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lunes, 17 de noviembre de 2025

Detección de mentiras y neurotecnologías: ¿estamos realmente más cerca de la "verdad"?

En los últimos años, han proliferado estudios empíricos basados en la medición de la actividad cerebral para leer la mente. A través de las neurotecnologías -sistemas de inteligencia artificial alimentados con datos cerebrales-, se anuncia la posibilidad de acceder a los pensamientos, las intenciones o, incluso, las memorias de las personas. Una promesa que, aunque todavía se mueve entre la ciencia y la ficción, plantea desafíos profundos para el ámbito jurídico.

(Foto: Roman Samborskyi / Shutterstock).

Esta posibilidad no ha pasado desapercibida en el mundo del derecho. Desde hace siglos, la justicia ha buscado herramientas que permitan saber si alguien miente en un juicio. Las antiguas ordalías -prueba ritual medieval en que se invocaba el juicio de Dios-, el polígrafo o el análisis del lenguaje no verbal son sólo algunos ejemplos de esa ambición persistente por descubrir la verdad a través de medios externos. Ninguna de estas técnicas, sin embargo, ha contado con un respaldo empírico sólido que garantice su validez o fiabilidad.

Una forma de leer la mente

Sin embargo, las técnicas neurocientíficas parecen abrir una vía prometedora, al estar en condiciones de superar los límites y falibilidades de otros sistemas que han ido apareciendo a lo largo de la historia. La clave radica en que la fuente de medición se sitúe lo más próxima posible a la información que se desea obtener. Dicho de otra forma: ya no se trata de medir si alguien suda, se sonroja o se muestra nervioso, sino de observar la actividad neuronal que podría reflejar lo que sabe o recuerda. Algo que, de confirmarse, sería extraordinario.

Con un método así, los declarantes en un proceso judicial no podrían ocultar, distorsionar o falsear lo que cuentan. La aplicación de esta tecnología permitiría reconstruir con más precisión los hechos y, así, conocer lo que realmente ocurrió. Este es uno de los principales objetivos del proceso judicial y, en particular, de la actividad probatoria. 

El antecedente de la prueba P300

Aunque pueda parecer futurista, la aplicación de técnicas basadas en la actividad cerebral no es completamente nueva en el ámbito judicial. Desde 2014, algunos jueces admitieron la práctica de la denominada prueba P300, que registra las señales eléctricas del cerebro mediante electroencefalografía. Se basa en el hecho de que el cerebro modifica dichas señales eléctricas cuando se enfrenta a un estímulo visual que le evoca un recuerdo.

El método consiste en mostrar a los investigados imágenes o palabras relacionadas con un hecho delictivo. Si el cerebro reacciona con una señal eléctrica concreta --la llamada "onda P300"-, se interpreta que el sujeto reconoce la información presentada. 

Usando el polígrafo en un caso judicial de 1937 (Foto: Biblioteca Nacional de Francia). 

¿Se puede detectar la mentira desde la memoria?

Precisamente, para evitar que técnicas sin un respaldo empírico sólido influyan en decisiones judiciales -y puedan conducir a condenas erróneas-, resulta fundamental analizar con detenimiento qué pueden medir realmente estas tecnologías.

Una de las cuestiones relevantes, si se pretende utilizar este instrumento en los tribunales de justicia, es si puede conocerse la verdad de unos hechos mediante el análisis de las memorias de sus testigos. Actualmente, sabemos que la memoria humana no funciona como una cámara de vídeo, no es una copia fiel de la realidad. Y es que los recuerdos son maleables: pueden alterarse (contaminarse) con el paso del tiempo, por la influencia de los medios, por preguntas sugestivas o, simplemente, por volver a contar (o rememorar internamente) lo sucedido varias veces.

Esta permeabilidad característica de la memoria puede dar lugar a falsos recuerdos, que combinan experiencias auténticas con información adquirida después, que puede no corresponderse con la realidad.

Lo más preocupante es que los falsos recuerdos pueden ser indistinguibles de los verdaderos, tanto para quien los tiene como para quien los evalúa. Hasta ahora, la neurociencia no ha identificado un marcador cerebral capaz de diferenciarlos de manera concluyente.

Entonces ¿qué detectan estas pruebas?

Si no se puede distinguir entre recuerdos reales y falsos, ¿qué mide exactamente la neurotecnología?

Los experimentos se basan en una idea sencilla: mentir exige un mayor esfuerzo cognitivo que decir la verdad. Implica suprimir una respuesta espontánea, inventar otra en su lugar y controlar la reacción con el interlocutor a fin de que no se dé cuenta de la mentira (engaño motivado). En teoría, ese esfuerzo extra se refleja en el cerebro.

Así, las técnicas empleadas con tal propósito no se basan el análisis del contenido de la memoria, sino en los patrones cerebrales asociados al esfuerzo de mentir. El problema es que este modelo tiene limitaciones: por ejemplo, si una persona está muy acostumbrada a mentir, dicho esfuerzo se reduce y la técnica deja de ser fiable.

Más que leer la mente, estas herramientas trabajan con una representación muy limitada de lo que significa mentir. Su interpretación, por tanto, requiere una gran prudencia. La aparente objetividad de los datos neurocientíficos puede inducir a una "ilusión de certeza" peligrosa en el contexto judicial, donde las consecuencias de un error pueden ser irreversibles.

Aunque los titulares sobre la posibilidad de "detectar mentiras en el cerebro" resulten cautivadores, la realidad científica es mucho más compleja. Los expertos coinciden en que aún estamos lejos de poder acceder a los pensamientos de una persona o determinar con precisión si dice la verdad o no.

