(Foto: Steve Johnson / Unsplash).
Y cuando volvemos a encontrar esos colores -en una pared, en una
camiseta, en un atardecer- algo se mueve por dentro, antes de que
hayamos tenido tiempo de pensar.
Algunas de esas asociaciones no son sólo nuestras. Quienes
vivieron situaciones similares suelen tender a
sentir algo
parecido ante los mismos colores. Pero quienes nunca
estuvieron en ese jardín o se perdieron esa situación,
posiblemente sentirán cosas distintas.
¿De qué manera los colores pueden llegar a despertar emociones y
por qué estas pueden ser tan distintas en una persona u otra? Para
responder estas preguntas, necesitamos primero
entender bien
qué es exactamente un color.
Una cosa es el mundo y otra nuestra experiencia de él
La primera idea que tenemos que considerar es algo
contraintuitiva:
los colores no están ahí afuera. En el mundo, no hay manzanas
"rojas". El color rojo es
una creación de nuestro cerebro.
Isaac Newton
nos ayudó a entenderlo con uno de sus experimentos más célebres.
Hizo pasar un rayo de luz por un prisma y reveló algo
sorprendente:
la luz se descomponía en tonalidades distintas.
Así empezamos a descubrir varias cosas. Primero, que la luz se
compone de
ondas de distinta longitud. Y, además, que la
manzana es un trozo de materia que absorbe casi todas las
longitudes de onda pero
refleja las de alrededor de 700
nanómetros. La manzana no es roja. El rojo lo empieza a
fabricar nuestro cerebro cuando los
fotorreceptores de
nuestras retinas reaccionan ante esas longitudes.
Hoy conocemos bastante bien los procesos físicos que transforman
esas variables físicas en
señales neuronales. Pero eso no
basta para entender qué es el color. Para ir más allá,
recurriremos a un experimento mental que propuso el filósofo
Frank Jackson
en la década de 1980.
El rojo que nadie puede explicar
Imaginemos a una científica que sabe absolutamente todo sobre
física y neurociencia del color, pero que ha vivido toda su vida
en
un mundo en blanco y negro. ¿Qué ocurrirá si un día
abandona ese mundo de grises y ve una manzana roja por primera
vez?
Aunque conozca toda la teoría y cada área cerebral implicada en la
percepción del color, experimentará algo completamente nuevo que
ningún libro le ha enseñado:
cómo se "siente" el rojo. Esa
experiencia subjetiva e intransferible es lo que los filósofos
llaman
qualia: el
"cómo se siente" algo desde dentro.
La ciencia todavía no entiende bien cómo nuestro cerebro genera
experiencias
tan ricas y subjetivas a partir de meros disparos
neuronales. Lo que sí sabemos es que esas vivencias a las que
llamamos qualia
no están hechas sólo de información sensorial.
Tienen muchos más ingredientes.
¿De qué están hechos los qualia?
Para entenderlo, pensemos en qué ocurre cuando interactuamos con
esa manzana roja. Nuestro cerebro no se limita a registrar las
longitudes de onda que refleja su superficie: simultáneamente,
procesa
su textura, su olor, su sabor al morderla, la temperatura del
ambiente, la compañía de quienes nos rodean. Y, al mismo
tiempo que procesa todo eso, genera una reacción emocional:
una
evaluación automática, casi instantánea, de si lo que
estamos viviendo es
agradable, amenazante o neutro.
Nuestro cerebro tiene además otra capacidad admirable:
vincular
todo lo que registra. Así, cuando miramos la manzana, la
mordemos y nos damos cuenta de que, por ejemplo, estamos con
nuestros hijos, todo eso -el color, el sabor, la alegría de ese
momento–-queda
entretejido en una única experiencia que el
cerebro almacena, de manera que, cuando uno de esos elementos
reaparece,
los demás se reactivan con él.
Por eso, la próxima vez que esas mismas longitudes de onda activen
nuestros fotorreceptores -aunque la manzana no esté, aunque
nuestros hijos no estén-, algo de todo aquello regresará. Y,
cuantas más experiencias acumulemos con ese color a lo largo de la
vida,
más rica, compleja y única se volverá nuestra
experiencia sobre él.
De ahí que el qualia del rojo no sea simplemente el procesamiento
de una frecuencia de luz. Es el resultado de fundir, en un
instante,
información sensorial inmediata,
recuerdos
almacenados y
afectos acumulados. Tres tipos de
contenido que el cerebro ensambla tan rápido y tan bien que
los
vivimos como una sola cosa indivisible. A todo eso es a lo
que llamamos color.
Colores y emociones, un siglo de investigación
Los colores producen
respuestas emocionales sistemáticas.
Los resultados de un estudio que analizó
132 investigaciones
realizadas en 64 países durante 128 años, con más de 42.000
participantes, muestran patrones consistentes: el rojo se
asocia con emociones de alta activación -
amor, ira, peligro,
pasión-; el azul, con
calma y confianza; el
amarillo, con
alegría; y el negro, con
tristeza o
poder.
Estos patrones
aparecen en culturas muy distintas, algo
que apunta a disposiciones innatas o a ciertos aprendizajes
omnipresentes: el azul del cielo despejado, el rojo de la sangre,
el amarillo del sol son
señales ecológicas que compartimos
como especie.
Otro hallazgo revelador es que
cada color puede evocar
emociones muy distintas, y
una misma emoción puede ser
evocada por colores muy diferentes. Eso no es un reflejo del
azar: es la huella de las condiciones particulares de otros muchos
aprendizajes.
Los psicólogos
Stephen Palmer y
Karen Schloss
precisaron este mecanismo en su "
Teoría de Valencia
Ecológica": nos gustan los colores asociados a
experiencias positivas y rechazamos los vinculados a negativas. Si
el amarillo de la infancia de alguien es el de la cocina de su
abuela,
ese amarillo será reconfortante. Si para otra
persona es el del uniforme del colegio que odiaba,
evocará
exactamente lo contrario.
La misma longitud de onda, distintas emociones
En definitiva, el rojo que todos vemos es más o menos similar…
pero
no es exactamente igual. Se parece porque
compartimos
la física, la biología y algunas experiencias. Pero no es
igual porque, a medida que vivimos nuestras vidas, vamos
construyendo
una experiencia personal e irrepetible. Cada
historia tiñe el color de manera distinta. Por eso, los colores no
sólo nos ayudan a describir el mundo:
nos recuerdan también lo
que significa ir viviendo una vida y no otra.
(Fuente: The Conversation / redacción propia)