Le Théâtre du Grand Guignol, o sencillamente el Grand Guignol, fue una teatro que desarrolló su actividad entre 1897 y 1962, cuyas puestas estaban atravesadas por una estética y temáticas muy especiales. Los desmayos eran moneda corriente en este sombrío espacio parisino que inspiró las películas de terror que vemos hoy.
Frente original del Grand Gignol.A comienzos del siglo XX, en las obras del
Théâtre du Grand-Guignol pasaba de todo: derretían caras, cortaban cabezas, quitaban ojos de sus órbitas, desollaban viva a la gente, estrangulaban niños; había excesos: de sangre, sudor, abundaban la sífilis y la lepra, así como drogas, hipnosis, sangre de nueve colores diferentes y a chorros, locura, excitación, desmayos, gritos, sexo, risa.
Tenía su sede en una pequeña sala que, aunque ubicada en
Pigalle, se encontraba muy cercana al barrio de
Montmartre, participando de esta manera del
ambiente bohemio,
alternativo,
contestatario y
rebelde que caracterizaba aquella zona de
París, situada a la sombra de la basílica del
Sacré Coeur (Sagrado Corazón). La sala era una antigua capilla neogótica que, aunque desacralizada, conservaba su decoración religiosa. Esta decoración le otorgaba al local un cierto
aire misterioso y lúgubre.
Se especializó en subir a escena
obras de teatro breve, de tal manera que los programas que componían sus sesiones estaban constituidos por
entre tres y seis obras que combinaban distintos géneros: drama, comedia, sainete, vodevil y musical. Pero el género que más caracterizó al Grand Guignol, y al que debe su fama, fue el del
terror, pero no un terror cualquiera. Estas piezas no se limitaban a crear una atmósfera de tensión o a evocar cándidas fórmulas del pasado como pudieran ser, por ejemplo, las apariciones fantasmales.
En el escenario del Grand Guignol había
crueldad y
violencia exacerbadas en forma de
mutilaciones,
decapitaciones,
apuñalamientos, y otros muchos actos de
sadismo. Las obras en sí solían tener argumentos enormemente
escabrosos y
muy perturbadores (crímenes cometidos en el seno del ámbito familiar, comportamientos violentos de enfermos mentales, torturas perpetradas en lugares exóticos, etc), pero más intimidante resultaba aún
la puesta en escena, en donde no se escatimaba en trucos y efectos especiales de todo tipo para crear ambientes siniestros y, muy especialmente, para dar veracidad a los actos extremos que tenían lugar sobre el escenario.
El lugar era pequeño, y por eso funcionaba. El escenario en donde ocurrían las masacres ficticias tenía
49 metros cuadrados. Sólo
250 privilegiados eran testigos de las representaciones sin censura que sirvieron como semilla de los subgéneros del terror cinematográfico que hoy conocemos como
slasher y
giallo.
Oscar Metenier, creador y primer propietario del Grand Gignol.El creador y primer propietario del teatro fue
Oscar Metenier, un ex policía devenido dramaturgo que venía de haber trabajado en
obras naturalistas. Lo inauguró el 13 de abril de 1897, y el lugar
no discriminaba a nadie: ricos y pobres se entremezclaban con el olor a incienso, la oscuridad y los asientos sucios.
Metenier llevó adelante representaciones que eran algo así como las
fotos en movimiento de todo lo que había visto en la calle y en los periódicos. Las puestas en escena que motivaba eran como presenciar "personalmente" aquellos episodios vertiginosos
protagonizados por marginados que días atrás habían sido noticia.
Todo cambió con una obra de
Guy de Maupassant en donde se veía a una prostituta francesa matar a un oficial alemán. Tampoco hay que quitarle mérito al segundo dueño del teatro,
Max Mauney, quien se apoderó del Guignol en 1898. La conexión entre ambos factores es simple: Mauney notó cómo la gente se excitaba al ver a la prostituta francesa asesinar al oficial extranjero y entendió que
el pueblo necesitaba sangre a chorros.
Entonces recurrió al infalible
melodrama y a los
crímenes sangrientos. Desde Mauney, el Grand Guignol ofreció obras de terror convincentes,
casi siempre basadas en hechos reales, que usualmente tenían como eje central temas relacionados a la
falta de cordura y a la violencia explícita.
Una obra que ejemplifica el aura del Guignol es "
Le Laboratoire des Hallucinations" (El Laboratorio de las Alucinaciones), de
André de Lorde, el dramaturgo estrella del lugar. En ella se cuenta la historia de un médico celoso que
se venga de un paciente volviéndolo loco. Todo termina con los dos
clavándose objetos punzantes en el cráneo.
