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lunes, 3 de agosto de 2026

¿Heredamos los traumas de nuestros padres? La ciencia cree que no exactamente

La idea de que los traumas "pasan" de padres a hijos resulta muy atractiva. Sin embargo, al día de hoy la neurociencia no ha demostrado que heredemos el recuerdo de una guerra, de una agresión o de una pérdida sufrida por nuestros antepasados, aunque existen estudios que indican que la biología y el entorno sí pueden influir. 

(Foto: Shutterstock).

Dicho de un modo muy general, lo que se transmite entre generaciones no es el trauma en sí, sino una mayor sensibilidad (o una adaptación) de los sistemas que regulan el miedo y el estrés, transmisión que puede producirse a través de la convivencia familiar, del ambiente prenatal y, quizá, de ciertos mecanismos epigenéticos cuya importancia en humanos todavía son motivo de debate. Además, cuando una experiencia origina un trastorno de estrés postraumático, no queda grabada en una única, digamos, "zona del miedo". 

El trauma deja huella en el cerebro

Hay estudios de neuroimagen que describen alteraciones en regiones tales como la amígdala y la corteza prefrontal. La primera está implicada en detectar amenazas y la segunda en regular las emociones y cancelar las respuestas de miedo que ya no son útiles. También participa el hipocampo, una estructura del cerebro muy importante para situar los recuerdos en su contexto.

Todas estas zonas forman parte de redes cerebrales que se activan para detectar qué estímulos son relevantes y para regular nuestra respuesta en relación con la experiencia (las llamadas redes de saliencia, de control ejecutivo y de procesamiento autorreferencial). Sin embargo, los resultados varían entre personas y estudios: no existe una firma cerebral única del trauma.

Puesto que las redes antes mencionadas están en el cerebro de la persona que vivió el acontecimiento, no en sus óvulos o espermatozoides, y dado que los recuerdos se sostienen mediante cambios de plasticidad en circuitos y en conjuntos de neuronas (engramas), es difícil imaginar -y de hecho aún no lo conocemos- un mecanismo biológico capaz de copiar una escena, una emoción concreta o un recuerdo autobiográfico desde el cerebro de un progenitor hasta el de su descendiente.

Se aprende del peligro


El cerebro infantil se construye en la interacción con otras personas. Las niñas y los niños aprenden por imitación y experiencia qué situaciones deben considerar seguras o peligrosas. Observan la expresión de la cara, las posturas, los silencios y qué nos da miedo, qué rechazamos o evitamos.

En este sentido, un metaanálisis mostró que los bebés, cuando ven a sus progenitores reaccionar con miedo ante algo nuevo, también pueden sentir más temor y evitar ese estímulo. Los efectos observados fueron pequeños o moderados, pero ayudan a entender cómo alguien que ha sufrido un trauma puede transmitir a sus hijos una mayor sensación de peligro o más dificultades para manejar las emociones.

Pero ésto no significa que los hijos inevitablemente desarrollen un trastorno. Para que ocurra es necesario que participen otros factores como el temperamento, la influencia de los cuidadores, el apoyo social, las experiencias posteriores o la capacidad del sistema nervioso para seguir cambiando.

¿Y el embarazo?

El estrés intenso durante la gestación puede modificar los niveles de hormonas, producir inflamación y alterar el metabolismo y el funcionamiento de la placenta. Esas señales forman parte del ambiente en el que madura el cerebro fetal, por lo que pueden asociarse con diferencias posteriores en la conectividad cerebral, la regulación emocional y, una vez más, la respuesta al estrés.

Sin embargo, la ciencia indica que los efectos observados en humanos pueden variar y que resulta difícil separar el estrés de otros factores como la salud de la madre, la pobreza, la nutrición o el ambiente después del nacimiento.

En todo caso, sería más preciso hablar de programación prenatal que de herencia entre generaciones. Durante el embarazo, el feto está directamente expuesto a los cambios hormonales, metabólicos e inmunitarios que se producen en el organismo materno. Por eso, si más adelante se observa alguna diferencia en el hijo, no puede afirmarse que una señal biológica se haya transmitido de una generación a otra sin exposición directa.

La epigenética

La epigenética estudia los mecanismos que regulan la actividad de los genes sin alterar la secuencia del ADN como, por ejemplo, la metilación. Existen pruebas en animales que indican que algunas señales ambientales pueden afectar a los descendientes a través los gametos.

Sin embargo, es mucho más difícil demostrarlo en humanos, pues la genética, el embarazo, la crianza, la cultura y las condiciones sociales se transmiten al mismo tiempo, mientras que gran parte de las marcas epigenéticas se reorganizan durante la formación de los gametos y el desarrollo embrionario.

