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viernes, 5 de julio de 2024

La física moderna sugiere que el tiempo no avanza, es sólo una ilusión

Según las teorías de Albert Einstein, el tiempo depende de la velocidad del observador y del campo gravitatorio al que está sometido.


No hay un tiempo universal. No es posible decir que "en un momento dado" la realidad es una determinada, compuesta de hechos que suceden simultáneamente en diferentes lugares Foto: Shutterstock).

¿Qué es el tiempo? Un concepto tan familiar parece no requerir explicación. Sin embargo, la física moderna ha desactivado muchas de nuestras intuiciones y el tiempo resulta, en gran parte, una ilusión.

El debate sobre el verdadero significado del tiempo, incluso sobre su propia existencia a un nivel fundamental, está hoy más vivo que nunca y se relaciona con las cuestiones más profundas de la física teórica.

Einstein y el espacio-tiempo

A comienzos del siglo XX, el científico alemán revolucionó nuestra concepción del espacio y el tiempo con su Teoría de la Relatividad Especial (1905) y la Teoría de la Relatividad General (1915). Según éstas, el tiempo depende de la velocidad del observador y del campo gravitatorio al que está sometido, fenómenos que han sido demostrados experimentalmente.

Desde entonces concebimos el tiempo como una dimensión del mismo carácter que las tres dimensiones espaciales: la cuarta dimensión.

El tiempo transcurre más lento en la cabeza que en los pies

Supongamos que el reloj de casa marca las 10 cuando salimos a dar un paseo, y las 11 cuando regresamos. El sentido común dice que para nosotros ha transcurrido una hora y que el reloj que llevamos con nosotros (si funciona bien) también habrá corrido una hora. Pero, estrictamente hablando, eso es incorrecto. Por haberse movido, el tiempo transcurrido para nosotros y nuestro reloj es ligeramente más corto que para el que tenemos en casa.

La diferencia es tan pequeña que a efectos prácticos es nula. Pero cuando se hace este tipo de experimento usando relojes atómicos, se comprueba que el tiempo transcurrido es distinto, y la discrepancia es exactamente la que predice la teoría de Einstein.

Lo mismo sucede con la gravedad: cuanto mayor es el campo gravitatorio más lentamente transcurre el tiempo. Cuando estamos de pie, el tiempo transcurre más rápido en nuestra cabeza que en nuestros pies. Esto también se ha comprobado experimentalmente.

No hay un tiempo universal. No es posible decir que "en un momento dado" la realidad es una determinada, compuesta de hechos que suceden simultáneamente en diferentes lugares. Para otro observador los hechos que configuran "la realidad del presente" son otros.

El fluir del tiempo para la física

La percepción psicológica más poderosa acerca del tiempo es que, a diferencia del espacio, éste fluye. Los hechos pasados ya sucedieron. Existieron, pero ya no existen. Y los futuros aún no han sucedido. Sólo el presente tiene existencia real.

Sin embargo, no hay nada en las ecuaciones de la física que nos diga que el tiempo fluye de esta manera. Esas leyes relacionan sucesos en tiempos diferentes (o sea, caracterizados por valores diferentes de la coordenada tiempo), pero no nos dicen que el tiempo transcurra del pasado hacia el futuro. Por increíble que parezca, el paso del tiempo es probablemente una ilusión. Eso sí, una ilusión muy fuerte.

¿A qué se debe esa alucinación colectiva?

Supongamos que el tiempo fluyera más despacio. ¿En qué lo notaríamos? En este juego no debe hacerse la trampa de imaginar que el tiempo fluye más lento para todos, excepto para nosotros. Nosotros somos parte del universo y, por tanto, los procesos de nuestro cerebro (y los consiguientes pensamientos) también se ralentizarían, en sincronía con todos los relojes. Por tanto, la respuesta es que no lo notaríamos en absoluto. Todo lo percibiríamos exactamente igual.

