Se teme que llegaría a provocar lluvias extremas con impactos
socioeconómicos importantes en nuestro país. Instituciones
científicas alertan sobre la fuerte intensidad de este fenómeno
que golpearía a toda la región. Es fundamental preparar a las
ciudades eventuales emergencias.

(Foto: La Izquierda Diaro).
El
Niño es un evento climático que ocurre
de manera
irregular, generalmente
cada 2 a 7 años, alterando
los patrones meteorológicos del planeta. Sus efectos pueden
generar eventos extremos como
fuertes precipitaciones,
inundaciones, sequías y olas de calor en distintas partes
del mundo.
Durante este fenómeno, la normal circulación de los vientos
planetarios que corren de este a oeste (llamados
vientos
alisios) se debilitan, y las aguas superficiales del océano
Pacífico tropical oriental, frente a las costas de Sudamérica,
se
vuelven más cálidas de lo habitual. En definitiva, el
fenómeno del Niño se expresa cuando se calientan las aguas del
océano Pacífico de las costas de Sudamérica.
Este aumento de la temperatura del Pacífico suroriental
modifica
significativamente la atmósfera: cuanto más cálido está la
superficie marina, mayor es la evaporación del agua y la cantidad
de humedad disponible en el aire. Como consecuencia, este aumento
de la humedad atmosférica
favorece la formación de tormentas y
precipitaciones que pueden durar meses, provocando
anegamientos e inundaciones.

Ciudad de Santa Fe, 1983 (Foto: La Izquierda
Diaro).
¿Qué es el Super Niño?
Aunque el término
no corresponde a una categoría científica
formal, suele utilizarse para definir eventos del Niño que
se
consideran excepcionalmente intensos. Mientras que un evento
típico de El Niño puede elevar la temperatura superficial del
océano alrededor de
0.5°C más de lo normal, un Súper Niño
puede llevar ese aumento
hasta cerca de los 2°C. Aunque
pueda parecer una diferencia pequeña, para el sistema climático
global implica
una alteración enorme de la circulación
atmosférica.
Diversos centros de monitoreo meteorológico advierten el posible
advenimiento de un
Súper Niño durante
la segunda mitad del año 2026, con probabilidades de
extenderse
hasta comienzos del 2027.
En Argentina, El Niño golpea de diferentes maneras. Por un lado,
en
el Norte, Litoral y la región Pampeana (Misiones,
Corrientes, Entre Ríos, Buenos Aires, Santa Fe, Chaco, Formosa,
este de Córdoba y La Pampa) las lluvias aumentan drásticamente,
incrementando el
riesgo de inundaciones, sobre todo en la
Cuenca del Plata.
Por otro lado, en el
NOA (Jujuy, Salta, Catamarca) se
registran
condiciones más secas y cálidas de lo normal durante
el verano. Sin embargo, en la
región de Cuyo y los Andes
centrales (San Juan, Mendoza y norte de Neuquén), El Niño
genera el efecto contrario: provoca
abundantes nevadas
invernales en la alta cordillera, cruciales para el caudal
de los ríos cuyanos y del Colorado. Finalmente, en la
Patagonia
Sur (Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego),
la
influencia de El Niño es débil, ya que su clima depende de
otras variables atmosféricas.
Por lo tanto, las regiones donde más impacta El Niño en el país
son aquellas donde las precipitaciones aumentan con serios riesgos
de inundación. Regiones de alta concentración urbana como Córdoba,
Santa Fe y Gran Buenos Aires
tienen una alta exposición a este
riesgo.

