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Burgess, García Márquez, Cortázar y Kafka son los nombres que proponemos para este último fin de semana de junio. Libros que para muchos serán una relectura más que un descubrimiento. Se pueden comprar y descargar en formato digital desde este post, pero se consiguen fácilmente en librerías y ferias, en sus múltiples ediciones.
En nuestro país no existen aún regulaciones específicas relacionadas con la instalación de mega data centers como los que se instalarían en la Patagonia. Las principales dudas están relacionadas con el uso del agua y la energía que requieren, y el verdadero impacto sobre la economía local. La Unión Europea y países como Chile o Brasil están más avanzados en materia de normativas especiales.
El gobierno de Javier Milei busca atraer inversiones a
través del Régimen
de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Un
sector que se mostró interesado es el de los mega data centers,
infraestructura clave para sostener el boom de la inteligencia
artificial.
En octubre de 2025 se anunció una potencial inversión de hasta
25 mil millones de dólares para un mega data center de
500 MW en la Patagonia. El anuncio fue realizado por la
empresa Stargate Argentina, que firmó una carta de
compromiso con OpenAI, responsable de ChatGPT.
"El objetivo es comenzar la construcción en 2026 con la idea de
tenerlo operativo a principios de 2027 y empezar a escalar hasta
su capacidad máxima", indicó Emiliano Kargieman, CEO
de Stargate, en una entrevista.
En Argentina no hay regulaciones comerciales, impositivas o
ambientales relacionadas con este tipo de inversiones. En la
Patagonia, las comunidades temen que se agrave la falta de agua
y los problemas ambientales en una región como Vaca Muerta,
que aún no recibe el tan mentado "derrame económico" de la
actividad petrolera. ¿En qué se diferencia la situación Argentina
con la del resto de América Latina y con Europa, región que está
avanzando con regulaciones?
Sin regulaciones específicas en Argentina
Por el momento, el marco legal nacional para recibir estas
inversiones es el RIGI. Argentina no posee normativas
específicas sobre data centers. En las provincias candidatas
tampoco hay regulaciones. "De momento, no hay normativas
específicas. Son tecnologías de implementación muy nuevas y
complementarias al desarrollo de los hidrocarburos. Se está
comenzando a trabajar", indicaron desde Secretaría de
Ambiente y Recursos Naturales de Neuquén.
Por su parte, Brasil implementó el régimen REDATA
(Medida Provisoria 1318/2025), que combina incentivos fiscales
como las que ofrece el RIGI, con exigencias de sustentabilidad
e inversión en investigación y desarrollo (I+D) dentro del país.
Chile cuenta con un Plan Nacional de Data Centers
2024-2030, que establece lineamientos claros para atraer
inversiones y ofrece guías técnicas de permisos críticos.
Y Europa implementó una directiva de eficiencia energética
que obliga el monitoreo y reporte público de datos para
centros con una demanda superior a 0,5 MW.
"Se necesitan regulaciones no sólo de protección ambiental,
sino también de protección de datos personales y que se les
exija darle prioridad a las comunidades locales. Además, es
importante que se obligue a hacer auditorías permanentes de
consumo energético e hídrico, y que los titulares de los data
centers se ocupen de las tareas reparatorias del impacto
ambiental", explicó Beatriz Busaniche, presidenta de
la Fundación Vía Libre.
Cuánta energía necesitan
La escala del proyecto de Stargate (hasta 500 MW) requeriría
fuentes masivas de energía como el gas y petróleo que se
extrae de Vaca Muerta o las represas hidroeléctricas de
la Patagonia.
El uso de combustibles fósiles incrementa la huella de
carbono e impacta en las emisiones de gases
responsables del cambio climático. Kargieman aseguró que la
Patagonia ofrece mucho potencial de energías limpias, sobre
todo eólica, pero también hidráulica, y no descartó el
uso de energía nuclear.
A nivel internacional, la tendencia es la transición hacia energía
100% renovable. Brasil ya lo exige para otorgar
beneficios fiscales a través del REDATA, y Chile orienta sus
proyectos hacia zonas con excedentes de energía solar y eólica.
Por su parte, Europa está buscando que estos centros no sólo
consuman energías renovables, sino que sean eficientes y
transparentes en su impacto sobre la red eléctrica general.
