jueves, 16 de julio de 2026

El Mundial como "guerra sin disparos": ¿cómo influyen las metáforas en nuestra manera de vivir el fútbol?

Para cualquier aficionado al fútbol, incluso para quienes, sin serlo, siguen las vicisitudes del Mundial, que los comentaristas deportivos y los medios de comunicación se refieran al terreno de juego como un campo de batalla donde hay líneas defensivas, pugnas y estrategias no es ninguna sorpresa. De hecho, la mayoría ni pensamos en ello.

Inauguración del Mundial de 2026 en el estadio Azteca de Ciudad de México (Foto: Omar David Sandoval Sida / Wikimedia Commons).

Este tipo de metáforas frecuentes entorno a las competiciones deportivas en general y el Mundial futbolístico en particular parecen obvias y naturales. Pero su uso tiene un efecto más allá de la comprensión de lo que está pasando en cada partido. Es decir, las palabras con las que se nos cuentan los partidos afectan a cómo nuestro cerebro afronta cada eliminatoria.

En su libro "Metáforas de la vida cotidiana" (1980), George Lakoff y Mark Johnson propusieron una idea que revolucionó la forma de entender el lenguaje y el pensamiento: no sólo usamos metáforas como recurso poético, sino que pensamos y actuamos a través de ellas.

Que el lenguaje condiciona el pensamiento no es sólo una teoría filosófica. Investigaciones recientes demuestran, por ejemplo, que si a un grupo de personas se les describe el aumento de la criminalidad de su ciudad como una bestia salvaje, tienden a proponer soluciones punitivas (más policía y cárceles). Sin embargo, si ante los mismos datos exactos se les describe el crimen como un virus, los participantes proponen soluciones sociales y preventivas (más educación y sanidad).

El partido como batalla

El cerebro humano busca coherencia en el marco metafórico que se le presenta. En el caso del fútbol, el vocabulario deportivo que consumimos a diario altera nuestra reacción ante lo que vemos en el campo. 

El escritor George Orwell ya habló de las competiciones deportivas como "guerras sin disparos". Cuando un partido de fútbol se presenta como una batalla en la que hay que vencer al rival, nuestro cerebro asume inconscientemente los roles de ese escenario: el equipo contrario deja de ser un grupo de compañeros de profesión para convertirse en el "enemigo"; el campo no es una zona de recreo, sino un campo de batalla donde hay líneas defensivas, pugnas y estrategias.

Esta estructura mental legitima comportamientos que en otro contexto serían inaceptables. La hostilidad en las tribunas o la agresividad en el campo aparecen bajo el paraguas de la "defensa de los nuestros". No es sólo vocabulario: es un filtro cognitivo que determina nuestra respuesta emocional ante una victoria o una derrota.

El delantero de la selección portuguesa Cristiano Ronaldo y el jugador croata Luka Modric disputan un balón (Foto: Fanny Schertzer / Wikimedia Commons).

En el plano social, un Mundial funciona como el simulacro perfecto de un conflicto bélico mundial. Los equipos operan como ejércitos regulares respaldados por banderas, himnos y fronteras.

Al adoptar este lenguaje bélico, el fútbol canaliza instintos tribales y nacionalistas muy profundos. Nos identificamos con los equipos nacionales por una cuestión de supervivencia simbólica de nuestra identidad. Por eso una derrota en un Mundial se llora como una tragedia nacional y una victoria saca a millones de personas a celebrar en las calles; el lenguaje nos ha convencido de que estaba en juego el honor del país.

El campo de fútbol como tribunal

Recurrir a la terminología judicial para hablar de un partido de fútbol introduce una dimensión moral. En el plano cognitivo, estamos convirtiendo el terreno de juego en un tribunal de justicia. Bajo este marco mental, una falta no es una simple circunstancia del juego, sino un delito que exige un castigo o una pena máxima (el penal).

Esta metáfora explica la intensidad de nuestras reacciones: cuando el árbitro se equivoca en contra de nuestro equipo no sentimos que hayamos tenido mala suerte, sino que hemos sido víctimas de una injusticia. La reciente incorporación del VAR (el videoarbitraje) no ha hecho más que reforzar esta idea, actuando como una especie de "Tribunal Supremo tecnológico" al que se apela buscando una verdad objetiva e inapelable. 

Un juez de línea levanta el banderín por fuera de juego (Foto: Darz Mol / Wikimedia Commons).

El equipo como un edificio

En los últimos años, las retransmisiones se han llenado de equipos que construyen desde atrás, de paredes para romper líneas -tirar "túneles" es para los más habilidosos- y de muros infranqueables de equipos que han puesto el "autobús", metáfora tan visual como el "catenaccio" italiano o el "cerrojazo" español.

Los propios jugadores también tienen su papel dentro de la obra. Por eso, los jugadores más importantes son considerados los pilares fundamentales del equipo. Y para evitar que el equipo se desmorone, es necesario contar con centrocampistas destructores que presionen en la fase de construcción del rival. 

(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)

La Biblioteca Nacional abre una muestra sobre el trabajo invisible de la preservación de libros

La exposición recorre el detrás de escena que sostiene el acervo histórico, desde el primer examen a las intervenciones técnicas. Es en el Hall de Hemeroteca, con entrada libre y gratuita para toda la comunidad.

La Biblioteca Nacional Mariano Moreno inaugura el 18 de julio una exposición sobre conservación y restauración documental (Foto: Martin Rosenzveig).

La Biblioteca Nacional Mariano Moreno abre sus puertas el 18 de julio a una exposición que pone en primer plano el trabajo cotidiano y poco visible del Departamento de Preservación: el equipo de especialistas que frena el deterioro de los documentos que conforman el acervo histórico de la institución.

"Conservar el tiempo: el trabajo de conservación y restauración en la Biblioteca Nacional" se instala en el Hall de Hemeroteca del edificio ubicado en Agüero 2502, CABA, y podrá visitarse de lunes a viernes de 9:00 a 21:00 y los sábados y domingos de 12:00 a 19:00, con entrada libre y gratuita. La ceremonia de inauguración está prevista para el 17 de julio a las 18:00 y abre al público al día siguiente.

La muestra recorre las distintas etapas del proceso de conservación y restauración documental: desde el diagnóstico inicial de cada pieza hasta las intervenciones técnicas sobre papeles amarillentos, fotografías desvanecidas y películas deformadas. El recorrido expone también los criterios que guían cada decisión: respeto por la integridad material e histórica del ejemplar, registro exhaustivo de los tratamientos aplicados y uso de materiales compatibles y reversibles que no comprometan futuras intervenciones.