Esto sería así incluso aunque el "fluir del tiempo" fuera hacia atrás. En cada momento nuestros pensamientos serían idénticos, y como consecuencia también lo serían nuestros "recuerdos" y nuestra percepción del tiempo.

En términos coloquiales, la entropía es algo parecido al desorden de un sistema físico. Realmente, el segundo principio no es una ley física, sino pura estadística. Hay muchos más estados desordenados que ordenados y, por tanto, la evolución siempre tiende a desordenar los sistemas.

Tomemos un mazo de 20 cartas rojas sobre 20 cartas negras y mezclémoslo: enseguida perderá esa "configuración" determinada. Pero por mucho que se lo baraje, en la práctica nunca volverá a la configuración inicial, aunque en principio sería posible. Son estos procesos irreversibles los que crean una "flecha del tiempo", los que distinguen el pasado (entropía menor) del futuro (entropía mayor).

El orden en el Big Bang


El universo en el momento del Big Bang presentaba muy baja entropía, es decir, muy poco desorden. Nadie conoce el porqué de este hecho crucial (aunque hay modelos interesantes para explicarlo), pero gracias a él la entropía pudo aumentar y originarse la flecha del tiempo que nos es familiar.

Desde aquel instante remoto, la entropía no ha hecho más que crecer a través de procesos irreversibles, como los mencionados (huevos que se rompen, líquidos que se mezclan) y otros de más envergadura (estrellas quemando hidrógeno).

Los procesos irreversibles producen una poderosa sensación de causa y efecto, en ese orden temporal. Sin embargo, en las ecuaciones de la física no encontramos esa distinción, ya que todos los procesos son en realidad reversibles.

La piedra en el estanque


Imagine que dejamos caer una piedra a un estanque, originando las típicas "ondas concéntricas" en la superficie. En principio, el proceso podría tener lugar al revés: por una fluctuación aleatoria de la superficie del agua se formarían ondas perfectamente concéntricas que avanzarían hasta el centro donde se produciría un remolino que elevaría la piedra desde fondo del estanque y la lanzaría hasta nuestra mano, quedando a continuación la superficie en perfecta calma. Como una película corriendo hacia atrás.

Esto no lo prohíben las leyes de la física, pero es extraordinariamente improbable. La razón está en el segundo principio de la termodinámica: los procesos siempre van de menor a mayor entropía. Y el estado de la piedra en nuestra mano y el estanque en calma tiene mucha menos entropía que la piedra en el fondo del estanque y el agua ligeramente calentada por el impacto de la piedra.

Si nos muestran una instantánea de unas ondas circulares en la superficie de un estanque, las relacionaremos (diremos que "han sido causadas") con algún estado de menor entropía (por ejemplo, la caída de un objeto). Lo contrario (una fluctuación aleatoria del agua) es altamente improbable.

Por lo tanto, situaremos la causa en el pasado, en el reino de la baja entropía. Esta es la razón por la que hablamos de causas y efectos, donde las primeras anteceden a los segundos.

Y es la razón también por la que se forman registros y memorias del pasado. Si la piedra cae en barro en vez de en agua, las ondas generadas se quedan "congeladas", ofreciendo un registro de la "causa" que las produjo, que, como hemos dicho, es siempre un evento en el pasado.

El mundo está lleno de huellas del pasado de este tipo: los cráteres de la Luna, los fósiles, las construcciones humanas, etc. Por el mismo motivo relacionamos los registros de nuestro cerebro (nuestras memorias) con hechos del pasado que los han "causado". Y esto es lo que produce la sensación psicológica de que viajamos del pasado al futuro: del pasado (baja entropía) poseemos abundantes registros y memorias, mientras que el futuro (alta entropía) es incierto. La percepción es que el pasado "ya ocurrió", pero el futuro "aún no lo ha hecho", aunque las leyes de la física no proporcionen exactamente esta interpretación.

La naturaleza del tiempo

Aunque la mayoría de los físicos estarían de acuerdo con lo dicho anteriormente, lo cierto es que aún no conocemos la naturaleza del tiempo en toda su profundidad. Y no lo haremos hasta que se concilie la teoría de la relatividad general con la mecánica cuántica, los dos pilares de la física moderna.

