martes, 14 de julio de 2026

Un visionario: el primer científico que detectó imágenes falsas lleva veinticinco años preparándose para este momento

Mucho antes de que existiera el término "deepfake", Hany Farid ya buscaba las huellas de las imágenes manipuladas. Hoy, su laboratorio en Berkeley es una barrera clave frente a lo que en su momento fue una fantasía amenazante y hoy es cosa de todos los días.

(Foto: WIkimedia).

A principios de los años 2000, manipular una fotografía digitalmente requería muchas horas de trabajo, software especializado y, sobre todo, dejaba rastros. Rastros que un ojo experto podía detectar si sabía dónde mirar. Hany Farid, entonces profesor en el Dartmouth College de los Estados Unidos, decidió que la ciencia forense necesitaba encontrar esos rastros de forma sistemática, no intuitiva. Su pregunta era aparentemente sencilla pero carecía de respuesta: ¿cómo se demuestra, con matemáticas, que una imagen ha sido alterada?

La respuesta tardó años en construirse. Y hoy, cuando los modelos de inteligencia artificial pueden fabricar en segundos un vídeo convincente de cualquier persona haciendo cualquier cosa, esa pregunta es más urgente que nunca. Un reportaje publicado recientemente en la revista Science retrata a Farid, ahora profesor de la Universidad de California, como el investigador que construyó las herramientas antes de que existiera el problema a gran escala.

Lo que los ojos no pueden ver

Los deepfakes actuales no funcionan como el Photoshop de los años noventa. No hay un píxel fuera de lugar ni una sombra en la dirección equivocada que cualquier ojo humano, por muy entrenado que esté, pueda identificar a simple vista. Los modelos generativos modernos, basados en arquitecturas como las redes generativas antagónicas (GAN) y, más recientemente, los modelos de difusión, aprenden a imitar la realidad estadística analizando millones de imágenes. El resultado es un contenido sintético que supera con comodidad el umbral de percepción visual.

Las inconsistencias que delatan un deepfake son, en su mayoría, físicas y estadísticas, imperceptibles sin las herramientas matemáticas adecuadas. Un modelo generativo puede reproducir con fidelidad milimétrica la textura de la piel, el color del iris o el movimiento de los labios. Sin embargo, tiene serias dificultades para replicar la física completa de la luz tridimensional. Los reflejos en los ojos de una persona real siguen leyes ópticas estrictas que los modelos actuales no reproducen de forma consistente. Si analizamos la luz especular que rebota en ambas pupilas, un deepfake a menudo mostrará fuentes de luz que no coinciden geométricamente entre el ojo izquierdo y el derecho.

La frecuencia y el patrón de parpadeo tampoco suelen coincidir con los parámetros biológicos documentados. Además, la geometría tridimensional del rostro, bajo ciertos ángulos de iluminación, introduce distorsiones apenas perceptibles para el ojo, pero mensurables para un algoritmo entrenado para detectarlas en el dominio de las frecuencias espaciales. Ese es el territorio de Farid: la intersección exacta entre la física, la estadística y la visión artificial.

Representación visual de las inconsistencias físicas que los algoritmos de detección forense identifican en imágenes sintéticas generadas por modelos de inteligencia artificial (Foto: Scruzcampillo).

La ciencia de la huella digital

El enfoque del laboratorio de Farid no busca directamente lo falso, sino que persigue la ausencia de lo real. Los detectores que su equipo lleva décadas desarrollando aprenden cuáles son las propiedades estadísticas inmutables de las imágenes auténticas capturadas por sensores de hardware, y después identifican desviaciones de esas propiedades en el material sospechoso.

Una cámara digital introduce un patrón de ruido en cada fotografía de una manera específica, determinada por las características físicas del sensor de silicio y el procesado interno del dispositivo (conocido como ruido de patrón fijo o PRNU). Un vídeo real tiene una cadencia de movimiento ocular y de pulso capilar que responde a estímulos biológicos verificables. Una cara real proyecta sombras que obedecen a una fuente de luz única y geométricamente coherente en el espacio 3D. Cada uno de estos patrones constituye una firma estructural que los modelos generativos actuales no consiguen falsificar de forma perfecta y simultánea.

El trabajo de Farid ha trascendido el entorno académico puro. A lo largo de los años, ha colaborado con organismos de aplicación de la ley, plataformas digitales y entidades gubernamentales para desarrollar sistemas de autenticación de contenidos. Ha testificado ante el Congreso de los Estados Unidos sobre los riesgos estructurales de la desinformación basada en medios sintéticos.

Una carrera sin línea de meta y el dividendo del mentiroso

Aquí está la paradoja central del campo forense, y Farid ha sido explícito al respecto: cada avance en la detección provoca, de manera inevitable, un avance paralelo en la generación. Los detectores son reactivos por construcción. No pueden anticipar una arquitectura generativa que todavía no ha sido entrenada. A esto se suma un fenómeno sociológico que Farid y otros expertos denominan el "dividendo del mentiroso". Cuando el público asume que la inteligencia artificial puede falsificar cualquier vídeo o audio con facilidad, los actores maliciosos ganan una coartada perfecta. Pueden afirmar que una prueba real y comprometedora es, en realidad, un deepfake, sembrando la duda razonable en los tribunales y en la opinión pública.

Esto no convierte la investigación en un esfuerzo inútil, sino en uno cuyos objetivos deben plantearse con precisión quirúrgica. El objetivo real no es una solución definitiva que detecte todo el contenido falso. Es elevar el costo técnico de producir contenido sintético indetectable, crear fricción computacional suficiente para que los atacantes necesiten recursos crecientes, y construir una infraestructura de autenticación paralela.

Lo que la ciencia todavía no puede garantizar

Los límites de la ciencia forense digital son igualmente claros. Los sistemas actuales de detección funcionan con alta precisión sobre modelos generativos conocidos o antiguos, pero su tasa de error aumenta de forma significativa cuando se enfrentan a arquitecturas nuevas o a contenido generado con técnicas ausentes en su conjunto de entrenamiento original. La capacidad de generalización entre distintas familias de redes neuronales sigue siendo un problema técnico abierto.

