El torneo finalizado este último domingo, organizado por Estados
Unidos, México y Canadá, fue el mayor torneo de selecciones jamás
jugado: 48 equipos, 104 partidos y 16 ciudades sede, con ingresos
previstos de 13.000 millones de dólares para la FIFA. Y, sin
embargo, los hoteles de las ciudades sede declaran reservas por
debajo de las previsiones y 180.000 entradas quedaban sin vender
dos días antes del inicio.
Donald Trump y Gianni Infantino, el presidente de
la FIFA, asisten al sorteo de la Copa Mundial de la FIFA 2026 en
el Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas en
Washington, DC, el 5 de diciembre de 2025 (Foto: Shutterstock).
Mientras el mundo registraba en 2025
un incremento del turismo
del 4 %, las llegadas a Estados Unidos
caían un 5,4 %.
Los
Travel
bans, requisitos ampliados de visado y controles en
frontera que definen la
política migratoria de Trump,
disuadieron
a los visitantes que el torneo debía atraer.
En contraposición a la coerción del
hard power -poder duro
o de mano dura- militar y económico, el concepto de
soft power -poder
blando- fue acuñado por el geopolitólogo estadounidense
Joseph Nye para
describir la capacidad de un Estado de
influir en otros
mediante valores, cultura e instituciones.
Los grandes eventos deportivos han sido uno de sus
instrumentos
más eficaces.
Rusia en 2018 y
Qatar en 2022,
a pesar de sus contradicciones en materia de derechos humanos,
buscaban proyectar una imagen de países modernos y
legitimarse
internacionalmente. Días antes de fallecer, en mayo de 2025,
Nye explicaba: "
Si piensas en el poder como palos, zanahorias y
miel, Trump deja de lado la miel". El Mundial 2026 lo
confirmó: el país anfitrión no quiso resultar atractivo y
prefirió
exhibir su dominio. Es la política del espectáculo, una
forma de poder que
no convence, sino que pretende impresionar.
La captura de la institución
El modelo tiene en
Gianni Infantino
uno de sus operadores más visibles. El presidente de la FIFA llegó
al cargo en 2016
prometiendo transparencia tras el Fifagate,
el mayor escándalo de corrupción de la institución, y ha
construido desde entonces
un sistema de poder personal sin
contrapesos efectivos.
Lo que la ciencia política identifica como
personalist rule
-gobierno por
acumulación de lealtades individuales, no
por procedimientos institucionales- define con precisión el estilo
Infantino: remunera a 211 federaciones nacionales mediante el
programa
Forward y las fideliza,
vacía los órganos de control
independientes y
no rinde cuentas ante ningún mecanismo
democrático real. La
captura institucional -proceso
por el que una organización pierde su mandato original para
servir
a intereses de quienes la controlan- es completa.
La
secuencia de países anfitriones bajo su mandato traza
una línea coherente.
Putin en 2018, el
emir
Al-Thani en 2022,
Trump en Estados Unidos
2026, será
Mohammed bin Salman en Arabia Saudí 2034. La
edición
de 2030 será compartida entre
España, Portugal y
Marruecos, y refina el patrón.
Mohamed VI
obtiene la
legitimidad que anhela
asociándose a dos
democracias consolidadas, un mecanismo de
lavado
deportivo más sofisticado que el modelo de anfitrión único.
Infantino se apoya en su
red clientelar de federaciones,
que son también quienes
lo reeligen y aseguran su permanencia
en el cargo. Actúa como cortesano que no defiende los
derechos de los aficionados, ni los de los equipos, ni los del
propio fútbol. El lavado deportivo
no es un efecto residual
del sistema: es su lógica central.
Infantino y Trump, dos grandes amigos
La convergencia entre Infantino y Trump
desborda el cálculo
táctico. Elegidos ambos en 2016, comparten el
desprecio
por los mecanismos de control independiente y la
fascinación
por el poder personalista. El primero
asistió a la
investidura del presidente estadounidense en enero de 2025,
le acompañó a la cumbre de paz de
Sharm el-Sheij (Egipto)
en octubre, como único participante sin responsabilidad política
entre 20 jefes de Estado, y
creó el Premio FIFA a la Paz para
entregárselo al presidente en diciembre, en una ceremonia
sin criterios públicos ni jurado independiente.
