Hace más de una década que se publicó "Manifiesto Onlife. Ser
humano en una era hiperconectada". El documento, promovido por la
Comisión Europea, analiza la penetración social de las tecnologías
de la información y comunicación y su impacto en la vida de las
personas.
(Foto: Shutterstock).
Con la premisa de que la tecnología
ha dejado de ser una
herramienta externa que utilizamos en determinados momentos
para ciertos fines, y se ha integrado en nuestras vidas como
un
elemento más de nuestra naturaleza humana (de ahí que
hablemos de "onlife", una vida que transcurre entre lo "offline" y
lo "online" simultáneamente), el manifiesto constata la
transformación de los marcos de referencia tradicionales en estos
cuatro aspectos:
• El desvanecimiento de los límites entre lo real y lo virtual.
• El desvanecimiento de los límites
entre ser humano, máquina
y naturaleza.
• El paso de la escasez a la
sobreabundancia informativa.
• El paso de dar prioridad a las cosas a dar
prioridad a la
interacción.
Esta transformación se ha producido
en tan poco tiempo y a
tanta velocidad que carecemos de conceptos claros que nos
permitan
definir el nuevo mundo hiperconectado en el que
vivimos. Ha desaparecido el mundo de las cosas, de las
realidades sólidas, de los consensos. Extensas parcelas de
nuestras vidas han escapado de nuestro control. Nuestros datos y
muchas de nuestras pertenencias
han dejado de estar aquí para
ser codificadas y almacenadas en un búnker de algún
desierto.
De Platón a Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset
anticipó este nuevo y gigantesco problema en "
Meditación de la
técnica", publicado por primera vez en 1933, al afirmar que
"
desde hace mucho tiempo, la técnica se ha insertado entre las
condiciones ineludibles de la vida humana, de suerte tal que el
hombre actual no podría, aunque quisiera, vivir sin ella".
Ortega define la técnica como una "sobrenaturaleza" que el hombre
ha creado y en la cual vive,
sea consciente o no de ello.
Obviamente, el filósofo español no conoció la tecnología digital,
pero sí
la transformación vertiginosa de su tiempo
provocada por los avances científicos de la
segunda revolución
industrial. Cuando, a causa de una revolución
(industrial o digital)
los marcos referenciales del mundo
conocido se desvanecen, es comprensible que el ser humano
se
sienta perdido y desconfíe de un provenir que es incapaz de
concretar.
En "
Platón contra las máquinas. La tecnología y sus enemigos
desde la escritura hasta la inteligencia artificial" (2026),
Marcos Alonso, investigador en filosofía de la tecnología,
busca la genealogía de una tecnofobia inherente al ser humano. Se
pregunta el autor
por qué el concepto de artificial o
artificioso tiene una connotación negativa, si tantas
creaciones (artificiales) han mejorado sustancial y objetivamente
la vida de las personas. Su propósito es, según sus palabras, "
desenterrar
el prejuicio contra lo artificial".
Dispositivos ubicuos
Entre las
realidades artificiosas que componen nuestra
vida onlife sobresalen los
dispositivos digitales. Los
datos no dejan lugar para la discusión: en Europa, por ejemplo,
sólo hay un
0,6 % de hogares sin teléfono móvil. El
97,4
% de las viviendas dispone de acceso a internet.
78 de
cada 100 casas tienen un ordenador portátil o de sobremesa.
Y en el
56,5 % hay una tablet.
Esta tecnología ha irrumpido de tal manera en nuestras vidas que
ya
son menos de la mitad de los domicilios los que tienen teléfono
fijo en su casa. Con internet es más que suficiente. Ya no
hay prácticamente brechas por nivel de ingresos ni por lugar de
población y la brecha de edad se estrecha cada año. Así que
la
tecnología llegó y se quedó sin que nos diéramos cuenta de
cuáles eran
los efectos no deseados que nos esperaban a la
vuelta de la esquina.
Estas cifras nos pueden asustar en un entorno en el que, por fin,
hemos tomado conciencia de que
hay un grave problema de salud
mental -no sólo en los jóvenes, sino en toda la sociedad-
vinculado con el uso de las tecnologías. Los riesgos son enormes
y, como sociedad, nos enfrentamos al reto de
no dejar a toda
una generación huérfana de alfabetización digital, que
naufraga, más que navegar, por
el descontrolado tsunami de
contenido cargado de dopamina que tiene al alcance de un
clic.
Pero
¿son todas las tecnologías iguales? ¿Da igual usar
una pantalla que otra? ¿Todos los dispositivos generan el mismo
uso abusivo? ¿Es un problema exclusivo de niños, adolescentes y
jóvenes? ¿Los adultos también sucumbimos a los riesgos de las
nuevas tecnologías? Vamos
dispositivo a dispositivo para
comprender los riesgos y así ponerles límite.
Computadoras (sobremesa y portátiles)
Fue
nuestra primera aproximación a la tecnología. Los que
llegamos del mundo analógico, tenemos los ordenadores asociados al
trabajo porque
fue la solución a las opciones no digitales,
como
la máquina de escribir y el cuaderno.
