerden acontecimientos pasados. Eso
suele introducir
sesgos de memoria y puede
omitir
detalles importantes de los intercambios sociales. Este
método permitió captar
interacciones cotidianas espontáneas
justo después de que se produjeran mediante cuestionarios
breves y estructurados.
Con una muestra de
161 adultos estadounidenses de la
población general, se examinaron las diferencias individuales en
los niveles de ansiedad social autoinformados. Para ello,
se
hicieron seguimientos de la calidad percibida y el costo
energético de las interacciones sociales en relación con
tres aspectos situacionales:
•
Canal de interacción: si la interacción era presencial o
digital, es decir, mediante una llamada telefónica, una videollamada o una aplicación de mensajería.
•
Tamaño: si la interacción se producía en un grupo
pequeño o grande.
•
Familiaridad: la frecuencia con la que el participante
interactuaba con las personas concretas implicadas. Esto medía la
cercanía de las relaciones.
Se descubrió que
la asociación entre la ansiedad social y la
calidad de las interacciones sociales depende en gran medida
de la
situación.
Los análisis cuestionaron la
opinión predominante de que
las personas con ansiedad social tienen dificultades invariables
en las interacciones sociales cotidianas. Por el contrario,
demostraron que tienden a experimentar intercambios más positivos
y significativos en
entornos mediados y digitales (en
comparación con los presenciales) y dentro de
grupos pequeños
(en comparación con reuniones más numerosas).
El entorno adecuado
Para las personas con ansiedad social,
interactuar en línea o
a través de aplicaciones de mensajería puede reducir la
intensa presión que suponen las señales sociales en tiempo real y
la retroalimentación inmediata. Esto puede, por ejemplo, aliviar
la ansiedad relacionada con el rendimiento y proporcionar a las
personas una mayor sensación de control sobre su forma de
comunicarse.
Los grupos más reducidos también disminuyen la presión: en un
entorno más pequeño, las personas suelen sentirse
menos
juzgadas y menos sometidas a escrutinio. Esto permite que se
establezcan
vínculos más distendidos, fáciles y positivos.
Curiosamente, no encontramos ninguna relación significativa entre
la familiaridad y la calidad de la interacción. Esto puede
deberse a la forma en que medimos la familiaridad. La definimos en
función de la
frecuencia con la que las personas se ven,
pero el
papel específico de la persona con la que se
interactúa (como una pareja sentimental, un progenitor o un amigo
íntimo)
podría ser mucho más importante.
También es posible que la relación entre la familiaridad y la
calidad de la interacción
no sea tan sencilla. Normalmente
damos por sentado que, a medida que disminuye la familiaridad,
aumentan la presión social y la ansiedad,
pero puede que no
sea así. De hecho, las personas con ansiedad social pueden
sentirse
menos juzgadas con completos desconocidos, al no pertenecer
a su círculo social cotidiano.
En este escenario, la ansiedad social se vería más desencadenada
al interactuar con
personas que se encuentran en un término
medio: conocidos con los que hay cierta familiaridad, pero
con los que no se tiene una relación especialmente cercana.
En definitiva, estos hallazgos cuestionan la visión tradicional de
que las personas con ansiedad social tienen dificultades en todas
las situaciones y estilos de comunicación. El estudio también
ofrece valiosas perspectivas sobre
cómo se pueden adaptar los
diferentes entornos para satisfacer diversas necesidades
psicológicas, incluidas las de quienes padecen ansiedad social.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción
propia)