miércoles, 9 de septiembre de 2026

Un nuevo mapa para un viejo problema: cómo representamos el hambre mundial

Durante siglos hemos aprendido cómo es el mundo mirando mapas que, en realidad, nunca han mostrado el planeta exactamente tal cual es. El 4 de septiembre de 2026, la Asamblea General de Naciones Unidas abordó esta cuestión al considerar la iniciativa Correct the Map, destinada a promover una representación cartográfica más equilibrada del planeta, especialmente de África. 

(Foto: Rui Elena / Shutterstock).

La propuesta cuestiona el predominio de la proyección de Mercator y favorece alternativas que respetan mejor la superficie relativa de los continentes, como Equal Earth. Puede parecer una discusión exclusivamente cartográfica, pero cambiar el mapa también invita a preguntarnos: ¿influye el modo de dibujar el mundo en la manera en que percibimos problemas globales como el hambre?

África nunca fue tan pequeña

La proyección de Mercator nació en el siglo XVI y resultó extraordinariamente útil para la navegación. El problema aparece cuando la utilizamos como representación general del planeta. Al trasladar una esfera a una superficie plana necesariamente tenemos que distorsionar alguna propiedad. Mercator conserva especialmente bien los ángulos y las direcciones, pero deforma las superficies cuanto más nos alejamos del ecuador. Como consecuencia, territorios situados en latitudes septentrionales parecen gigantescos, mientras que las regiones próximas al ecuador aparecen proporcionalmente menores. África es uno de los ejemplos más evidentes.

Mapamundi con la proyección Equal Earth, recomendada por la ONU (Foto: Equal Earth).

Esto no significa que los mapas hayan provocado las desigualdades internacionales ni que cambiar de proyección vaya a modificar las relaciones de poder, pero sin duda estas representaciones son instrumentos de comunicación. Y aquello que ocupa más espacio ante nuestros ojos puede adquirir, consciente o inconscientemente, mayor presencia en nuestra representación mental del mundo. Aquí entra en escena el hambre.

El mapa mundial del hambre es muy diferente


Según la edición de 2026 de The State of Food Security and Nutrition in the World, en 2025 aproximadamente 645 millones de personas padecieron hambre, lo que representaba el 7,8 % de la población mundial. La cifra descendió por tercer año consecutivo, aunque esta mejora global esconde enormes diferencias regionales y la persistencia de numerosos puntos críticos de inseguridad alimentaria, especialmente en contextos marcados por conflictos, desplazamientos, crisis económicas y fenómenos climáticos extremos

Mapamundi con la proyección de Mercator (Foto: Wikimedia Commons).

En África, alrededor de 309 millones de personas estaban subalimentadas, aproximadamente el 20 % de sus habitantes, frente a unos 292 millones en Asia. Además, el 56,6 % de la población africana experimentó inseguridad alimentaria moderada o grave. Las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) apuntan, además, a que en 2030 África podría concentrar alrededor del 56 % de todas las personas que padezcan hambre en el mundo.

Por eso resulta interesante preguntarnos qué ocurre cuando estos datos se representan sobre un mapa. Si coloreamos los países según su prevalencia de hambre utilizando el atlas de Mercator, los números siguen siendo absolutamente correctos. Pero la superficie visual sobre la que aparecen esos números no es neutral: África queda reducida respecto a regiones septentrionales. Usar una proyección de área equivalente corregiría buena parte de esa desproporción. Pero entonces surge otra paradoja.

Cartograma elaborado para representar comparativamente la densidad de población en los países de la Unión Europea (Foto: Wikimedia Commons).

Ni siquiera un mapa territorialmente correcto muestra necesariamente bien el hambre

Equal Earth puede representar mucho mejor el tamaño relativo de los continentes, pero el hambre no afecta a kilómetros cuadrados. Afecta a personas. Imaginemos dos países. Uno es enorme y tiene diez millones de habitantes, y el otro es pequeño y alberga cien millones. Aunque ambos presentasen idéntica prevalencia de inseguridad alimentaria, un mapa basado exclusivamente en superficie territorial otorgaría mucho más espacio visual al primero.