Un estudio publicado el pasado año encontró, en 131 miembros de tres generaciones de familias sirias, patrones de metilación asociados con la exposición a la violencia. Aunque es un resultado cuanto menos llamativo, este trabajo no prueba irrefutablemente que se herede un trauma mental. Entre otras cosas porque se analizaron células bucales, porque el número de sujetos de estudio fue reducido y porque los propios autores indicaron que sería necesario realizar una validación. Una marca epigenética puede ser causa, consecuencia o, simplemente, un indicador de una exposición.

Heredamos posibilidades


Con todo, la conclusión más prudente es que no heredamos los recuerdos traumáticos de nuestros antepasados. Sí que podemos recibir genes que influyen en nuestra sensibilidad al estrés, sobre todo si nuestra madre vivió un embarazo complicado o, desafortunada e injustamente, crecimos en una familia que vivía bajo peligro.

Toda esa transmisión es real, pero también lo es nuestra capacidad de adaptación, tener relaciones seguras, disfrutar de mejores condiciones de vida y poder acceder a terapias eficaces que modifiquen los llamados "circuitos del miedo". La biología transmite posibilidades, no condenas.

(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)

lunes, 16 de marzo de 2026

¿Somos "así" para siempre? La neurociencia del cambio psicológico y por qué repetimos lo que nos hace daño

A veces basta un silencio. Un mensaje que no llega cuando esperamos en esta era de lo inmediato. Una respuesta corta, rápida, aparentemente más fría de lo habitual. De pronto aparece un nudo en el estómago. Pensamientos acelerados: "algo hice mal", "ya no le importo", "está enojado conmigo". De pronto, el cuerpo reacciona antes que la razón: enfado, inquietud, pensamientos negativos que se disparan. Horas después, cuando todo se aclara, surge la misma pregunta: ¿por qué me afecta tanto?

(Foto: Roman Samborskyi / Shutterstock).

Estas reacciones no suelen explicarse por simple inseguridad o porque seamos demasiado sensibles, sino por patrones emocionales aprendidos que el cerebro activa de forma automática.

El cerebro aprende a sentir y a relacionarse

Durante años se pensó que la personalidad era algo casi fijo. Los estudios clásicos mostraban que rasgos como la ansiedad o la sociabilidad se mantienen bastante estables con el paso de los años. Esta evidencia reforzó la creencia de que, en lo esencial, "somos como somos".

Sin embargo, una gran revisión de investigaciones publicada en 2006 mostró por primera vez que estos rasgos pueden cambiar a lo largo de la vida, aunque lo hagan de manera gradual. La personalidad presenta continuidad, pero no está escrita en piedra.

La neurociencia aporta una clave importante: el cerebro posee neuroplasticidad, es decir, la capacidad de reorganizar sus conexiones en función de la experiencia. No sólo aprendemos conocimientos: también aprendemos maneras de reaccionar emocionalmente y de interpretar a los demás. Como señaló el neurocientífico Eric Kandel, los cambios psicológicos duraderos implican cambios en los circuitos del cerebro.

Experiencias que marcan

Lo cierto es que las primeras relaciones de nuestra vida influyen de manera decisiva en el aprendizaje. Varios estudios han mostrado que las experiencias tempranas afectan al desarrollo y a la conexión entre la amígdala (implicada en la respuesta emocional) y la corteza prefrontal (que ayuda a regularla). Estas redes no sólo almacenan recuerdos concretos, sino también expectativas: qué esperamos de los demás y cómo interpretamos sus gestos.

Si alguien ha crecido en un entorno donde la cercanía era impredecible o donde las emociones intensas no se regulaban bien, su sistema nervioso puede volverse especialmente sensible a señales ambiguas. Las investigaciones han relacionado esta mayor sensibilidad con diferencias en la comunicación entre regiones cerebrales emocionales y reguladoras. En la vida adulta, pequeños desencuentros pueden activar respuestas intensas que parecen surgir "de la nada", pero que en realidad están conectadas con aprendizajes anteriores.

Por eso repetimos patrones. No porque queramos sufrir, sino porque el cerebro tiende a reaccionar según modelos que le resultan familiares. Aunque no es un destino ineludible, como veremos. 

Vaivenes emocionales

La personalidad es la manera en que una persona vive, procesa y comprende la experiencia de sí misma y de los otros. No se reduce a etiquetas como “nervioso” o “impulsivo”: desde la psicología clínica se habla también de “organización de la personalidad”.

El psiquiatra y psicoanalista Otto Kernberg propuso que existen distintos niveles en dicha organización. Mientras que algunas personas presentan una identidad más coherente y estable, otras tienen mayor dificultad para integrar aspectos contradictorios de sí mismas y de los demás.