Y luego están los falsos positivos. Un detector imperfecto que marca como falso material legítimo puede causar daños irreparables: la desacreditación injusta de documentos de derechos humanos, graves consecuencias legales para periodistas o testigos en zonas de conflicto, y la erosión general de la confianza en los archivos de información pública. En este ámbito de la tecnología, la transparencia sobre los márgenes de error es tan crítica como la sensibilidad del propio detector.

La apuesta por el origen y la criptografía

Ante estos retos, el trabajo más prometedor apunta hoy a un enfoque complementario a la detección a posteriori: la autenticación del origen. En lugar de intentar demostrar mediante análisis estadístico que algo es falso, la idea es construir la infraestructura técnica y legal para demostrar irrefutablemente que algo es real.

La Coalition for Content Provenance and Authenticity (C2PA), de la que forman parte actores clave de la industria, trabaja para que las cámaras, los micrófonos y las plataformas de distribución incrusten de forma nativa metadatos firmados criptográficamente. Estos metadatos certificarían de manera inalterable cuándo, dónde y con qué sensor de hardware físico se capturó un contenido audiovisual.

Si el dispositivo de captura certifica criptográficamente una imagen en el preciso momento de su creación, la carga de la prueba se invierte por completo: el contenido que carezca de certificado no tendrá ninguna garantía de autenticidad por defecto, y el contenido con firma criptográfica podrá verificarse matemáticamente sin depender de un detector reactivo entrenado sobre los modelos del pasado.

Es una carrera completamente abierta. Hany Farid lleva veinticinco años corriendo en ella, estudiando los píxeles y el ruido, y la señal de llegada no está todavía a la vista. Pero al menos, ahora la ciencia forense tiene un mapa del terreno.

(Fuente: Muy Interesante / Xataka / varios / redacción propia)

Matemáticas y pelotas de fútbol, desde los diseños de Arquímedes hasta el actual torneo mundial

En épocas en que todos estamos demasiado pendientes del campeonato mundial, hay mucho que decir sobre la relación entre el deporte más popular del planeta y las matemáticas. Además de las proporciones del terreno de juego, el sistema de puntuación, las estadísticas de los partidos y las probabilidades asociadas a los resultados, hay aspectos curiosos que suelen pasar desapercibidos para los aficionados. Uno de ellos es la evolución de los balones de fútbol y la geometría aplicada a su diseño. 

El Adidas Trionda es la pelota oficial de la Copa Mundial de Fútbol de 2026 (Foto: UKinUSA /Flickr).

Fue en la Inglaterra del siglo XIX donde surgieron los primeros equipos organizados (1857) y, pocos años después, las reglas modernas del fútbol (1863), dando origen a este deporte que se extendió por todo el mundo. Existen registros que indican que los pueblos mesoamericanos ya practicaban juegos similares al fútbol actual en el siglo XV.

Los balones de los primeros campeonatos oficiales estaban hechos de cuero y cosidos a mano. En ellos ya se podían observar patrones de naturaleza geométrica. Con la necesidad de una producción a escala industrial, resultó conveniente que su superficie estuviera recubierta por módulos iguales que encajaran entre sí, como se puede ver en los balones utilizados entre las décadas de 1930 y 1960.

El modelo T (con doce módulos en t) fue uno de los usados durante la Copa Mundial de la FIFA de 1930, celebrada en Uruguay (Foto: Oldelpaso / Wikimedia Commons).

Parece una esfera perfecta, pero no lo es

A primera vista, un balón de fútbol parece una esfera perfecta, recubierta de cuero, goma y otros materiales. Hay desde balones improvisados hechos con telas, como los antiguos balones de medias, hasta aquellos fabricados con compuestos altamente tecnológicos, como el poliuretano empleado en los balones oficiales.

Hoy en día, su superficie está formada por la unión de módulos planos que, cosidos o pegados, constituyen un revestimiento que adopta una forma "esférica" cuando se infla. Cuanto más refinado es el diseño de estos módulos, más se aproxima el balón a una esfera.

En 1970, durante el Mundial celebrado en México, se produjo un gran avance en el diseño de estos balones con el Telstar. Fue con el Telstar y su ingenioso diseño con el que Brasil cautivó al mundo al conquistar su tercer título mundial de fútbol en el Estadio Azteca, coronando una racha de títulos en tan solo 12 años (1958, 1962 y 1970).

El balón Telstar (Foto: Flickr).

El modelo geométrico adoptado en el Telstar se basa en un sólido llamado icosaedro truncado. En matemáticas, los sólidos geométricos son figuras tridimensionales con longitud, anchura y altura. Los cubos, los prismas, las pirámides y la propia esfera son ejemplos de sólidos geométricos.

El clásico balón del Mundial de 1970 se basa en el icosaedro truncado, que tiene 32 caras formadas por polígonos regulares: 20 hexágonos y 12 pentágonos. Recortados y cosidos del revés, estos módulos forman la superficie exterior del balón. Al inflarse, esta envoltura adopta una forma muy parecida a la de una esfera. Este modelo se convirtió en un icono del fútbol mundial y se utilizó durante seis Copas del Mundo consecutivas, desde 1970 hasta 2002.

Reproducción del icosaedro dibujado por Da Vinci en el libro de 1509 (Foto: WIkimedia Commons).

Un dato impresionante es que esta figura tridimensional forma parte de los sólidos arquimedianos, cuya descripción se atribuye tradicionalmente al matemático griego Arquímedes (287 a.e.c - 212 a.e.c.) y que fue representada magistralmente hace unos 500 años, en el Renacimiento, por Leonardo da Vinci, el gran genio de las artes y la invención. Da Vinci ilustró con decenas de figuras poliédricas el libro "De Divina Proportione", publicado en 1509. Escrita por el matemático Luca Pacioli (1445-1517), la obra se considera un clásico sobre las proporciones.

Cuando Da Vinci dibujó los poliedros platónicos y arquimedianos, no existían ni la informática gráfica ni la inteligencia artificial. Sólo contaba con su imaginación, sus extraordinarias habilidades y sus pinceles. Cinco siglos más tarde, las computadoras han sustituido a los pinceles, pero los principios de la geometría siguen siendo los mismos. Lo que ha cambiado son las herramientas utilizadas para aplicarlos.

La revolución del diseño

Durante más de tres décadas, el icosaedro truncado se mantuvo como referencia para el diseño de los balones oficiales. A partir de la década de 2000, sin embargo, la geometría de los balones tomó un rumbo diferente, impulsada por tecnologías de vanguardia como el modelado por ordenador, capaz de tener en cuenta variables como el peso, la velocidad, la resistencia al aire, los nuevos materiales y los procesos de fabricación.

