Aunque aún nos parezca increíble, millones de personas interactúan
a diario con sistemas conversacionales, no sólo para resolver
dudas o aumentar su productividad, sino también para desahogarse,
ordenar pensamientos o sentirse acompañadas. ¿Hasta qué punto es
sano o útil?
Lo relevante no es únicamente el avance tecnológico, sino el tipo
de vínculo que empieza a emerger. Aplicaciones diseñadas
específicamente para ofrecer compañía -como
Replika o
Character.AI- y
herramientas más genéricas como
ChatGPT están ocupando un
espacio que hasta hace poco pertenecía exclusivamente a las
relaciones humanas: el de la
interacción emocional cotidiana.
La cuestión ya no es si estas tecnologías pueden conversar de
forma convincente,
sino qué ocurre cuando empezamos a
relacionarnos con máquinas que simulan escucharnos,
comprendernos y acompañarnos.
Cuando una herramienta se percibe como "alguien"
Desde la
psicología social, sabemos que los seres humanos
no necesitamos demasiado para activar nuestros mecanismos
de interacción social. Basta con que algo responda de forma
contingente, coherente y mínimamente personalizada. Este fenómeno,
conocido como
antropomorfización,
describe la tendencia a
atribuir mente, intención y emociones
a sistemas no humanos.
Los
sistemas conversacionales actuales cumplen con creces
esas condiciones. Responden rápido, ajustan el lenguaje, recuerdan
información previa y
simulan estados emocionales. No es
que confundamos una IA con una persona; es que
nuestro sistema
cognitivo no está diseñado para interactuar con entidades que
"parecen sociales" sin tratarlas como tales. Como ya
mostraron los investigadores
Clifford Reeves y
Byron Nass en su informe "
The Media Equation",
tendemos a aplicar normas sociales a ordenadores y medios
incluso
cuando sabemos que no son humanos.
En la práctica, esto significa que hablar con una IA
no es una
interacción neutra. Es una interacción psicológicamente
social,
aunque uno de los interlocutores no sea una persona.
El atractivo de una relación sin fricción
Las relaciones humanas son complejas por definición. Implican
tiempos
de espera, malentendidos, reciprocidad, conflicto y ajuste
continuo. Los compañeros artificiales o "AI companions"
eliminan
gran parte de esa fricción. Están disponibles en cualquier
momento, responden de forma inmediata y
rara vez introducen
disonancia o desacuerdo.
Desde el punto de vista del aprendizaje, esto genera un entorno
especialmente reforzante. Las interacciones tienden a ser
satisfactorias o, al menos, no aversivas, lo que
incrementa su
repetición. Este tipo de dinámica se entiende bien desde los
modelos de refuerzo:
cuando una conducta (en este caso, interactuar con la IA) produce
consecuencias positivas de forma consistente,
su probabilidad
de repetición aumenta.
Además, la
ausencia de evaluación social negativa reduce
el costo de exponerse. Sabemos que las personas pueden llegar a
compartir más información personal con sistemas automatizados que
con otros humanos, precisamente
porque perciben menor riesgo
de juicio. En otras palabras, la IA ofrece algo difícil de
encontrar en la vida cotidiana:
escucha constante sin
consecuencias sociales inmediatas (posibles juicios,
críticas, burlas, etc.).
Qué necesidades emocionales pueden estar cubriendo
En este contexto, no resulta sorprendente que muchas personas
empiecen a utilizar estos sistemas
para funciones que antes
cumplían otras personas. Una de ellas es la
regulación
emocional básica. Verbalizar pensamientos, ordenar lo que
sentimos o recibir una respuesta estructurada
puede reducir la
activación emocional. Este efecto está bien documentado en
la
literatura sobre
escritura expresiva: poner en palabras la experiencia
emocional
facilita su procesamiento.