Cuando esta integración es menor, pueden aparecer oscilaciones intensas: idealizar a alguien y poco después sentirse profundamente decepcionado, interpretar una crítica leve como rechazo total o reaccionar con gran intensidad ante frustraciones pequeñas. No se trata de falta de carácter, sino de una forma concreta de funcionamiento psicológico.

La cuestión es si este funcionamiento puede modificarse.

Psicoterapia y cambio profundo

Algunos tratamientos psicológicos buscan algo más que aliviar síntomas. Trabajan sobre los patrones relacionales que organizan la experiencia emocional. Uno de ellos es la Terapia Focalizada en la Transferencia (TFP), desarrollada a partir del modelo del propio Kernberg. En esta terapia se analizan los patrones de relación que aparecen en la vida del paciente -y también en la relación con el terapeuta- para comprenderlos mejor y favorecer cambios más profundos.

En una investigación publicada en el American Journal of Psychiatry, se comparó la TFP con otros tratamientos para el trastorno límite de la personalidad y los investigadores observaron mejoras significativas en impulsividad, conductas autolesivas y funcionamiento global.

Otro estudio reveló que la TFP no sólo reduce síntomas, sino que también modifica patrones de apego y mejora la capacidad reflexiva, es decir, la forma en que las personas comprenden sus propias emociones y las de los demás.

Estos resultados apuntan a algo más profundo que una simple mejoría superficial: sugieren cambios en la organización de la personalidad.

¿También cambia el cerebro?

Las investigaciones sugieren que una psicoterapia eficaz no sólo puede cambiar cómo pensamos o sentimos, sino que también puede estar asociada a cambios en el funcionamiento del cerebro. Algunos estudios realizados con personas con trastorno límite de la personalidad han observado que, tras un tratamiento estructurado, disminuye la actividad de regiones implicadas en las emociones intensas -como la amígdala- y aumenta la actividad de otras áreas que ayudan a regularlas y a controlar los impulsos.

En otras palabras, comprender mejor nuestras reacciones, revisarlas en un entorno seguro y vivir experiencias relacionales más estables puede cambiar la forma en que interpretamos lo que nos ocurre. Algunas investigaciones sugieren que estos procesos también podrían estar relacionados con cambios en los circuitos cerebrales implicados en las emociones.

Hay margen de adaptación

La personalidad no es infinitamente flexible. Existen factores biológicos y temperamentales que influyen en nuestra forma de ser. Por lo tanto, el cambio profundo tampoco es inmediato ni sencillo. Sin embargo, la evidencia actual no respalda la idea de que estamos condenados a repetir indefinidamente los mismos patrones. Más preciso sería decir que tenemos tendencias aprendidas que pueden reorganizarse.

Cambiar no significa dejar de ser uno mismo: supone ampliar la capacidad de regular emociones, mantener relaciones más estables y sostener una identidad más coherente. La neurociencia muestra que el cerebro conserva margen de adaptación a lo largo de la vida.

La pregunta, entonces, no es si somos "así" para siempre, sino en qué condiciones podemos dejar de repetir lo que nos hace daño. La ciencia sugiere que, dentro de ciertos límites, el cambio psicológico es posible.

(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)

miércoles, 6 de agosto de 2025

¿Por qué no nos podemos sacar esa canción de la cabeza? La neurociencia lo explica

Imaginemos que alguien nos dice: "no pienses en un elefante rosa; en serio, no lo hagas". ¿Habremos conseguido no imaginarnos un elefante rosa? Lo más seguro es que, excepto si tenemos afantasía, todos habremos imaginado un elefante rosa.

(Foto: Shutterstock).

Este ejemplo clásico, adaptado del capítulo X de la novela "City in the Sky" (Curt Siodmak, 1974), ilustra lo difícil que puede ser reprimir nuestros pensamientos. Algo parecido ocurre con los llamados earworms (usualmente traducido como gusanos mentales): cuanto más intentamos evitar que una melodía se vuelva pegadiza, más nos infecta. 

Un visitante común en el cerebro

El término inglés earworm procede de un artículo escrito en alemán que utilizaba la palabra ohrwurm. Ambos términos en castellano significan exactamente "gusano de oído" o "gusano auditivo", aunque suele traducirse como "gusano musical".

Podría definirse como una experiencia involuntaria en la que una melodía se repite en bucle en la mente en ausencia de estimulación sensorial externa. Como si hubiera una radio en el fondo de nuestra cabeza y estuviera sonando la misma parte de una canción todo el rato, incluso durante varios días.

Al estudiar el earworm mediante escalas en autoinforme se ha descubierto que es extremadamente común. Se estima que entre el 72 % y el 92 % de la población experimenta gusanos musicales con regularidad. En concreto, el 90 % de las personas tienen al menos un episodio a la semana, pero solo un 26 % los experimenta varias veces al día.

