El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados
terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York.
Desde entonces, la literatura ha intentado contar no solo lo que
ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias
transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la
guerra, la seguridad y las fronteras.

Bomberos y periodistas en la zona cero de Nueva
York tras el ataque del 11 de septiembre de 2001 (Foto: Anthony
Correia / Shutterstock).
En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y
revistas culturales como
The Guardian y
Harper’s
Magazine publicaron
textos de reconocidos escritores
para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas
habían contemplado casi en directo.
Ian McEwan
escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas;
Martin Amis
reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense;
Paul Auster
dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y
Don
DeLillo analizó en diciembre el significado histórico
y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon
cuestiones que después desarrollarían en su ficción.
Del espectáculo televisivo al duelo
Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a
una dificultad:
los atentados ya parecían una ficción por su
dimensión visual. "
El hombre del salto" (2007), de
Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los
restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada
globalmente en
la experiencia corporal y desorientada de una
persona: "
Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y
un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el
norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas
que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la
cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la
boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato
en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se
caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes
derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo
debajo de los coches".
En "
Tan fuerte, tan cerca" (2005), de
Jonathan Safran Foer,
la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos
cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a
reconstruir la destrucción de las torres: se centran en
la
ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.
Paul Auster siguió un camino similar en "
Un hombre en la
oscuridad" (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas
ficciones
devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima.
El atentado empezó a medirse por
sus efectos en un matrimonio,
en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en
televisión.

(Foto: composición propia).
Sin embargo, aquella primera respuesta
tuvo sus límites.
Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense
abordó
el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas
obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre
"Occidente" y "el islam" del discurso oficial, mientras
relegaban
las posibles causas históricas y políticas de la violencia.
La guerra contra el terror, vista desde los márgenes
A medida que avanzaban
las guerras de Afganistán e Irak,
otras novelas ampliaron el campo de visión. "
El fundamentalista
reticente" (2007), de
Mohsin Hamid,
"
La casa de los sentidos" (2008), de
Nadeem Aslam, y
"
Sombras quemadas" (2009), de
Kamila Shamsie,
situaron el 11-S
más allá de una tragedia exclusivamente
estadounidense. Lo relacionaron con la
migración, la
ocupación militar, la
islamofobia, la
tortura
y la
pérdida de derechos.
En estas obras,
un personaje musulmán puede convertirse en
sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia
sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o
Irak. La literatura muestra que la "guerra contra el terror" no se
desarrolló sólo en los campos de batalla:
también se extendió
a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de
trabajo.

Riz Ahmed en una imagen de la adaptación
cinematográfica de "El fundamentalista reticente" (Foto:
Mirabai Films).
La idea es sencilla:
lo global nunca ocurre en abstracto,
sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. "
Sombras
quemadas", por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de
Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra
contra el terror a través de dos familias.
Las decisiones de
los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de
personas concretas.
La economía y las finanzas completan esa mirada. "
Netherland",
de
Joseph O’Neill,
"
El fundamentalista reticente" y "
Kapitoil", de
Teddy Wayne,
relacionan
terrorismo, finanzas, petróleo y especulación.
Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva
York, pero
sus decisiones repercuten en países y vidas
alejados de Wall Street.
Madrid, Londres y París: el miedo se propaga
El
marco político creado tras el 11-S también
condicionó
otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la
literatura española abordó
los ataques a los trenes de Madrid
desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una
violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en "
El mapa de
la vida", de
Adolfo García Ortega.
"
Londres, sábado" (2005), de
Ian McEwan,
trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de
Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de
2005, otras obras examinaron
la vigilancia, la militarización
y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. "
Incendiary",
de
Chris Cleave,
presenta una ciudad en la que el miedo
nace tanto de la
violencia como de su tratamiento político y mediático. Los
ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario
de
ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.
Una violencia que no cesa
Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del
atentado para
ocuparse de las consecuencias convertidas en
crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos
interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no
encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como
una
red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no
como un episodio cerrado.
La literatura posterior al 11-S
no ofrece una interpretación
única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde
las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de
Londres o las calles de París,
la ficción ha desplazado la
mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas.
Ha convertido una historia global en historias locales y ha
preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la
imagen y
qué significa vivir en una guerra interminable.
Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que
detrás
de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay
vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las
amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas
a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y
generar nuevas formas de incertidumbre.
(Fuente: The Conversarion / varios / redacción
propia)