El patrimonio documental que custodia la Biblioteca no se limita al papel. El Departamento trabaja sobre fotografías, registros sonoros, materiales audiovisuales y microfilmes, cada uno con sus propias vulnerabilidades frente a los diez agentes de deterioro que la disciplina identifica: fuerzas físicas, agua, fuego, plagas, contaminantes, radiación, temperatura y humedad inadecuadas, robo y vandalismo, y pérdida de información asociada al objeto.

La muestra "Conservar el tiempo" abre al público el 18 de julio en el Hall de Hemeroteca de la Biblioteca Nacional con entrada libre y gratuita (Foto: Martin Rosenzveig).

Frente a esos riesgos, el departamento aplica dos líneas de acción. La conservación preventiva interviene sobre el entorno -condiciones ambientales, contenedores, sistemas de almacenamiento- sin tocar directamente los documentos. Cuando el deterioro ya ocurrió, entra en juego la conservación interventiva, que puede incluir limpieza en seco o húmeda, aplanado, consolidación de soportes debilitados, reparación del papel y restauración de encuadernaciones.

La exposición también aborda la relación entre la preservación física y la digitalización. Según los criterios del departamento, estabilizar un documento antes y después de su reproducción digital es indispensable: la generación de copias digitales no reemplaza al soporte original, sino que lo complementa y reduce la necesidad de nuevas manipulaciones.

La muestra plantea, además, que la responsabilidad de preservar el patrimonio documental es colectiva: recae tanto en los equipos técnicos como en quienes consultan, usan y valoran esos materiales.

(Fuente: Infobae / Biblioteca Nacional Mariano Moreno / redacción propia)

Con una campaña contra la IA, Polaroid lanzó una nueva cámara para conectar con lo analógico

Mientras la inteligencia artificial gana terreno en la creación de imágenes, Polaroid redobla su apuesta por lo analógico con el lanzamiento de la "Go Generation 3" y una campaña que invita a desconectarse de la tecnología y volver a capturar momentos reales. Ya se consigue en nuestro país.

La Go Generation 3 es la cámara analógica instantánea más pequeña creada hasta el momento (Foto: Keith Wee).

Polaroid acaba de lanzar un nuevo producto pensado para los amantes de lo analógico, acompañado por una potente campaña que hace frente a las tendencias ligadas a la Inteligencia Artificial. Se trata de la Go Generation 3, una cámara que ofrece funciones especiales y busca revitalizar el espíritu analógico.

A través de llamativos carteles, se pueden leer consignas como: "Ve a darte un chapuzón antes de que los centros de datos se lo beban todo", o "No conecta con la nube, te conecta con el otro". Luego, aparece el eslogan: "El mejor verano es el analógico".

(Foto: Keith Wee).

Así, la marca orientó su campaña publicitaria hacia una reconexión con lo real, enalteciendo la experiencia directa como la más enriquecedora, en un momento en que la IA y el mundo digital parecen devorarse toda posibilidad de experimentar y crear.

En esa línea, en su página web presentan esta cámara con la propuesta: "Deja a un lado el teléfono y vive el momento con la Polaroid Go de tercera generación: la última generación de la cámara analógica instantánea más pequeña del mundo".

(Foto: Keith Wee).

Lo mejor de esta nueva cámara

Polaroid ofrece la comodidad de un dispositivo compacto e incorpora mejoras frente a las cámaras de los teléfonos, que en los últimos años han reemplazado en gran medida a las cámaras fotográficas.

"La Go Gen 3 sigue siendo ideal para fotos de bolsillo y aventuras cotidianas, conservando todas las características que encantan de la serie Go (espejo para selfies, temporizador y modo de doble exposición). Sin embargo, también hemos mejorado los aspectos más importantes: un nuevo diseño, un objetivo renovado, un flash más potente y cinco nuevos colores vibrantes", explican.
(Foto: Polaroid).

Entre las características de esta nueva cámara se destacan un objetivo mejorado que permite crear imágenes más nítidas y claras, con mejor contraste, un flash más potente, útil cuando la luz es escasa y, por supuesto, el diseño, un aspecto en el que la marca ha sido líder desde sus inicios. Esta nueva serie puede conseguirse -inclusive ya en nuestro país- en color morado, azul claro, turquesa, negro y blanco.

(Fuente: Indie Hoy / Polaroid / redacción propia)

miércoles, 15 de julio de 2026

Ediciones imprescindibles: los cuentos "casi" completos de Ray Bradbury, reunidos por primera vez en un único y monumental libro

Siempre cercano a la imaginación y a la sensibilidad popular de lectores de tantas latitudes y generaciones, el autor de obras clásicas como "Crónicas marcianas" o "Farenheit 451" dejó una de las producciones de cuentos más impactantes por su abundancia, agrupándolos luego en volúmenes con criterios temáticos, simbólicos y hasta afectivos. Esta edición de sus relatos cortos incluye 116 organizados cronológicamente: un retorno tan imperdible como melancólico. Su edición en formato digital, disponible desde este post.

(Foto: Wikimedia).

Ternura, imaginación, maravilla, lirismo, ensueño. Son las palabras que describen de qué están hechos los relatos de Ray Bradbury, y son términos que rara vez definen a una literatura, mucho menos hoy, con toda la desesperanza, crueldad y cinismo de mucha de la narrativa actual.

La editorial Páginas de Espuma -a la cual pronto le dedicaremos un post exclusivo- acaba de publicar los "Cuentos" de Bradbury, una antología enorme -la más extensa en castellano- y, además de reparar la relativa ausencia del gran fabulista estadounidense en librerías, invita a la posibilidad de leer cuentos sobre cuestiones desesperantes y urgentes, comprometidos con la compasión tanto hacia sus personajes como hacia los lectores.

Como todo buen pesimista, Ray Bradbury sabía que la humanidad es capaz de destruirse y de, eventualmente, destruir a otros, pero esa capacidad de ruina le daba mucha pena, porque implicaba la desaparición de todo lo bueno y todo lo hermoso, que para Bradbury era mucho. Sus cuentos son ante todo éticos: se preguntan y reflexionan sobre qué está bien y qué está mal, analizan críticamente decisiones extremas.

En el lenguaje poético o en la franqueza de un relato "pulp", su estilo siempre es reconocible, lírico y dinámico al mismo tiempo, con personajes frágiles y con frecuencia solitarios. Era un poeta, decía Aldous Huxley, y también era un trabajador: cuando dejó el colegio pasó años leyendo en bibliotecas y escribiendo un cuento por semana en las máquinas de escribir de las salas de lectura. Murió a los 91 años en 2012, respetado por sus pares, amado por sus lectores, con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, un asteroide con su nombre, todos los premios posibles dentro de los géneros de sci-fi y fantasía pero ninguno de los galardones literarios legitimadores, salvo alguna mención tardía a la trayectoria y los Honoris Causa de rigor.