De momento, podemos disfrutar con la idea de que el paso del tiempo (deseado o no) es sólo una ilusión.

(Fuente: National Geographic)

lunes, 20 de mayo de 2024

Cómo el lenguaje influye en la forma en la que percibimos el tiempo y el espacio

Si nos pidieran que caminaramos en diagonal por un campo abierto, ¿sabríamos qué hacer? O si nos ofrecieran cierta cantidad de dinero hoy o el doble de esa cantidad en un mes, ¿estaríamos dispuestos a esperar? ¿Cómo ordenaríamos 10 fotos de nuestros padres si nos pidieran que las clasificaramos en orden cronológico? ¿Las colocaríamos en forma horizontal o en vertical? ¿En qué dirección se movería la línea de tiempo?


(Imagen: Getty Images).


Estas preguntas pueden parecer simples pero, sorprendentemente, es probable que nuestras respuestas estén influenciadas por el idioma o los idiomas que hablamos. Se ha explorado los muchos factores internos y externos que influyen y manipulan la forma en que pensamos, desde la genética hasta la tecnología digital y la publicidad. Y parece que el lenguaje puede tener un efecto fascinante en la forma en que pensamos sobre el tiempo y el espacio.

La relación entre el lenguaje y nuestra percepción de estas dos importantes dimensiones está en el centro de una pregunta largamente debatida: ¿el pensamiento es algo universal e independiente del lenguaje, o nuestros pensamientos están determinados por él?

Pocos investigadores hoy en día creen que nuestros pensamientos están completamente moldeados por el lenguaje; después de todo, sabemos que los bebés y los niños pequeños piensan antes de hablar. Pero un número creciente de expertos cree que el idioma puede influir en la forma en que pensamos, al igual que nuestros pensamientos y nuestra cultura pueden dar forma a cómo se desarrolla el idioma.

Por ejemplo, sabemos que las personas recuerdan las cosas a las que prestan más atención. Y los diferentes lenguajes nos obligan a prestar atención a una variedad de cosas diferentes, ya sea género, movimiento o color.

Lingüistas, neurocientíficos, psicólogos y otros especialistas han pasado décadas tratando de descubrir las formas en las que el lenguaje influye en nuestros pensamientos, a menudo centrándose en conceptos abstractos como el espacio y el tiempo, métricas ambas abiertas a la interpretación. Pero obtener resultados científicos no es fácil.

Si sólo comparamos el pensamiento y el comportamiento de las personas que hablan diferentes idiomas, es difícil estar seguro de que las diferencias no se deban a la cultura, la personalidad o algo completamente distinto. El papel central que juega el lenguaje en la expresión de nosotros mismos también hace que sea difícil separarlo de estas otras influencias.

Sin embargo, hay maneras de evitar este enigma. Sabemos que las personas a menudo usan metáforas para pensar en conceptos abstractos, por ejemplo, un "precio alto", "mucho tiempo" o "misterio profundo". De esta manera, no está comparando personas de diferentes culturas, lo que puede influir en los resultados.

En cambio, nos estamos enfocando en cómo cambia el pensamiento en las mismas personas de la misma cultura mientras hablan de dos maneras diferentes. Por lo tanto, cualquier diferencia cultural se elimina de la ecuación.

Izquierda, derecha, arriba, abajo

Los anglo e hispanoparlantes, por ejemplo, suelen ver el tiempo como una línea horizontal. También tienden a ver el tiempo viajando de izquierda a derecha, muy probablemente en línea con la forma en que estamos leyendo el texto en esta página o la forma en que se escriben la enorme mayoría de los idiomas occidentales.

Los hablantes de hebreo, sin embargo, que leen y escriben de derecha a izquierda, imaginan que el tiempo sigue el mismo camino que su texto. Si le pedimos a un hablante de hebreo que coloque fotos en una línea de tiempo, lo más probable es que comiencen desde la derecha con las imágenes más antiguas y luego ubiquen las más recientes a la izquierda.