El exfutbolista, ex-entrenador y dirigente deportivo francés que
desde 2007 hasta 2015 fue presidente de la
Unión de
Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA),
Michel François Platini,
que presentó
denuncia penal contra Infantino por tráfico de
influencias, trazó su perfil con una frase: "
Ama a los
ricos y poderosos, a los que tienen dinero".
La FIFA ocupa hoy espacios que antes correspondían al sistema
multilateral:
presencia en ceremonias diplomáticas de
primer nivel,
imposición de normas a sus federaciones
nacionales e incluso
mediación implícita entre Estados
en conflicto. Es un
actor no estatal con funciones
cuasi-soberanas que opera sin elecciones, sin separación de
poderes y sin rendición de cuentas, llenando el vacío dejado por
el
declive del multilateralismo formal.
Simon Chadwick,
de la
Emlyon Business School, sostiene que esa posición
monopolística
le permite adjudicar el torneo a cualquier
régimen sin que el sistema pueda impedirlo. Es el
multilateralismo
privatizado, donde las reglas las dicta quien controla el
entretenimiento,
no quien tiene un mandato democrático.
Del fascismo al trumpismo
La
doble vara geopolítica es la expresión coherente de ese
sistema, no un fallo de gobernanza.
Rusia fue suspendida
cuatro días después de invadir Ucrania, en febrero de 2022,
pero
la FIFA guardó silencio ante los bombardeos israelíes en
Gaza. Cuando la administración Trump declaró la presencia de
Irán "no apropiada",
violando sus propios estatutos, la
selección iraní fue
desplazada de su campo base en Arizona a
Tijuana, con
permiso de entrada al país anfitrión de 24
horas por partido y
once miembros de su cuerpo técnico
sin visado.
Al ser eliminados, su entrenador
Amir Ghalenoei lo resumió
en una frase: "
El país anfitrión nos trató de forma muy injusta".
Infantino había visitado el vestuario iraní
prometiendo
soluciones que nunca llegaron.
Mussolini utilizó la
Copa del Mundo de 1934 para
proyectar el fascismo italiano ante la opinión internacional;
Hitler,
los
Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 con idéntico
propósito; la
junta militar argentina, el
Mundial de
1978, mientras en la
Escuela de Mecánica de la Armada,
el principal centro de detención de la dictadura,
a un
kilómetro del estadio, se torturaba.
Trump llegó al torneo con
una aprobación del 37 %, un
acuerdo con Irán que sus propios aliados
interpretan como
humillación y más de
700 resoluciones judiciales
bloqueando sus decretos. El Mundial inauguró un verano
diseñado como espectáculo continuo:
combates de MMA (artes
marciales mixtas) en la Casa Blanca, un
Grand Prix de
Fórmula 1 y los
actos del 250 aniversario de la
independencia, todos alrededor de la figura de Trump.
El fútbol y el desorden mundial
En un mundo donde el orden multilateral basado en normas e
instituciones compartidas cede ante potencias que rechazan sus
principios,
la FIFA ocupa un lugar singular. No representa
a ningún bloque geopolítico, pero los países a los que ha
adjudicado su principal torneo revelan una afinidad estructural
con regímenes que
anteponen el espectáculo al escrutinio y el
beneficio a la rendición de cuentas.
Varios expertos en relaciones internacionales identifican esta
dinámica como la "nueva guerra fría del deporte", una contienda no
entre bloques ideológicos fijos, ni entre modelos de gobernanza,
sino
entre quienes exigen transparencia institucional y
quienes la rechazan y convierten los estadios en teatros de
expresión de poder.
El "Mundial más inclusivo de la historia", eslogan oficial de la
FIFA,
fue el más restrictivo en términos de acceso real.
Haití
se clasificó por primera vez en más de cincuenta años, pero
el
Travel ban de Trump impidió que el grueso de sus aficionados
accediera al país.
Por otra parte,
la entrada más barata para la final alcanzó
4.185 dólares en la venta general de diciembre, más de
siete
veces el precio de Qatar 2022.
Football Supporters Europe y
Euroconsumers
presentaron en marzo una
denuncia formal ante la Comisión
Europea por
abuso de posición dominante,
precios
abusivos,
publicidad engañosa y
opacidad.
En suma, la FIFA administra el espectáculo que media humanidad
contempla
sin rendir cuentas ante gobiernos, parlamentos o
aficionados. El problema no es de gobernanza deportiva:
es
de desorden mundial.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción
propia)