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En esta sociedad hiperconectada, pero profundamente desconectada del otro, la indiferencia se ha convertido en una epidemia silenciosa. Es un problema de salud mental de primer orden. No estamos hablando de que la persona tiene "una mala racha" o "un problema de comunicación".
Lo que sucede al cerebro cuando nos ignoran
En una especie tan social como la nuestra, la expulsión del grupo podía significar la muerte. De ahí que nuestro cerebro evolucionara para interpretar la exclusión como una amenaza.
Por ejemplo, las resonancias magnéticas muestran que cuando recibimos indiferencia de alguien que nos importa se enciende la corteza cingulada anterior del cerebro. Es la misma región que se activa si recibimos un golpe en el pie, nos rompemos el brazo o sufrimos una quemadura. Para nuestro sistema nervioso, el dolor social y el dolor físico se manifiestan de la misma manera.
La diferencia es que un brazo roto tiene tratamiento, pero ¿qué podemos hacer ante el vacío de la indiferencia?
Las tres caras de la indiferencia moderna
Hoy en día la indiferencia ha encontrado nuevas formas de manifestarse. Se ha sofisticado a través de las pantallas y de dinámicas relacionales que hemos normalizado.
• La indiferencia digital. El llamado ghosting -desaparecer de la vida de alguien sin dar explicaciones- y el desprecio digital no son herramientas de gestión emocional. Son actos de cobardía afectiva que dejan a la víctima en un bucle obsesivo. Al no haber un cierre claro en la relación, la mente se ve obligada a inventar o suponer los motivos por lo que sucede: "¿Habré dicho algo incorrecto? ¿Ya no le gusto? ¿Qué hay de malo en mí?".
• La indiferencia relacional. En muchas parejas y familias, el silencio se utiliza como un arma de control pasivo-agresiva. Hay quienes, ante un conflicto, en lugar de hablar y expresar su malestar, deciden retirar el habla. Dejan de mirar, responden con monosílabos o actúan como si la otra persona fuera un mueble de la casa. Ésto no es poner límites, es manipulación. La "ley del hielo" destruye la seguridad del apego. Convierte nuestro hogar en un campo de minas psicológico donde la víctima aprende a caminar de puntillas, asustada, mendigando una mirada o una palabra que le confirme que vuelve a ser digna de existir para el otro.
• La indiferencia social. Esta situación se suele dar mucho en los trabajos donde pasamos alrededor de ocho horas al día sin que nadie sea capaz de darnos las gracias, de validar y reconocer el esfuerzo o, al menos, de mirarnos a los ojos para saludar cada mañana. Esta desconexión genera el fenómeno de desgaste profesional y una profunda crisis de identidad personal y profesional que afecta a nuestra autoestima. "Si lo que hago no importa, si yo no importo, ¿para qué estoy acá?".
¿Cómo destroza la indiferencia nuestra salud mental?
Cuando la indiferencia se convierte en rutina sus efectos en nuestra psique son devastadores. No son heridas abiertas, sino un desgaste sordo que erosiona la estructura de la personalidad.
Por una parte nos encontramos con "la destrucción del autoconcepto". Las personas construimos nuestra identidad, en gran parte, a través del espejo de los demás. Si ese espejo siempre devuelve el silencio o el vacío las consecuencia son destructivas: "Si nadie me mira, es porque no valgo la pena", pensamos.
Además, podríamos hablar de la "indefensión aprendida". Cuando alguien nos discute existe la oportunidad de argumentar. En la indiferencia esta respuesta es inviable: el resultado es la nada. Esto lleva a un estado de parálisis psicológica donde la persona siente que ha perdido por completo el control sobre su vida y sus relaciones.
Por último nos encontramos con la "ansiedad crónica" y la consecuente rumiación, ya que esto genera incertidumbre y nuestra mente la odia. Ante el silencio del otro, el cerebro activa un sistema de alerta máxima. Se empiezan a repasar conversaciones de hace meses, a analizar comas en los mensajes y a buscar errores en nuestro comportamiento. Esa hipervigilancia agota el sistema nervioso y dispara los niveles de cortisol.
Salir del desierto emocional: cómo protegernos de la nada
El primer paso es entender que la indiferencia sistemática es una forma de maltrato psicológico. Entonces, ¿qué podemos hacer para protegernos?
• Dejar de "buscar agua en pozos secos". Uno de los errores más comunes es intentar esforzarse más para llamar la atención de quien nos ignora. Mandamos más mensajes, somos más amables, intentamos agradar. Ésto es un error, ya que eso sólo alimenta el sesgo de autorresponsabilidad. Si alguien ha decidido no mirarnos el problema no es de nuestra falta de brillo, sino de su ceguera o su incapacidad emocional.
• Romper el bucle de "convertirnos en adivinos". No hay que intentar descifrar qué hay detrás de esos silencios. Si preguntamos qué pasa y la respuesta sigue siendo el vacío o el "no pasa nada", acompañado de una actitud fría, debemos poner la responsabilidad donde toca. Es importante expresar lo que sentimos con claridad.
• Elegir el conflicto saludable antes que la paz ficticia. Mucha gente calla para "no crear problemas", soportando la indiferencia en silencio. Pero esa paz es ficticia y se paga con salud mental. Una discusión a tiempo, con respeto y enfoque en la solución, siempre será mil veces más saludable que un mes de silencios compartidos.
• Retirar la energía de donde no hay respuesta. La atención y el tiempo son recursos valiosos. No debemos regalarlos alegremente a quien los trata como si no valieran nada. A veces, la mayor muestra de amor propio no es ganar una discusión, sino recoger la dignidad, dar media vuelta y marcharnos de donde nos obligan a ser invisible.
El derecho a ser vistos
Vinimos a este mundo para ser vistos, escuchados y validados. La salud no sólo se cuida comiendo bien, haciendo ejercicio o yendo a terapia. Se cuida, sobre todo, eligiendo bien los entornos humanos en los que echamos raíces.
No debemos conformarnos con migajas de atención. Tampoco justificar a quien nos congela con su silencio. La próxima vez que alguien aplique la indiferencia, recordemos que no hay que demostrar a nadie que existimos. Nuestra existencia ya es valiosa por sí misma, y merecemos estar en lugares donde nuestra presencia se celebre, no donde nuestra ausencia pase desapercibida.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)
