martes, 9 de junio de 2026

La paradoja de la cronofobia, o cómo el miedo al paso del tiempo nos hace envejecer más

Nadie sabe vivir, todo el mundo improvisa. En esta carrera, cuando aparece la fatiga, hay que parar a respirar. Entonces, al observar analíticamente el camino, descubrimos obstáculos y temores. Y entre ellos, seguramente aparecerá el tiempo. Pero ahora sabemos que deberíamos intentar no reparar demasiado en él: paradójicamente, el miedo al paso del tiempo nos hace envejecer más. 

Dentro de las múltiples formas de angustia temporal, aquello que denominamos "cronofobia", una de sus expresiones más frecuentes y estudiadas es la ansiedad ante el envejecimiento (Foto: Studio Romantic / Shutterstock).

La llamada "cronofobia" no es una etiqueta clínica, sino más bien un concepto de la cultura popular. Esa "inquietud con respecto al tiempo" se explora en muchas obras artísticas desde la década de los 60, como cuenta la historiadora del arte Pamela Lee en su libro "Cronofobia" (2006). Sin embargo, este concepto ha trascendido el arte y ha evolucionado para hacer referencia al miedo al paso del tiempo.

O, mejor, al "miedo al tiempo", porque el atributo del tiempo es pasar. Y dentro de las múltiples formas de angustia temporal, una de sus expresiones más frecuentes y estudiadas es la ansiedad ante el envejecimiento.

"La persistencia de la memoria" (Salvador Dalí, 1931) no trata específicamente sobre la cronofobia, sino que explora la relatividad del tiempo. A pesar de ello, podría ser una buena metáfora visual del concepto (Foto: Wikimedia). 

Esta ansiedad proviene del declive físico, la pérdida del atractivo y de la salud reproductiva. Como puede intuirse, es un factor de estrés psicológico particularmente acusado entre las mujeres, ya que afrontan más presiones socioculturales. La preocupación por evaluar persistentemente la identidad corporal eleva los sistemas de respuesta al estrés a lo largo del tiempo.

A estas presiones de género se añade una "narrativa edadista" instalada en la sociedad: los cuerpos envejecidos de las mujeres están biológica y socialmente devaluados. Esta imposición de "mantener la juventud" fomenta la autovigilancia crónica y aumenta el malestar psicológico a buena parte del género femenino debido al incansable trabajo por encajar en perfiles artificiales, o por luchar contra ellos

Cómo se acelera el reloj biológico

Está bien establecido que cualquier malestar psicosocial contribuye al envejecimiento biológico a través de la epigenética. Así se denomina al proceso por el que se activan o desactivan genes a consecuencia del entorno, pero sin que se altere la secuencia de ADN

Por ejemplo, la exposición a factores estresantes crónicos en la infancia es un factor de riesgo conocido para la aparición de depresión en la adolescencia a través de una reacción química, llamada metilación, que experimentan ciertos genes relacionados con el estrés. Es decir, mantener en el tiempo un estado de alerta ansiosa potencia el desgaste biológico.

Recientemente, un estudio con 726 mujeres ha revelado que el estrés relacionado con el envejecimiento, en particular el temor al deterioro de la salud, es un factor relevante asociado con un envejecimiento epigenético acelerado. La tasa de desgaste fisiológico ha quedado probada mediante un biomarcador llamado DunedinPACE.

Más obstáculos que provocan fatiga

Pero el miedo al tiempo también puede surgir por la percepción de un futuro amenazante: crisis climática, viviendas inaccesibles, aumento constante de los precios de productos básicos, salarios precarios. Es decir, la relación con el tiempo no trata sólo de una experiencia íntima, sino también social y política.

En ese sentido, la presencia de ideologías que pretenden limitar derechos civiles, coartar las libertades o abolir avances sociales previamente consolidados también genera incertidumbre ante lo que puede venir. Especialmente, en colectivos más vulnerables.

Estos obstáculos estructurales contribuyen a engendrar una sensación de "futuro abolido" que podría exacerbar el miedo al tiempo, favoreciendo la angustia e influyendo sobre los relojes biológicos del envejecimiento.

Desacelerar para encontrar el equilibrio

Entonces, ¿cómo "vivir sin desvivirnos"? Aunque no haya una respuesta única, quizás la más precisa sea afrontar los obstáculos a un ritmo propio, mientras se disfruta del placer consciente del aquí y el ahora. Así, ajustando el ritmo, se distribuye mejor el peso entre la obligación y la autonomía. Entre lo prescindible y lo esencial. Entre el deber y el ser.

Buscar "espacios de desaceleración" no implica ignorar las causas estructurales del malestar, sino impedir que colonicen nuestra experiencia del tiempo. En una sociedad atravesada por la precariedad, la hiperproductividad, las prisas y la incertidumbre constante, parar a respirar se convierte en una forma de resistencia psicológica y emocional.

Y, por encima de todo, hay que vivir sin perder de vista lo más importante del camino: somos el tiempo que nos queda.

(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)