Durante siglos, hemos contemplado sin cuestionamientos los vestigios escultóricos de la Antigüedad en un pulcro blanco. Sin embargo, las investigaciones más recientes sobre policromía antigua han demostrado hasta qué punto estábamos equivocados.
Pinturas rupestres en la Cueva de las Manos, en el
cañón del río Pinturas (Patagonia, Argentina) (Foto: Wikimedia).
Este interrogante es el punto de partida de un estudio reciente, publicado en Digital Applications in Archaeoloy and Cultural Heritage, donde se analiza cómo el paso del pigmento al píxel prolonga el esfuerzo humano por registrar, conservar y transmitir el color.
Bisonte polícromo en la cueva de Altamira, España,
datado hace unos 17.000 - 12.000 años )Foto: Museo de Altamira /
Wikimedia).
El color siempre fue tecnología
Desde la Prehistoria, los grupos humanos han seleccionado minerales de diferentes colores (ricos en óxido de hierro o en manganeso, por ejemplo). Antes de aplicarlos a las producciones artísticas, eran triturados y mezclados con otros materiales, como grasa. Los estudios acerca de este proceso -sobre todo, del ocre- revelan que había planificación y conocimientos técnicos complejos ya desde la Edad de Piedra.
Con el tiempo, aparecieron los pigmentos sintéticos, como el azul egipcio -silicato de cobre y calcio-, que exigía controlar materias primas y temperaturas. Su fabricación no fue un gesto decorativo casual, sino una forma temprana de ingeniería de materiales, como demuestran investigaciones actuales que han permitido reconstruir ese proceso de producción y detectar restos casi invisibles, en estatuas halladas en Deir el-Medina, en Luxor (Egipto), datadas entre 1.550-1.077 a. C.
Así, el manejo del color es un constante en las producciones artísticas de todas las épocas. Mientras que los pintores prehistóricos intentaban fijarlo en la roca y los artesanos antiguos buscaban pigmentos resistentes, los especialistas actuales procuran conservar y transmitir esa información. Han cambiado las herramientas, pero permanece el deseo de prolongar una experiencia visual en el tiempo.
El azul egipcio es una masa
vítrea con la que se pueden producir esculturas, hacer
esmaltes y fabricar pigmentos (Foto: Eduardo Zamarro).
Actualmente, registrar ese color de tiempos pasados es de máximo interés para preservación del patrimonio cultural. Sin duda, es una característica importante en cualquier proceso de digitalización, incluidos los recientes gemelos digitales de distintas obras de artes antiguas.
Sin embargo, una cámara convencional reduce la luz a tres canales: rojo, verde y azul. Aunque ésto es suficiente para producir una imagen "convincente", no sirve para describir toda la respuesta de los materiales a la luz. Para intentar solucionar esto, se usa la imagen hiperespectral, capaz de registrar decenas o cientos de bandas. Así se obtiene una "huella" de cada zona.
Esta técnica, que puede localizar pigmentos, revelar repintes y detectar alteraciones invisibles, se ha convertido en una herramienta clave para estudiar y conservar arte rupestre y otros bienes culturales.
Otros métodos responden a preguntas diferentes. Por ejemplo, la espectrofotometría mide el color con gran precisión en puntos concretos; la fluorescencia de rayos X identifica elementos químicos, y la fotografía con iluminación variable permite observar relieves, incisiones y texturas.
Ninguna herramienta ofrece por sí sola una copia completa. Por eso, los mejores resultados combinan varios métodos.
Además, existen otras dificultades: no es fácil convertir todas esas mediciones en una imagen visible al ojo humano. Para lograrlo, es necesario elegir el tipo de iluminación, el sistema de color y determinadas características en el dispositivo empleado. Cada decisión modificará el resultado.
Espectrofotómetro (Foto: Wikimedia).
Para lograr que las reconstrucciones sean rigurosas, se deben diferenciar tres niveles. El primero es el color medido, respaldado por estudios técnicos. El segundo reconstruye ese color mediante comparaciones y simulaciones. El tercero lo interpreta y propone una apariencia posible cuando faltan datos.
En este contexto, la inteligencia artificial es una gran ayuda para clasificar pigmentos, analizar imágenes espectrales o proponer colores ausentes. Pero una predicción algorítmica no equivale a una prueba arqueológica. Debe identificarse como inferencia, es decir, como el resultado de un cálculo de probabilidades y debe conservarse información sobre el proceso que la generó.
Por otro lado, los píxeles no son eternos. Los formatos se quedan obsoletos, los metadatos -etiquetas que se añaden a un archivo- se pierden y las migraciones pueden alterar la información. Los monitores y proyectores también influyen en cómo percibimos las imágenes: un modelo calibrado hoy quizá se interprete de otra manera dentro de veinte años.
Por ello, conservar el color digital exige guardar algo más que una imagen. Hay que preservar las mediciones originales, los perfiles de color, las condiciones de iluminación, el historial de cambios y los márgenes de incertidumbre.
Los principios FAIR -acrónimo en inglés de Findable (localizable), Accesible, Interoperable y Reusable- ofrecen una guía útil para conseguirlo. Cuando los datos aplicados al patrimonio cultural cumplen estas cuatro condiciones, es más fácil que futuras investigaciones revisen una reconstrucción sin depender únicamente de su imagen final.
Preservar una forma de conocimiento
La digitalización puede acercarnos a cuevas inaccesibles, murales frágiles y objetos desaparecidos. Puede, incluso, cuestionar prejuicios heredados, como la supuesta blancura del mundo clásico. Pero también puede producir imágenes espectaculares que no se correspondan con la realidad de tiempos pasados.
El reto no consiste sólo en crear reconstrucciones más realistas. Consiste en hacerlas comprensibles y fieles a su realidad histórica. Porque conservar el color significa preservar algo más que una apariencia: significa proteger el vínculo entre los materiales, su significado, su percepción y la memoria cultural.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)