Otro desafío para Argentina será integrar estos data center a
la red eléctrica. "Se necesitan fuentes de energía
capaces de sostener el consumo de estas instalaciones. Porque si
no puede ocurrir lo que ya pasa en EE.UU., donde las comunidades
cercanas se están quedando sin luz o pagan una energía carísima",
recordó Busaniche.
Los data center ya representan el 1,5% de la electricidad
mundial (415 TWh) y se proyecta que se duplique para
2030.
Por qué la polémica sobre el uso del agua
Los data center requieren grandes volúmenes de agua, de
manera directa para refrigerar los equipos informáticos, e
indirecta, por ejemplo, para producir la electricidad que
consumen. Si la generación es a partir de combustibles
fósiles, esa huella hídrica se incrementa.
Algunos países utilizan el Water Usage
Effectiveness (WUE) para fijar exigencias o incentivos
para la instalación y funcionamiento de data center. Un WUE de 1
l/kWh indica que consume un litro por cada kilowatt-hora
demandado. El plan nacional de Chile menciona centros de
datos que tienen un WUE de 0,2 l/kWh. El REDATA de Brasil
exige un WUE de 0,05 l/kWh.
En la Patagonia, este consumo competiría directamente con la
ya elevada demanda hídrica del fracking en Vaca Muerta, en
una zona que registra caudales históricamente bajos en sus
ríos.
Cada pozo puede consumir hasta 60.000 m³ anuales, y en
2025 la actividad acumulaba 17.300 pozos en todo el país,
con un consumo total estimado en más de 1.038 millones de m³.
Las dudas sobre la generación de empleo local
Expertos señalan que estos proyectos son "economías de enclave":
suponen grandes inversiones, pero no generan muchos empleos
directos.
"Pueden consumir millones de litros de agua y enormes
cantidades de energía, mientras emplean a 50 o 60 personas. Lo
que deja en la región es mínimo", señaló Alan Rocha,
comunicador social experto en extractivismo e investigador del Observatorio
Petrolero Sur.
El RIGI no tiene ninguna obligatoriedad sobre "empleo
nacional". Sobre los proveedores, se exige que un mínimo
del 20% de la inversión sea local del total destinado al
pago de proveedores, tanto en la etapa de construcción como de
operación. Pero con una salvedad: siempre que la oferta local
esté disponible y en condiciones de mercado.
En contraste, Brasil exige inversión en I+D local para asegurar que
la tecnología deje capacidades instaladas. Y el plan de
Chile busca promover acuerdos entre el Estado y las empresas
para garantizar el acceso a la infraestructura de cómputo para
instituciones I+D nacionales.
A su vez, Europa y Chile promueven una gobernanza con participación
de las comunidades locales. Y exigen reportes de
sostenibilidad sobre uso de recursos y la rendición de
cuentas como puente para minimizar las tensiones con la
sociedad civil. Todo lo contrario a lo que está sucediendo
en nuestro país, donde el asunto podría resumirse en que cada
gigante tecnológico haga lo que desee con nuestros recursos.
(Fuente: pulitzercenter.org / Página 12 / varios
/ redacción propia)
El prestigioso psiquiatra y neurocientífico británico Iain McGilchrist ilustra, mediante ejemplos cotidianos y referencias históricas y culturales, cómo el uso del cerebro influye en nuestra vida. De buena presencia en librerías, también se puede descargar en formato digital desde este post.
Hacia 1971, en un rincón perdido del norte de Botsuana, una mujer de unos cincuenta años le contó su vida a la antropóloga estadounidense Marjorie Shostak. Se llamaba Nisa. Había nacido en el desierto del Kalahari, en un pueblo de cazadores y recolectores que vivía como sus antepasados desde hacía miles de años. Hablaba una lengua llena de chasquidos que casi nadie fuera de allí entendía. No sabía leer, no había visto una ciudad.
Marjorie Shostak grabó durante meses esas confidencias y las reunió en "Nisa" (1981), un clásico de la etnografía que dio voz directa a la entrevistada. Y, sin embargo, lo que ahí cuenta nos toca de cerca: recuerda su primer parto, sola en el monte, tumbada en una choza, esperando con miedo a que le subiera la leche mientras la bebé lloraba de hambre. Recuerda que la casaron siendo casi una niña, y cómo se rebelaba y huía de un marido que aún le parecía un extraño. Habla del deseo, de los amantes que tuvo a escondidas, de los celos entre esposas. Habla de los hijos que enterró, uno tras otro, y del agujero que dejaron. Habla del cuerpo que envejece y de la rabia de verlo fallar. No hay una sola de esas escenas que no reconozcamos. Son las de cualquiera: nuestra madre, nuestra abuela, nosotros mismos.
