Nuestra visión no es el resultado de una carrera hacia la
perfección, sino el rastro de una serie de compromisos
adaptativos. Entender esos compromisos dice tanto sobre
nuestra biología como sobre quiénes somos.
Una herencia empobrecida
El punto de partida es sorprendente: los ancestros de todos los
vertebrados poseían
seis tipos de genes de opsinas -proteínas de membrana
sensibles a la luz que forman pigmentos visuales esenciales para
la visión en
conos y
bastones de la
retina-, lo que probablemente les confería una
visión
tetracromática. Este tipo de visión se caracteriza por
percibir mayor número de colores (longitudes de onda) gracias a la
presencia de
cuatro conos en la retina.
Muchos
peces, reptiles y aves conservan hoy esa
configuración. Los
mamíferos placentarios, en cambio, la
redujeron a dos: la opsina de
onda corta, sensible al
azul, y la de
onda media-larga, sensible al rojo-verde,
quedando así como
dicromáticos; esto es, capaces de
percibir los colores utilizando
solamente dos tipos de conos.
La razón exacta de esa pérdida no se conoce con certeza molecular,
pero la hipótesis más aceptada apunta a
decenas de millones de
años de actividad nocturna: en la oscuridad, los conos
aportan poco y la presión selectiva dejó de mantener ese
repertorio cromático.
La recuperación: varias soluciones independientes
Como apuntábamos, los conos son los
fotorreceptores que
detectan los colores (captan longitudes de onda pertenecientes al
rango de la luz visible). Pero en condiciones de oscuridad, los
fotorreceptores que aportan más señal son los
bastones,
aquellos que permiten
detectar la diferencia entre luz y
oscuridad. Funcionan de forma distinta a los conos, que sólo
se activan cuando incide sobre ellos la luz de determinada
frecuencia. Los bastones
se inactivan cuando llega cualquier
radiación del espectro visible, y eso genera la "señal de
visión" en nuestro cerebro.
Al aparecer, los
primates estaban dotados con una
visión
del color comparable a la de un perro. Pero la historia no
terminó ahí. Cuando algunos linajes de primates volvieron a la
actividad diurna en los bosques tropicales, la selección natural
encontró
de nuevo razones para invertir en color.
Distinguir
frutos rojos maduros entre el follaje verde supone una
ventaja considerable para la supervivencia.
La solución fue
recuperar un tercer tipo de cono, pero lo
notable es que esto
ocurrió varias veces y por vías distintas
en diferentes linajes de primates. En los primates del
Viejo
Mundo (simios y monos como los macacos, los chimpancés y
nosotros mismos) se produjo mediante la
duplicación de un gen
de opsina en el
cromosoma X:
una copia del gen original se duplicó y, con el tiempo, cada copia
se especializó en
detectar longitudes de onda ligeramente
diferentes, lo que permitió
distinguir el rojo del verde.
En muchas especies de monos del
Nuevo Mundo (como los
monos ardilla o los titíes) el mecanismo fue distinto:
no hubo
duplicación del gen, sino que un mismo gen
existe en
varias versiones o variantes dentro de la población,
de forma que distintos individuos tienen distintos tipos de cono
según
qué variante heredaron.
Que la visión
tricromática -capacidad para percibir
colores basada en tres tipos de conos en la retina, sensibles a
ondas largas (rojo), medias (verde) y cortas (azul)- emergiera de
forma independiente
en linajes separados, por mecanismos
diferentes, es una señal elocuente de
cuán fuerte fue la
presión selectiva del bosque tropical diurno: la ventaja
para la supervivencia de distinguir frutos maduros entre el
follaje era tan grande que la evolución
encontró más de un
camino para conseguirlo.
En definitiva, cuando la evolución tropieza con el mismo problema
en contextos similares,
suele conducir a soluciones parecidas.
La apuesta por el cerebro
Aquí es donde la historia humana toma su giro más característico.
Lo verdaderamente distintivo de nuestra línea evolutiva
no
está en los ojos, sino en lo que viene después. Mientras
otros grupos resolvieron el problema de ver multiplicando tipos de
fotorreceptores y procesando la información directamente en la
retina, los vertebrados tomaron otro camino:
pocos receptores,
pero un sistema nervioso central capaz de hacer el
trabajo pesado.
Los primates y,
especialmente, los humanos, llevamos esa
estrategia al extremo. Nuestra
corteza visual
ocupa una proporción del cerebro sin parangón entre los
mamíferos. Construimos representaciones del mundo
extraordinariamente detalladas, estables e interpretadas: no vemos
luz, vemos objetos, rostros, expresiones, profundidad, movimiento.
El ojo recoge, el cerebro elabora.
El precio de la especialización
Sin embargo, toda apuesta evolutiva tiene sus costos. La
dependencia de sólo tres tipos de conos (más de los que tienen la
mayoría de mamíferos, pero menos de lo que tuvieron nuestros
ancestros vertebrados) hace que
entre un 3 % y un 8 % de los
varones humanos presenten alguna forma de daltonismo, que
es la dificultad para distinguir ciertos colores, habitualmente el
rojo y el verde. Lo llamativo no es sólo el porcentaje en sí, sino
el contraste con el resto de primates del Viejo Mundo.
En
monos cercopitécinos y colobinos, la
tricromacia
-capacidad de ver el mundo en tres dimensiones de color, como
hacemos la mayoría de los humanos- es
prácticamente universal,
con casos de daltonismo tan infrecuentes que resultan casi
anecdóticos, frente a la
llamativa prevalencia que encontramos
en nuestra especie.
Los humanos constituimos, dentro de los
catarrinos,
probablemente una excepción, porque
al abandonar el entorno
forestal hace millones de años se relajó la presión selectiva
que mantenía la tricromacia bien afinada.
A eso se suman otras limitaciones:
no vemos luz ultravioleta,
que sí perciben
abejas, aves y algunos mamíferos; y
nuestro campo visual es
estrecho y frontal, óptimo para la
visión estereoscópica,
pero
pobre en periferia. Estos no son defectos de diseño,
sino el precio visible de haber apostado por
la profundidad de
procesamiento sobre la amplitud sensorial.
La paradoja final
Es curioso que nosotros, los animales que hemos desarrollado la
ciencia de la óptica, que hemos construido telescopios y
microscopios, que hemos descifrado cómo ven una mantis o un
águila, seamos también
uno de los vertebrados con un sistema
visual más limitado en términos comparativos.
Lo que nos permitió comprender la visión ajena
no fue tener
mejores ojos, sino tener un cerebro capaz de trascender lo que
los ojos nos dan. Nuestra
debilidad sensorial y
nuestra
grandeza cognitiva son dos caras de la misma
moneda evolutiva.
Ver menos para entender más.
(Fuente: The Conversation / varios / redaccción
propia)