Mientras tanto, los hablantes de mandarín a menudo imaginan el tiempo como una línea vertical, donde arriba representan el pasado y abajo el futuro. Por ejemplo, usan la palabra xia ("abajo") cuando hablan de eventos futuros, de modo que "la semana que viene" se convierte literalmente en "semana baja".

Al igual que con el inglés y el hebreo, esto también está en línea con la forma en que tradicionalmente se escribía y leía el mandarín, con líneas verticales, desde la parte superior de la página hasta la parte inferior. Esta asociación entre la forma en que leemos el lenguaje y organizamos el tiempo en nuestra mente también afecta nuestra cognición cuando tratamos con el tiempo.


(Imagen: Getty Images).

Los hablantes de diferentes idiomas procesan la información temporal más rápido si está organizada de manera que coincida con su idioma.

Un experimento, por ejemplo, mostró que los ingleses monolingües eran más rápidos para determinar si una imagen era del pasado o del futuro (representado por imágenes al estilo de ciencia ficción) si el botón que tenían que presionar para el pasado estaba a la izquierda del botón para el futuro que si estuvieran colocados al revés. Sin embargo, si los botones se colocaron uno encima o uno debajo del otro, no hubo diferencia.

Los hablantes bilingües de mandarín e inglés también mostraron una preferencia por el mapeo mental del tiempo de izquierda a derecha sobre el mapeo mental de derecha a izquierda. Pero sorprendentemente, este grupo también reaccionó más rápido a las imágenes orientadas al futuro si el botón de futuro estaba ubicado debajo del botón de pasado, en línea con el mandarín.

De hecho, esto también sugiere que los bilingües pueden tener dos puntos de vista diferentes sobre la dirección del tiempo, especialmente si aprenden ambos idiomas desde una edad temprana.

Sin embargo, no somos necesariamente prisioneros de pensar de determinada manera. Ha quedado demostrado que se puede revertir rápidamente la representación mental del tiempo de las personas entrenándolas para leer texto invertido, que va en la dirección opuesta a la que están acostumbrados.

Entonces reaccionan más rápido a las declaraciones que son consistentes con el tiempo yendo en dirección opuesta a lo que están acostumbrados.

¿Cómo vemos el pasado y el futuro?

Pero las cosas se ponen mucho más interesantes. En los idiomas occidentales, normalmente vemos el pasado como algo que quedó atrás y el futuro frente a nosotros. En sueco, por ejemplo, la palabra para futuro (framtid), significa literalmente "tiempo de frente".

Pero en aymara, hablado por los aymaras que viven en los Andes de Bolivia, Chile, Perú y Argentina, la palabra futuro significa "atrás del tiempo". Ellos razonan que, debido a que no podemos ver el futuro, debe estar detrás nuestro. De hecho, cuando los aymaras hablan del futuro tienden a hacer gestos hacia atrás, mientras que las personas que hablan español, por ejemplo, que ven el futuro por delante, hacen gestos hacia adelante.


(Imagen: Getty Images).

De manera similar, al igual que los aymaras, los hablantes de mandarín también imaginan que el futuro está detrás de ellos y el pasado por delante, llamando al anteayer "front day" y al pasado mañana "back day". Los que hablan tanto mandarín como inglés tienden a alternar entre una concepción del futuro hacia adelante y hacia atrás, a veces en formas que pueden chocar entre sí.

Tiempo y espacio

La gente tiende a usar metáforas espaciales para hablar de duración. Por ejemplo, en inglés, francés, alemán o los idiomas escandinavos, una reunión puede ser "larga" y unas vacaciones "cortas". Quedó demostrado que estas metáforas son más que formas de hablar: la gente conceptualiza "lapsos" como si fueran líneas en el espacio.

En principio se creyó que esto era universalmente cierto para todas las personas, independientemente de los idiomas que hablaran. Pero los griegos tienden a ver el tiempo como una entidad tridimensional, como una botella, que puede llenarse o vaciarse. Una reunión, por tanto, no es "larga" sino "grande" o "mucha", mientras que un descanso no es "breve" sino "pequeño".