El mundo alucinante

Se dice que Bradbury no era un escritor de ciencia ficción, o que su trabajo trascendía el género, que es lo que se suele decir cuando un talento insólito decide escribir dentro de los géneros de la imaginación y lo hace con su voz particular e irrepetible. Escribió ciencia ficción y cuento fantástico y terror, pero lo hizo sin pensar en las convenciones genéricas, inaugurando una forma propia que clausura un estilo de "fantasía lírica" que tuvo enorme influencia y, al mismo tiempo, resulta imposible de imitar.

Escribir como Bradbury sólo puede hacerse desde la copia o el homenaje, desde la cita, y lo mismo sucede, por ejemplo, con Jorge Luis Borges, que lo admiraba muchísimo y, famosamente, prologó la primera edición en castellano de "Crónicas marcianas" en 1955 para la Editorial Minotauro, bajo la dirección de Paco Porrúa. Borges escribiría en ese prólogo: "¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?".

(Foto: composición propia).

"Cuentos" incluye 116 relatos en 1.339 páginas, lo que es una cantidad enorme en un volumen exuberante; así y todo, los lectores pueden notar algunas ausencias como "Todo el verano en un día", "Sirena" o "El siguiente en la fila". La selección prioriza la heterogeneidad y la longevidad: hay varios cuentos escritos entre 1982 y 2009, un periodo de Bradbury que no se suele recopilar. El prólogo de Laura Fernández, una de las escritoras en español más cercanas al espíritu de Bradbury, es una delicia: "Yo, como Bradbury, considero que uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya. Y esa escritura es, primero, la escritura de los demás. Esos a los que uno busca desesperadamente. Amigos a los que conoces demasiado bien porque, como diría Stephen King, has estado en su cabeza".

De todos esos amigos, Bradbury es de los más conocidos porque sus cuentos son como canciones pop, fábricas de nostalgia y alegría inolvidables. Y por eso mismo, la nueva traducción de Ce Santiago que ofrece "Cuentos" es un tema controvertido. Los traductores más importantes de Bradbury son Francisco Abelendas, seudónimo del mencionado Paco Porrúa, Marcial Souto y Matilde Horne. Para una nueva generación, este volumen ser el primer Bradbury, pero para quienes tienen en la cabeza la música de Porrúa, Souto y Horne, la traducción será menos amigable.

Bradbury fue el primer escritor de muchos lectores, el descubrimiento de una voz y de la literatura. Sus ecos reverberan en la narrativa, desde Stephen King hasta Kelly Link o Rodrigo Fresán. Este volumen irrumpe para establecer a Bradbury, con justicia, como clásico: las otras colecciones de cuentos reunidos o completos de la editorial son de Anton Chéjov, Franz Kafka y Edgar Allan Poe. Y también abre una pregunta: ¿quiénes son hoy los lectores de la ternura y la poesía de Bradbury?

Estos textos exudan nostalgia por el siglo XX y si alguna vez se consideraron ingenuos, leídos en 2026 son desoladores en su duelo por el ser humano. Esa casa que sigue viviendo sin gente en "Vendrán lluvias suaves", una máquina habitacional en pie mientras el mundo muere, es un funeral. Las cosas quedan y no nos recordarán. El mundo y los seres humanos son hermosos, y duele perderlos. La nostalgia en sus cuentos, su tristeza por un tiempo que no se puede recobrar, está presente en la lluvia interminable de "Venus", en el hombre adicto a su cohete que no quiere estar en la Tierra ni en su casa, en una pareja que descubre el fin del amor a través del miedo. Bradbury escribió, con el pulso de la literatura popular y del género, la gran elegía a nuestro tiempo, y por eso es imprescindible.

Su edición en formato e-book se puede comprar y descargar haciendo click aquí.

(Fuente: Página 12 / Mariana Enriquez / varios / redacción propia)

Grandes farsas: frenología, la pseudociencia que pretendía leer la personalidad al palpar el cráneo

Nacida en Viena a fines del siglo XVIII, alcanzó una enorme popularidad antes de ser refutada por los avances de la neurología y la falta de evidencia experimental.

Al palpar el cráneo, según la frenología, podían determinarse características de la personalidad (Foto: Shutterstock).

Frenología es un término que viene del griego "phren", que significa mente, y "logos", que significa estudio. Lo que postulaban los especialistas de esta pseudociencia es que si un individuo tenía ciertas partes del cerebro más desarrolladas que otras impactaba en la forma del cráneo y, en última instancia, también en el comportamiento.

El padre de la frenología fue Franz Joseph Gall, un médico originario de Viena que vivió entre 1758 y 1828. Todo empezó cuando observaba a sus estudiantes, en particular a los mejores. Según Gall, todos ellos tenían ojos saltones. De allí postuló que el cerebro empujaba los ojos hacia afuera ya que en esa parte estaba agrandado. En esa zona se ubica el lóbulo frontal donde, de acuerdo a afirmaciones del médico austríaco, se alojaba la memoria verbal, entre otras cosas. Gall pensaba que el cerebro no era un órgano homogéneo, sino que estaba conformado por parches con áreas especializadas.

Hay que tener presente que, por aquellos años, se pensaba que la actividad mental se ubicaba en el corazón. Gall infirió que la mente se ubicaba en el cerebro. En sus clases explicaba que, cuando un área era más fuerte, allí el cerebro era más grande y empujaba al cráneo. Eso daba lugar a un bulto palpable; de hecho, el propio Gall identificó 27. Entre las características palpables estaban el ingenio y la capacidad para hacer bromas, la sagacidad, la imitación, la habilidad para la poesía y el instinto religioso. También había bultos para la vanidad y para el instinto de matar.

Retrato de Franz Joseph Gall (Foto: Wikimedia).

Gall no solo palpaba la cabeza de quienes se lo permitían, sino que también coleccionaba cráneos. Era tal su fanatismo que el mismísimo Emperador Francisco II, Kaiser del Imperio Austrohúngaro, le prohibió en 1802 que dicte conferencias sobre craneología (así se llamaba a la frenología por aquellos años), por considerar a la disciplina incompatible con el orden moral y la religión. Eso hizo que, en 1805, abandonara Viena y terminara en París.

En la ciudad francesa se encontró con un ambiente intelectual favorable para el desarrollo de sus teorías. El médico comenzó a dar conferencias y demostraciones públicas. También diseccionó cerebros humanos y animales y volcó todas sus investigaciones en la publicación "Anatomía y fisiología del sistema nervioso en general y del cerebro en particular". Allí afirmaba, entre otras cosas, que capacidades como la benevolencia, el lenguaje, la memoria o la tendencia al robo residían en áreas específicas del cerebro.

