El consumo de drogas estaba generalizado entre los antiguos
griegos y romanos, plebeyos pero también emperadores, como
Tiberio, del que se decía consumía el excelente opio de Capri.
(Foto: WIkimedia).
En el siglo V a.C.,
Diágoras de Melos
aseguraba que
más valía morir que caer en las garras del
opio. El filósofo jonio quería advertir de un riesgo bien
conocido hoy en día: el de que el consumo de drogas se
convirtiera en una adicción peligrosa para la salud. Sin embargo,
sus advertencias no tuvieron mucho eco. Durante toda la
Antigüedad, y en particular bajo el dominio romano, circularon
libremente por todo el Mediterráneo numerosos tipos de droga.
Su
consumo nunca estuvo perseguido, salvo en el caso de que se
utilizaran como veneno, para dañar o matar a alguien.
Ciertamente, en la Antigüedad lo que hoy denominamos "drogas" se
englobaba en una categoría más amplia de "fármacos" o
"medicamentos", una
amplia variedad de sustancias naturales
que producían determinados efectos en las personas. Los
Tratados
Hipocráticos definían las drogas como "
sustancias que
actuaban enfriando, calentando, secando, humedeciendo,
contrayendo y relajando o provocando somnolencia", y que por
ello se usaban como
relajantes, medicinas y pócimas.
Legado de Oriente
Autores como
Plinio
el Viejo y
Dioscórides
catalogaron
cerca de un millar de drogas distintas, entre
ellas la
mandrágora, el
beleño negro, la
belladona,
el
estramonio, la
cicuta, el
acónito, las
setas venenosas, el
vino, el
cánnabis y el
opio. Describieron su
apariencia, su
procedencia
y la
forma de consumirlos: la infusión de las hierbas, su
maceración, su uso como cataplasma o emplasto, su ingesta en
forma de polvo, la aplicación de aceites o baños terapéuticos o
mediante la inhalación.
A la mandrágora, por ejemplo, se le dieron
diversos usos
terapéuticos. De ella se consumían las hojas y las
raíces, a las que se atribuían
propiedades anestésicas
por su capacidad de adormecer a quien las tomaba. El estramonio,
originario de los territorios bañados por el mar Caspio, destacó
como
un potente veneno narcótico que producía delirios
muy singulares, aunque resultaba de gran ayuda para
combatir
dificultades respiratorias como el asma mediante la
inhalación de sus hojas. La belladona se usó comúnmente en la
medicina
casera, por ejemplo para
inducir el sueño o
calmar
el dolor de muelas, pero se sabe también que
el jugo de
sus frutos se aplicaba a las pupilas como diversión.
Las drogas más consumidas por griegos y romanos
fueron el
opio y el cánnabis. Durante milenios, el cánnabis ha sido
considerado
misterioso, sagrado y hasta demoníaco. La
expansión de griegos y romanos por el Mediterráneo oriental hizo
que pronto se interesasen por
los efectos derivados del
consumo de esta planta. El cánnabis se usaba en
ciertos
ritos religiosos como incienso o perfume, en el sentido de
la expresión latina "per fumare": al inhalar la sustancia
aromática resultante de su cremación
se experimentaban
reacciones estimulantes, relajantes o alucinógenas.
La relativa rareza del cánnabis en los mercados mediterráneos
hizo que fuese
considerado como un producto de lujo más.
Gracias al médico
Galeno sabemos que llegó a ser
un regalo común entre las élites romanas, que habían
tomado de los atenienses la práctica de regalarse cánnabis en
las reuniones sociales. En los banquetes, el cánnabis
era muy
apreciado por sus efectos alucinógenos.
Cabe recordar que, según el mito, la propia
Helena de Troya
lo utilizó para relajar a los asistentes de un banquete ofrecido
por
Menelao,
engañándolos
al servirles la droga camuflada en vino. Su
ingesta provocó el letargo de quienes lo bebieron, quedando "
por
todo aquel día curado de llantos, aunque en él le acaeciera
perder a su padre y a su madre o cayese el hermano o el hijo
querido delante de los ojos del guerrero", según cuenta
Homero
en "
La Odisea".
Por su parte, el antes mencionado naturalista romano Plinio el
Viejo enumera las
propiedades terapéuticas del cánnabis:
servía para
relajar las articulaciones en caso de
contracturas,
aliviaba los dolores derivados de la gota y
en caso de
quemaduras se recomendaba aplicar
la planta
en crudo sobre la piel. También se aconsejaba como
remedio
para la impotencia sexual.
El predominio del opio
Fueron los griegos quienes dieron el nombre de opio al látex que
se extraía de la
adormidera o
Papaver somniferum.
El opio tuvo también una presencia significativa en las
sociedades de la Antigüedad. Se decía que fue el dios griego de
la medicina,
Asclepio, quien reveló a los mortales los
secretos de la adormidera, que hasta entonces
sólo era
consumida por los dioses. Otros, en cambio, atribuían su
descubrimiento a
Hermes, dios de los viajes e
intercambios. Se aseguraba asimismo que el primero en introducir
el consumo de esta droga en el Mediterráneo fue
Alejandro Magno,
quien la habría conocido en sus conquistas por Asia.
Autores como
Heródoto,
Hipócrates o
Teofrasto
describen la planta y sus diversos usos, en especial en el ámbito
medicinal. Otros autores -como
Heráclites de Tarento,
médico de
Filipo I de Macedonia- destacaron su empleo
medicinal
como calmante y como somnífero. También
Plutarco
hizo mención del opio y de la mandrágora como los medicamentos
narcóticos más empleados para provocar el sueño. Incluso la
diosa
Ceres, a la que se representa en ocasiones portando
un manojo de adormideras, intervino en favor del pueblo romano en
su enfrentamiento con los cartagineses,
drogando al propio
Aníbal con la intención de mantenerlo lo más alejado de Roma
posible. Así al menos lo relata el poeta
Silio Itálico:
"
En su cuerno tiene preparado ya el jugo, se apresura en la
noche sin ruido hacia la tienda del cartaginés, y derrama sobre
sus ojos la sedante rociada".
La droga perfecta
Aunque las variedades orientales de estas drogas siempre fueron
las más demandadas, griegos y romanos las aclimataron en sus
tierras. Se dice que Tiberio
se trasladó a Capri para poder
consumir el excelente opio producido en la isla, plantado
muchos siglos atrás por los primeros colonizadores griegos. Por
otra parte, a fin de evitar falsificaciones de las mejores drogas
orientales, autores como Dioscórides o Plinio
describieron
cómo debía ser el producto óptimo para consumirlo.
Destacaban su maleabilidad, la
potencia y
aroma del
jugo extraído, y consideraban que el mejor opio era el que
se disolvía fácilmente en agua o se derretía ante los
primeros rayos del sol.
Plinio aseguraba que el opio "
siempre gozó de favor entre los
romanos", y así lo demuestran los emperadores de los siglos
I y II. Los médicos de la corte elaboraron diversos compuestos a
base de opio para los soberanos. Se dice que
Filonio,
médico de
Augusto, inventó un fármaco o tríaca que
llevó su nombre, compuesto de
pimienta blanca, miel,
espinacardo y opio. El médico de
Nerón,
Andrómaco
de Creta, creó el
antidotus tranquillans, elaborado
con
un treinta por ciento de opio. Medicamentos todos
ellos de los que se ha sugerido que
generaron reales
adicciones.
(Fuente: National Geographic / varios /
redacción propia)