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lunes, 8 de septiembre de 2025

Más allá de Freud: Edipo y Electra en relación con los adolescentes de hoy

Un caso universal: a los 16 años, Marta -llamémosla así- no podía soportar a su madre. Todo lo que decía le parecía una crítica. Su forma de vestir, sus opiniones, incluso el modo en que le servía la comida: todo lo interpretaba como juicios personales hacia ella. Era como si estuvieran en una guerra constante donde cualquier frase podía iniciar una discusión.  

(Foto: Yakobchuk Viacheslav / Shutterstock).

En cambio, con su padre era otra persona: se mostraba dulce, receptiva y buscaba su aprobación constantemente. Para muchos adultos, este tipo de situaciones es sólo parte de la llamada "edad del pavo". Sin embargo, desde una mirada psicológica, estos gestos pueden reflejar un proceso más profundo: una etapa simbólica que todo adolescente atraviesa a su manera.

Se trata del proceso de separación-individuación, conocido en el psicoanálisis clásico como complejo de Edipo o Electra, y que hoy se reinterpreta como una fase natural del desarrollo emocional en la que el adolescente busca diferenciarse psíquicamente de sus figuras parentales. Ya no se concibe necesariamente ligado a la sexualidad o al deseo, sino a la necesidad de construir una identidad autónoma.

Una tensión necesaria para crecer

Este conflicto, originalmente descrito por Sigmund Freud, suele ubicarse en la primera infancia, pero en la adolescencia se experimenta de nuevo con otros matices. El adolescente deja de ver a sus padres como figuras omnipotentes y comienza a cuestionarlos, compararse con ellos, rivalizar e incluso idealizarlos.

Hoy, además, este proceso se ve influido por la exposición constante a redes sociales y entornos digitales, donde los adolescentes encuentran nuevos modelos de identidad, valores y formas de relación que pueden chocar o alejarse de los de su familia. Este proceso es conflictivo, pero esencial: representa el primer paso hacia la autonomía emocional y la identidad adulta.

Redefinición de vínculos

Álex -llamémoslo así también- , de 17 años, siempre tuvo una relación cercana con su madre. Pero desde hace un año, cualquier gesto suyo le resulta irritante. La percibe como invasiva, controladora y, sobre todo, incapaz de entenderlo. En cambio, con su padre, que está menos presente, mantiene una relación ambivalente. A veces lo admira profundamente, otras veces lo desafía. Cuando lo supera en algún juego o discusión, siente una victoria que va más allá del momento: es la prueba de que ya no es un niño.

Este tipo de dinámicas, lejos de ser una excepción, son hoy entendidas como expresiones de un cambio estructural en la identidad y la transición a la vida adulta. Es un momento en el que el joven deja de identificarse de manera exclusiva con sus padres para buscar o crear sus propios referentes. Este proceso se conoce como redefinición de vínculos primarios.

Del mito freudiano a la adolescencia de hoy

Freud planteaba que, durante la infancia, el niño desarrolla un vínculo emocional fuerte con uno de sus progenitores y una rivalidad inconsciente con el otro. Esa tensión se resuelve al aceptar los límites impuestos por la realidad –por ejemplo, la imposibilidad del deseo incestuoso– y al interiorizar figuras de autoridad.

Hoy se sabe que la resolución de estos conflictos no sigue un patrón universal ni sexualizado. Las relaciones familiares son más diversas, incluyendo familias monoparentales, homoparentales y composiciones multigeneracionales. A esto se suman cambios en los modelos de crianza, más dialogantes y menos jerárquicos, que ofrecen a los adolescentes mayor espacio para expresarse, pero también más responsabilidad emocional antes de estar totalmente preparados.

Límites internos ante la influencia materna o paterna

Lo que no cambia, incluso en los distintos tipos de familias, es que todo adolescente necesita aprender a poner sus propios límites internos -decidir hasta dónde se deja influir-, diferenciarse emocionalmente de sus padres para no vivir bajo su sombra y buscar otras figuras de referencia, dentro o fuera de la familia, que le ayuden a construir su identidad.

Este proceso no es un trastorno, sino un ritual social y psicológico de separación e individuación. Si en la infancia el niño dependía emocionalmente de sus padres, en la adolescencia necesita liberarse de esa dependencia para construir su identidad. El conflicto tiene una función: ayuda a romper los lazos simbólicos de fusión y a establecer una distancia saludable. Y no se da necesariamente con el progenitor del mismo sexo, sino con quien representa la autoridad, el control o la sobreprotección, sea quien sea. En otros casos, aparece una idealización del otro progenitor o de una figura externa, que actúa como espejo de los deseos del adolescente.