Sin embargo, las generaciones más jóvenes
ya lo utilizaron
mucho para los videojuegos y, en los primeros compases,
antes de la aparición de los móviles, para
navegar y acceder a
las redes sociales. Aunque hay ligeras variaciones entre los
llamados ordenadores de sobremesa y los portátiles (laptops),
los
riesgos que entrañan son muy similares.
Riesgos:
•
La multitarea. Fue una de las soluciones tecnológicas
que irrumpieron como
el gran reclamo del entorno digital.
Con el mismo dispositivo
se podían hacer varias cosas, incluso
a la vez. Se podía saltar de un programa a otro, trabajar en
un tratamiento de textos, consultar internet, volver al documento,
enviarlo por correo electrónico, etc.
Pero el fenómeno multitarea
es más complejo de lo que en un
primer momento nos vendieron. En realidad, ahora sabemos que
el cerebro no puede saltar de una actividad a otra manteniendo
todo el tiempo el mismo flujo de concentración. Tenemos la
sensación de que somos capaces de hacerlo, pero la realidad es que
el cerebro
emplea un tiempo relevante, aunque sean milésimas
de segundo, en retomar la concentración en la nueva actividad.
La acumulación de
pequeños cortes en el flujo de concentración
perjudica a nuestra capacidad de actuación. Tenemos la sensación
de haber trabajado mucho y a gran velocidad, pero
sin haber
concluido nada de la manera adecuada. Eso genera
enorme
frustración. Al mismo tiempo, nos hemos acostumbrado al
nivel
de estrés que provoca saltar de una aplicación a otra y nos
cuesta retomar el foco.
•
El déficit de atención. La atención es difícil de
conseguir. Muchas de las tareas que llevamos a cabo y de la
información que recibimos
casi no requieren nuestra atención
porque utilizamos un sistema primario eficaz pero poco profundo.
Sin embargo, cuando necesitamos completar una tarea con mayor
foco,
nos cuesta más poner el ritmo.
Los equipos informáticos están preparados precisamente para hacer
varias tareas a la vez y avisarnos cuando una tarea requiere
nuestra atención, como por ejemplo la llegada de un correo
electrónico o la urgencia por instalar una actualización de
software.
Éso rompe nuestro flujo de atención.
•
El exceso de contenidos. Aunque los ordenadores no se
usan tanto para el ocio como otros dispositivos, los jóvenes se
han acostumbrado a
ver series de televisión en la cama con su
portátil. Eso provoca que se queden enganchados en lo que se
llama un consumo abusivo de series, en forma de atracón o
binge
consumption, en su terminología en inglés. Si una persona
está trabajando en el portátil y tiene la tentación de descansar
con una serie,
es difícil resistirse si la tiene al alcance de
un clic.
•
La adicción a los juegos. Aunque en los últimos años las
consolas son el soporte más habitual para los juegos por su
alta definición de gráficos, aún hay algunos que se juegan
en ordenador de sobremesa. El salto de una actividad a otra tiene
características similares a las que se produce en el contexto del
consumo de series.
Tablets
Las tablets preocupan especialmente por la introducción de su uso
a edades muy tempranas para el entretenimiento de los niños con
vídeos, música y algunos juegos infantiles y la adopción de
sistemas
digitales en entornos escolares en los que se utilizan como
herramienta de trabajo.
El mayor problema que plantean estos dispositivos respecto a los
ordenadores es que
su uso está muy equilibrado entre el
entretenimiento y la productividad, ya sea en entornos
escolares, ya en laborales. El gran desarrollo tecnológico de las
tablets ha permitido que lleven a cabo
funciones muy similares
a un ordenador, pero aportan la
facilidad para llevarlos,
el
poco peso y la comodidad de
manejarlos en cualquier
circunstancia.
Riesgos:
•
La multitarea. De hecho, la configuración de navegación
de una tablet tiene por objetivo
facilitar el salto de una
aplicación a otra con sólo un movimiento de dedos. El
fenómeno es
aún más intenso que en los ordenadores.
Además,
está hecha para atraer y capturar nuestra atención
siempre que sea posible, de modo que nos llena de avisos y
notificaciones que rompen nuestro pensamiento de flujo. Eso nos
genera una
sensación de estrés tanto a adultos como a
jóvenes y adolescentes.
•
Pérdida de la conexión mano/ojo/cerebro. Cada vez se
utilizan más para
tomar notas, ya sea en reuniones de
trabajo, ya en las aulas de los estudiantes. Sin embargo, las
últimas investigaciones demuestran que
al escribir a mano se
producen enlaces neuronales más relevantes que al escribir a
máquina. De modo que si se usa la tablet en la toma de
apuntes con lápiz digital
no se perderá tanto enlace como si
se usa con teclado.
•
Sensación falsa de digitalización. A los usuarios más
jóvenes, la irrupción de las tablets les da una cierta sensación
de
conocer muy bien el entorno tecnológico de los adultos.
Pero la realidad es que se desenvuelven
sólo en un puñado de
aplicaciones limitadas que no suelen ser las habituales en
entornos profesionales. La
alfabetización digital es
menos adecuada en estos casos.
•
Consumo de contenidos. De la misma manera que se ha
descrito antes con el caso de los portátiles, las tablets
son
muy utilizadas para ver series, en especial por los jóvenes,
de modo que se debilita la frontera entre trabajo y ocio en el
mismo dispositivo y
es más sencillo que se fomente la pérdida
de atención.