Oliver Wendell Holmes fue un médico, poeta y profesor de Harvard. Fue también uno de los críticos más influyentes de la frenología. Escribió en 1838 un ensayo titulado "La homeopatía y sus engaños afines", donde cuestionaba diversas pseudociencias. Respecto de la disciplina iniciada por Gall, decía: "¿Se puede saber cuánto dinero hay en una caja fuerte simplemente apretando sus pomos con los dedos? Así que, cuando un hombre me palpa la frente y habla del órgano de la individualidad, confío en él tanto como si tocara el exterior de mi caja fuerte y me dijera que hay un billete de cinco o diez dólares debajo de tal o cual remache".

A pesar de las críticas, los especialistas en frenología se multiplicaron. Sin embargo, nunca se pusieron de acuerdo en la cantidad de zonas que tenía el cerebro para explicar el comportamiento de una persona. A esto se sumó también la fisionomía, la lectura de los rasgos faciales, para agregar aún más variables y confusión. Los comportamientos ahora no sólo se explicaban a través de los bultos en el cráneo, sino que también se sumaban la forma de la frente o cuán protuberante era la nariz.

En Estados Unidos, la frenología comenzó a ser una salida laboral. Lorenzo Niles Fowler y Orson Squire Fowler empezaron con su emprendimiento en Nueva York en 1830. Orson era hijo de un granjero, próximo a convertirse en ministro de la iglesia, pero la frenología le resultó más rentable. Iba a las conferencias de esta disciplina en Amherst College y "leía" los cráneos por dos centavos. Todos los Fowler entraron en el negocio de la frenología. Escribían sus artículos en sus propias revistas científicas y no temían recomendarle a la gente cómo vivir, qué comer y hasta cómo mantener sus matrimonios e hijos.

Un anuncio, de alrededor de 1838, parecía casi una advertencia para padres preocupados: "Predicciones frenológicas. Quienes estén meditando sobre cualquier cambio importante en sus actividades o padres antes de decidir un negocio o profesión para sus hijos, deberían consultar esta ciencia, ya que su fortuna depende de que la elección se ajuste a sus predicciones. Precios: cinco chelines en adelante". En un momento era sumamente fácil conseguir a alguien que, por pocas monedas, examinara el cráneo.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la frenología comenzó a declinar hasta ser descartada por la comunidad científica. Su caída fue resultado de falta de evidencia empírica, así como también del avance de la neurología. Esta última presentó resultados respecto de la anatomía cerebral. Se descubrió que algunas funciones cerebrales están ubicadas en áreas específicas, pero de formas más complejas. Por ejemplo, Paul Broca demostró que una región del lóbulo frontal es crucial para la producción del lenguaje, y Carl Wernicke descubrió la zona fundamental para la comprensión del mismo. Ninguna de las dos áreas producía protuberancias palpables en el cráneo. Por otra parte, muchos practicantes comenzaron a usar la frenología para justificar ideas sobre criminalidad, inteligencia, raza y clase social. Esto dañó aún más su credibilidad científica.

Gall estaba equivocado sobre la lectura del cráneo. Sin embargo, fue uno de los primeros en sostener que distintas funciones mentales podían estar asociadas a distintas regiones del cerebro, una idea que la neurociencia moderna desarrolló posteriormente con métodos científicos.

(Fuente: Agencia de Noticias Científicas / UNQ / redacción propia)

martes, 14 de julio de 2026

Un visionario: el primer científico que detectó imágenes falsas lleva veinticinco años preparándose para este momento

Mucho antes de que existiera el término "deepfake", Hany Farid ya buscaba las huellas de las imágenes manipuladas. Hoy, su laboratorio en Berkeley es una barrera clave frente a lo que en su momento fue una fantasía amenazante y hoy es cosa de todos los días.

(Foto: WIkimedia).

A principios de los años 2000, manipular una fotografía digitalmente requería muchas horas de trabajo, software especializado y, sobre todo, dejaba rastros. Rastros que un ojo experto podía detectar si sabía dónde mirar. Hany Farid, entonces profesor en el Dartmouth College de los Estados Unidos, decidió que la ciencia forense necesitaba encontrar esos rastros de forma sistemática, no intuitiva. Su pregunta era aparentemente sencilla pero carecía de respuesta: ¿cómo se demuestra, con matemáticas, que una imagen ha sido alterada?

La respuesta tardó años en construirse. Y hoy, cuando los modelos de inteligencia artificial pueden fabricar en segundos un vídeo convincente de cualquier persona haciendo cualquier cosa, esa pregunta es más urgente que nunca. Un reportaje publicado recientemente en la revista Science retrata a Farid, ahora profesor de la Universidad de California, como el investigador que construyó las herramientas antes de que existiera el problema a gran escala.

Lo que los ojos no pueden ver

Los deepfakes actuales no funcionan como el Photoshop de los años noventa. No hay un píxel fuera de lugar ni una sombra en la dirección equivocada que cualquier ojo humano, por muy entrenado que esté, pueda identificar a simple vista. Los modelos generativos modernos, basados en arquitecturas como las redes generativas antagónicas (GAN) y, más recientemente, los modelos de difusión, aprenden a imitar la realidad estadística analizando millones de imágenes. El resultado es un contenido sintético que supera con comodidad el umbral de percepción visual.

Las inconsistencias que delatan un deepfake son, en su mayoría, físicas y estadísticas, imperceptibles sin las herramientas matemáticas adecuadas. Un modelo generativo puede reproducir con fidelidad milimétrica la textura de la piel, el color del iris o el movimiento de los labios. Sin embargo, tiene serias dificultades para replicar la física completa de la luz tridimensional. Los reflejos en los ojos de una persona real siguen leyes ópticas estrictas que los modelos actuales no reproducen de forma consistente. Si analizamos la luz especular que rebota en ambas pupilas, un deepfake a menudo mostrará fuentes de luz que no coinciden geométricamente entre el ojo izquierdo y el derecho.

La frecuencia y el patrón de parpadeo tampoco suelen coincidir con los parámetros biológicos documentados. Además, la geometría tridimensional del rostro, bajo ciertos ángulos de iluminación, introduce distorsiones apenas perceptibles para el ojo, pero mensurables para un algoritmo entrenado para detectarlas en el dominio de las frecuencias espaciales. Ese es el territorio de Farid: la intersección exacta entre la física, la estadística y la visión artificial.