Para los amantes de las matemáticas, resulta interesante observar cómo los balones modernos reflejan los avances de la geometría. Al fin y al cabo, la historia reciente de los balones oficiales también puede entenderse como la búsqueda de construir, con un número cada vez menor de módulos, una superficie que, una vez inflada, se aproxime lo máximo posible a una esfera perfecta.

Balón Jabulani de Adidas (Foto: Warrenski / Flickr).

La llegada del balón Jabulani, fabricado por Adidas, ejemplifica este proceso y consolida una ruptura con el modelo de su predecesor. En lugar de los 32 módulos tradicionales, su superficie pasó a estar formada por sólo ocho paneles moldeados tridimensionalmente, unidos mediante procesos de termosoldadura (thermal bonding). La reducción del número de costuras hizo que la superficie fuera más uniforme y acercó aún más el balón a una esfera ideal. El Jabulani se estrenó en el Mundial de 2010, en Sudáfrica.

Balón Trionda (Foto: Wikimedia Commons).

Brazuca y Trionda

El número de módulos se redujo a seis en el diseño del balón Brazuca, la estrella del Mundial de 2014, celebrado en Brasil. Además de la reducción de las costuras, estos módulos presentan una simetría y unas curvaturas cuidadosamente calculadas para distribuir mejor las tensiones provocadas por el inflado del balón. El resultado fue una superficie más regular y un comportamiento aerodinámico más estable. El balón Trionda, que se utiliza en el Mundial de 2026, celebrado en México, Estados Unidos y Canadá, representa un paso más en esta evolución.

División regular del plano con pájaros (1949), estudio de M. C. Escher (Foto: colección Escher in The Palace, La Haya, Países Bajos).

Cuenta con sólo cuatro módulos de contornos curvos, similares a la forma de un bumerang. El encaje de estas cuatro piezas es suficiente para formar todo el revestimiento del balón.

Para diseñar este módulo, los ingenieros y diseñadores utilizaron principios geométricos similares a los que exploraron los mosaicistas moriscos en la ornamentación de edificios públicos y religiosos de Andalucía, como la Alhambra de Granada.

Estos artesanos desarrollaron formas capaces de cubrir completamente una superficie mediante la repetición, sin dejar espacios vacíos ni superposiciones. Siglos más tarde, esos mismos principios inspiraron los famosos mosaicos creados por el artista holandés Maurits Cornelis Escher (1898-1972).

Observar la historia de los balones y los Mundiales desde esta perspectiva ayuda a comprender cómo las matemáticas están en todas partes. Aparecen en la arquitectura de los estadios, en las formas geométricas de los balones y en las soluciones creadas por diseñadores e ingenieros. En cada Copa Mundial, los nuevos retos dan lugar a nuevas ideas, demostrando que el fútbol, el arte, la tecnología y la geometría pueden jugar en el mismo equipo.

(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)

lunes, 13 de julio de 2026

Lecturas de lunes: hoy hacemos foco en los apasionantes y actuales ensayos de la Editorial Siglo Veintiuno

Los lectores sabemos que no todo es ficción, aventuras, historia, suspenso, romance o especulaciones distópicas. También hay momentos en los que debemos detenernos a pensar, informarnos e investigar acerca de algunos acuciantes temas del hoy y ahora, sea en nuestro país o en el mundo. Justamente estos ocho trabajos tienen ese denominador común, junto con el de haber sido publicados por la misma editorial. Fácilmente conseguibles en formato físico, también facilitamos su descarga digital desde este post. 

(Foto: composición propia).

Existen hoy en Argentina algunas pequeñas editoriales independientes -por fuera de los grandes nombres ni como "subsidiarias"- que merecen ser destacadas por su su coherencia, y una de ellas es Siglo Veintiuno. Desde este espacio recomendamos ocho textos que pueden ser difíciles de abordar, pero que nos parecen absolutamente actuales y necesarios. Con filiales en México y España, la casa central porteña se encuentra en Guatemala 4824, donde se encuentra disponible todo su catálogo, más allá de muchas librerías de todo el país. Como ellos mismos bien se definen, libros de "pensamiento crítico para interrogar el presente".

Los individualistas, de Matt Zwolinski y John Tomasi

(Foto: composición propia).

De la mano de las derechas radicales, el pensamiento libertario se hizo un lugar en el sentido común global, y nombres como Murray Rothbard, Ayn Rand o Milton Friedman -antes reservados a especialistas y militantes- se han convertido en referencias corrientes.

Pero el libertarismo es mucho más que eso: se trata de una verdadera familia de teorías políticas que nació en el siglo XIX en Gran Bretaña y Francia, llegó a los Estados Unidos en el siglo XX, y desde sus comienzos combinó elementos de una izquierda radical y una derecha reaccionaria. ¿Qué han tenido en común esas teorías, entonces? En principio, un espíritu: el libertarismo se radicaliza ante lo que percibe como una amenaza, sea la esclavitud, el socialismo o el avance de valores anti-occidentales, según la época. Y también una actitud: lleva a un extremo ciertos valores liberales clásicos (la economía de mercado, los derechos de propiedad, el individualismo) y los transforma en imperativos morales.

A través de una reconstrucción histórica minuciosa y documentada, "Los individualistas" revela las bases sobre las que descansa el discurso de muchos gobiernos del mundo contemporáneo, y a la vez logra iluminar las tensiones alojadas en el alma de ese nuevo engendro, al menos en Argentina, llamado libertarismo.

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El desprecio, de François Dubet

(Foto: composición propia).

Una caracterización imprescindible: todos en algún momento somos despreciados y despreciamos. Los pobres desprecian a los ricos y a las élites en general, porque les dan lecciones desde el pedestal y no les resuelven problemas básicos. Los sectores dominantes e incluso no pocos progresistas desprecian a la gente que a sus ojos encarna la ignorancia o el conservadurismo.

También se sienten despreciadas las profesiones que antes eran sinónimo de vocación fuerte y autoridad moral: los maestros, los médicos, los investigadores. Entre los sectores populares, están los que desprecian a quienes reciben asistencia estatal o a los extranjeros que les "roban" el trabajo. El desprecio es un sentimiento que se desprende de injusticias materiales pero no se agota ahí. Al mezclarse con la vergüenza y la indignación por ser discriminados, es una emoción que nos aplasta el ánimo y que a veces tendemos a ocultar, como si la culpa fuera nuestra por no estar a la altura.