Por tanto, para comprender realmente la geografía del hambre necesitamos distinguir al menos tres mapas del mundo. Mientras que el primero representa el territorio y el segundo la población, el tercero debería reflejar el número de personas que padecen hambre o inseguridad alimentaria. Los tres podrían tener formas sorprendentemente diferentes.

Existen para ello los llamados cartogramas, mapas temáticos en los que el tamaño de las regiones geográficas aumenta o disminuye en función de una variable estadística determinada, como la población, la renta o cualquier otra magnitud de interés. Quizá sea ese el verdadero "mapa del hambre".

¿Puede un mapa influir incluso en nuestras decisiones?


La ciencia ha mostrado que la forma de presentar una misma información cartográfica puede influir en nuestra percepción e incluso inclinar la balanza en determinadas decisiones.

Podríamos comprobar si algo similar ocurre con el hambre mostrando a distintos grupos los mismos datos de inseguridad alimentaria mediante tres representaciones: Mercator, Equal Earth y un cartograma ponderado por el número de personas afectadas. Después se les podría preguntar qué regiones consideran prioritarias o cómo distribuirían recursos destinados a combatir el hambre. Si las respuestas cambiasen únicamente por la representación utilizada, podríamos estar ante un sesgo cartográfico en la percepción de la seguridad alimentaria mundial. Aún no sabemos si ese efecto existe específicamente en este contexto y habría que demostrarlo experimentalmente.

Los mapas son potentes instrumentos de comunicación, pero no fotografías neutrales del planeta: toda proyección implica decidir qué propiedades conservar y cuáles distorsionar. El nuevo mapa no cambia dónde está el hambre, pero quizá sí cómo somos capaces de verla.

(Fuente: The Conversatio / varios / redacción propia)

Agenda Cultural: el Palacio Libertad renueva su oferta polidisciplinaria para esta segunda semana del mes de la primavera

El más importante complejo multipropósito de Latinoamérica, ubicado en Sarmiento 151, CABA, propone -con entrada libre y gratuita para toda la comunidad- mucha música, teatro y un espacio exclusivo para adolescentes. Todo, como siempre, con acceso libre y gratuito para toda la comunidad.

La fuente de Lola Mora 

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Una obra teatral dedicada a la escultora argentina Lola Mora, con dramaturgia de María de las Mercedes Hernando y dirección de Nacho De Santis. La pieza hace foco en el ocaso de la vida de la formidable artista, cuando se aferra a su obra más amada.

Viernes y sábados 11 y 12, 18 y 19 de septiembre, 20:00 - Sala Argentina.
Domingos 13 y 20 de septiembre, 19:00 - Sala Argentina.

Tardes de canciones: Nicolás Pauls

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Con una extensa trayectoria en la música, el cine, la televisión y el teatro, Nicolás Pauls recorre su discografía solista y adelanta canciones de su próximo trabajo, "Desnudez".

Sábado 12 de septiembre, 18:00 - Salón de Honor.

Fantasías inquietas: actividades para adolescentes

(Foto: prensa Palacio Libertad).

En un nuevo encuentro dedicado a los adolescentes, la Plaza Seca se transforma en un bosque que invita a leer, charlar y sacar fotos. Además, habrá música en vivo y batalla de freestylers.

Sábado 12 y domingo 13 de septiembre, 15:30 a 20:00 - Plaza Seca.

Syksnis-Bayón grupo

(Foto: prensa Palacio Libertad).

En una nueva fecha del ciclo "Ensambles", se presenta Siksnys-Bayón Grupo, integrado por cinco destacados improvisadores surgidos de la escena de jazz porteño.

Domingo 13 de septiembre, 18:00 - Salón de Honor.

Clásica Generación Z

(Foto: prensa Palacio Libertad).

El ciclo de intérpretes académicos sub 30 convoca a los pianistas Dante Maciel y Lucio Shinichi Talarico, junto a los trombonistas Enrico Penoncello y Dante Novelino.