Representación visual de las inconsistencias físicas que los algoritmos de detección forense identifican en imágenes sintéticas generadas por modelos de inteligencia artificial (Foto: Scruzcampillo).

La ciencia de la huella digital

El enfoque del laboratorio de Farid no busca directamente lo falso, sino que persigue la ausencia de lo real. Los detectores que su equipo lleva décadas desarrollando aprenden cuáles son las propiedades estadísticas inmutables de las imágenes auténticas capturadas por sensores de hardware, y después identifican desviaciones de esas propiedades en el material sospechoso.

Una cámara digital introduce un patrón de ruido en cada fotografía de una manera específica, determinada por las características físicas del sensor de silicio y el procesado interno del dispositivo (conocido como ruido de patrón fijo o PRNU). Un vídeo real tiene una cadencia de movimiento ocular y de pulso capilar que responde a estímulos biológicos verificables. Una cara real proyecta sombras que obedecen a una fuente de luz única y geométricamente coherente en el espacio 3D. Cada uno de estos patrones constituye una firma estructural que los modelos generativos actuales no consiguen falsificar de forma perfecta y simultánea.

El trabajo de Farid ha trascendido el entorno académico puro. A lo largo de los años, ha colaborado con organismos de aplicación de la ley, plataformas digitales y entidades gubernamentales para desarrollar sistemas de autenticación de contenidos. Ha testificado ante el Congreso de los Estados Unidos sobre los riesgos estructurales de la desinformación basada en medios sintéticos.

Una carrera sin línea de meta y el dividendo del mentiroso

Aquí está la paradoja central del campo forense, y Farid ha sido explícito al respecto: cada avance en la detección provoca, de manera inevitable, un avance paralelo en la generación. Los detectores son reactivos por construcción. No pueden anticipar una arquitectura generativa que todavía no ha sido entrenada. A esto se suma un fenómeno sociológico que Farid y otros expertos denominan el "dividendo del mentiroso". Cuando el público asume que la inteligencia artificial puede falsificar cualquier vídeo o audio con facilidad, los actores maliciosos ganan una coartada perfecta. Pueden afirmar que una prueba real y comprometedora es, en realidad, un deepfake, sembrando la duda razonable en los tribunales y en la opinión pública.

Esto no convierte la investigación en un esfuerzo inútil, sino en uno cuyos objetivos deben plantearse con precisión quirúrgica. El objetivo real no es una solución definitiva que detecte todo el contenido falso. Es elevar el costo técnico de producir contenido sintético indetectable, crear fricción computacional suficiente para que los atacantes necesiten recursos crecientes, y construir una infraestructura de autenticación paralela.

Lo que la ciencia todavía no puede garantizar

Los límites de la ciencia forense digital son igualmente claros. Los sistemas actuales de detección funcionan con alta precisión sobre modelos generativos conocidos o antiguos, pero su tasa de error aumenta de forma significativa cuando se enfrentan a arquitecturas nuevas o a contenido generado con técnicas ausentes en su conjunto de entrenamiento original. La capacidad de generalización entre distintas familias de redes neuronales sigue siendo un problema técnico abierto.

Y luego están los falsos positivos. Un detector imperfecto que marca como falso material legítimo puede causar daños irreparables: la desacreditación injusta de documentos de derechos humanos, graves consecuencias legales para periodistas o testigos en zonas de conflicto, y la erosión general de la confianza en los archivos de información pública. En este ámbito de la tecnología, la transparencia sobre los márgenes de error es tan crítica como la sensibilidad del propio detector.

La apuesta por el origen y la criptografía

Ante estos retos, el trabajo más prometedor apunta hoy a un enfoque complementario a la detección a posteriori: la autenticación del origen. En lugar de intentar demostrar mediante análisis estadístico que algo es falso, la idea es construir la infraestructura técnica y legal para demostrar irrefutablemente que algo es real.

La Coalition for Content Provenance and Authenticity (C2PA), de la que forman parte actores clave de la industria, trabaja para que las cámaras, los micrófonos y las plataformas de distribución incrusten de forma nativa metadatos firmados criptográficamente. Estos metadatos certificarían de manera inalterable cuándo, dónde y con qué sensor de hardware físico se capturó un contenido audiovisual.

Si el dispositivo de captura certifica criptográficamente una imagen en el preciso momento de su creación, la carga de la prueba se invierte por completo: el contenido que carezca de certificado no tendrá ninguna garantía de autenticidad por defecto, y el contenido con firma criptográfica podrá verificarse matemáticamente sin depender de un detector reactivo entrenado sobre los modelos del pasado.

Es una carrera completamente abierta. Hany Farid lleva veinticinco años corriendo en ella, estudiando los píxeles y el ruido, y la señal de llegada no está todavía a la vista. Pero al menos, ahora la ciencia forense tiene un mapa del terreno.

(Fuente: Muy Interesante / Xataka / varios / redacción propia)

Matemáticas y pelotas de fútbol, desde los diseños de Arquímedes hasta el actual torneo mundial

En épocas en que todos estamos demasiado pendientes del campeonato mundial, hay mucho que decir sobre la relación entre el deporte más popular del planeta y las matemáticas. Además de las proporciones del terreno de juego, el sistema de puntuación, las estadísticas de los partidos y las probabilidades asociadas a los resultados, hay aspectos curiosos que suelen pasar desapercibidos para los aficionados. Uno de ellos es la evolución de los balones de fútbol y la geometría aplicada a su diseño. 

El Adidas Trionda es la pelota oficial de la Copa Mundial de Fútbol de 2026 (Foto: UKinUSA /Flickr).

Fue en la Inglaterra del siglo XIX donde surgieron los primeros equipos organizados (1857) y, pocos años después, las reglas modernas del fútbol (1863), dando origen a este deporte que se extendió por todo el mundo. Existen registros que indican que los pueblos mesoamericanos ya practicaban juegos similares al fútbol actual en el siglo XV.

Los balones de los primeros campeonatos oficiales estaban hechos de cuero y cosidos a mano. En ellos ya se podían observar patrones de naturaleza geométrica. Con la necesidad de una producción a escala industrial, resultó conveniente que su superficie estuviera recubierta por módulos iguales que encajaran entre sí, como se puede ver en los balones utilizados entre las décadas de 1930 y 1960.

El modelo T (con doce módulos en t) fue uno de los usados durante la Copa Mundial de la FIFA de 1930, celebrada en Uruguay (Foto: Oldelpaso / Wikimedia Commons).

Parece una esfera perfecta, pero no lo es

A primera vista, un balón de fútbol parece una esfera perfecta, recubierta de cuero, goma y otros materiales. Hay desde balones improvisados hechos con telas, como los antiguos balones de medias, hasta aquellos fabricados con compuestos altamente tecnológicos, como el poliuretano empleado en los balones oficiales.

