jueves, 29 de octubre de 2026

Cómo combatir la desinformación en salud: cuando verificar y corregir no basta

La desinformación sanitaria no es sólo un problema de mentiras que corregir, sino un fenómeno social que se entiende y combate interactuando con el ecosistema social y digital -a menudo polarizado- que la hace posible.

(Foto: Shutterstock).

Cuando pensamos en combatir la desinformación sanitaria, solemos centrarnos en identificar afirmaciones falsas -una vacuna que supuestamente altera el ADN, una dieta que cura el cáncer- y desmentirlas con datos. Aunque esta estrategia es necesaria, la evidencia científica acumulada en los últimos años demuestra que, por sí sola, resulta insuficiente. La información falsa no circula en el vacío, sino que forma parte de un complejo ecosistema social y digital que la produce, amplifica y sostiene. Y ese ecosistema no se desmonta a pura verificación.

En una revisión sistemática de la literatura científica, se identifica que la desinformación en salud se concentra en unos pocos ámbitos especialmente sensibles. Entre ellos destacan las vacunas, el tabaco y las drogas, enfermedades como el cáncer, las pandemias, los trastornos alimentarios o los tratamientos "milagrosos". En algunas plataformas de redes sociales, la proporción de contenidos engañosos podía ser muy elevada. Es el caso de la información sobre nuevos productos del tabaco.

El ejemplo de los cigarrillos electrónicos Juul en Estados Unidos resulta especialmente ilustrativo. Su estética juvenil y fuerte presencia en redes sociales se combinaron con estrategias de marketing e información engañosa sobre la nicotina y la seguridad de sus productos, hasta acabar en los tribunales. En 2023, la compañía aceptó pagar 462 millones de dólares tras ser acusada de contribuir al auge del vapeo entre adolescentes. 

Más que un duelo entre verdad y mentira, un ecosistema

Más allá de identificar y cuantificar los contenidos falsos, comprender la desinformación sanitaria exige explicar por qué determinados mensajes alcanzan una gran difusión e influencia social mientras otros apenas encuentran eco. Para ello, es necesario prestar atención al contexto social y digital en el que se producen, circulan y comparten.

Tanto en nuestra vida cotidiana como en el propio ámbito científico, tendemos a juzgar la información en términos de verdadero o falso. Sin embargo, esta visión binaria simplifica en exceso un fenómeno mucho más complejo. Al revisar y sintetizar cientos de estudios, la desinformación sanitaria es un sistema con varias piezas que interactúan: las fuentes que generan los mensajes, los intereses políticos, económicos o psicológicos que hay detrás, las características del propio contenido, los canales y plataformas por los que viaja, y las audiencias que lo reciben y lo comparten. Cada una de esas piezas incide en las demás y, directa o indirectamente, condicionan nuestros comportamientos y nuestra relación con la salud.

El quién y el porqué

Durante la pandemia de Covid-19 se analizó el papel de las cuentas automatizadas (bots) en las redes y se comprobó que no se comportan como el resto. Sus mensajes eran mayoritariamente políticos y estaban dominados por un tono de crítica y desacuerdo. Se orientaban a cuestionar las medidas sanitarias o la veracidad de la información oficial.

Al estudiar el uso de etiquetas (hashtags), quedo claro que los bots combinan y amplifican ciertos términos de forma estratégica, tejiendo relatos -sobre laboratorios, el 5G, Bill Gates o el origen del virus- que difícilmente surgen por azar.

Hay casos documentados de uso deliberado de la salud como arma política. Un estudio sobre Twitter/X mostró que cuentas vinculadas a la Agencia de Investigación de Internet (Internet Research Agency), una empresa respaldada por el gobierno ruso y especializada en operaciones de influencia, usaban la vacunación como tema de división política. Lo revelador es que publicaban tanto mensajes a favor como en contra de las vacunas: el objetivo no era convencer, sino fabricar una falsa equivalencia que erosionara el consenso.

Por qué la estructura social importa

Los mensajes no se difunden por igual entre toda la población, sino que lo hacen a través de la estructura de nuestras relaciones sociales. Tendemos a conectarnos con quienes piensan como nosotros, de modo que ciertas ideas se refuerzan dentro de comunidades relativamente cerradas (las llamadas "cámaras de eco") y, al mismo tiempo, se aíslan de las del resto.

Al estudiar la polarización entre comunidades en redes sociales, se encontró que es mucho más intensa en debates como el de las vacunas que en otros. Y, al examinar qué la alimenta, se comprobó que la desinformación sanitaria es sólo uno de sus motores: por delante de ella pesan la ideología política y la afiliación partidista, así como la propia dinámica de las redes sociales y la desconfianza en las instituciones.

A ello se suman condiciones crónicas de salud que pueden influir en nuestra forma de buscar, interpretar y compartir información en las redes sociales, especialmente cuando la medicina todavía no ofrece respuestas claras para abordarlas.

La forma en que recibimos la información depende, por tanto, no sólo de su contenido, sino también de quién la transmite, de la confianza que depositamos en esa fuente y del contexto social en el que circula. Y como estos factores varían entre grupos y comunidades, no existe una estrategia de comunicación que funcione por igual para todos.

(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)