Diseccionando al gusano musical

¿Y qué facilita el comienzo de un gusano musical? Las canciones rápidas, con melodías genéricas y con patrones de intervalos inusuales. Y, sobre todo, que sean familiares y fáciles de cantar. Siguiendo esta línea, desde 2010 se elabora una lista de canciones proclives a generar gusanos musicales, y la encabeza "Bad Romance" de Lady Gaga.

Pero eso no es todo. También depende del estado mental de la persona y su interacción con otros elementos extramusicales. En este sentido, se han descrito características que aumentan la probabilidad de generar un bucle:

• Exposición a la música: canciones escuchadas recientemente y repetidas en televisión, radio… Dedicarse a la música profesionalmente también es un factor relevante.
• Desencadenantes de memoria: las asociaciones (una persona, una palabra, un ritmo o un lugar pueden activar una canción asociada), los recuerdos personales y la anticipación (como pensar en un concierto futuro).
• Estados afectivos: un sentimiento, una condición anímica (estrés) o una emoción concreta pueden provocar que una melodía en sintonía con estos estados se convierta en un gusano musical.
• Baja atención: cuando divagamos en nuestros propios pensamientos sin prestar atención al exterior (estar en “piloto automático”).

Deducimos, por tanto, que no hay una receta fija para que surja un earworm. Su aparición depende de una mezcla de varios factores, por lo que cualquier melodía puede quedarse atrapada “en bucle” en la mente.

Deslizándose por la memoria

Precisamente, es el “bucle fonológico”, una parte de la memoria de trabajo, el que sustenta los earworms. Si se dan las circunstancias diseccionadas previamente, el fragmento de una canción puede atascarse en este sistema que repite información del habla. Aquí participan los lóbulos temporal y frontal.

Además, parece más probable que una melodía se quede pegada en la cabeza si se escucha parcialmente que si se escucha entera. Esto respalda el llamado efecto Zeigarnik: las personas somos más propensas a recordar una tarea inacabada que una completa, lo que implica tener “asuntos pendientes” en bucle en la memoria. Y existen referencias a estos bucles musicales desde hace tiempo.

Las larvas permanecen en la historia

Los primeros registros históricos del earworm se remontan al siglo XVIII, al manuscrito más antiguo de música para gaita (escrito entre 1733 y 1738). También se han encontrado menciones en "Northumbrian Minstrelsy", un libro de canciones populares escocesas. Y en 1876, Mark Twain escribió un relato sobre este fenómeno.

Más recientemente, el neurólogo Oliver Sacks dedicó el quinto capítulo de su libro "Musicofilia" al earworm, pero él lo llamaba gusano cerebral (localizándolo en el cerebro en lugar de en el oído). En la última nota al pie de este capítulo, elaboraba una hipótesis sobre su origen: "Es posible que los gusanos cerebrales surjan de una adaptación que resultó crucial en épocas primitivas donde el humano viajaba: reproducir sonidos de animales y otros sonidos importantes una y otra vez, hasta que el reconocimiento quedaba asegurado", escribió.

Una metamorfosis hacia lo patológico

Aunque pudieran surgir con un valor adaptativo, el carácter involuntario del gusano musical lo puede volver problemático. A menudo se vive como una experiencia neutra o agradable, pero un tercio de las personas califican la experiencia como intrusiva.

Además, se ha visto que aumentan de frecuencia al sufrir ansiedad (también se ha valorado en TOC, aunque sin resultados concluyentes) y resultan más persistentes e intrusivos al tener rasgos esquizotípicos. También se han documentado al menos cinco casos de earworms crónicos.

Cómo fumigar y exterminar al parásito

Existen paliativos y soluciones propuestas, aunque sin garantía de éxito, para cualquier persona que no tenga un caso crónico de estos gusanos:

• Cantar la canción completa: parece solucionar el efecto Zeigarnik, aunque hay controversias.
• Ocupar la mente con tareas exigentes, especialmente verbales: elimina el “piloto automático”.
• Regular nuestro estado afectivo: desvincula el nexo del earworm con sus sentimientos o emociones.
• Guardar silencio masticando chicle: anula la planificación motora subvocal del bucle fonológico (o sea, impide "canturrear" o "tararear").
• Escuchar otra canción: genera interferencias en la memoria.

Y, finalmente, nunca evitemos el earworm. La teoría del control mental irónico afirma que no podremos dejar de pensar en un gusano musical aunque nos esforcemos. Igualmente, tampoco dejaremos de pensar en un elefante rosa aunque nos lo pidan u ordenen.