Estas peculiaridades del lenguaje son fascinantes, pero ¿cuánto impacto tienen realmente en nuestro pensamiento? Cuando imaginamos el tiempo en una línea, cada punto está fijo para que dos puntos de tiempo no puedan intercambiarse: hay una flecha estricta. Pero en un contenedor, los puntos de tiempo flotan y son potencialmente capaces de intercambiar lugares.

El tiempo es un problema


Daniel Casasanto, psicólogo cognitivo de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, nos dice: "Durante mucho tiempo me he preguntado si nuestra física del tiempo podría estar moldeada por el hecho de que los hablantes de inglés, alemán y francés fueron fundamentales en su creación"

Curiosamente, el tiempo es un problema cada vez más complicado en la física, que se interpone en el camino de unir sus diferentes ramas. Los físicos imaginaron durante mucho tiempo que el tiempo tenía una flecha y que avanzaba de forma fiable desde el pasado hacia el futuro, pero las teorías modernas son más complicadas.

En la Teoría General de la Relatividad de Einstein, por ejemplo, el tiempo no parece fluir en absoluto en la mayor escala del universo, lo cual es una idea extraña incluso para los físicos. En cambio, el pasado, el presente y el futuro parecen existir simultáneamente, como si fueran puntos nadando en una botella. Entonces, tal vez el tiempo como metáfora de la línea ha sido, y sigue siendo, un freno a la física.

"Ese sería un efecto bastante notable del lenguaje sobre el pensamiento", dice Casasanto.


(Imagen: Getty Images).

Los idiomas también codifican el tiempo en su gramática. En inglés, por ejemplo, el futuro es uno de los tres tiempos simples, junto con el pasado y el presente: decimos "llovió", "llueve" y "lloverá".

Pero en alemán, podemos decir "morgen regent", que significa "mañana llueve". No es necesario construir el futuro en la gramática. Lo mismo ocurre con muchos otros idiomas, incluido el mandarín, donde las circunstancias externas a menudo indican que algo está ocurriendo en el futuro, como: "Me voy de vacaciones el próximo mes".

Pero, ¿afecta esto a nuestra forma de pensar? En 2013, Keith Chen, economista conductual de la Universidad de California en Los Ángeles, Estados Unidos, se propuso probar si las personas que hablan idiomas que "no tienen futuro" podrían sentirse más cerca del futuro que quienes hablan otros idiomas.

Por ejemplo, el alemán, el chino, el japonés, el holandés y los idiomas escandinavos no tienen barreras lingüísticas entre el presente y el futuro. Mientras que los "idiomas del futuro", como el inglés, el francés, el italiano, el español y el griego, animan a los hablantes a ver el futuro como algo separado del presente.

Descubrió que los hablantes de "idiomas sin futuro" tenían más probabilidades de participar en actividades centradas en el futuro. Por ejemplo, tenían un 31% más de probabilidades de haber ahorrado dinero en un año determinado y habían acumulado un 39% más de riqueza al jubilarse.

También tenían un 24% menos de probabilidades de fumar, un 29% más de probabilidades de ser físicamente activos y un 13% menos de probabilidades de ser médicamente obesos.

Este resultado se mantuvo incluso cuando se controlaron factores como el estatus socioeconómico y la religión. De hecho, los países de la OCDE (el grupo de naciones industrializadas) con "lenguas sin futuro" ahorran en promedio un 5% más de su PIB por año.

Esta correlación puede sonar como una casualidad, con razones históricas y políticas complejas que quizás sean los verdaderos impulsores. Pero Chen ha investigado desde entonces si variables como la cultura o cómo se relacionan los idiomas podrían estar influyendo en los resultados.

Cuando tuvo en cuenta estos factores, la correlación fue más débil, pero se mantuvo en la mayoría de los casos. "La hipótesis aún me parece sorprendentemente sólida", argumenta Chen.