Así como para los textos estaba André de Lorde, para los efectos especiales estaba
Paul Retineau. Retineau hacía magia con cualquier instrumento que tenía a mano. No se valía de grandes presupuestos para hacer globos oculares salidos de su eje, chorros de sangre incesantes, rostros desintegrados por ácido (o quemados por estufas) o cabezas cortadas que seguían convulsionando aún después de haber sido cortadas. Solo le bastaban
unos pocos ingredientes e ingenio para controlar luces y sonidos.
El mejor ejemplo del buen uso que hizo de los efectos "low cost" es el de la obra breve "
The Torture Garden" (El Jardín de las Torturas), en donde debían
desollar vivo a un personaje. Retineau obtuvo una
cinta adhesiva y
pintó de rojo el lado engomado. Se lo colocó al actor e hizo que otro se lo quitara. Cuando esto suecedía aplicaba un
sonido de desgarro, y con eso era sufieciente para crear un efecto convincente.
Las obras como aquella provocaban tanta algarabía en los espectadores que había
cubículos especiales para quienes querían ver y no ser vistos. Eran los
palcos que se parecían a confesionarios. Allí sucedían desde
ruidosas escenas sexuales hasta situaciones en donde predominaban los
gritos guturales. Y eran moneda corriente los
desmayos.
Los palcos del teatro Grand Gignol.En una obra se desplomaron
seis espectadores a la vez. La lujuria era total: cuanta más gente se desmayaba, mejor. Mauney decía a viva voz que había hombres y mujeres que se desmayaban en su teatro, y lo hacía
para provocar interés. También aclaraba que todo aquel que iba a ver sus obras tenía un médico a disposición por si le pasaba algo. Una vez, de hecho,
se desmayó el médico.
Para aminorar lo sombrío de cada evento había lo que él llamaba "duchas de agua fría y caliente", que no eran más que
obras cómicas de descanso. El efecto que buscaba el Guignol era el de
excitar y exprimir.
Las obras eran
respetadas por la crítica. Detrás de los textos había
dramaturgos de renombre que sabían lo que hacían y sobre el escenario actores y actrices que estaban dispuestos a todo. Junto a De Lorde, encima, trabajaba
Alfred Binet, un
psicólogo experimental que le daba sustento a las ideas alocadas del dramaturgo.
La actriz que simboliza al Guignol es
Paula Maxa, la primera "scream queen" (reina de los gritos),o la mujer "más asesinada del mundo". Dicen que murió
alrededor de 10.000 veces de maneras distintas y que gritó "¡Ayuda!" 983 veces, "¡Asesino!" 1263 y "¡Violación!" en 1804 oportunidades.
La siguiente propietaria del teatro fue
Camille Choisy, quien reemplazó a Mauney en 1914 y se hizo cargo del Guignol hasta 1930, que
le restó importancia al texto de las obras e
hizo prevalecer la puesta en escena. Incluso, una vez
compró un quirófano entero para que todo se viera convincente.
Dos guerras y el cineTras la
Primera Guerra Mundial, el furor por el Grand-Guignol
empezó a mermar. En 1930,
Jack Jouvin tomó la posta de Choisy y se enfocó en el
drama psicológico por sobre lo morboso y explícito. Expulsó a Maxa por celos y con ello firmó
el inicio de la debacle.
Como si no hubiera sido suficiente con la primera, la
Segunda Guerra Mundial dio cuenta de que
los sucesos de la vida real ya superaban con creces a los ficticios. Durante el conflicto bélico, el teatro era
frecuentado por oficiales nazis que habían ocupado Francia, motivo suficiente para que el pueblo considerara que el Guignol
había sido contaminado.
Todo esto hizo que los espectadores buscaran otra cosa. Estaban
hartos de ver a gente real sufriendo y el Guignol lo único que podía ofrecerles era eso y poco más.
La fachada actual del Grand Gignol.Terminada la Segunda Guerra Mundial, el teatro retomó su programación habitual y lo hizo
autoparodiándose y
exagerando todo al punto de llegar al ridículo.
El
cine, aquel arte al que terminaría inspirando, propinó el golpe final que acabó de rematarlo. El horror que ofrecían realizadores como
Alfred Hitchcock hizo que el público quisiera ver a
Marion Crane (peersonaje de la película "
Psicosis") en lugar de a personajes como los de Maxa.
Intentando superar los efectos que provocaba el cine de terror de finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, el Guignol
cerró sus puertas en 1962, cuando
Charles Nonon era su director.
Y así, como olas que se juntan una arriba de otra y forman un tsunami, el cúmulo de inspiraciones desprendidas del Guignol inundó las salas y las plataformas que consumimos hoy en día. Quizás, al igual que los espectadores de aquel entonces, todavía haya entre nosotros sed de espectáculos de muerte.
(Fuente: Clarín / Wikimedia / otros)