(Fuente: The Conversation)

miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Qué son las "neuronas sociales"? Así es como las relaciones moldean nuestra mente

Cuando nos juntamos con otras personas no somos iguales que cuando estamos solos, y nuestra materia gris tampoco.

(Foto: Gerd Altmann / Pixabay).

La prueba del "espíritu colectivo" la encontraron hace poco científicos franceses en las neuronas sociales, unas células nerviosas del encéfalo que solo se activan en equipo. Según estos expertos, la sola presencia de congéneres en nuestro entorno hace que el cerebro cambie su manera de trabajar.

Existe algo más complicado y difícil de entender que la teoría de la relatividad de Einstein, el concepto de entropía o la solución a la enrevesada conjetura matemática de Poincaré: el cerebro de otro ser humano. Y, sin embargo, no nos suele ir tan mal: a pesar de que nuestro encéfalo es el objeto más complejo del universo, tenemos una habilidad sorprendente para saber lo que sucede en su interior.

Cómo nuestro entorno moldea nuestra mente

Según Valeria Gazzola, investigadora del Instituto Neerlandés de Neurociencia, "estamos dotados de una capacidad que ningún sistema artificial ha logrado imitar aún: la de transformar el comportamiento observable de los demás, nuestras percepciones, en hipótesis acerca de lo que esas personas sienten y planean".

Dice esta experta en neurociencia que, aunque eso parece tan natural y fácil como respirar, no lo es. De hecho, exige la capacidad de procesar y comparar todo lo que percibimos de fuera con la información de nuestros propios sistemas emocionales, sensoriales y motores, esos que nos permiten sentir en primera persona.  

Por muy orgullosos que nos sintamos del lenguaje, la inteligencia, la pintura, la literatura, el séptimo arte o la tecnología que nos ha permitido llegar hasta la Luna, "nada de eso sería posible si no supiéramos colaborar estrechamente unos con otros, aprender unos de otros, cuidar unos de otros", reflexiona Gazzola. Las capacidades sociales están en la esencia de lo que nos hace humanos, son nuestro auténtico superpoder.

Por qué necesitamos a los demás para sobrevivir

Cuanto más se ahonda en el conocimiento del cerebro, más se confirma que las neuronas les dan a nuestros congéneres absoluta prioridad. En 2016, el neurocientífico alemán Martin Brüne y sus colegas de la Universidad Ruhr de Bochum demostraron que el encéfalo atiende a lo que tiene que ver con las acciones cotidianas de los demás y que otorga prioridad absoluta a la información social.

Ni esos vídeos virales gatunos de YouTube lograrían desviar tanto nuestra atención, porque son tiernos, pero no humanos. Hasta hace poco se pensaba que para el cerebro existían dos categorías a la hora de catalogar el mundo: animado o inanimado, ser vivo o inerte. Pero, en 2014, investigadores italianos de la Universidad de Trieste demostraron que habíamos obviado una tercera categoría: la social, sustentada por circuitos propios de neuronas dedicadas a detectar todo lo que atañe a grupos de individuos de nuestra especie.

Aprendizaje observacional

Una de las consecuencias de esta capacidad es que, con intención o sin ella, nos pasamos el día aprendiendo de los demás. La experiencia ajena es la mejor maestra. Los expertos en la materia lo llaman aprendizaje observacional. “Esto es así especialmente en lo tocante a todo aquello que nos puede herir o matar; está claro que el coste de aprenderlo por uno mismo es muy alto. Por eso, la habilidad de aprender observando a otros sujetos es muy adaptativa y nos da ventajas para la supervivencia”, explica Kay Tye, neurocientífica del MIT. La capacidad de escarmentar en cabeza ajena se la debemos a un circuito cerebral que aprende mirando a los demás y que es distinto e independiente del que extrae conocimiento de experiencias propias.

Otra sensación única que aporta el contacto social es la vergüenza ajena, ese incómodo “tierra, trágame” que nos embarga cuando vemos a alguien comprometer su dignidad. Dicen los neurocientíficos que las situaciones embarazosas de los demás activan las mismas estructuras corticales que cuando nos compadecemos de alguien.

Tiene mucho que ver con la empatía, con la capacidad humana de ponernos en el lugar de los demás y sentir lo que ellos sienten en nuestras propias carnes. Y también estas neuronas están detrás de la facilidad con la que se contagian las sonrisas, cuando ante un rostro risueño recordamos la emoción a la que tenemos asociado el gesto y, de forma refleja, lo imitamos.

(Foto: Alexandra Koch / Pixabay).

La conexión en segundo plano

Podría suceder que cuando nos quedamos a solas ese entramado cerebral gregario se desconecta. Pero no. El cerebro está tan obsesionado con lo que les pasa a los otros que, si decidimos tomarnos un respiro y alejarnos del mundo, se pone a trabajar en la información social que ha recabado.