Orientación en el espacio

Pero los efectos del lenguaje pueden extenderse aún más a nuestro mundo físico, influyendo en cómo nos orientamos en el espacio. Diferentes lenguajes pueden obligarnos a pensar en términos de "marcos de referencia" específicos.

Los aborígenes kuuk thaayorre de Australia, por ejemplo, utilizan los puntos cardinales (norte, sur, este, oeste) para hablar incluso de cosas mundanas, como "la taza está en tu suroeste".

Esto se denomina marco de referencia "absoluto": las coordenadas proporcionadas son independientes del punto de vista del observador o de la ubicación de los objetos de referencia.

Pero muchos idiomas, incluido el inglés, usan términos bastante torpes para la orientación espacial, como "junto a", "a la izquierda de", "detrás" o "arriba". Como si eso no fuera suficiente, también tenemos que calcular en qué marco de referencia se aplican.

Si alguien nos dice que recojamos las llaves a la derecha de una computadora, ¿se refiere a las del lado derecho de la computadora o a la derecha de la computadora desde nuestra perspectiva cuando estamos frente a ella?

El primero se denomina marco de referencia "intrínseco" (que tiene dos puntos de referencia: computadora y llaves) y el segundo, marco de referencia "relativo" (hay tres puntos de referencia: computadora, llaves y observador). Y esto puede dar forma a cómo pensamos y nos movemos en el espacio.

Cada vez es más claro que el lenguaje está influyendo en cómo pensamos sobre el mundo que nos rodea y nuestro paso por él. Los hablantes de algunos idiomas también se centran más en las acciones que en el contexto más amplio.

Al mirar videos que involucran movimiento, los hablantes de inglés, español, árabe y ruso tendían a describir lo que sucedió en términos de acción, como "un hombre caminando". Los hablantes de alemán, afrikaans y sueco, por otro lado, se centraron en la imagen holística, incluido el punto final, y lo describieron como "un hombre que camina hacia un automóvil".

A medida que crece esta investigación, se vuelve cada vez más claro que el lenguaje influye en cómo pensamos sobre el mundo que nos rodea y nuestro paso por él. Lo que no quiere decir que un idioma sea "mejor" que otro.: cada lenguaje desarrollará lo que sus usuarios necesitan.

Pero ser consciente de cómo difieren los idiomas puede ayudarlo a pensar, navegar y comunicarse mejor. Y aunque ser multilingüe no necesariamente nos convertirá en genios, todos podemos obtener una nueva perspectiva y una comprensión más flexible del mundo al aprender un nuevo idioma.

(Fuente: BBC Mundo)

lunes, 6 de mayo de 2024

Por qué es hora de redefinir la duración de un segundo (y qué misterios nos ayudaría a revelar)

La unidad de medida del tiempo, de la cual dependen la mayoría de las demás magnitudes en nuestro sistema de medidas, no ha variado desde hace más de 70 años. El avance de la tecnología, sin embargo, indica que es el momento de actualizar la definición de qué es un segundo, para hacerla más precisa.


(Imagen: Getty Images).

Así lo consideran los investigadores de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas (BIPM, por su siglas en francés), ubicada en París, Francia. Este organismo es el encargado de establecer los estándares en los sistemas de unidades medidas a nivel mundial.

Los metrólogos del BIPM, junto a expertos en varios países, se preparan cambiar la forma en la que miden un segundo. Es una operación bastante delicada, cuyo resultado puede ser clave para cambiar la forma en la que entendemos el universo.


Los humanos nos hemos valido de la astronomía para medir el paso del tiempo (Imagen: Getty Images).

¿Qué es un segundo?

El segundo es la unidad base para la medida del tiempo en el sistema internacional de medidas. De hecho, otras unidades base como el metro (longitud), el kilo (masa), el amperio (corriente) y el kelvin (temperatura) se definen en términos del segundo.

