Esta tetralogía de discos misteriosos, complejos y ambiciosos se publicaron en el período más turbulento de la recuperación democrática argentina. "Gulp!", "Oktubre", "Un baión para el ojo idiota" y "¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado" no fueron sólo discos de rock: fueron documentos de época que registraron, desde los márgenes, el tránsito de la euforia post-dictatorial al colapso hiperinflacionario.
La conmocionante muerte de Carlos "Indio" Solari, ocurrida hace poco más de una semana, invita a pensar esos discos en toda su significación y de acuerdo al contexto de su época, lo cual eleva la estima. Para muchos, parte de una generación criada en la escuela de la dictadura y la secundaria del renacer democrática fueron el pasaje de la tímida adolescencia a la loca juventud.
Se publicaron de forma completamente independiente, rechazando ofertas de sellos multinacionales y de productores de la talla de Charly García y Oscar López, según cuenta la leyenda (y testimonios directos de los protagonistas). La razón que esgrimía Solari era precisa: "el que terminaba pintando el cuadro era el que mezclaba al final". Esa lógica de autogestión radical no fue una postura estética, sino una condición de supervivencia creativa.
La banda financió sus grabaciones con un porcentaje de la recaudación de sus conciertos en lugares como Cemento, el Stud Free Pub y el Teatro Bambalinas, acumulando fondos para pagar horas de estudio. Cada disco fue editado bajo sellos propios o prestados, con tiradas artesanales y portadas fabricadas a mano. El resultado es parte de una obra que, paradójicamente, alcanzó una masividad sin precedentes en el rock argentino precisamente por haber prescindido de los mecanismos industriales que la habrían homogeneizado.
• Gulp! (1985): la ironía como manifiesto
Grabado en noviembre y diciembre de 1984 en los Estudios Tubal de Villa Adelina, con Lito Vitale como técnico y músico invitado, el álbum fue editado a través del sello Wormo con una tirada inicial de entre 6 y 7 mil copias. Los propios músicos las distribuían en disquerías barriales. Las portadas fueron producidas con serigrafía artesanal, tinta de grabado aplicada con rodillo sobre cartulina y letras de plasticola fluorescente. Una brigada de trabajo ensambló los sobres a mano durante una semana.
El sonido de "Gulp!" es el de una banda que todavía no ha elegido del todo su forma definitiva. La arquitectura del disco combina rock and roll clásico, blues de métrica irregular y destellos de jazz, con una textura cálida una cierta y discreta permeabilidad radial. La formación que lideraba la vanguardia revolucionaria de Carlos Solari y Eduardo "Skay" Beilinson incluía a Daniel "Semilla" Bucciarelli en el bajo, Héctor "Tito" Fargo D’Aviero en guitarra rítmica, Willy Crook y Gonzalo "Gonzo" Palacios en saxofones, y Juan "Piojo" Ábalos en batería. La presencia de dos guitarras y una sección de vientos le otorga al disco una energía festiva y orgánica, muy distante del oscurantismo que vendría después.
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• Oktubre (1986): la distopía como estética
El mundo de mediados de los ochenta permeó cada decisión de producción. La Guerra Fría estaba en su apogeo, el desastre de Chernóbil había ocurrido en abril de ese mismo año, y el gobierno de Raúl Alfonsín mostraba sus primeras grietas frente a las presiones militares y económicas. "Skay" Beilinson abandonó las progresiones del blues para priorizar acordes atípicos, disonancias y tonos menores.
Daniel Melero, pionero de la música electrónica en Argentina, aportó texturas de sintetizador que funcionaron como capas de niebla sonora. Claudio "Cornelio" Fernández sumó percusiones de carácter marcial. El uso intensivo de reverberación y delay dotó a los instrumentos de una amplitud espectral que evocaba fábricas abandonadas o arquitecturas brutalistas.
El resultado fue un disco de post-punk y dark que la crítica reconoció de inmediato como un salto cualitativo. Sus 41 minutos articulan un manifiesto distópico: paranoia estatal, control mediático, alienación química, manipulación genética y la sombra permanente de la amenaza nuclear.
El arte de tapa, diseñado por Rocambole (Ricardo Cohen), se inspiró en el constructivismo ruso posterior a 1917. El artista confesó que las ideas visuales nacieron de "una noche de excesos en la que Solari visualizaba banderas y multitudes". La paleta se redujo a rojos, negros y grises industriales; la tipografía imita el alfabeto cirílico al invertir ciertas letras. Fue una portada emblemática para todos los tiempos y consagró una iconografía que se volvería inseparable de la identidad del grupo: el esclavo liberándose de cadenas, la muchedumbre en rebelión y el perfil difuminado del Che Guevara.
