La composición compleja de las prendas, con diferentes materiales y sustancias químicas, complica su reciclaje, y su baja calidad impide su reutilización.
(Foto: Sundry Photography / Shutterstock).
Las fibras sintéticas de origen fósil dominan el mercado, con más de dos tercios de la producción, principalmente poliéster. Luego, una cuarta parte aproximadamente lo ocupan las fibras vegetales, como el algodón. Además, hay fibras artificiales, como la viscosa, y, en menor medida, animales, como la lana.
Cada año se generan unos 92 Mt de residuos textiles, pero podrían alcanzar los 148 Mt en 2030. Sólo una pequeña parte se recicla mediante procesos de ciclo abierto (downcycling), transformándose en materiales de menor valor (aislantes o rellenos). Del resto, 25 Mt anuales corresponden a residuos mal gestionados que terminan en basurales o se queman a cielo abierto. Es decir, el flujo del sector textil es predominantemente lineal porque el reciclaje de ciclo cerrado, de fibra a fibra, casi no existe.
Ciclo de vida de los textiles (Foto: Roberto Rosal
/ Blanca Bagó Oría).
El reciclaje de fibra a fibra presenta dificultades técnicas y económicas. Las primeras son importantes: pocas prendas están fabricadas con un único material y separar estos componentes es complejo y costoso, aunque ocupen una parte pequeña de la prenda. La mezcla más habitual es el polialgodón, en proporción 65/35. También son frecuentes las mezclas con elastano, un poliuretano que aporta elasticidad y durabilidad.
A esto se suma la gran variedad de sustancias químicas que tienen las prendas, como tintes, fijadores de color, blanqueadores, suavizantes y biocidas. Son compuestos que interfieren en los procesos necesarios para recuperar las fibras, degradan la calidad del hilo y obligan a descartar esa parte del tejido.
El método también importa. El reciclaje mecánico está más desarrollado, pero acorta las fibras y disminuye la calidad. Mientras que el reciclaje químico, que mantendría cierta calidad original, se encuentra en una fase inicial de desarrollo.
Además, los elementos ajenos, como cierres, botones, etiquetas o acabados impermeabilizantes, deben retirarse antes. Por último, la clasificación de la ropa usada sigue siendo manual y, sobre todo, cuesta más que la elección de materias primas vírgenes.
La moda de usar y tirar
Desde hace unos años, el modelo de la industria textil ha evolucionado, elevando la frecuencia de rotación y bajando los precios y la calidad. Este cambio responde a una optimización industrial orientada al consumo masivo y rápido. Además, se impulsa por la deslocalización de la producción hacia países con mano de obra barata y el uso creciente de materiales sintéticos.
Gráfico que ilustra la correlación directa entre el
aumento del volumen de fabricación y la velocidad de rotación de
colecciones, marcando el cambio de paradigma desde una
confección bajo demanda (artesanal) hacia un modelo de
producción continua (moda ultrarrápida). Las marcas se incluyen
como simple referencia informativa (Foto: Roberto Rosal / Blanca
Bagó Oría).
Como consecuencia, muchas prendas se descartan después de utilizarse pocas veces, no sólo por exigencia de las tendencias de moda, sino también porque su vida útil es reducida debido a la poca consistencia de los tejidos, a la confección deficiente y al desgaste acelerado, lo que dificulta además su reutilización.
La segunda mano es una alternativa para la ropa que no queremos, pero su peso es limitado ya que sólo las prendas de mayor calidad y en buen estado encuentran comprador. En este sentido, según la Agencia Europea de Medio Ambiente, los textiles reutilizados representan tan sólo un 10 % del consumo total en la Unión Europea. Una gran parte de los 19 kg por persona y año de ropa, calzado y textiles del hogar que se consumen en Europa tienen una calidad baja y, por tanto, una vida útil muy reducida.
El problema se agrava con el envío de esa ropa usada al sur global (casi un millón de toneladas anuales). Con bajas posibilidades de reutilización, estos envíos sólo contribuyen a incrementar montañas de residuos, como las del desierto de Atacama (Chile) o en los vertederos de Ghana, en África. Es decir, la supuesta donación sólo tiene un efecto: redistribuye basura (y problemas) hacia países con menor capacidad de gestión. Son las consecuencias ambientales y sociales de un modelo de consumo lineal.
El cambio de paradigma legal
La magnitud de ese impacto ambiental y social ha impulsado un cambio normativo en la Unión Europea. La Estrategia para los Textiles Sostenibles (2022) y el Reglamento (UE) 2024/1781 de ecodiseño para productos sostenibles trasladan progresivamente la responsabilidad hacia los productores. Entre sus medidas destaca la prohibición de destruir excedentes textiles, aplicable a las grandes empresas desde julio de 2026.
Por su parte, la Directiva (UE) 2025/1892 sobre residuos establece la recogida separada de textiles y refuerza la responsabilidad ampliada del productor (RAP), que obliga a las marcas a financiar la gestión de los residuos derivados de los productos que comercializan.
Hacia una moda circular y consciente
Hoy, la ropa, convertida en un producto efímero, representa uno de los ejemplos más extremos de economía lineal: extraer, fabricar, usar y tirar. Ante esto, el esfuerzo del legislador no es suficiente. Los modelos empresariales tienen que cambiar hacia una moda circular, transformando las cadenas de suministro. Pero también es conveniente invertir en investigación del reciclaje y, por supuesto, cambiar nuestra relación con la ropa que consumimos. Necesitamos menos, pero mejor.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)