El desprecio flota, nos afecta, no reconoce arriba ni abajo. Y lo más importante: son las derechas las que saben explotarlo, aprovechando ese odio al sistema para alimentar liderazgos autoritarios. En este libro, Dubet ofrece un ángulo nuevo para trabajar sobre nuestro propio desconcierto.

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Un fantasma recorre el mundo, de Pablo Stefanoni

(Foto: composición propia).

En 2019, un amigo le comentó al autor de este libro: "Los libertarios son como los bitcoins. No se los puede sacar de internet". Sin embargo, lograron salir. La derecha neorreaccionaria ya no sorprende a nadie, corrió todos los límites y encabeza una cruzada para resetear el sistema en un sentido antidemocrático. Llamar a eso "batalla cultural" suena a poco: es una guerra ideológica por la visión del mundo. Y, como toda guerra, tiene sus armas y sus tácticas.

En este libro esclarecedor, Stefanoni descorre el velo sobre los argumentos clave del arsenal de la derecha. ¿Estamos ante un nuevo tipo de fascismo? Si es así, ¿cómo incluir en él a los reaccionarios recién llegados, esos magnates ligados al mundo de las nuevas tecnologías y las distopías apalancadas en su riqueza? ¿Existe el wokismo, o es un invento para fortalecer la demonización de las izquierdas? ¿Por qué la derecha se volvió hipersionista y, sobre todo, cómo logró la autoabsolución de su antisemitismo clásico? ¿Tiene futuro la libertad sin democracia que proponen las derechas en el poder, por ejemplo en la Argentina?

El autor logra priorizar la información y los argumentos por sobre el griterío reaccionario, desarma los conceptos más enredados para hacerlos comprensibles y no se deja ganar por el desaliento: la historia no está escrita, y existen aquí y allá resistencias eficaces. Es hora de canalizar la indignación en un sentido opuesto.

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Una extraña derrota, de Didier Fassin

(Foto: composición propia).

En 1940, Marc Bloch, uno de los mayores historiadores franceses, escribió La extraña derrota, una intervención que dejaba al desnudo lo que entonces era un tabú: la colaboración con el nazismo de los intelectuales, dirigentes y parte de la sociedad de su país. Entendía que, sin una revisión honesta, cualquier consenso de posguerra tendría pies de barro. A Didier Fassin lo mueve un propósito similar: interpelar el silencio, el consentimiento o la complicidad de responsables políticos y élites respecto de la aniquilación de Gaza, y la condena o censura que ejercieron para acallar las voces críticas acusándolas de antisemitismo.

Nada justifica el brutal atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023, que produjo la mayor cantidad de víctimas israelíes desde la fundación del Estado de Israel en 1948; tampoco hay modo de negar el antisemitismo y la saña con la población civil. Pero lo que siguió no puede entenderse simplemente como legítimo derecho de defensa, sino como un episodio (¿el final?) de una historia más larga en la que Israel, con la anuencia de sus aliados de Occidente y de países árabes, ha ocupado ilegalmente territorios palestinos y ha sometido a su población a segregación y violencia cotidianas.

¿Cómo harán los países occidentales, de ahora en más, para hablar como portavoces de los derechos humanos? ¿Por qué creerles, cuando casi todos asisten pasivamente o proveen armas para asesinar población indefensa (niños, sobre todo) y arrasar la infraestructura básica de la vida, desde hospitales y escuelas hasta plantas potabilizadoras, de modo que si los gazatíes no mueren por las bombas mueren por hambre, deshidratación o falta de atención médica? Este libro sienta las bases para un debate respetuoso, sin doble vara, que no tilde de "antisemitas" las peticiones para dejar de matar civiles, que no llame "respuesta" a una empresa de aniquilación, ni "guerra Israel-Hamás" a una operación militar frontalmente dirigida contra un pueblo, su historia y su cultura.

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Las cruzadas del siglo XXI, de Bernabé Malacalza

(Foto: composición propia).

Aunque nos sintamos felizmente lejos de los conflictos armados de otras latitudes, en América Latina se está librando una verdadera guerra. Sus campos de batalla son acuerdos comerciales, fondos para obras de infraestructura, gestiones en organismos internacionales, explotación de recursos naturales, redes sociales y medios de comunicación. Los contendientes son Estados Unidos y China. 
   
Este libro analiza cómo ambas potencias vienen desplegando en nuestros países estrategias alentadas por políticos, diplomáticos, tecnomagnates, académicos y activistas que se han convertido en "cruzados" contemporáneos embarcados en una batalla que ya no es solo comercial o militar, sino civilizatoria, y que se apoya en parte en teorías conspirativas y desinformación. 
   
Como muestran estas páginas, los efectos son bien concretos -instalación de puertos, rutas, bases militares y científicas, tecnología digital, explotación minera, acceso o veto al financiamiento de obras- pero sus potenciales consecuencias van más allá. El verdadero riesgo para América Latina es adoptar una mirada de corto plazo y celebrar recursos o soluciones rápidas mientras sin que lo advirtamos se van construyendo vínculos profundos con una u otra potencia, que pueden poner en riesgo nuestra capacidad de moldear el futuro.

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Policrisis, de Maristella Svampa

(Foto: composición propia).

A comienzos de los 2000, América Latina era el faro del progresismo:  la marea rosa entusiasmaba con políticas de inclusión social, distribución del ingreso y ampliación de derechos. Casi como una aguafiestas, ya entonces Svampa reconocía esos logros pero veía señales de agotamiento ideológico en el verticalismo y la ausencia de autocrítica, la apuesta por una economía extractiva a expensas de la sostenibilidad ambiental y la retórica de un Estado de bienestar que chocaba con su incapacidad de dar respuestas reales a la sociedad. Ahora, cuando el progresismo se muestra impotente frente a las ultraderechas, o retrocede y se modera aún más, este libro construye una caracterización deslumbrante de la época con la certeza de que no hay un paraíso perdido al que volver. 
   