Ahora, el dato que quizá nos sorprenda. Esa mujer cuya vida conmueve pertenece a uno de los linajes humanos que primero se separaron del tronco común: los pueblos khoisan del sur de África. Figuran entre las poblaciones humanas con mayor diversidad genética del planeta, y la distancia que separa su genoma del de, por ejemplo, un europeo, está entre las más grandes que existen dentro de nuestra especie. Entre Nisa y nosotros media, en términos genéticos, casi todo el ancho del árbol humano. Y, aun así, nada de lo suyo nos resulta ajeno.
La paradoja tiene explicación: somos una especie joven y homogénea. Todos descendemos de una misma antecesora africana de hace cien o doscientos mil años, la llamada Eva mitocondrial, y hace unos cincuenta o setenta mil años un grupo reducido salió de África y pobló el resto del mundo, con apenas una pizca de la variabilidad total. En ese breve lapso, hablando en términos evolutivos, no ha dado tiempo a cambiar gran cosa.
Para hacernos una idea: una sola comunidad de chimpancés guarda en su ADN mitocondrial más variación que toda la especie humana junta. Esa "máxima"distancia humana que separa a Nisa de un europeo es, vista de lejos, minúscula.
Casi toda la diferencia se encuentra dentro del grupo
La mayor parte de la variación genética humana está dentro de cada grupo, no entre los conjuntos que, por error, llamamos razas. Dos vecinos de un mismo pueblo africano pueden diferir más entre sí, en un gen cualquiera tomado al azar, que uno de ellos y un japonés. Y no es una impresión: un estudio con 377 marcadores en más de mil personas de 52 poblaciones halló que entre el 93 y el 95 % de la variación está dentro de las poblaciones, y sólo del 3 al 5 % entre los grandes grupos continentales. De hecho, las poblaciones africanas guardan más diversidad que todo el resto del mundo junto.
¿Por qué caemos entonces en la trampa de la diferencia con tanta facilidad? Porque la mayor parte de la variabilidad genética está oculta. El color de la piel y del pelo depende de un puñado de genes y responde rápido al sol y a la latitud: bastan unos cientos de generaciones para cambiarlo. Es muy llamativo y pesa poquísimo. Dividir a los humanos en razas equivale a ordenar una biblioteca por el color de las tapas de los libros: cómodo pero burdo. Confundimos una capa de pintura con una diferencia de fondo.
Lo que nos revelan las genealogías
Conviene una observación para no exagerar. Que no haya razas no quiere decir que no existan genealogías. Cada persona arrastra una historia real y rastreable: de dónde venían sus antepasados, qué caminos los trajeron hasta aquí. Esa información la genética sí sabe leerla. Pero una genealogía dice de dónde venimos, mientras que una raza pretende decir qué somos. La primera es un hecho; la segunda, una casilla inventada.
Y una última advertencia. Que la raza no exista en la biología no convierte el racismo en un fantasma. No tiene base genética, pero sí una realidad social enorme: ordena vidas, salud y oportunidades. El error no está en ver sus efectos, sino en buscar su causa en los genes. En 2018 y 2019, las grandes sociedades de antropología y de genética humana -la Asociación Americana de Antropólogos Biológicos y la Sociedad Americana de Genética Humana- lo dejaron por escrito: los humanos no se dividen en grupos genéticos raciales, y no hay base biológica para tal cosa.
Lo evidencia el testimonio de Nisa, que enterró a sus hijos y temió a la vejez igual que nosotros. Lo que compartimos -el miedo, el deseo, el duelo, las ganas de seguir viva- pesa muchísimo más que lo poco que nos separa. La raza como término, al final, dice muy poco de nuestra biología y demasiado de nuestra mirada.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)
Cuando le pedimos algo a una IA, el modelo genera una respuesta basándose en el contexto que le hemos dado. Si el contexto que le proporcionamos es escaso, la respuesta será claramente mejorable. El encadenamiento de varias IA puede ayudarnos a conseguir el resultado más preciso y fiable.
En cuanto a gustos lectores, no hay nada establecido. Si leemos, es probable que hablemos de lo que leemos (y en ocasiones, también de lo que no leemos). Ello parece transmitir qué nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.