Miércoles 9 de septiembre, 19:00 - Salón de Honor.

Ensamble Vocal Cámara XXI y Ensamble Quadrivium

(Foto: prensa Palacio Libertad).

En el ciclo de los mediodías del Mozarteum Argentino, la agrupación vocal dirigida por Miguel Pesce se une al sexteto instrumental Quadrivium para interpretar un programa de madrigales.

Miércoles 9 de septiembre, 14:00 - Sala Argentina.

Alessandro Artese

(Foto: prensa Palacio Libertad).

El joven pianista italiano Alessandro Artese ofrece un programa de música rusa y europea, en un recital articulado junto a la Fundación Chopiniana.

Viernes 11 de septiembre, 20:00 - Salón de Honor.

Encuentro binacional de orquestas infantiles y juveniles

(Foto: prensa Palacio Libertad).

En una propuesta colaborativa entre el Programa Nacional de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles y el Programa Iberorquestas Juveniles, se presentan orquestas de Argentina y Chile.

Miércoles 9 de septiembre, 15:00 - Plaza seca.

(Fuente: prensa Palacio Libertad / redacción propia)

Un jefe de seguridad de Anthropic admite que hay más de 10% de probabilidad de que la IA "mate a todos los humanos"

Jacob Coxon, 27 años, dejó la empresa ayer martes, acusando a OpenAI y Anthropic de correr hacia una superinteligencia que no van a poder controlar. Evan Hubinger, que sigue en la compañía, le dio la razón en público y reconoció que no tienen un plan. 

Jacob Coxon, ex investigador de OpenAI y Anthropic, advirtió que las empresas de inteligencia artificial avanzan hacia una superinteligencia que podría quedar fuera de control (Foto: Shutterstock).

Un investigador de Anthropic renunció este martes 8 de septiembre con un mensaje en X que en nueve horas superó las 44 millones de vistas. Jacob Coxon, de 27 años, pasó tres años en preentrenamiento, la etapa en que un modelo aprende de cantidades masivas de datos, primero en OpenAI y desde julio en Anthropic. "Ninguna de las dos empresas actúa con responsabilidad", escribió. "Corren derecho hacia una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma y apuestan con nuestras vidas".

Jacob Coxon informa sobre su renuncia a Anthropic y señala una falta de responsabilidad en el desarrollo de superinteligencia tanto en esa empresa como en OpenAI (Foto: captura de pantalla).

Lo que convirtió un hilo en noticia no fue el hilo. Fue la respuesta de Evan Hubinger, que dirige un equipo de seguridad en Anthropic y sigue en la empresa. "Jacob tiene razón", contestó en público. "De verdad creemos que la IA podría matar a todos los humanos. Yo calculo más de 10% en la próxima década". 

Y agregó que Anthropic "todavía no tiene un plan para resolver la alineación de una superinteligencia" y que no está claro que vaya a tenerlo. "Alineación" es que un sistema comparta los valores de quien lo construyó.

Jacob Coxon, 27 años, pasó tres años en preentrenamiento, la etapa en que un modelo aprende de cantidades masivas de datos, primero en OpenAI y desde julio en Anthropic (Foto: captura de pantalla).

Quién es Coxon y qué dijo

Británico con formación en matemática, Coxon integró, según Business Insider, el equipo técnico de OpenAI desde 2023 hasta julio de 2026, con trabajo en GPT-4o, y se mudó a Anthropic por su reputación en seguridad

Duró dos meses. Le dijo a The Wall Street Journal que "estamos en camino a muchos de los escenarios más agresivos, donde a fines del año que viene las cosas ya podrían estar fuera de control", y que sus colegas usan las palabras "crunchtime" (hora límite) y "endgame" (fase final) para describir hacia dónde va la capacidad de los modelos.