Científicos de la Universidad de Dartmouth (Nuevo Hampshire) explicaron recientemente que en los momentos de aparente reposo se refuerzan las conexiones entre la corteza medial prefrontal y la unión temporoparietal, cuya misión es evaluar la personalidad, el estado mental y las intenciones de los demás. En otras palabras, nos dedicamos a hacer deducciones o inferencias sociales "en segundo plano". De este modo, el encéfalo aprovecha su tiempo libre para extraer conclusiones de las vivencias gregarias del resto de la jornada.

El efecto de la compañía humana

Pero las implicaciones de estar acompañados van mucho más allá de la empatía o el aprendizaje social. Driss Boussaoud, neurocientífico del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia (CNRS), lo explica con un ejemplo clarificador: "Imagínate a ti mismo sentado en clase con un examen sobre la mesa. Imagina que reina un silencio absoluto que solo se ve interrumpido por las pisadas del profesor dando vueltas alrededor del aula. Oyes sus pasos que se aproximan. Se detiene justo a tu lado. Empiezan a sudarte las manos. No te puedes quitar de la cabeza que el examen de hoy es decisivo para tu futuro. Y tienes a tu profesor ahí plantado, clavándote la mirada, viendo lo que haces".

Dice el investigador que podríamos pensar que estas circunstancias afectarán negativamente a nuestro resultado intelectual, debido a un fenómeno de inhibición social. Que tendemos a suponer que, si nos miran, vamos a pifiarla con más facilidad. Pues no, lo normal es que suceda justo al revés.

"En presencia de otros solemos ejecutar mejor un examen y otras tareas simples que cuando nos dejan solos. Se llama facilitación social", cuenta Boussaoud, que explica por qué es mucho mejor salir a correr o a practicar ciclismo con varios amigos que en solitario. Lo hace así: "Los psicólogos sociales llevan estudiando este fenómeno hace más de un siglo, pero hasta el año pasado nadie había analizado los cambios exactos en la actividad del encéfalo cuando hay otras personas cerca".

La soledad neuronal: el precio de la desconexión

Si rodeada de semejantes la materia gris se modifica, ¿cómo serán los efectos del aislamiento? Según decía el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, "la soledad es muy hermosa, pero sólo cuando tienes a alguien a quien contárselo". Estar aislado durante mucho tiempo pone en marcha cambios químicos neuronales dañinos, según descubrieron con ratones a mediados de 2018 neurocientíficos del Instituto Caltech de California.

Tras dejarlos dos semanas incomunicados, comprobaron que su cerebro secretaba un neuropéptido llamado neuroquinina B (NkB) que interfería en el correcto funcionamiento de varios circuitos neuronales y disparaba la agresividad de los roedores hacia los extraños. Quedaban presos de una sensación de miedo permanente y se volvían hipersensibles a cualquier estímulo que oliera a peligro. Pero existe un antídoto. Cuando se bloquean los receptores de neuroquinina, el comportamiento anómalo desaparece. Dado que nosotros tenemos un sistema de señales similar al NkB, el estudio podría tener aplicaciones clínicas para tratar trastornos mentales causados por el aislamiento a largo plazo.

La soledad en las redes sociales

Aunque a veces asociamos la reclusión a la tercera edad, la realidad es otra. No hace falta ser anciano, ni tímido, ni estar loco o recluido para experimentar soledad. Basta actualizar a todas horas Facebook, Instagram o X para caer en sus garras. Según un estudio de la Universidad de Pittsburgh, a más tiempo empleado en las redes sociales y más presencia en varias, más probabilidades de aislamiento social.

Los sujetos que visitan estas plataformas sesenta o más veces por semana tienen aproximadamente el triple de probabilidades de percibir soledad que los que las visitan menos de diez veces semanales.
Según un estudio sobre conductas patológicas en internet de la ONG Protégeles, el 21,3 % de los jóvenes está en riesgo de convertirse en adicto a las nuevas tecnologías y el 1,5 % ya lo es.

Los tecnoadictos pasan mucho tiempo a solas con el ordenador, la tableta o el móvil, hasta el punto de descuidar a los amigos y la familia. El 30 % de los menores tiene contactos virtuales con personas a las que no conoce. Estos tecnoadictos no entienden la vida sin estar al tanto de todo lo que ocurre en su entorno social virtual.

(Fuente: Muy Interesante)

miércoles, 21 de agosto de 2024

Nuestro cerebro tiene su propia "copia de seguridad" de cada recuerdo: ya se conoce cómo las crea

El "almacenamiento" de los recuerdos nos ayuda a aprender tomando como punto de partida nuestras experiencias. Las "copias" de un recuerdo se conservan durante diferentes periodos, porque no todas permanecen de forma indefinida.