Ambos comportamientos, el rechazo y la idealización, pueden combinarse, como en el caso de la citada Marta, que se distancia de su madre mientras idealiza a su padre, pero también pueden darse por separado: hay adolescentes que idealizan al progenitor menos involucrado. Lo esencial no es la forma concreta que adopta, sino la función simbólica: diferenciarse de quien ejerce control y apoyarse en otra figura que ofrezca un espejo para construir la propia identidad.

¿Qué pasa si no se resuelve?

No todos los adolescentes logran atravesar este periodo con facilidad. En algunos casos, especialmente cuando no se da esa rebeldía o se reprime, quedan atrapados en una lealtad inconsciente que les impide despegar. Jóvenes que siguen buscando aprobación excesiva de sus padres o que no se atreven a tomar decisiones por miedo a decepcionarlos pueden estar experimentando una dependencia emocional crónica.

Del mismo modo, quienes eligen parejas con características muy similares a las de sus progenitores, sin cuestionar si eso les hace felices, pueden estar repitiendo patrones no resueltos. Resolver este conflicto no significa romper la relación familiar ni dejar de querer a los padres, sino redefinir el vínculo desde una posición más simétrica y autónoma.

¿Cómo acompañar esta transición?

La familia tiene un papel central en este proceso. Lejos de juzgar o minimizar los cambios, lo ideal es que los adultos puedan comprender que el conflicto es parte del crecimiento. Algunas estrategias útiles son:

• Validar las emociones sin juzgar: el malestar adolescente necesita contención, no corrección inmediata.
• Aceptar la crítica sin personalizarla: cuando un adolescente cuestiona todo, está explorando nuevos valores.
• Dar espacio sin abandonar: los jóvenes necesitan experimentar el mundo por sí mismos, pero sabiendo que tienen una base segura a la que volver.
• Poner límites claros pero negociables: la autoridad rígida puede aumentar la rebelión; en cambio, los acuerdos favorecen la responsabilidad.
• Evitar los triángulos: no es recomendable que un progenitor se alíe con el hijo para criticar al otro; eso refuerza el conflicto y genera más confusión.

En este contexto, las redes sociales y las interacciones digitales también juegan un papel ambivalente: pueden ofrecer apoyo y nuevos referentes positivos, pero también exponen al adolescente a comparaciones constantes y presiones de imagen que afectan su autoestima. Por eso, la escuela, el grupo de amigos y figuras externas son claves para ofrecer modelos de relación saludables y diversos.

Del conflicto al reencuentro: el inicio de un nuevo vínculo

Con el tiempo, Marta, aquella adolescente que discutía con su madre y buscaba refugio en su padre, empezó a cambiar. No fue de un día para otro. Pasaron varias crisis, llantos, distancias y reconciliaciones. Pero un día, ya con 18 años, se sorprendió al notar que disfrutaba conversar con su madre sin pelear. Que su padre ya no era tan "perfecto" como lo veía antes. Y que ella, Marta, podía decidir por sí misma. Ya no necesitaba la aprobación para sentirse válida, ni la rebelión para sentirse libre. Había aprendido a ser ella misma.

De manera similar, Álex también logró dar ese paso. Tras meses de distancias y choques con su madre, empezó a escucharla sin sentirse amenazado y a relacionarse con su padre sin idealizarlo ni competir constantemente. Descubrió que podía pedir consejo sin someterse, y defender sus decisiones sin romper los lazos. Para él, como para tantos adolescentes, resolver este conflicto significó dejar de ser "el hijo de" para empezar a ser él mismo.

El proceso de diferenciación emocional en la adolescencia es un rito de paso. Detrás del caos emocional, las contradicciones y los conflictos, está el nacimiento de un sujeto con identidad propia. Y como todo nacimiento, viene con dolor, desconcierto y también con esperanza. No se trata de eliminar el vínculo con los padres, sino de transformarlo. Pasar de un amor basado en la necesidad a un amor basado en la libertad. Pasar de la obediencia ciega al diálogo. De la imitación a la creación.

(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)

martes, 20 de agosto de 2024

La subjetividad en niños y adolescentes: los circuitos del discurso del odio

Las emociones se experimentan en los vínculos: no todas aparecen en el ser humano al comienzo de la vida extrauterina, aunque todas están pautadas genéticamente en su manera de expresarse.


Ellas necesitan de interacciones para desencadenarse, y en las experiencias donde tienen lugar se generan transformaciones que las hacen más perdurables y las llamamos entonces afectos: el amor, el odio, la vergüenza, el miedo, la ira, la envidia, los celos, etc. Como dijimos, surgen del intercambio de las subjetividades y este intercambio es determinante para el desarrollo del sí mismo.