Ciudad de Formosa (Foto: La Izquierda Diaro).
Si queremos remontarnos a la última vez que golpeó un Super Niño
en la Argentina, es necesario
ubicarse en los años 1982-1983,
con una duración aproximada de
14 meses con precipitaciones
extremas. Los ríos Paraná y Uruguay, que forman parte de la
Cuenca del Plata, tuvieron desbordes de gran magnitud y se calcula
que
cerca de 300.000 personas que vivían en sus costas fueron
evacuadas. Estas inundaciones fueron especialmente severas
por el largo período de meses en las que se desarrollaron.
En la ciudad de Santa Fe, el aumento del nivel del agua
llegó
a destruir un puente colgante icónico de la ciudad partiéndolo
en dos. El colapso ocurrió el 28 de septiembre de 1983.
Podemos tomar
muchos otros desastres sociales que se
desarrollaron en el país a partir de El Niño. Para acercarnos en
el tiempo, nos ubicamos en
diciembre de 2023, cuando una
tormenta fuertísima, con
vientos cercanos a los 140 km/h y
lluvias intensas, golpeó a toda la región central de la
Argentina, y el
Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA)
no fue la excepción.
Durante marzo de 2024, la persistencia del fenómeno de El Niño
provocó
el marzo más lluvioso de los últimos 17 años en el
Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) con
tormentas
potentes de granizo de hasta 5 cm de diámetro y ráfagas de
viento de 150 km/h.
Mientras que el promedio histórico de precipitaciones para la
región
suele rondar los 120 milímetros mensuales, los
registros del 2024
superaron ampliamente los 300 milímetros,
casi triplicando la media habitual. Esta anomalía climática generó
temporales severos, provocando que en algunas zonas
lloviera
en un solo día lo que estadísticamente se espera para todo el
mes.

Avioneta dada vuelta por el viento en el Aeroparque
Jorge Newbery, 17 de diciembre de 2023 (Foto: La Izquierda
Diaro).
No son desastres naturales, son crímenes sociales
Estos eventos extremos en los últimos años aumentaron su
intensidad por diferentes motivos. En primer lugar está el
calentamiento
global, producto de la emisión de
gases de efecto
invernadero que, a pesar de las advertencias de diversos
científicos y ambientalistas,
el capitalismo continúa
perpetuando. Esto provoca que el fenómeno del Niño se
desarrolle con
un piso más alto de temperaturas oceánicas
y, por lo tanto, su intensidad sea mayor producto de la
mayor
evaporación y presencia de humedad en la atmósfera.
Por otro lado, la
deforestación de los bosques nativos en
amplias regiones del país hace que
el agua de las
precipitaciones no se absorba por estos y, en consecuencia,
el agua no se infiltra en el suelo, sino que corre de manera
superficial generando anegamientos muy rápidamente. La
Organización de las
Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura
(FAO, por sus siglas en inglés) publicó un informe ubicando al
país en el
noveno puesto mundial en cuanto a la mayor pérdida
neta anual de superficie forestal en el período 2010-2015,
registrando una pérdida de aproximadamente
283.000 hectáreas
anuales.
En los años subsiguientes, los informes de
Evaluación
de los Recursos Forestales Mundiales (FRA) indicaron
una desaceleración en el ritmo de desmonte: durante el quinquenio
2015-2020, la pérdida neta anual se redujo a
cerca de 140.000
hectáreas, mientras que las estimaciones y datos
preliminares del periodo 2020-2025 señalan una estabilización
cercana a las
130.000 hectáreas anuales, cifras que,
aunque inferiores al periodo 2010-2015, mantienen al país en una
situación de
vulnerabilidad hidrológica crítica y dentro
del ranking de los países con mayor deforestación del mundo.
Para poder comparar con las miles de hectáreas deforestadas se
puede tener como referencia que la CABA posee una
superficie
aproximada de 20.300 hectáreas, por lo que
la superficie
que se deforesta anualmente en el país supera con creces a la
superficie total de esta ciudad.
La
destrucción de humedales en beneficio del
avance de
los negocios inmobiliarios sobre zonas inundables, sumada a
la planificación urbana
orientada a un puñado de especuladores
y no a las grandes mayorías, también reduce la capacidad
natural de los suelos para absorber el exceso de agua,
destruyendo
el drenaje natural, generando
corrientes superficiales
anómalas y
estancamientos hídricos importantes.