Hoy en día, su superficie está formada por la unión de módulos planos que, cosidos o pegados, constituyen un revestimiento que adopta una forma "esférica" cuando se infla. Cuanto más refinado es el diseño de estos módulos, más se aproxima el balón a una esfera.

En 1970, durante el Mundial celebrado en México, se produjo un gran avance en el diseño de estos balones con el Telstar. Fue con el Telstar y su ingenioso diseño con el que Brasil cautivó al mundo al conquistar su tercer título mundial de fútbol en el Estadio Azteca, coronando una racha de títulos en tan solo 12 años (1958, 1962 y 1970).

El balón Telstar (Foto: Flickr).

El modelo geométrico adoptado en el Telstar se basa en un sólido llamado icosaedro truncado. En matemáticas, los sólidos geométricos son figuras tridimensionales con longitud, anchura y altura. Los cubos, los prismas, las pirámides y la propia esfera son ejemplos de sólidos geométricos.

El clásico balón del Mundial de 1970 se basa en el icosaedro truncado, que tiene 32 caras formadas por polígonos regulares: 20 hexágonos y 12 pentágonos. Recortados y cosidos del revés, estos módulos forman la superficie exterior del balón. Al inflarse, esta envoltura adopta una forma muy parecida a la de una esfera. Este modelo se convirtió en un icono del fútbol mundial y se utilizó durante seis Copas del Mundo consecutivas, desde 1970 hasta 2002.

Reproducción del icosaedro dibujado por Da Vinci en el libro de 1509 (Foto: WIkimedia Commons).

Un dato impresionante es que esta figura tridimensional forma parte de los sólidos arquimedianos, cuya descripción se atribuye tradicionalmente al matemático griego Arquímedes (287 a.e.c - 212 a.e.c.) y que fue representada magistralmente hace unos 500 años, en el Renacimiento, por Leonardo da Vinci, el gran genio de las artes y la invención. Da Vinci ilustró con decenas de figuras poliédricas el libro "De Divina Proportione", publicado en 1509. Escrita por el matemático Luca Pacioli (1445-1517), la obra se considera un clásico sobre las proporciones.

Cuando Da Vinci dibujó los poliedros platónicos y arquimedianos, no existían ni la informática gráfica ni la inteligencia artificial. Sólo contaba con su imaginación, sus extraordinarias habilidades y sus pinceles. Cinco siglos más tarde, las computadoras han sustituido a los pinceles, pero los principios de la geometría siguen siendo los mismos. Lo que ha cambiado son las herramientas utilizadas para aplicarlos.

La revolución del diseño

Durante más de tres décadas, el icosaedro truncado se mantuvo como referencia para el diseño de los balones oficiales. A partir de la década de 2000, sin embargo, la geometría de los balones tomó un rumbo diferente, impulsada por tecnologías de vanguardia como el modelado por ordenador, capaz de tener en cuenta variables como el peso, la velocidad, la resistencia al aire, los nuevos materiales y los procesos de fabricación.

Para los amantes de las matemáticas, resulta interesante observar cómo los balones modernos reflejan los avances de la geometría. Al fin y al cabo, la historia reciente de los balones oficiales también puede entenderse como la búsqueda de construir, con un número cada vez menor de módulos, una superficie que, una vez inflada, se aproxime lo máximo posible a una esfera perfecta.

Balón Jabulani de Adidas (Foto: Warrenski / Flickr).

La llegada del balón Jabulani, fabricado por Adidas, ejemplifica este proceso y consolida una ruptura con el modelo de su predecesor. En lugar de los 32 módulos tradicionales, su superficie pasó a estar formada por sólo ocho paneles moldeados tridimensionalmente, unidos mediante procesos de termosoldadura (thermal bonding). La reducción del número de costuras hizo que la superficie fuera más uniforme y acercó aún más el balón a una esfera ideal. El Jabulani se estrenó en el Mundial de 2010, en Sudáfrica.

Balón Trionda (Foto: Wikimedia Commons).

Brazuca y Trionda

El número de módulos se redujo a seis en el diseño del balón Brazuca, la estrella del Mundial de 2014, celebrado en Brasil. Además de la reducción de las costuras, estos módulos presentan una simetría y unas curvaturas cuidadosamente calculadas para distribuir mejor las tensiones provocadas por el inflado del balón. El resultado fue una superficie más regular y un comportamiento aerodinámico más estable. El balón Trionda, que se utiliza en el Mundial de 2026, celebrado en México, Estados Unidos y Canadá, representa un paso más en esta evolución.

División regular del plano con pájaros (1949), estudio de M. C. Escher (Foto: colección Escher in The Palace, La Haya, Países Bajos).

Cuenta con sólo cuatro módulos de contornos curvos, similares a la forma de un bumerang. El encaje de estas cuatro piezas es suficiente para formar todo el revestimiento del balón.

Para diseñar este módulo, los ingenieros y diseñadores utilizaron principios geométricos similares a los que exploraron los mosaicistas moriscos en la ornamentación de edificios públicos y religiosos de Andalucía, como la Alhambra de Granada.

Estos artesanos desarrollaron formas capaces de cubrir completamente una superficie mediante la repetición, sin dejar espacios vacíos ni superposiciones. Siglos más tarde, esos mismos principios inspiraron los famosos mosaicos creados por el artista holandés Maurits Cornelis Escher (1898-1972).

Observar la historia de los balones y los Mundiales desde esta perspectiva ayuda a comprender cómo las matemáticas están en todas partes. Aparecen en la arquitectura de los estadios, en las formas geométricas de los balones y en las soluciones creadas por diseñadores e ingenieros. En cada Copa Mundial, los nuevos retos dan lugar a nuevas ideas, demostrando que el fútbol, el arte, la tecnología y la geometría pueden jugar en el mismo equipo.

(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)

lunes, 13 de julio de 2026

Lecturas de lunes: hoy hacemos foco en los apasionantes y actuales ensayos de la Editorial Siglo Veintiuno

Los lectores sabemos que no todo es ficción, aventuras, historia, suspenso, romance o especulaciones distópicas. También hay momentos en los que debemos detenernos a pensar, informarnos e investigar acerca de algunos acuciantes temas del hoy y ahora, sea en nuestro país o en el mundo. Justamente estos ocho trabajos tienen ese denominador común, junto con el de haber sido publicados por la misma editorial. Fácilmente conseguibles en formato físico, también facilitamos su descarga digital desde este post. 

(Foto: composición propia).