Así, por ejemplo, el BIPM define al metro como "el trayecto recorrido por la luz en el vacío durante un tiempo de 1/299.792.458 de segundo". Durante milenios, la humanidad se ha valido de la astronomía para definir sus unidades de tiempo, pero desde 1967 la definición del segundo se traza a partir de la observación de los átomos.

Eso se debe a que los átomos se comportan de manera más precisa que la rotación de la Tierra, que no es perfectamente uniforme. Los científicos han observado que durante millones de años la Tierra ha ido rotando más lento, haciendo que, en promedio, los días se alarguen 1,8 milisegundos cada siglo.

Así, por ejemplo, hace 600 millones de años, un día duraba apenas 21 horas. Y para colmo, en 2020 varios estudios mostraron que durante los últimos 50 años el planeta había comenzado a girar más rápido. Entonces, aunque sea imperceptible, el "segundo astronómico" no es siempre igual. Las partículas atómicas, en cambio, se mueven de manera más precisa y predecible.

Los átomos permiten una medición del tiempo más precisa (Imagen: Getty Images).

El segundo atómico

Fue así que desde 1967 el segundo comenzó a definirse con base en la oscilación de las partículas de los átomos de cesio 133 al ser expuestas a un tipo especial de microondas. Al dispositivo encargado de hacer esta medición se le conoce como reloj atómico. Bajo estas microondas, los átomos de cesio 133 se comportan como un péndulo que "oscila" 9.192.631.770 cada segundo. 

En ese momento, el segundo que se tomó como referencia para contar las oscilaciones estaba basado en la duración de un día del año 1957, que se había determinado a partir del comportamiento de la Tierra, la Luna y las estrellas.

De esa manera, el BIPM estableció que la medida oficial del segundo se definiría a partir de la cantidad de oscilaciones de las partículas átomos de cesio 133. Así, en palabras sencillas, hoy el segundo se define como el tiempo que le toma al cesio oscilar 9.192.631.770 veces.

El nuevo segundo

Pero esa definición parece tener sus días contados. Desde hace cerca de una década existen los relojes ópticos atómicos, que tienen la capacidad de observar el "tic tac" de átomos que oscilan mucho más rápido que el cesio. Algunos cuentan los tic tac del iterbio, el estroncio, el mercurio, o el aluminio, por ejemplo. 

Es como si al reloj atómico se le pusiera un lupa con la cual logra detectar más oscilaciones, con lo cual puede definir el segundo con mayor precisión. Además, hoy existen decenas de estos relojes ópticos en varios países, con lo cual se espera, como ya lo han mostrado algunos experimentos, que se puedan comparar las mediciones que hacen entre ellos, a manera de comprobación de los resultados.

El BIPM planea usar los relojes ópticos atómicos para medir el segundo, pero aún trabajan en los criterios para hacer esa medición. Lo más importante es comprobar la precisión que prometen los relojes ópticos. Hasta el momento, las mejores comparaciones de relojes ópticos han sido entre relojes en un mismo laboratorio, el reto es comparar varios relojes de distintos laboratorios.

Hay que elegir el elemento de la tabla periódica cuyo átomo será utilizado como referencia en reemplazo del cesio y, además, los relojes ópticos atómicos son dispositivos tremendamente complejos, muchos de ellos requiere todo un laboratorio para su operación.

Algunos desafìos que enfrentan estos aparatos son, por ejemplo, emitir el tipo de luz láser exactamente precisa para hacer que los átomos oscilen de manera correcta, o tener pulsos de láser ultra veloces con intervalos mínimos, para que no se les escapen las oscilaciones que deben contar.

Si todo sale según los planes, en junio comenzarán a definirse los criterios y el nuevo segundo debe comenzar a estar vigente a partir de 2030

Revelando misterios

La principal razón para actualizar el segundo es mantener las cosas en orden, ya que la estructura de medidas del mundo depende del segundo. Durante un tiempo es posible vivir con una definición que no sea la más precisa, pero después de un tiempo se vuelve ininteligible.