Si la pandemia fue una crisis extraordinaria que puso al desnudo las desigualdades y habilitó la ilusión de "salir mejores", la pospandemia nos enfrenta a una policrisis sistémica, que no es una sumatoria de colapsos (ambiental, económico, político) sino un contexto nuevo y un cambio de régimen en el que "lo viejo no funciona". Las ultraderechas entendieron ésto como nadie y, mientras nos escandalizamos por sus niveles de crueldad, implementan estrategias de acumulación política que tendemos a ver como meros desbordes irracionales.  
   
Con foco en América Latina y atendiendo al panorama geopolítico global, la autora rastrea y reconstruye las experiencias de organización colectiva en las que late un proyecto contrahegemónico. Sin idealizarlas, nos invita a pensar cómo podrían potenciarse y dar un salto de escala, cuál sería la articulación con el Estado, y cómo sortear el riesgo de una autonomía funcional al neoliberalismo.

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Lo que el progresismo no ve, de Sabrina Frederic

(Foto: composición propia).

¿Qué le pasa al progresismo con la seguridad? ¿Por qué le cuesta llevar a la práctica y sostener las políticas que ese mismo espacio defiende, ligadas al uso proporcional de la fuerza pública, el respeto de los derechos humanos y criterios de equidad hacia sectores vulnerables? Habiendo tenido responsabilidades en el área bajo gobiernos de ese signo político, y con la perspectiva de años de investigación, Frederic busca que el tema no quede en el barro de las disputas personales o la autoflagelación para explicar los problemas estructurales que lo atraviesan en esta etapa de total declive del Estado benefactor. 
   
Algo está claro: el dilema entre garantismo y manodurismo no sirve para entender el fondo de la cuestión, y precisamente a eso apunta este libro. De hecho, las gestiones autopercibidas progresistas están atravesadas por contradicciones y suelen boicotear sus principios al utilizar las mismas herramientas que los sectores que identificamos como de derecha. Así, reclaman más gendarmes y más represión, y en algunos casos confían el área a personajes capaces de desplegar ante cámaras y micrófonos una performance digna de Rambo, aunque eso no sirva para resolver los conflictos. Como si importara más el desempeño mediático que los resultados efectivos. 
   
A partir de ejemplos reveladores, Sabina Frederic analiza cómo el área de Seguridad pasó a absorber la gestión de las poblaciones periféricas, ahí donde los otros brazos del Estado no llegan, y a administrar demandas irresueltas por el acceso a derechos básicos como el hábitat o el trabajo dignos. Y traza un diagnóstico que busca ser el puntapié para una discusión honesta: ¿cómo articular una política de seguridad verdaderamente progresista, capaz de jerarquizar y valorar a las policías, de priorizar la negociación y de no empujar a los márgenes a los sectores más débiles? ¿Qué lugar tendrían entonces la inteligencia y la investigación de redes criminales transnacionales? ¿Cómo ejercer la regulación de los mercados ilegales? Frente a la legítima demanda social de seguridad, este libro llama a pensar un enfoque estratégico con menos consignas y más compromiso con la protección de las mayorías.

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Ved en trono a la noble igualdad, de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach

(Foto: composición propia).

La Argentina está maldita. Apoyada en el mito fundante de la tierra de oportunidades que recibió a los inmigrantes europeos, nuestra sociedad ha sido siempre particularmente sensible a la demanda de igualdad. Pero las políticas proteccionistas que estimularon el empleo y los salarios terminaron siendo muy costosas para el crecimiento económico. Así puede sintetizarse la maldición pendular de la economía argentina, un laberinto en el que se han perdido gobiernos de todos los colores.

En este libro, Gerchunoff y Llach recorren "el siglo XX largo" que comienza en 1880 y llegan hasta el gobierno de La Libertad Avanza para caracterizar y explicar esos vaivenes entre los requisitos del crecimiento y los reclamos de la distribución. A lo largo de este admirable análisis, en que la perspectiva de largo plazo no cae en la "nostalgia peronista" ni en la "nostalgia liberal", se preguntan si hay coyunturas excepcionales que puedan ayudar a un gobierno a evitar los atajos redistributivos del proteccionismo y de la sobrevaluación cambiaria.

Desde la crisis de 2001, la producción y el empleo se han reconfigurado, pero la Argentina sigue atrapada en su dilema histórico: como escriben los autores, "ganar elecciones es caro en dólares, ganar crecimiento es caro en votos".

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(Fuente: Editorial Siglo XXI / bajalibros.com / varios / redacción propia)

La inteligencia artificial podría degradarse al aprender de otras, pero un nuevo método logra frenar el problema

Un equipo de investigadores propone una estrategia para contener uno de los mayores riesgos del futuro de la inteligencia artificial: que los modelos pierdan calidad al entrenarse con contenido generado por otras máquinas. 

Recreación artística de un cerebro de cristal (la IA) que recibe un flujo ordenado de información que se degrada progresivamente hasta convertirse en un "torbellino rojo" de ruido digital (Foto: César Noragueda).

Durante décadas, aprender se ha entendido como un proceso acumulativo. Cuanta más experiencia incorpora una persona, mayor suele ser su conocimiento. Ese mismo principio ha guiado el desarrollo de la inteligencia artificial desde sus orígenes: alimentar un sistema con enormes cantidades de información debería traducirse en respuestas progresivamente más precisas.

Sin embargo, la rápida expansión de herramientas capaces de redactar textos, crear imágenes, programar software o producir vídeos ha abierto un escenario inédito. Una parte creciente de Internet ya no nace directamente de la creatividad humana, sino de algoritmos entrenados con inmensos conjuntos de datos. Ese caudal regresa después a la red, donde termina mezclándose con recursos de muy diversa procedencia.

La consecuencia plantea una pregunta inquietante: ¿qué ocurrirá cuando las futuras generaciones de inteligencia artificial pasen a nutrirse principalmente de información elaborada por otras inteligencias artificiales? Un estudio publicado en npj Artificial Intelligence concluye que esa dinámica puede erosionar gradualmente su rendimiento, aunque también describe una estrategia capaz de contener ese fenómeno.

Cuando las copias empiezan a alimentarse de otras copias

Los grandes modelos lingüísticos no interpretan el mundo como lo hace una persona. Su funcionamiento descansa en la detección de regularidades estadísticas dentro de enormes corpus documentales. A partir de millones de ejemplos, reconocen qué palabras suelen aparecer juntas, qué estructuras resultan más probables y cómo completar una secuencia con la mayor precisión posible.