Existen hoy en Argentina algunas pequeñas editoriales independientes -por fuera de los grandes nombres ni como "subsidiarias"- que merecen ser destacadas por su su coherencia, y una de ellas es Siglo Veintiuno. Desde este espacio recomendamos ocho textos que pueden ser difíciles de abordar, pero que nos parecen absolutamente actuales y necesarios. Con filiales en México y España, la casa central porteña se encuentra en Guatemala 4824, donde se encuentra disponible todo su catálogo, más allá de muchas librerías de todo el país. Como ellos mismos bien se definen, libros de "pensamiento crítico para interrogar el presente".

Los individualistas, de Matt Zwolinski y John Tomasi

(Foto: composición propia).

De la mano de las derechas radicales, el pensamiento libertario se hizo un lugar en el sentido común global, y nombres como Murray Rothbard, Ayn Rand o Milton Friedman -antes reservados a especialistas y militantes- se han convertido en referencias corrientes.

Pero el libertarismo es mucho más que eso: se trata de una verdadera familia de teorías políticas que nació en el siglo XIX en Gran Bretaña y Francia, llegó a los Estados Unidos en el siglo XX, y desde sus comienzos combinó elementos de una izquierda radical y una derecha reaccionaria. ¿Qué han tenido en común esas teorías, entonces? En principio, un espíritu: el libertarismo se radicaliza ante lo que percibe como una amenaza, sea la esclavitud, el socialismo o el avance de valores anti-occidentales, según la época. Y también una actitud: lleva a un extremo ciertos valores liberales clásicos (la economía de mercado, los derechos de propiedad, el individualismo) y los transforma en imperativos morales.

A través de una reconstrucción histórica minuciosa y documentada, "Los individualistas" revela las bases sobre las que descansa el discurso de muchos gobiernos del mundo contemporáneo, y a la vez logra iluminar las tensiones alojadas en el alma de ese nuevo engendro, al menos en Argentina, llamado libertarismo.

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El desprecio, de François Dubet

(Foto: composición propia).

Una caracterización imprescindible: todos en algún momento somos despreciados y despreciamos. Los pobres desprecian a los ricos y a las élites en general, porque les dan lecciones desde el pedestal y no les resuelven problemas básicos. Los sectores dominantes e incluso no pocos progresistas desprecian a la gente que a sus ojos encarna la ignorancia o el conservadurismo.

También se sienten despreciadas las profesiones que antes eran sinónimo de vocación fuerte y autoridad moral: los maestros, los médicos, los investigadores. Entre los sectores populares, están los que desprecian a quienes reciben asistencia estatal o a los extranjeros que les "roban" el trabajo. El desprecio es un sentimiento que se desprende de injusticias materiales pero no se agota ahí. Al mezclarse con la vergüenza y la indignación por ser discriminados, es una emoción que nos aplasta el ánimo y que a veces tendemos a ocultar, como si la culpa fuera nuestra por no estar a la altura.

El desprecio flota, nos afecta, no reconoce arriba ni abajo. Y lo más importante: son las derechas las que saben explotarlo, aprovechando ese odio al sistema para alimentar liderazgos autoritarios. En este libro, Dubet ofrece un ángulo nuevo para trabajar sobre nuestro propio desconcierto.

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Un fantasma recorre el mundo, de Pablo Stefanoni

(Foto: composición propia).

En 2019, un amigo le comentó al autor de este libro: "Los libertarios son como los bitcoins. No se los puede sacar de internet". Sin embargo, lograron salir. La derecha neorreaccionaria ya no sorprende a nadie, corrió todos los límites y encabeza una cruzada para resetear el sistema en un sentido antidemocrático. Llamar a eso "batalla cultural" suena a poco: es una guerra ideológica por la visión del mundo. Y, como toda guerra, tiene sus armas y sus tácticas.

En este libro esclarecedor, Stefanoni descorre el velo sobre los argumentos clave del arsenal de la derecha. ¿Estamos ante un nuevo tipo de fascismo? Si es así, ¿cómo incluir en él a los reaccionarios recién llegados, esos magnates ligados al mundo de las nuevas tecnologías y las distopías apalancadas en su riqueza? ¿Existe el wokismo, o es un invento para fortalecer la demonización de las izquierdas? ¿Por qué la derecha se volvió hipersionista y, sobre todo, cómo logró la autoabsolución de su antisemitismo clásico? ¿Tiene futuro la libertad sin democracia que proponen las derechas en el poder, por ejemplo en la Argentina?

El autor logra priorizar la información y los argumentos por sobre el griterío reaccionario, desarma los conceptos más enredados para hacerlos comprensibles y no se deja ganar por el desaliento: la historia no está escrita, y existen aquí y allá resistencias eficaces. Es hora de canalizar la indignación en un sentido opuesto.

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Una extraña derrota, de Didier Fassin

(Foto: composición propia).

En 1940, Marc Bloch, uno de los mayores historiadores franceses, escribió La extraña derrota, una intervención que dejaba al desnudo lo que entonces era un tabú: la colaboración con el nazismo de los intelectuales, dirigentes y parte de la sociedad de su país. Entendía que, sin una revisión honesta, cualquier consenso de posguerra tendría pies de barro. A Didier Fassin lo mueve un propósito similar: interpelar el silencio, el consentimiento o la complicidad de responsables políticos y élites respecto de la aniquilación de Gaza, y la condena o censura que ejercieron para acallar las voces críticas acusándolas de antisemitismo.

Nada justifica el brutal atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023, que produjo la mayor cantidad de víctimas israelíes desde la fundación del Estado de Israel en 1948; tampoco hay modo de negar el antisemitismo y la saña con la población civil. Pero lo que siguió no puede entenderse simplemente como legítimo derecho de defensa, sino como un episodio (¿el final?) de una historia más larga en la que Israel, con la anuencia de sus aliados de Occidente y de países árabes, ha ocupado ilegalmente territorios palestinos y ha sometido a su población a segregación y violencia cotidianas.

¿Cómo harán los países occidentales, de ahora en más, para hablar como portavoces de los derechos humanos? ¿Por qué creerles, cuando casi todos asisten pasivamente o proveen armas para asesinar población indefensa (niños, sobre todo) y arrasar la infraestructura básica de la vida, desde hospitales y escuelas hasta plantas potabilizadoras, de modo que si los gazatíes no mueren por las bombas mueren por hambre, deshidratación o falta de atención médica? Este libro sienta las bases para un debate respetuoso, sin doble vara, que no tilde de "antisemitas" las peticiones para dejar de matar civiles, que no llame "respuesta" a una empresa de aniquilación, ni "guerra Israel-Hamás" a una operación militar frontalmente dirigida contra un pueblo, su historia y su cultura.