En ese desarrollo, la motivación principal de la vida psíquica es ser alguien valioso para el otro, sentirse querido, imprescindible para satisfacer la necesidad de ser reconocido, sentir pertenencia y seguridad a largo plazo. Siendo seres sociales estamos determinados biológicamente para comunicarnos, para intercambiar mensajes, pues son las emociones heredadas de la especie las que ponen en marcha el intercambio.

En el proceso de desarrollo, cada ser humano construye su identidad, o sea "el quién soy", y lo hace en el contexto de la relación con otras identidades que circulan en nuestra cultura. Esos otros están presentes de manera tangible como intangible, por ejemplo a través de mensajes generados, en ámbitos públicos, sean que vengan de las familias, el estado, un jugador de fútbol, un "rock star", un "influencer", un político, de las redes sociales, de los medios de comunicación, de las escuelas, del uso de los espacios, de los lugares en que se vive y crece.

Los circuitos de comunicación no son autopistas neutras: en ellas se difunden contenidos que se simbolizan de manera distinta, pueden ser palabras, videos, imágenes, posteos, memes, grafitis, etc.

Desde hace tiempo somos testigos que en estos circuitos comunicativos se despliegan narrativas sociales que legitiman el odio y la violencia cuya intencionalidad es lastimar, discriminar, deshumanizar, estigmatizar y vulnerabilizar. Son ataques a un individuo, una comunidad o una sociedad basadas en algunas características grupales como la nacionalidad, religión, discapacidad, orientación sexual, estatus económico, ideologías políticas, etc. O sea, esas narrativas sociales incluyen todos aquellos factores que se refieren a lo que llamamos identidad.

El otro no es reconocido como parte de "nuestra especie" sino que es tratado como un objeto, con indiferencia y crueldad y en el interjuego de lo que hemos incorporado del orden social y cultural y de aquello de lo cual nos hemos despojado culpando a otro, dentro de la función del emisor, se retroalimenta en sí, el circuito de ver al otro como amenazante y peligroso.

Inculcar determinados sentimientos de odio es considerado una forma de abuso psicológico que daña el potencial de desarrollo, violando un derecho básico de no ser sujeto de discriminación. Los niños y adolescentes son particularmente vulnerables a los efectos de estos discursos, manifiestos y subliminales.

Los docentes del nivel estatal de la enseñanza en la provincia de Buenos Aires Damián Rivero y Lucio Leiva, agudos observantes de las conductas que transcurren en la institución, comentan: "La herramienta que propaga el discurso del odio, entre otras, es el celular. El tema de las redes, tik tok, etc, favorece la difusión y apropiación de un discurso fragmentado que va formando un 'sentido común' entre los jóvenes, generando un protopensamiento polarizante que convoca a la emocionalidad ligada al rechazo extremo, el odio. Este discurso del odio profundiza la falta de respeto a la autoridad, enseguida acción, enseguida pelea, descalificación inmediata, si presencian un debate, van por una rivalidad a ultranza, destructiva que se replica tanto en los chats de padres como en los dichos de las maestras".

Las redes sociales funcionan como "cámaras de eco" o amplificadores, grupos que se reúnen en determinados contextos y omiten otras voces, donde no es posible el derecho a réplica. Se fractura la ética de la igualdad, generando desesperanza en los niños y jóvenes de poder pertenecer a un grupo de pares, quedando así subsumidos en un profundo sentimiento de soledad.

Expertos en cibercrímenes y victimología de la Universidad de Helsinki, ya en 2015 afirmaban que  aquellos niños y jóvenes expuestos a discursos de odio en línea evidencian sentimientos de enojo, tristeza, vergüenza y ven disminuida su confianza. Esta misma exposición está asociada a procesos de radicalización políticas. Investigaciones han demostrado que los jóvenes victimizados buscan revancha y son más agresivos.

Entonces, si las emociones se despliegan en un contexto de intersubjetividades y en ellos los niños y jóvenes no se sienten queridos ni bienvenidos en la comunidad humana, si los discursos sociales aprovechando la herencia de la especie (odio, miedo, ira) propician el quiebre de los vínculos, se perderá la habilidad de comprender el dolor de la exclusión. Si desde la sociedad no proveemos un marco de desarrollo y participación amigable, seremos responsables de la "muerte" psíquica de las futuras generaciones. socavándoles la posibilidad de ser reconocidas y de que se reconozcan humanizados.

(Fuente: Página 12 / Mirta Itlman / Isabel Mansione)