Hasta hace pocos años, casi toda esa base procedía de libros, artículos periodísticos, revistas científicas, páginas web o conversaciones escritas por seres humanos. Aquella variedad ofrecía una representación extraordinariamente rica del lenguaje, repleta de matices, excepciones y registros muy distintos.

Ese panorama empieza a modificarse con rapidez. Cada jornada aparecen cantidades inmensas de publicaciones redactadas mediante asistentes conversacionales, descripciones comerciales generadas automáticamente, resúmenes elaborados por algoritmos, comentarios sintéticos e incluso páginas completas producidas sin intervención directa de un autor. Poco a poco, ese caudal pasa a integrar el inmenso océano digital del que beberán las próximas generaciones de modelos.

Los investigadores recurren a una comparación inspirada en la endogamia. No equiparan un sistema informático con una población biológica, sino que utilizan esa analogía para ilustrar una idea sencilla: cuando el intercambio queda restringido dentro de un mismo grupo, la diversidad disminuye y determinados rasgos tienden a consolidarse generación tras generación. En la inteligencia artificial, el riesgo consiste en que los algoritmos acaben nutriéndose, cada vez más, de producciones creadas por otros algoritmos.

Un desgaste que se manifiesta de forma paulatina

Ese comportamiento recibe el nombre de "model collapes" o "colapso del modelo". Lejos de describir un fallo repentino, designa una degradación progresiva. Cada nueva generación entrenada con una proporción creciente de datos sintéticos conserva peor los ejemplos menos habituales, intensifica patrones excesivamente comunes y renuncia a parte de la riqueza estadística presente en el corpus inicial.

Una analogía ayuda a visualizar el fenómeno. Imaginemos que un cuadro se fotografía una vez. Después, alguien retrata esa primera copia. Más tarde, otra cámara reproduce la segunda imagen, y así sucesivamente. Aunque cada reproducción parezca aceptable por separado, pequeños defectos terminan acumulándose hasta alterar detalles que el original sí conservaba. Con estos sistemas ocurre algo parecido: la información no desaparece de golpe, pero determinados matices se difuminan conforme una generación toma como referencia a la precedente.

Los autores subrayan que el inconveniente no radica en la existencia de contenido sintético. Ese tipo de material resulta útil para numerosas aplicaciones. La dificultad surge cuando su proporción aumenta hasta desplazar una parte significativa de los textos, imágenes o registros creados directamente por personas. En ese contexto, la arquitectura acaba reforzando aquello que otras ya consideraban más probable, reduciendo paulatinamente la amplitud sobre la que construye sus predicciones.

Las consecuencias van mucho más allá de repetir expresiones similares. El trabajo describe una pérdida progresiva de representaciones poco frecuentes, precisamente las que permiten responder correctamente a situaciones excepcionales o captar relaciones menos evidentes. Dicho de otra manera, el conocimiento termina concentrándose alrededor de los casos más comunes mientras las situaciones más raras van perdiendo representación.

La inquietud aumenta porque el volumen de información generada automáticamente crece a gran velocidad. Cada respuesta publicada en un foro, cada reseña automatizada, cada noticia redactada por un asistente o cada descripción comercial incorporada a una tienda digital puede acabar incorporándose al material empleado para entrenar futuras generaciones.

Una fórmula para preservar la variedad

Con ese escenario como punto de partida, el equipo creó una familia de funciones de entrenamiento denominada "Confidence-Aware Loss" o "pérdida sensible al grado de confianza". Su finalidad no consiste en impedir que un modelo utilice datos sintéticos, sino en modificar la relevancia que concede a determinados ejemplos durante el aprendizaje.

Recreación artística de un túnel infinito de pantallas de IA que muestra cómo un flujo digital se deteriora gradualmente en sucesivas copias hasta acabar en caracteres distorsionados y ruido (Foto: César Noragueda).

La propuesta parte de una observación sencilla. Cuando un modelo encuentra secuencias extremadamente previsibles, suele atribuirles un grado muy elevado de confianza. Esas respuestas, justo por resultar tan evidentes, aportan poco contenido nuevo. Si el entrenamiento insiste una y otra vez sobre ese mismo tipo de patrones, termina reforzando aquello que ya domina mientras concentra menos atención en los casos capaces de enriquecer su representación del lenguaje.

Para evitarlo, los investigadores diseñaron una variante denominada "Truncated Cross-Entropy" o "entropía cruzada truncada", que reduce el peso de esas predicciones excesivamente seguras. En lugar de tratar todos los ejemplos por igual, el procedimiento concentra una mayor parte del esfuerzo en los fragmentos que todavía contienen información valiosa. De ese modo, el modelo deja de premiar de forma desproporcionada lo más repetitivo y conserva mejor la diversidad estadística del conjunto de datos.

Un desafío que crecerá junto con Internet

Los ensayos mostraron una mejora muy significativa. Según los resultados, el método permitió que los modelos soportaran más de 2,3 veces una mayor proporción de información sintética antes de manifestar los efectos característicos del colapso. Eso no significa que el fenómeno desaparezca por completo, pero sí que retrasa notablemente su aparición, ampliando el margen para combinar contenido humano y el generado automáticamente sin perder rendimiento con la misma rapidez.

Otro aspecto destacable es que los autores no se limitaron a presentar esta propuesta. También publicaron un banco de pruebas abierto destinado a evaluar de forma sistemática cómo evoluciona esa degradación cuando cambia la proporción entre material original y sintético. Contar con una referencia común facilitará comparar futuras aproximaciones y determinar con mayor precisión cuáles ofrecen mejores resultados.

La relevancia de esta investigación trasciende un nuevo procedimiento matemático. En realidad, anticipa una dificultad que probablemente acompañará a la inteligencia artificial durante los próximos años. La cantidad de contenido generado automáticamente aumenta a tal velocidad que distinguir entre material producido por personas y por algoritmos será cada vez más complicado.

Ese cambio plantea un reto inédito para quienes diseñan grandes modelos lingüísticos. Hasta ahora, la prioridad consistía en reunir conjuntos de entrenamiento cada vez más extensos. En adelante, quizá resulte igual de importante conocer la procedencia de esos datos y conservar suficiente diversidad para impedir que las futuras generaciones acaben alimentándose principalmente de información sintetizada por otras máquinas.