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Las cruzadas del siglo XXI, de Bernabé Malacalza

(Foto: composición propia).

Aunque nos sintamos felizmente lejos de los conflictos armados de otras latitudes, en América Latina se está librando una verdadera guerra. Sus campos de batalla son acuerdos comerciales, fondos para obras de infraestructura, gestiones en organismos internacionales, explotación de recursos naturales, redes sociales y medios de comunicación. Los contendientes son Estados Unidos y China. 
   
Este libro analiza cómo ambas potencias vienen desplegando en nuestros países estrategias alentadas por políticos, diplomáticos, tecnomagnates, académicos y activistas que se han convertido en "cruzados" contemporáneos embarcados en una batalla que ya no es solo comercial o militar, sino civilizatoria, y que se apoya en parte en teorías conspirativas y desinformación. 
   
Como muestran estas páginas, los efectos son bien concretos -instalación de puertos, rutas, bases militares y científicas, tecnología digital, explotación minera, acceso o veto al financiamiento de obras- pero sus potenciales consecuencias van más allá. El verdadero riesgo para América Latina es adoptar una mirada de corto plazo y celebrar recursos o soluciones rápidas mientras sin que lo advirtamos se van construyendo vínculos profundos con una u otra potencia, que pueden poner en riesgo nuestra capacidad de moldear el futuro.

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Policrisis, de Maristella Svampa

(Foto: composición propia).

A comienzos de los 2000, América Latina era el faro del progresismo:  la marea rosa entusiasmaba con políticas de inclusión social, distribución del ingreso y ampliación de derechos. Casi como una aguafiestas, ya entonces Svampa reconocía esos logros pero veía señales de agotamiento ideológico en el verticalismo y la ausencia de autocrítica, la apuesta por una economía extractiva a expensas de la sostenibilidad ambiental y la retórica de un Estado de bienestar que chocaba con su incapacidad de dar respuestas reales a la sociedad. Ahora, cuando el progresismo se muestra impotente frente a las ultraderechas, o retrocede y se modera aún más, este libro construye una caracterización deslumbrante de la época con la certeza de que no hay un paraíso perdido al que volver. 
   
Si la pandemia fue una crisis extraordinaria que puso al desnudo las desigualdades y habilitó la ilusión de "salir mejores", la pospandemia nos enfrenta a una policrisis sistémica, que no es una sumatoria de colapsos (ambiental, económico, político) sino un contexto nuevo y un cambio de régimen en el que "lo viejo no funciona". Las ultraderechas entendieron ésto como nadie y, mientras nos escandalizamos por sus niveles de crueldad, implementan estrategias de acumulación política que tendemos a ver como meros desbordes irracionales.  
   
Con foco en América Latina y atendiendo al panorama geopolítico global, la autora rastrea y reconstruye las experiencias de organización colectiva en las que late un proyecto contrahegemónico. Sin idealizarlas, nos invita a pensar cómo podrían potenciarse y dar un salto de escala, cuál sería la articulación con el Estado, y cómo sortear el riesgo de una autonomía funcional al neoliberalismo.

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Lo que el progresismo no ve, de Sabrina Frederic

(Foto: composición propia).

¿Qué le pasa al progresismo con la seguridad? ¿Por qué le cuesta llevar a la práctica y sostener las políticas que ese mismo espacio defiende, ligadas al uso proporcional de la fuerza pública, el respeto de los derechos humanos y criterios de equidad hacia sectores vulnerables? Habiendo tenido responsabilidades en el área bajo gobiernos de ese signo político, y con la perspectiva de años de investigación, Frederic busca que el tema no quede en el barro de las disputas personales o la autoflagelación para explicar los problemas estructurales que lo atraviesan en esta etapa de total declive del Estado benefactor. 
   
Algo está claro: el dilema entre garantismo y manodurismo no sirve para entender el fondo de la cuestión, y precisamente a eso apunta este libro. De hecho, las gestiones autopercibidas progresistas están atravesadas por contradicciones y suelen boicotear sus principios al utilizar las mismas herramientas que los sectores que identificamos como de derecha. Así, reclaman más gendarmes y más represión, y en algunos casos confían el área a personajes capaces de desplegar ante cámaras y micrófonos una performance digna de Rambo, aunque eso no sirva para resolver los conflictos. Como si importara más el desempeño mediático que los resultados efectivos. 
   
A partir de ejemplos reveladores, Sabina Frederic analiza cómo el área de Seguridad pasó a absorber la gestión de las poblaciones periféricas, ahí donde los otros brazos del Estado no llegan, y a administrar demandas irresueltas por el acceso a derechos básicos como el hábitat o el trabajo dignos. Y traza un diagnóstico que busca ser el puntapié para una discusión honesta: ¿cómo articular una política de seguridad verdaderamente progresista, capaz de jerarquizar y valorar a las policías, de priorizar la negociación y de no empujar a los márgenes a los sectores más débiles? ¿Qué lugar tendrían entonces la inteligencia y la investigación de redes criminales transnacionales? ¿Cómo ejercer la regulación de los mercados ilegales? Frente a la legítima demanda social de seguridad, este libro llama a pensar un enfoque estratégico con menos consignas y más compromiso con la protección de las mayorías.

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Ved en trono a la noble igualdad, de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach

(Foto: composición propia).

La Argentina está maldita. Apoyada en el mito fundante de la tierra de oportunidades que recibió a los inmigrantes europeos, nuestra sociedad ha sido siempre particularmente sensible a la demanda de igualdad. Pero las políticas proteccionistas que estimularon el empleo y los salarios terminaron siendo muy costosas para el crecimiento económico. Así puede sintetizarse la maldición pendular de la economía argentina, un laberinto en el que se han perdido gobiernos de todos los colores.

En este libro, Gerchunoff y Llach recorren "el siglo XX largo" que comienza en 1880 y llegan hasta el gobierno de La Libertad Avanza para caracterizar y explicar esos vaivenes entre los requisitos del crecimiento y los reclamos de la distribución. A lo largo de este admirable análisis, en que la perspectiva de largo plazo no cae en la "nostalgia peronista" ni en la "nostalgia liberal", se preguntan si hay coyunturas excepcionales que puedan ayudar a un gobierno a evitar los atajos redistributivos del proteccionismo y de la sobrevaluación cambiaria.

Desde la crisis de 2001, la producción y el empleo se han reconfigurado, pero la Argentina sigue atrapada en su dilema histórico: como escriben los autores, "ganar elecciones es caro en dólares, ganar crecimiento es caro en votos".

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(Fuente: Editorial Siglo XXI / bajalibros.com / varios / redacción propia)