(Foto: Anna Shvets).

Durante las últimas décadas los científicos que desarrollan su actividad de investigación en el ámbito de la neurociencia han aprendido muchísimo. Y, aun así, en gran medida nuestro cerebro sigue siendo un misterio. Y lo es debido a que su complejidad es extraordinaria. No obstante, esta dificultad no representa un obstáculo a la hora de seguir esforzándose e investigando.

El científico Flavio Donato y su equipo de investigadores de la Universidad de Basilea (Suiza) no se han dejado amedrentar por la complejidad natural de nuestro cerebro, y su esfuerzo ya está dando fruto. En el artículo que estos científicos han publicado en la prestigiosa revista Science explican con bastante detalle un mecanismo del cerebro que hasta ahora los neurocientíficos no conocían bien. Y, curiosamente, es un comportamiento que recuerda lejanamente al de la estrategia que utilizamos los seres humanos para evitar que nuestros ordenadores pierdan nuestra información más valiosa.

Nuestro cerebro se asegura de mantener a buen recaudo nuestros recuerdos

El cerebro humano tiene una capacidad de aprendizaje y una plasticidad enormes. El almacenamiento de los recuerdos es uno de los mecanismos que nos ayudan a aprender tomando como punto de partida las experiencias que hemos vivido en el pasado. Y ese aprendizaje es crucial porque nos permite adaptarnos y responder a algunos de los desafíos y las experiencias que tendremos que afrontar en el futuro. Hasta ahora los neurocientíficos desconocían cómo resuelve el cerebro humano la dinámica de los recuerdos, pero ya tenemos algunas respuestas.

El profesor Donato y su equipo han descubierto que nuestro cerebro procesa cada recuerdo vinculado a una experiencia específica con el propósito de almacenarlo en múltiples copias simultáneamente. Esto significa, sencillamente, que un recuerdo no deja una única impronta en nuestra estructura cerebral, de ahí que no resulte descabellado comparar este mecanismo con la creación de las copias de seguridad que utilizamos para salvaguardar la información más relevante que almacenamos en nuestras computadoras o móviles.

Además, estos científicos han concluido que las copias de un recuerdo en particular se conservan durante diferentes periodos de tiempo, por lo que no todas ellas permanecen de forma indefinida. De hecho, puede que en algunos casos ninguna de ellas perdure. No obstante, esto no es todo lo que han averiguado. También han confirmado que algunas copias pueden ser modificadas en cierta medida con el paso del tiempo. Lo curioso es que toda esta actividad se lleva a cabo en el hipocampo, que es la región del cerebro que se responsabiliza del aprendizaje a partir de la experiencia.

Curiosamente, cada experiencia se almacena al menos en tres grupos distintos de neuronas que se forman durante diferentes etapas del desarrollo embrionario. De hecho, las neuronas que se forman en primer lugar son las responsables del almacenamiento de los recuerdos que se preservan a largo plazo. Las neuronas que se forman más tarde tienen una capacidad de retención de los recuerdos muy fuerte al principio, pero se desvanecen con el tiempo. Y, por último, los recuerdos que se almacenan durante poco tiempo en las neuronas formadas en las últimas fases del desarrollo embrionario pueden ser modificados y reescritos con facilidad.

"El desafío al que se enfrenta nuestro cerebro en lo que concierne a la memoria es impresionante. Por un lado debe recordar lo que hemos experimentado en el pasado para ayudarnos a comprender el mundo en el que vivimos. Pero, además, necesita adaptarse a los cambios que se producen a nuestro alrededor para ayudarnos a tomar las decisiones adecuadas para garantizar nuestra supervivencia", nos explica el profesor Donato, y es apasionante. No cabe duda de que en el ámbito de la neurociencia a los científicos aún les queda muchísimo trabajo por hacer, pero gracias a descubrimientos como el de estos investigadores podemos otear el futuro con un optimismo muy saludable.

(Fuente: Xataka)

martes, 21 de mayo de 2024

Tres personas parapléjicas vuelven a caminar un día después de recibir un implante electrónico

Neurocientíficos en Suiza perfeccionan una tecnología que permite a personas con lesiones en la médula espinal recuperar el movimiento en un día 


Tres personas que habían quedado parapléjicas tras accidentes de moto han conseguido volver a ponerse en pie y dar unos pasos. Ha sido gracias a una intervención quirúrgica para implantar 16 electrodos directamente sobre su médula espinal. Los tres participantes habían perdido toda capacidad de movimiento en sus extremidades inferiores y el tronco debido al corte completo de la médula. "Un día después de empezar a practicar ví que mis piernas se movían otra vez; fue una emoción muy intensa", ha explicado Michel Rocatti, uno de los tres pacientes, en una rueda de prensa.