La inteligencia artificial ha demostrado una extraordinaria capacidad para aprender. Ahora empieza a revelar una enseñanza menos intuitiva: la calidad del conocimiento no depende únicamente de cuánto se asimila, sino también de la procedencia de aquello que actúa como maestro. En un futuro donde una parte creciente de Internet será escrita por máquinas, el mayor desafío quizá no consista en producir más información, sino en evitar que los algoritmos acaben encerrados en un inmenso circuito de adiestramiento sobre sí mismos.

(Fuente: Muy Interesante / Xataka / varios / redacción propia)

La soledad ya no es solamente tristeza: es un problema de salud pública global

Un informe de la Organización Mundial de la Salud alerta que el aislamiento social alcanza a una de cada seis personas y eleva riesgos cardíacos, mentales y de muerte temprana. 

La soledad no siempre se ve, pero también enferma: la OMS advierte que la desconexión social afecta a una de cada seis personas en el mundo y ya es considerada un problema de salud pública global (Foto: iStock).

No provoca fiebre. No deja moretones. No aparece en una radiografía. Pero enferma. Y, en algunos casos, mata. La frase puede sonar exagerada hasta que la Organización Mundial de la Salud pone los datos sobre la mesa y cambia el tono de la conversación: la soledad dejó de ser una pena íntima, una canción triste o una escena de alguien mirando por la ventana. Ahora es un problema de salud pública.

A esa conclusión llega el informe "De la soledad a la conexión social: cómo trazar un camino hacia sociedades más saludables", elaborado por la Comisión sobre Conexión Social de la OMS y publicado en 2025. El documento parte de una idea que incomoda: la salud no es solamente ausencia de enfermedad, sino bienestar físico, mental y social. Y esa tercera pata, la social, fue durante demasiado tiempo la hermana pobre de la salud pública. Se habló de presión arterial, de colesterol, de tabaquismo, de sedentarismo. Mucho menos de quién te escucha, quién te llama, quién te acompaña o quién nota que hace días no salís de tu casa.

El dato central del informe explica que, entre 2014 y 2023, alrededor del 16 por ciento de la población mundial declaró sentirse sola. Es decir, casi una de cada seis personas. Las tasas más altas aparecen entre adolescentes de 13 a 17 años, con 20,9 por ciento, y jóvenes de 18 a 29 años, con 17,4 por ciento. Después siguen los adultos de 30 a 59 años, con 15,1 por ciento, y las personas de 60 años o más, con 11,8 por ciento. La soledad, entonces, no espera a la jubilación: también se sienta en el banco de la escuela, viaja en colectivo con auriculares y "scrollea" de madrugada.

No es lo mismo vivir solo que sentirse solo

La OMS distingue dos conceptos que suelen mezclarse. El aislamiento social refiere a una falta objetiva de vínculos, contactos o interacciones. La soledad, en cambio, es subjetiva: aparece cuando la cantidad o la calidad de las relaciones no alcanza para satisfacer la necesidad de conexión de una persona. Es decir, alguien puede vivir solo y estar bien. Otra persona puede tener familia, trabajo, grupos de WhatsApp, reuniones, redes sociales y, aun así, sentirse a la intemperie. La soledad no se mide por la cantidad de notificaciones. Se mide por la falta de vínculos significativos.

Ahí aparece una de las grandes paradojas modernas. Nunca hubo tantos medios para comunicarse y, al mismo tiempo, nunca hubo tanta evidencia sobre la desconexión humana. Se puede mandar un audio, hacer una videollamada, reaccionar con un corazón, comentar una historia y acumular cientos de contactos. Pero la conexión técnica no garantiza compañía real. El propio informe pide más investigación sobre el impacto de las tecnologías digitales, el trabajo remoto, las redes sociales y la inteligencia artificial en la desconexión social. No alcanza con culpar al celular, pero tampoco sirve hacer de cuenta que una pantalla es una plaza de barrio con mejor wifi.

La soledad tiene fama de problema emocional, pero la evidencia muestra que también impacta en el cuerpo. El informe de la OMS señala que la desconexión social se asocia con peor salud mental, mayor riesgo de enfermedad, muerte prematura y costos sociales y económicos significativos. También advierte que sus efectos van más allá del individuo: afectan a comunidades y sociedades enteras.

La explicación biológica no tiene demasiado misterio. La soledad sostenida puede alterar el sueño, aumentar el estrés, afectar el sistema inmune, empeorar hábitos cotidianos y volver más difícil sostener rutinas saludables. No se trata de una noche triste ni de un domingo sin planes. El problema es la soledad crónica: esa sensación repetida de no tener a quién recurrir cuando algo se rompe.

Y como ocurre con casi todo en salud pública, no golpea a todos por igual. El organismo estima que la soledad es más frecuente en países de bajos ingresos, donde alcanza el 24,3 por ciento, frente al 10,6 por ciento en países de ingresos altos. También advierte que las personas con discapacidad, migrantes, refugiados, minorías étnicas, pueblos indígenas y población LGBTIQ+ tienen mayor riesgo de desconexión social. La soledad, queda claro, también tiene geografía, clase social y acceso desigual a redes de apoyo.

Argentina: la soledad también tiene rostro local

En Argentina, el tema no puede leerse solo con lentes globales. Hay que cruzarlo con envejecimiento, pobreza, jubilaciones, salud mental, viudez, transporte, inseguridad, urbanización y cuidados. El país no necesita importar la preocupación: ya tiene sus propias señales.

El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) publicó el trabajo "Las personas mayores en la Argentina actual: ¿vivir solo es un factor de riesgo para la integración social?", dentro del Barómetro de la Deuda Social con las Personas Mayores. La investigación analiza cómo los arreglos residenciales, la salud, la vivienda, la capacidad de subsistencia y las redes familiares inciden en la integración social durante la vejez.

La Fundación Navarro Viola, que trabaja en programas para mejorar las condiciones de envejecimiento de personas mayores en situación de vulnerabilidad, también reúne recursos e informes sobre bienestar, inclusión social y personas mayores.

La advertencia es que vivir solo no equivale automáticamente a sentirse solo. Puede ser autonomía, deseo, costumbre o libertad. El problema aparece cuando la vida en soledad se combina con pobreza, enfermedad, viudez, pérdida de movilidad, miedo a salir, falta de transporte o ausencia de instituciones cercanas. Ahí la soledad deja de ser una elección íntima y se convierte en una encerrona social.