También aparece la
sensación de compañía. Aunque sepamos
que la IA no tiene conciencia, la interacción continuada puede
generar una
percepción subjetiva de presencia. Este
fenómeno conecta con las
relaciones parasociales, donde
los individuos desarrollan vínculos emocionales con figuras
mediáticas o virtuales,
sin reciprocidad real.
A esto se suma la
validación. Los sistemas están diseñados
para
responder de forma comprensiva y ajustada, lo que
facilita una experiencia de escucha
difícil de sostener en
relaciones humanas, en las que el otro también tiene
límites, emociones y necesidades.
Lo que no está: reciprocidad, conflicto y reconocimiento real
Sin embargo, hay elementos fundamentales que no aparecen en este
tipo de interacción y que son clave para el desarrollo
psicológico. El primero es la
reciprocidad real. En una
relación humana,
el otro no está ahí solo para responder.
También tiene necesidades, puede retirarse, puede no entendernos o
puede no estar de acuerdo.
Esa interdependencia es parte
esencial del vínculo.
El segundo es el
conflicto. Aunque tendamos a evitarlo, el
desacuerdo, la
frustración y la
necesidad de
negociación son contextos donde se ponen en juego
habilidades fundamentales:
tolerancia a la frustración,
regulación
emocional,
empatía recíproca y
corregulación
interpersonal. En las relaciones humanas, el conflicto
obliga a
ajustar la propia respuesta al estado emocional del
otro. Las interacciones con IA, en cambio,
tienden a
reducir esta fricción: no sólo facilitan la conversación,
sino que a veces
disminuyen la exposición a información
incómoda o discrepante. Esa "fricción de verdad" es
precisamente una de las dimensiones problemáticas de la bautizada
en inglés como
AI sycophancy (adulación de la IA),
entendida como la tendencia de los modelos de lenguaje a
estar
de acuerdo, halagar y validar al usuario.
El tercero es el
reconocimiento genuino. Ser validado por
otra persona implica
una contingencia real, podría no ocurrir.
Esa posibilidad es lo que da valor al reconocimiento. En una IA,
la validación está garantizada por diseño. No hay riesgo de
rechazo, pero tampoco autenticidad en sentido estricto.
Sustitución funcional y dependencia sin conflicto
El escenario más probable no es una sustitución total de las
relaciones humanas, sino una
sustitución funcional. Es
decir, que determinadas funciones -desahogo emocional, toma de
decisiones, compañía puntua- empiecen a desplazarse hacia la
interacción con sistemas artificiales.
Este cambio es sutil, pero relevante. Reduce la exposición a la
complejidad relacional humana y puede favorecer un patrón
particular:
dependencia sin conflicto. Una forma de
relación que no exige adaptación, no genera rechazo y no obliga a
revisar el propio comportamiento.
A corto plazo, esto puede resultar
altamente eficaz para
reducir el malestar. A largo plazo, puede
limitar el
desarrollo de habilidades psicológicas que sólo se
adquieren en contextos donde hay
fricción, incertidumbre y
reciprocidad real. Como advierte la investigadora
Sherry
Turkle en su ensayo "
Alone Together",
la tecnología puede ofrecer la
ilusión de compañía sin las demandas de la relación, pero
eso
no es equivalente a una relación.
Una nueva categoría de vínculo
Más que sustituir a las relaciones humanas, los AI companions
parecen estar configurando
una categoría intermedia:
espacios
psicológicos de baja exigencia donde es posible hablar,
organizarse emocionalmente o sentirse acompañado sin asumir el
coste de una relación.
La cuestión no es si debemos utilizar estas herramientas, sino
cómo integrarlas sin que desplacen aquello que las relaciones
humanas aportan y que no puede ser replicado: la
negociación,
la
diferencia, la
imprevisibilidad y, en última
instancia, la
capacidad de transformarnos a través del otro.
Y es que una conversación que siempre funciona puede ser cómoda,
pero
no necesariamente es la que más nos hace crecer.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción
propia)