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• Un baión para el ojo idiota (1988): el rock antimediático
El tercer disco de la banda se publicó el 9 de mayo de 1988
a través del sello Del Cielito Records,
en un contexto de convulsión política. El alzamiento
carapintada liderado por el teniente coronel Aldo Rico durante la Semana
Santa de 1987 había fracturado la ilusión de estabilidad
democrática. En diciembre de ese mismo año, la muerte de Luca Prodan
cerró una etapa y dejó una marca que Solari expresó públicamente
en entrevistas de la época.
El proceso de grabación estuvo atravesado por cambios
estructurales: la salida del guitarrista rítmico Tito Fargo
obligó a Skay a asumir la totalidad de las guitarras en el
estudio, compactando texturas rítmicas y fraseos solistas en
un único bloque sonoro. Fue también una revelación que terminó
de moldear el sonido "redondo". La incorporación del
baterista Walter Sidotti, de estilo rudo y preciso,
aportó un pulso nuevo a las canciones.
Solari definió el sonido resultante como "bien trapero": no en el
sentido del género urbano contemporáneo, sino como un españolismo
que aludía a una instrumentación sin ornamentos superfluos,
signada por la crudeza. Las guitarras aumentaron sus niveles de distorsión
y la base rítmica sonó más seca y directa que en "Oktubre".
El título condensa el concepto central del disco. El "ojo idiota"
personifica a la televisión y, por extensión, a los conglomerados
mediáticos en expansión: la pantalla que promete
conexión pero produce aislamiento, que convierte al
espectador en un consumidor pasivo e inmovilizado. Para
ilustrarlo, Rocambole fotografió un juguete de su hija Marilú
-un muñeco con antifaz, chupete y collares- como símbolo de la regresión
intelectual inducida por el consumo audiovisual.
En la edición original en vinilo, ese muñeco era un dibujo
ilustrado; al remasterizarse para CD en los años noventa, fue
reemplazado por la fotografía del objeto real. Un perro
ovejero alemán, arquetipo recurrente en la poética solariana -ya
sea por su amor por la raza canina o, por el contrario, porque
representan inevitablemente a las fuerzas represivas del orden-,
completa la composición.
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• ¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado (1989): clímax en medio
del caos
La grabación se realizó en apenas dos semanas, entre febrero y marzo de 1989, en el Estudio Del Cielito, una cabaña reacondicionada en Parque Leloir, en la zona de Ituzaingó, al oeste del conurbano bonaerense, allí donde años más tarde, el propio Indio Solari se radicó y pasó su vida familiar hasta morir. El aislamiento fue una decisión estratégica: alejarse del asedio de la ciudad en descomposición. Hay una foto icónica de la banda, sentados en un banco de plaza dispuesto en el parque de la quinta, que integra la galería de imágenes de la historia del rock argentino.
El ingeniero Gustavo Gauvry, dueño del estudio y amigo de Solari y Beilinson, definió la acústica del disco. Las paredes del recinto principal estaban revestidas de listones de madera y cristal, lo que generó un sonido vivo y natural. Las tomas fueron capturadas con micrófonos ambientales, produciendo un resultado "sucio" y garagero, alejado de la prolijidad pop que dominaba el mercado musical de la época. El álbum, inicialmente llamado "Olor a tigre", se publicó el 7 de octubre de 1989 y consolidó también la formación definitiva de la sección de vientos con la incorporación de Sergio Dawi, quien sobregrabó en pistas separadas saxofones tenor, alto y soprano.
El arte de tapa fue la intervención visual más contundente de Rocambole hasta ese momento. El artista reinterpretó "Los fusilamientos del 3 de mayo" de Francisco de Goya: ciudadanos indefensos son fusilados por un pelotón cuyos uniformes ostentan los emblemas de la Cruz Roja Internacional. La paradoja visual señalaba que los garantes teóricos de la protección civil se habían convertido en ejecutores. Rocambole añadió un elemento ausente en Goya: un espectador que observa pasivamente la masacre desde una ventana, interpelando la complicidad o el terror paralizante de la sociedad civil.
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El final de una etapa y el futuro
Ese diciembre de 1989, semanas después de la publicación del disco, la banda llenó por primera vez el Estadio Obras Sanitarias de Buenos Aires, cerrando definitivamente su etapa underground. Comenzaba el tiempo del gigantismo y de las audiencias medidas en decenas de miles. Pero todo eso es otra historia.
(Fuente: Revista Sudestada / Indie Hoy / Infobae / varios / redacción propia)




