Lo decisivo no es el dato aislado, sino la combinación de
varios rastros pequeños. Es un juego de identificación
automático, que no pregunta "¿quién es usted?", sino "¿a
qué hora se conecta?", "¿desde dónde?", "¿qué mira
después?", "¿durante cuánto tiempo?". No hace falta
acertar al cien por cien en las respuestas: con una probabilidad
alta ya es suficiente.
Es precisamente en esa certidumbre estadística donde
reside el verdadero poder. Es tentador pensar que nuestra
identidad sólo se limita a lo que pensamos o, en el caso
administrativo, a un expediente. Sin embargo, para la maquinaria
productiva y extractivista de datos, somos estrictamente lo
que hacemos.
Y, cuando una empresa u organismo puede predecir nuestra próxima
acción, también puede insistir con un estímulo, un anuncio con una
determinada frase que apela a un sentimiento que nos empuja a un
"es por aquí". Esa presión es la antesala de una biometría algo
más volátil: la de la conducta.
Biometría invisible: la conducta
Por esto es importante expandir el concepto de biometría:
ya no es sólo un pelo, la huella dactilar o el iris. La conducta
forma parte de lo que somos y, bajo la lógica del mercado, se ha
convertido en la materia prima más codiciada.
Para entender la magnitud de esta intrusión, primero debemos saber
cómo funciona la biometría convencional a nivel matemático.
Un lector de huellas o un escáner de iris no almacena una
fotografía literal de esa parte del cuerpo. Lo que hace es
convertir la anatomía en un problema geométrico y
probabilístico. El algoritmo identifica puntos claves o
patrones en la textura y, luego, los traduce a un modelo
matemático que crea unas características numéricas.
La identificación, entonces, se reduce a comparar esas
características con las ya almacenadas en una base de datos, calculando
las similitudes entre ambas. Si las diferencias son pocas,
el sistema asume que ha habido una coincidencia en la base de
datos.
Como dicta la norma fundamental del mercado, donde hay un recurso
cuantificable surge inmediatamente una industria dispuesta a
privatizarlo. La biometría anatómica abrió una veta inmensa de
especulación y mercantilización del cuerpo. Lo presenciamos con Worldcoin,
la empresa cripto de Sam Altman que desplegó escáneres en
estaciones de tren, centros comerciales y barrios obreros ofreciendo dinero por
escanear el iris de los transeúntes. Aprovechándose
del desconocimiento y la ingenuidad de las personas, estas
empresas compraron identidades inmutables a un precio
bajísimo.
Traficantes de intimidades
Este tipo de negocios siguen en nuestras calles y ahora se ha
intensificado, ampliándose a la mercantilización de nuestra
conducta. El engranaje técnico de este nuevo mercado lo operan los
brokers de datos,
empresas apenas legales que comercializan nuestro perfil
conductual. Se escudan afirmando que sus bases de datos
están desprovistas de nombres propios, pero la anonimización
es un mito matemático en la era del "big data". Gracias a
las reglas de asociatividad y a la combinatoria, basta con cruzar
un código postal, una fecha de nacimiento, el género y cómo mueve
el ratón para obtener un perfil inequívoco.
Para mantener este mercado en perpetuo movimiento, instituciones y
empresas imponen campañas invasivas. Nos obligan a usar
códigos QR o descargar aplicaciones específicas para estacionar
el auto o acceder a un descuento, incluso usar códigos QR para
acceder a horarios del transporte público, embudos diseñados
para generar dependencia y succionar datos (qué servicio
usamos, cuándo, dónde, etc) en tiempo real, que luego se
venden al mejor postor.
La solución no es resignarse ni caer en la moralina del
"deberíamos leer mejor los términos de uso". Es necesaria una
política estructural que desactive esa infraestructura que
vive de rastrearnos y, en última instancia, nos polariza y nos
aísla para la manipulación.
La neutralidad de la red debe entenderse en su sentido más amplio:
significa garantizar que ninguna empresa pueda usar nuestros datos
ni pueda alterar, filtrar o manipular nuestra experiencia online.
La neutralidad como trinchera
Frente a esta vigilancia, la exigencia política pasa por prohibir
la existencia de brokers digitales para que no especulen con
nuestra conducta y para exigir la máxima transparencia en el
funcionamiento de los algoritmos, que ahora son opacos pero dictan
nuestras decisiones, y también acabar con la recopilación
masiva de datos.
En el caso contrario, el ecosistema digital se vuelve precario
para el proletariado digital -que somos todos sus usuarios- y
extrae valor de su atención. Recuperar el control no es una
utopía inalcanzable, sino una alternativa real.
Salvaguardar nuestra identidad y nuestra privacidad hoy es
tecnológicamente viable, las herramientas existen. La verdadera
cuestión reside en el dilema político al que nos
enfrentamos: ¿exigiremos a nuestros órganos estatales y
corporativos que prioricen nuestra integridad o se permitirá por
omisión que las plataformas digitales sigan ejerciendo un control
invisible e impune sobre nuestras vidas?
(Fuente: The Conversation / Xataka / varios /
redacción propia)
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martes, 3 de marzo de 2026
Biometría de la conducta: cuando nuestros últimos diez "me gusta" nos delatan
En la escena de un crimen, un pelo puede situar en el lugar a una
persona. En la red, nuestro comportamiento no sólo deja constancia
de dónde estuvimos y a qué hora. también permite perfilarnos,
anticiparnos y empujarnos a tomar decisiones. El ADN sirve para
identificarnos en un sentido biométrico y administrativo, pero
nuestra actividad digital sirve para reconstruir nuestra vida
cotidiana: hábitos, relaciones, rutinas.
La forma en que usamos las aplicaciones digitales
hace que pueda obtenerse un retrato robot muy exacto de quiénes
somos (Foto: Emily Rand / Shutterstock).