Árboles caídos en todo el AMBA por la tormenta y
las ráfagas de viento, 17 de Diciembre del 2023 (Foto: La
Izquierda Diario).
Este accionar no es nuevo; es
un plan que viene operando hace
décadas, en donde el relleno de los humedales tiene como
consecuencia la inundación de barrios que históricamente no se
inundaban. En distintas zonas de la provincia de Buenos Aires, por
ejemplo, organizaciones ambientales y vecinales denuncian hace
años la
construcción de countries y barrios privados en zonas
de humedales. Incluso entidades estatales como la
CEAMSE, que se
ocupa de gestionar la basura urbana de la PBA,
rellena los
humedales con basura, sumando la fuerte contaminación
ambiental al problema del agua.
Este es solo un ejemplo de la
política de Estado que planifica
la ciudad en función de las grandes ganancias empresariales:
construye rutas en función de las necesidades logísticas de las
empresas generando diques que no dejan correr el agua;
pavimenta
todo lo que puede, bajo los designios de los intereses de
las
cementeras que impermeabilizan los suelos y, de esta
manera, elevan las cotas de inundación sobre los valles inundables
de los ríos para construir torres o barrios cerrados.
También se suman la
falta de obras hidráulicas, sistemas
de drenaje insuficientes y el
abandono de infraestructura
urbana en numerosos municipios. Esto provoca que las
lluvias extremas terminen impactando
con mayor intensidad en
los barrios populares, donde el acceso a servicios básicos y
obras de prevención es muy deficiente. En municipios como
Quilmes,
La Matanza o
Ensenada, vecinos denuncian que las
lluvias intensas provocan el colapso en los sistemas de drenaje,
inundando calles, viviendas y servicios básicos.
Por otro lado, el
deterioro ambiental de arroyos y cuencas
urbanas contaminadas, entubadas o reducidas por desarrollos
inmobiliarios y obras mal planificadas, no hace más que acrecentar
los efectos de los fenómenos climáticos, exponiendo y
profundizando problemas estructurales que terminan
afectando
especialmente a las áreas sociales más vulnerables.
Además, los trabajadores y sectores populares se ven obligados a
ocupar
tierras bajas e inundables, ya que son las más accesibles
económicamente o las más susceptibles a ser tomadas. Por lo tanto,
en caso de inundación, son los más afectados. Esto se vio
claramente en las
inundaciones de Bahía Blanca en el 2025
con el aumento repentino del
arroyo Napostá Grande que
afectó a toda la ciudad, pero los mayores destrozos se dieron
en
las barriadas populares de Ingeniero White, una localidad de
Gral. Cerri, entre otros.
Preparar a las ciudades del país que más riesgo tienen
Ante la alerta del advenimiento de un nuevo Super Niño a finales
del corriente año, es importante
preparar las ciudades para
este tipo de eventos. Resulta necesario
generar obra
pública para el escurrimiento rápido del agua,
obras de
contención en las costas junto con un
plan de
reconstrucción de los barrios que se encuentran bajo la
cota de inundación con edificaciones en altura y el
saneamiento
de los humedales tapados.
Es necesario
paralizar la deforestación desenfrenada y
dejar de construir en zonas atravesadas por arroyos y ríos, ya que
los cuerpos de agua inevitablemente volverán a ocupar los valles
de inundación donde se desarrollan.
Prevenir estos desastres depende de
un verdadero plan debatido
democráticamente por la población. Los trabajadores de
diferentes ámbitos, junto con científicos y especialistas, deben
ser protagonistas de la
replanificación urbana en función
de las grandes y verdaderas necesidades sociales.
Hay alertas sobre el avance del Super Niño en el futuro próximo y,
a partir del registro histórico, se sabe cómo golpea este fenómeno
en algunas regiones del país.
Es imperioso organizarnos y
exigir la readecuación de las ciudades.
(Fuente: laizquierdadiario.com / varios /
redacción propia)