Así que, por ahora, la justicia sigue sin disponer de un método fiable para leer la mente o para descubrir la falsedad en los tribunales. Después de todo, seguimos donde estábamos: frente a la eterna dificultad de conocer con certeza qué es verdad y qué no dentro de la mente humana.

(Fuente: The Conversation / redacción propia)

martes, 8 de julio de 2025

Neurocientíficos ya experimentan con cerebros humanos conectados para leer los pensamientos

Los avances de la última década han dado lugar a la primera interfaz "cerebro a cerebro" capaz de conectar simultáneamente a más de dos personas.

(Foto: Shutterstock).

La posibilidad de leer los pensamientos humanos y compartir información mental sin palabras ha dejado de ser una fantasía de la ciencia ficción para convertirse en un tema de estudio real. La colaboración entre neurocientíficos y expertos de otras disciplinas ha impulsado experimentos pioneros, donde la comunicación de cerebro a cerebro ya no sólo resulta viable, sino que inaugura un nuevo horizonte de investigación. Frente a lo que hasta hace poco considerábamos un truco de carnaval o una escena típica de historias "cyberpunk", hoy existen resultados tangibles obtenidos en laboratorios alrededor del mundo.

Estos avances plantean expectativas inéditas para la medicina, la comunicación y la sociedad, así como desafíos éticos y técnicos que apenas comienzan a explorarse. Los trabajos recientes ilustran el vertiginoso progreso del sector: desde los primeros experimentos internacionales de transmisión mental hasta sistemas más complejos diseñados para interacciones colaborativas y soluciones potenciales en el ámbito clínico.

(Foto: Shutterstock).

Del experimento cerebral a BrainNet: la nueva comunicación sin palabras

En 2014, un equipo de científicos organizó un experimento pionero que permitió la primera transmisión de palabras de un cerebro humano a otro, separados por 8.000 kilómetros, entre India y Francia. Los voluntarios, equipados con un sistema inalámbrico de electroencefalograma (EEG), participaron en un proceso que combinó dos tecnologías clave: las interfaces cerebro-computadora y las interfaces computadora-cerebro.

Mediante electrodos situados en la cabeza de cada individuo, el sistema tradujo los pensamientos en código binario. El mensaje viajó por internet y, al llegar a su destino, una computadora envió instrucciones al cerebro receptor mediante estimulación magnética transcraneal. Este impulso magnético amplificó los estímulos eléctricos en las neuronas y permitió al receptor distinguir, de forma no verbal, la llegada de información.

El resultado fue que el receptor en Francia captó las palabras “ciao” y “hola” enviadas desde la India. Esto significó la primera ocasión en la que dos personas lograron comunicarse directamente a través de sus cerebros con soporte computacional. Los investigadores resaltaron que este sistema sentó las bases para el desarrollo de nuevas aplicaciones y que, en el futuro, sería posible crear bucles cerrados en los que la información cerebral se capturará, procesará y utilizará para controlar otras áreas del cerebro, ya sea del mismo individuo o de otros. Así, se facilita la comunicación directa de pensamientos o instrucciones.

(Foto: Shutterstock).

El avance continuó en 2019 con la aparición de BrainNet, la primera interfaz cerebro a cerebro capaz de conectar simultáneamente a más de dos personas, a la manera de una red social. Al usar nuevamente la tecnología de EEG y la estimulación magnética transcraneal, BrainNet permitió a tres voluntarios colaborar de manera silenciosa para resolver juntos un juego similar al Tetris.

Dos personas funcionaron como emisores de información (mediante señales cerebrales decodificadas que se transformaron en impulsos electrónicos), mientras un receptor recibía y usaba esa información en tiempo real. Los resultados demostraron que es posible construir sistemas colaborativos basados únicamente en la comunicación mental, y los desarrolladores plantearon que la infraestructura podría ampliarse para incluir a grupos de mayor tamaño en el futuro.

Entre avances tecnológicos y dilemas éticos

El conocimiento sobre la transmisión de información entre cerebros se amplió en 2021, cuando el fisiólogo veterinario Ehsan Hosseini propuso que los débiles campos magnéticos producidos por la actividad cerebral pueden transmitir información de un individuo a otro. También sugirió que proteínas como los criptocromos, presentes en diversos organismos, serían capaces de percibir estos campos magnéticos y transformarlos en señales eléctricas reconocibles para las neuronas, abriendo así la puerta a entender fenómenos considerados paranormales, como la telepatía, desde una base científica.

En el presente, la startup Neuroba explora nuevas fronteras al buscar integrar la conciencia humana con interfaces cerebro-computadora, inteligencia artificial y comunicación cuántica. Los expertos de la empresa intentan diseñar algoritmos avanzados para decodificar, transmitir y reconstruir mensajes cerebrales con mayor precisión. Esta tecnología promete soluciones revolucionarias para pacientes con problemas del habla o movilidad, quienes podrían comunicarse sólo con su pensamiento, lo que a su vez permitió la traducción automática de sus señales cerebrales en mensajes textuales o de voz comprensibles por otros.

Pero las posibilidades no se limitan al ámbito médico. Neuroba contempla escenarios en los que las reuniones laborales o la colaboración grupal se transforman a través de conexiones cerebrales colectivas. Sin embargo, estas propuestas desencadenan dilemas éticos difíciles. El hecho de compartir pensamientos en tiempo real podría homogeneizar ideas dentro de un grupo y coartar la libertad individual, al punto de comparar el resultado con una mente colectiva manipuladora, similar a la representada en muchos relatos y filmes de ciencia ficción. Asimismo, el riesgo de acceder a pensamientos privados sin consentimiento crea la necesidad urgente de normativas claras y de un código ético riguroso.

(Fuente: Xataka / Genbeta / varios / redacción propia)