El neurocientífico Grégoire Courtine, de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza), y la neurocirujana Jocelyne Bloch, del hospital universitario de la misma ciudad, dirigen el equipo científico responsable de este logro. En una operación de cuatro horas, se han implantado los electrodos que emiten pulsos eléctricos sincronizados que imitan las señales que circulan a lo largo de la médula espinal, y esta vincula el cerebro con los miembros inferiores. A su vez, los electrodos van conectados a un ordenador con un sistema de inteligencia artificial que reproduce los impulsos necesarios para caminar, montar en una bicicleta especial o remar en una piragua (en el caso de un paciente sin movilidad en el bajo tórax). Estas son tres de las actividades que han conseguido realizar los participantes en este estudio.

El equipo de Courtine lleva años intentando devolver la movilidad a personas que quedaron parapléjicas por accidentes. En 2014, probó su sistema con ratones a los que antes se les había separado la médula y dos años después hizo lo mismo con monos. En otoño de 2018, el equipo suizo presentó las innovaciones con David Mzee, un joven que quedó parapléjico a los 20 años. Gracias a este tipo de estimulación epidural y con ayuda de un andador, Mzee consiguió volver a caminar.

El nuevo trabajo publicado, presenta una gran novedad: por primera vez los electrodos y los largos cables que llevan conectados han sido fabricados específicamente para este ensayo y teniendo en cuenta las lesiones particulares de cada participante. "Hasta ahora todos los implantes de este tipo reutilizaban electrodos originalmente diseñados para tratar el dolor", explica Courtine. "Diseñar por primera vez una tecnología específica para este nuevo uso nos permite sincronizar mejor la estimulación con el momento del movimiento imitando las señales reales que envía el cerebro al andar, por ejemplo", detalla el científico.

En esta ocasión se ha logrado estimular no solo los nervios que mueven las piernas, sino también los músculos del abdomen y espalda baja. Los participantes pudieron volver a estar de pie inmediatamente después de la operación y dieron sus primeros pasos, al principio suspendidos con un arnés. Afinar los movimientos llevó tiempo de entrenamiento, pero finalmente, al cabo de unos cuatro o cinco meses, Rocatti, por ejemplo, pudo andar por la calle y salir a tomar algo a un bar caminando con un andador desde el que puede controlar la intensidad y cadencia de los impulsos eléctricos. "Cuando uso el aparato me encuentro mejor, me siento más fuerte y los dolores asociados a la silla de ruedas desaparecen", ha explicado el paciente.

Lesiones que ya no son irreversibles

El avance se suma a los conseguidos por dos equipos de EE UU que usan sistemas de estimulación eléctrica continua y que también han permitido caminar a algunos pacientes después de haber quedado parapléjicos por accidentes. La idea más importante detrás de estos trabajos es que algunas lesiones medulares ya no deben considerarse irreversibles.

El equipo suizo ha tratado ya a nueve personas en lo que por ahora es solo una intervención experimental para un número muy reducido de lesionados. Pero Courtine explica que su equipo espera comenzar los primeros ensayos clínicos con más pacientes en 2023, en parte a través de Onward Medical, la empresa que ha creado junto a Bloch para la futura comercialización de esta tecnología. Los ensayos llevarán aún unos cuantos años de trabajo. "Vamos todo lo rápido que podemos", asegura el neurocientífico.

"Estos nuevos resultados son espectaculares", opina Filipe Barroso, investigador del grupo de neurorrehabilitación del Instituto Cajal (CSIC), en Madrid. Indica que lo más destacado es que se trata de pacientes con una lesión medular completa, frente a los anteriores de 2018, que sí conservaban algo de función residual. "Además, los resultados aparecen en un día, lo que se explica por la colocación óptima de los electrodos", resalta.

Barroso trabaja sistemas de estimulación menos invasivos que pueden situarse sobre la piel o incluso dentro de los músculos. En este último caso, su equipo demostró el verano pasado que unos electrodos consiguen una reducción notable de los temblores en pacientes con trastornos del sistema nervioso.

Diego Serrano, investigador de la Universidad de Castilla-La Mancha, visitó el laboratorio de Courtine y Bloch en 2018. "Es evidente que están afinando su técnica para conseguir un movimiento lo más natural posible", resalta. "Los electrodos se implantan ahora con una precisión milimétrica, de hecho, el colocarlo uno o dos milímetros más arriba o abajo tiene unos resultados enormes", destaca el experto, que ve complicado ampliar el alcance de esta tecnología a un mayor número de pacientes. "Es difícil porque cada lesión de médula es muy específica, prácticamente única, por lo que necesitas desarrollar un tratamiento específico para cada uno", añade.

(Fuente: El País)