Su hilo separa a las dos empresas. En OpenAI, dice, muchos "no internalizaron lo que está en juego para la civilización". En Anthropic, el riesgo se entiende, pero la empresa "está atrapada en una carrera por llegar primero: cree que nadie más va a actuar con responsabilidad, así que tiene que hacerlo ella, a pesar del riesgo". No es codicia, es la convicción de que abstenerse deja el tablero para que jueguen otros.

La fila de los que se van

Coxon no es el primero. En febrero, renunció Mrinank Sharma, investigador de salvaguardas de Anthropic, con una carta pública sobre "lo difícil que es dejar que nuestros valores gobiernen nuestras acciones". En 2024, Jan Leike, entonces jefe de alineación de OpenAI, se fue diciendo que la cultura de seguridad había quedado "en el asiento trasero frente a los productos brillantes". 


Business Insider anotó que este año Anthropic modificó su compromiso de seguridad: retiró la promesa de no entrenar modelos más potentes sin salvaguardas adecuadas y la reemplazó por hojas de ruta e informes de riesgo.

Lo que nadie respondió

Ni OpenAI ni Anthropic contestaron el pedido de comentario de Business Insider. Anthropic no comentó de inmediato al Journal, que ubica la renuncia en un momento preciso: la empresa prepara una salida a bolsa que sería de las mayores de la historia, con una valuación buscada de USD 2 billones, y ante los inversores puso el desarrollo responsable en el centro del argumento.

Ahí está la cuenta que no cierra. Anthropic le pide al mercado que crea dos cosas a la vez: que su tecnología vale una fortuna y que en algún punto habrá que frenarla. Hubinger acaba de decir, con cargo y desde adentro, que el plan para el freno no existe. Coxon dice que 2027 puede ser tarde. Ninguno de los dos habla de un producto: hablan del riesgo que la empresa vende como su ventaja.

(Fuente: Infobae / varios / redaccipon propia)

martes, 8 de septiembre de 2026

"Tierra herida": la lucha de trabajadores, mujeres e inmigrantes que Gabriela Exilart rescata de las canteras de Tandil

La escritora marplatense reconstruye la vida de los trabajadores de las canteras a comienzos del siglo XX. Inmigración, explotación laboral, lucha obrera, feminismo y amores salpicados por la violencia se entrelazan en un relato donde el pasado vuelve para reclamar su lugar.

(Foto: composición propia).

Hoy, las Sierras de Tandil son sinónimo de turismo y descanso, pero no siempre fue así. Bajo el suelo de la famosa Piedra Movediza se esconde un pasado de pólvora, sangre y opresión.

Fue entre 1908 y 1909 que el grito de los obreros picapedreros hizo temblar las canteras de Cerro Leones, en una de las huelgas más feroces de la historia argentina. Así, con este contexto de barro y revolución como puntapié inicial, Gabriela Exilart escribe "Tierra herida" (Plaza & Janés, 2026), una trama coral donde los secretos familiares, el racismo estructural y los amores prohibidos se trenzan con la lucha de los hombres por mejores condiciones de trabajo y los inicios del feminismo obrero.

A través de las vidas de las dos protagonistas: Ana María, una maestra atormentada por las masacres del pasado, y Celestina, una modista que huye de la justicia, la obra rescata no solo la épica de los trabajadores inmigrantes, sino el rol fundamental que ocuparon las mujeres que se plantaron frente al orden establecido y no retrocedieron ni un centímetro.

Gabriela Exilart (Foto: Clarín).

Ficción y realidad

El relato nos traslada al Tandil de principios del siglo XX. La cosa estaba difícil. No para los dueños de estancias sino más bien para los peones, los extranjeros, los indios y las mujeres. Todos ellos, sumados a las brutales condiciones de trabajo en la cantera, que alimentaba de adoquines a las calles de la ciudad de Buenos Aires, encerraban historias personales, algunas de amor y otras no tanto, que impactaron en el relato que reconstruye Exilart. 