En la práctica, en la vida diaria, puede que no cambie nada, pero en la ciencia si es necesaria una definición que esté basada en la mejor medición posible. Además, medir el tiempo de manera ultraprecisa puede ayudarnos a entender fenómenos hasta ahora incomprendidos.

El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de EE.UU. (NIST, por sus siglas en inglés) explica, por ejemplo, que los relojes ópticos ya se han utilizado para medir la distorsión del espacio-tiempo que describe la teoría de la relatividad de Einstein.

Los relojes ópticos son tan precisos que pueden mostrar una diferencia entre dos relojes que difieren en la elevación por tan solo un centímetro. Eso se debe a que debido a la gravedad, el tiempo corre más lento a nivel del mar que a grandes alturas como el monte Everest, por ejemplo.

Estos relojes ultraprecisos también podrían servir para detectar la enigmática materia oscura, un componente del que está hecho el 25% del universo pero del que poco se sabe. Con esta tecnología, los científicos podrían detectar ese "algo" que influye sobre la materia ordinaria y el espacio-tiempo.

Y también podrían dar pistas sobre las ondas gravitacionales primordiales, que son ecos del Big Bang que deforman el espacio-tiempo, como una piedra que se lanza sobre un lago. Los relojes atómicos podrían ser capaces de detectar esas deformaciones y darnos más pistas sobre el incio de nuestro universo.

lunes, 4 de diciembre de 2023

Clepsidras: medir el tiempo con agua

Se conoce como clepsidra (κλεψύδρα, del griego κλέπτειν kléptein, "robar", e ὕδωρ hydōr, "agua") o reloj de agua a cualquier mecanismo para medir el tiempo mediante el flujo regulado de un líquido hacia o desde un recipiente graduado, dando así dos tipos diferentes de relojes según la dirección del flujo.

Las clepsidras datan de la antigüedad egipcia y se usaban especialmente durante la noche, cuando los relojes de sol perdían su utilidad. Los primeros relojes de agua consistían en una vasija de cerámica que contenía agua hasta cierto nivel, con un orificio en la base de un tamaño adecuado para asegurar la salida del líquido a una velocidad determinada y, por lo tanto, en un tiempo prefijado. El recipiente disponía en su interior de varias marcas, de tal manera que el nivel de agua indicaba los diferentes períodos, tanto diurnos como nocturnos.

Estos relojes también fueron usados por los atenienses para señalar el tiempo asignado a los oradores. Más tarde fueron introducidos con el mismo fin en los tribunales de Roma y además se utilizaban en las campañas militares para señalar las guardias nocturnas. El reloj de agua egipcio, más o menos modificado, siguió siendo el instrumento más eficiente para medir el tiempo durante muchos siglos.

Algunos datos:

• Hacia el año 1530 a. C. se construyó para el rey Amenhotep I en Egipto una vasija con características de reloj de agua.
• En el Templo de Amón en Karnak se encontró un reloj de agua datado en el siglo XIV a. C.
• En el siglo IV a. C. Platón ideó un despertador que utilizaba un reloj de agua.
• En el siglo III a. C. Ctesibio, un alumno de Arquímedes, desarrolló un reloj de agua con indicadores numéricos, al que se llamó "horologium ex aqua".
• El chino Su Song describe y construye en 1090 un reloj de agua con elementos mecánicos (ver fotografía).
• En el siglo XV el ingeniero coreano Jang Yeong-sil inventó la clepsidra Jagyeokru, que se caracterizaba por su complejo proceso para indicar la hora (ver fotografía).
• En el año 1982, en Berlín, se elaboró un reloj de agua de 13 metros de altura, batiendo el récord del francés Bernard Gitton (ver fotografía).
• El declive de los relojes de agua se debió al avance de los relojes mecánicos.


Dos recipientes formando un reloj de agua de la antigua Ágora de Atenas, del siglo V a. C.


Reloj de agua de la Antigua Persia.


Reloj de agua de la Antigua Persia.


Reloj de agua de Su Song.


Clepsidra Jagyeokru.


Reloj de agua de 13 metros de altura en un centro comercial de Berlín.