No alcanza con decir "salgan más"

La salida fácil sería cerrar con una receta de manual: únase a un club, llame a un amigo, vaya a caminar, adopte un perro. Todo eso puede ayudar. Pero si la OMS habla de salud pública es porque el problema no se resuelve únicamente con voluntad individual.

El informe propone cinco áreas estratégicas: políticas públicas, investigación, intervenciones, medición y datos, y compromiso social. Recomienda que los gobiernos desarrollen políticas nacionales para promover la conexión social, fortalezcan el liderazgo, mejoren el monitoreo, financien investigación, generen campañas de concientización y construyan una agenda global sobre el tema.

El punto más potente del informe no es que la soledad exista. Eso lo sabe cualquiera que haya atravesado una pérdida, una mudanza, una enfermedad, una separación o una crisis económica. Lo nuevo es que la OMS le pone escala, evidencia y agenda política. Dice que la conexión social no es un lujo sensible ni un accesorio del bienestar. Es una condición para vivir más y mejor.

Con todo, durante años se repitió que había que comer sano, caminar, dormir bien, evitar el tabaco y controlar el estrés. Todo sigue siendo cierto. Pero falta agregar algo bastante más humano: cuidar los vínculos también salva vidas. Porque la soledad no siempre grita. A veces apenas se sienta al lado, en silencio. Y para cuando alguien la ve, ya hizo demasiado daño.

(Fuente: Agencia de Noticias Científicas / UNQ / varios / redacción propia)

miércoles, 8 de julio de 2026

Agenda Cultural: como todas las semanas, el ex centro Cultural Kirchner, hoy rebautizado Palacio Libertad, renueva por completo su propuesta multidisciplinaria

El complejo cultural más importante de Latinoamérica, ubicado en Sarmiento 151, CABA, ofrece mucha música, gastronomía, cine, experiencias inmersivas, baile y hasta un homenaje a los inolvidables Les Luthiers. Todo, como siempre, con acceso libre y gratuito para toda la comunidad.

Esenciales: rock nacional, el lado velado de los ‘80

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Bajo la dirección musical de Juanito El Cantor, llega un concierto único dedicado a los tesoros escondidos del rock nacional de los años ‘80, con canciones de Los Encargados, Metrópoli, Fricción y muchos grupos más de la época. En la presentación, se unirá un ensamble armado especialmente para esta ocasión junto a las voces de Maca Mona Mu, Paula Maffia, Mariano Di Cesare y Florencio Finkel.

Sábado 11 de julio, 17:00, y domingo 12, 19:00 - Auditorio Nacional.

Chisterapia: homenaje a Les Luthiers, por Humorúsica

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Humorúsica presenta "Chisterapia", un tributo teatral al humor de Les Luthiers. El grupo sienta al público en el diván para presentar una experiencia teatral que revive la magia del inigualable conjunto que combina humor, música y diálogos imperdibles en escena.

Viernes 10 de julio, 20:00, sábado 11, 18:00, y domingo 12, 19:00 - Sala Argentina.

Pleamar, experiencias inmersivas

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Última semana del ciclo de experiencias inmersivas que reúne videoinstalaciones, performances audiovisuales, charlas, seminarios y música electrónica. Nebula Estudio hará un DJ set, Ernesto Romeo presenta una sesión de escucha cuadrafónica y se ofrecen tres videoinstalaciones.

Miércoles 8 a domingo 12 de julio, 14:00 a 20:00 - Sala Inmersiva, La Cúpula y Auditorio 413.

La agenda completa puede visitarse haciendo click aquí.

Tango Coral, por el Coro Nacional de Música Argentina

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Dirigido por Emiliano Linares, el concierto contará con la participación de destacados invitados: Natsuki Nishihara en bandoneón, Hernán Maisa en contrabajo, Marina Ruiz Matta en piano y los bailarines Romina Caffaratti e Iván Vivas.

Viernes 10 de julio, 20:00 - Auditorio Nacional.

Fetiche: la vida de los otros, por Mayra Bonard 

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Como parte de los programas públicos de "Fetiche", de Cynthia Cohen, Mayra Bonard cierra la exhibición de la obra con "La vida de los otros", una coreografía de sitio específico al ritmo de un live set de música ambient y electrónica.

Sábado 11 de julio, 18:00, y domingo 12, 17:00 - Salón de las Américas.

Réquiem / Kadish, por la OSN y el CPN

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Bajo la dirección de Emmanuel Siffert, la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Polifónico Nacional interpretan "Réquiem / Kadish", obra de Ángel Mahler -con textos de Marcelo Polakoff- compuesta en homenaje a las ochenta y cinco víctimas del atentado a la AMIA en julio de 1994.

Miércoles 8 de julio, 20:00 - Auditorio Nacional.

Cocina Abierta, edición Día de la Independencia

(Foto: prensa Palacio Libertad).

La propuesta "Cocina Abierta" realiza su "Edición Día de la Independencia". Durante la jornada, el público podrá recorrer la feria gastronómica, degustar y adquirir productos típicos. También habrá música en vivo y danzas tradicionales de distintas regiones del país.

Jueves 9 de julio, 12:00 a 19:00 - Explanada.

Florecen las Peñas, edición Nueve de Julio

(Foto: prensa Palacio Libertad).

Vuelve "Florecen las Peñas", para cantar y bailar con la música argentina. En el Día de la Independencia, se presenta el grupo de Seva Castro. Como invitados especiales, se suman Pablo Farhat, Mora Martínez, Nadia Szachniuk y el Ballet Folklórico de la UNA. Además, habrá clase de baile. Musicaliza DJ Inca.

Jueves 9 de julio, 17:30 - Plaza seca.

Cine en julio

(Foto: prensa Palacio Libertad).

En el mes de las vacaciones de invierno, una programación orientada a niños y adolescentes ofrece clásicos del terror estadounidense, cine francés y japonés, películas argentinas contemporáneas y propuestas con subtitulado descriptivo, audiodescripción y Lengua de Señas Argentina.

Salas de cine en quinto y sexto piso.

La programación completa puede visitarse haciendo click aquí.

(Fuente: prensa Palacio Libertad)