¿Es posible reconstruir los lazos familiares cuando la historia nacional se ha cobrado la sangre de los nuestros? ¿Hasta dónde se puede acallar el pasado? ¿Cuánto tiempo puede arrastrar una persona el peso de un trauma de la infancia? Y más aún: ¿desde cuándo el amor y la búsqueda de dignidad son capaces de sanar las heridas más profundas? Estas son algunas de las preguntas que laten en las 319 páginas de la obra que sabe mezclar y muy bien el drama íntimo de los personajes con la lucha social en la Argentina

El foco está puesto en la fuerza de las mujeres de la época. Ya no son meras acompañantes en los márgenes de la historia oficial: aquí son las verdaderas heroínas que, súper empoderadas para aquellos años, se ponen los pantalones y pelean -como pueden- a la misma altura o más que sus colegas hombres. Así las cosas, el texto se sumerge en el incipiente feminismo obrero. Y no idealiza el pasado: lo expone en toda su crudeza.

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(Fuente: bajalibros.com / Infobae / redacción propia)

La literatura después del 11 de septiembre de 2001: del trauma global al conflicto local

El 11 de septiembre de 2026 se cumplen 25 años de los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, la literatura ha intentado contar no solo lo que ocurrió aquel día, sino también cómo sus consecuencias transformaron la vida cotidiana y nuestra forma de entender la guerra, la seguridad y las fronteras.

Bomberos y periodistas en la zona cero de Nueva York tras el ataque del 11 de septiembre de 2001 (Foto: Anthony Correia / Shutterstock).

En los días y meses posteriores a los atentados, periódicos y revistas culturales como The Guardian y Harper’s Magazine publicaron textos de reconocidos escritores para ayudar a interpretar unas imágenes que millones de personas habían contemplado casi en directo. Ian McEwan escribió sobre las últimas llamadas de las víctimas; Martin Amis reflexionó sobre la vulnerabilidad estadounidense; Paul Auster dejó unas notas tomadas aquel mismo día, y Don DeLillo analizó en diciembre el significado histórico y político del ataque. Estas intervenciones inmediatas anticiparon cuestiones que después desarrollarían en su ficción.

Del espectáculo televisivo al duelo

Las primeras novelas importantes sobre el 11-S se enfrentaron a una dificultad: los atentados ya parecían una ficción por su dimensión visual. "El hombre del salto" (2007), de Don DeLillo, comienza con un superviviente que camina entre los restos de las Torres Gemelas, y convierte una imagen contemplada globalmente en la experiencia corporal y desorientada de una persona: "Ya no era una calle sino un mundo, un tiempo y un espacio de ceniza cayendo y casi noche. Caminaba hacia el norte por los escombros y el barro y pasaban junto a él personas que corrían tapándose la cara con una toalla o cubriéndose la cabeza con la chaqueta. Iban con pañuelos apretados contra la boca. Llevaban los zapatos en la mano, una mujer con un zapato en cada mano pasó corriendo junto a él. Iban corriendo y se caían, algunos de ellos, confusos y desmañados, con los cascotes derrumbándoseles en torno, y había gente que buscaba cobijo debajo de los coches".

En "Tan fuerte, tan cerca" (2005), de Jonathan Safran Foer, la televisión, las fotografías, los sonidos y los objetos cotidianos ocupan un lugar central. Las obras no se limitan a reconstruir la destrucción de las torres: se centran en la ausencia, el duelo y la dificultad de recuperar una vida normal.

Paul Auster siguió un camino similar en "Un hombre en la oscuridad" (2008). Frente a la saturación de imágenes, estas ficciones devolvieron al acontecimiento una dimensión íntima. El atentado empezó a medirse por sus efectos en un matrimonio, en una familia o en una persona incapaz de olvidar lo visto en televisión.

(Foto: composición propia).

Sin embargo, aquella primera respuesta tuvo sus límites. Una buena parte de la narrativa británica y estadounidense abordó el terrorismo desde las sociedades occidentales. Algunas obras reprodujeron, aun sin pretenderlo, la oposición entre "Occidente" y "el islam" del discurso oficial, mientras relegaban las posibles causas históricas y políticas de la violencia.

La guerra contra el terror, vista desde los márgenes

A medida que avanzaban las guerras de Afganistán e Irak, otras novelas ampliaron el campo de visión. "El fundamentalista reticente" (2007), de Mohsin Hamid, "La casa de los sentidos" (2008), de Nadeem Aslam, y "Sombras quemadas" (2009), de Kamila Shamsie, situaron el 11-S más allá de una tragedia exclusivamente estadounidense. Lo relacionaron con la migración, la ocupación militar, la islamofobia, la tortura y la pérdida de derechos.

En estas obras, un personaje musulmán puede convertirse en sospechoso en Nueva York o en Londres mientras su familia sufre las consecuencias de la guerra en Pakistán, Afganistán o Irak. La literatura muestra que la "guerra contra el terror" no se desarrolló sólo en los campos de batalla: también se extendió a los aeropuertos, las aulas, los barrios y los lugares de trabajo.

Riz Ahmed en una imagen de la adaptación cinematográfica de "El fundamentalista reticente" (Foto:  Mirabai Films).

La idea es sencilla: lo global nunca ocurre en abstracto, sino que se vive en un cuerpo, una casa o una ciudad. "Sombras quemadas", por ejemplo, enlaza el bombardeo atómico de Nagasaki, la partición de la India, la Guerra Fría y la guerra contra el terror a través de dos familias. Las decisiones de los gobiernos terminan marcando la piel y las relaciones de personas concretas.

La economía y las finanzas completan esa mirada. "Netherland", de Joseph O’Neill, "El fundamentalista reticente" y "Kapitoil", de Teddy Wayne, relacionan terrorismo, finanzas, petróleo y especulación. Sus protagonistas se mueven cerca del centro financiero de Nueva York, pero sus decisiones repercuten en países y vidas alejados de Wall Street.

Madrid, Londres y París: el miedo se propaga

El marco político creado tras el 11-S también condicionó otros atentados. Después del 11 de marzo de 2004, la literatura española abordó los ataques a los trenes de Madrid desde la memoria, el duelo y la dificultad de representar una violencia que afectaba a la ciudad. Así ocurre en "El mapa de la vida", de Adolfo García Ortega.

"Londres, sábado" (2005), de Ian McEwan, trasladó el miedo al terrorismo y el debate sobre la guerra de Irak a la vida cotidiana. Tras los atentados del 7 de julio de 2005, otras obras examinaron la vigilancia, la militarización y la sospecha dirigida a las comunidades musulmanas. "Incendiary", de Chris Cleave, presenta una ciudad en la que el miedo nace tanto de la violencia como de su tratamiento político y mediático. Los ataques de París de noviembre de 2015 prolongaron este imaginario de ciudades europeas sometidas a una amenaza permanente.

Una violencia que no cesa

Con el paso de los años, la ficción se ha alejado del instante del atentado para ocuparse de las consecuencias convertidas en crónicas. Las novelas más recientes muestran conflictos interconectados, desplazamientos forzosos y personajes que ya no encuentran un regreso claro a casa. La guerra aparece como una red persistente de intervenciones, fronteras y negocios, no como un episodio cerrado.

La literatura posterior al 11-S no ofrece una interpretación única porque el trauma tampoco fue igual para todos. Desde las torres de Nueva York hasta los trenes de Madrid, el metro de Londres o las calles de París, la ficción ha desplazado la mirada del acontecimiento hacia sus consecuencias humanas. Ha convertido una historia global en historias locales y ha preguntado quién merece ser recordado, quién queda fuera de la imagen y qué significa vivir en una guerra interminable.

Leer el 11-S desde la literatura permite recordar que detrás de palabras como terrorismo, seguridad, mercado o guerra hay vidas concretas. También revela una paradoja vigente: las amenazas atraviesan las fronteras, pero las respuestas destinadas a garantizar la seguridad pueden erosionar derechos y libertades y generar nuevas formas de incertidumbre.

(Fuente: The Conversarion / varios / redacción propia)