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miércoles, 25 de junio de 2025

De una "idea loca" a salvar miles de vidas: la odisea de Mary-Claire King y el cáncer de mama

Estamos en tiempos de creciente preocupación por el cáncer de mama, cuyas cifras no dejan de aumentar. Por poner un poco de contexto, en Europa su incidencia ha ascendido notablemente, pasando de una tasa de 106,5 casos por cada 100.000 mujeres en 2002 a 126 en 2020, con cerca de 34.750 diagnósticos sólo en 2022. 

Mary-Claire King (Foto: Fundación Princesa de Asturias).

Por suerte, este sombrío panorama se ve matizado por una mejora en la supervivencia, en gran parte gracias a los programas de cribado y, por tanto, a la detección temprana. Y es precisamente en este punto donde destaca la figura de Mary-Claire King, que acaba de ser galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2025.

Su descubrimiento en 1990 del gen BRCA1 y su vinculación con el cáncer de mama y de ovario hereditarios, revolucionó por completo la comprensión de la enfermedad, abriendo la puerta a la identificación de mujeres con alto riesgo y al desarrollo de tratamientos dirigidos que han salvado innumerables vidas.

Rompiendo moldes desde la tesis doctoral

Pero para Mary-Claire, como suele ocurrir a quienes ponen en cuestión el dogma, no fue todo un camino de rosas. Ya durante su período de tesis doctoral, esta brillante genetista desafió las teorías vigentes al descubrir que los humanos y los chimpancés compartimos el 99 % del genoma. Aquí fueron fundamentales los buenos consejos de su director de tesis, Allan Wilson, quien le recomendó aprovechar su formación universitaria en matemáticas, aplicándola al campo de la genética.

Sus esfuerzos desembocaron en la publicación de un artículo, ahora ya histórico, en la revista Science. Este descubrimiento causó mucha polémica por asestar un fuerte golpe a los fundamentos argumentativos del creacionismo.

La ciencia del cáncer en los años 70

Pues bien, el siguiente reto científico en el que se embarcó no fue menos ambicioso y polémico: demostrar que el cáncer puede ser hereditario.

Para entender la relevancia del descubrimiento, nos puede ser útil saber en qué estado se encontraban los estudios sobre el cáncer cuando ella emprendió su investigación, allá por 1974. Tras décadas de irrelevancia y falta de financiación para un tema tan crucial, en 1971 fue firmada por el presidente estadounidense Richard Nixon la Ley Nacional del Cáncer (o National Cancer Act, en inglés) que facilitaba la financiación directa de proyectos de investigación relacionados con el cáncer. Esto fue una muy buena noticia, sin duda. 

Pero las buenas noticias a menudo son acompañadas por otras malas. En este caso, la mala noticia fue que el campo estaba dominado por distintas “familias” de investigadores que mantenían sus dogmas contra viento y marea. Como nos cuenta Siddhartha Mukherjee en su imprescindible libro "El emperador de todos los males: una biografía del cáncer", uno de estos dogmas era que el cáncer, a diferencia de las enfermedades infecciosas, no podía deberse a una única causa, sino a un fallo sistémico de un órgano, o del organismo completo.

Aunque se habían publicado observaciones epidemiológicas apuntando a un componente hereditario en ciertos tipos de cáncer, no era la teoría vigente entre quienes manejaban la asignación de fondos para investigación y la publicación de artículos en oncología. Esto posicionaba en muy mal lugar de partida a quienes postulaban que el cáncer podía ser hereditario, y en mucho peor a quienes se atrevían a sugerir que podía ser promovido por un solo gen.

Una nueva cruzada quijotesca

Y es en este punto donde comienza su andanza la heroína de nuestra historia, influida por la pérdida a los 15 años de su mejor amiga debido a un cáncer. Dado el contexto histórico, no es de extrañar que le costara 17 años convencer al resto de los científicos de que, efectivamente, el cáncer puede ser hereditario y, además, el culpable puede ser un solo gen.

Y ¿cómo lo hizo? En primer lugar, de nuevo echó mano de su formación universitaria como matemática para desarrollar un modelo matemático. Así, partiendo de historias médicas de 1.500 familias en las que se observaba alta incidencia de cáncer de mama, predijo la existencia de un gen de susceptibilidad a esta patología. 

Antiguo póster en favor de la detección temprana del cáncer (Foto: Librería del Congreso de EE. UU).

Y aquí comenzó su larga búsqueda, no exenta de dificultades, a menudo provocadas por sus propios colegas. Aparte de los sesgos que sufrían en aquellos años las mujeres que se dedicaban a la investigación científica, los oncólogos la consideraban una intrusa en el campo por su formación matemática y genética.

Pero, a pesar de la falta de financiación y el escepticismo general, Mary-Claire desafió todas las expectativas, consiguiendo mapear la región genómica del cromosoma en la que residía la susceptibilidad. Y, justo en esa zona, cuatro años más tarde, se clonaría el gen BRCA1, primero en ser asociado directamente con un cáncer hereditario. 

La genética al servicio de la sociedad

Mary-Claire King es un ejemplo de científica comprometida con la sociedad. Tras salvar innumerables vidas al sentar las bases de la predicción genética del cáncer, se embarcó en diferentes causas de impacto social.

Entre ellas, destaca su colaboración con las Abuelas de Plaza de Mayo en nuestro país, para localizar a sus nietos nacidos en el cautiverio o secuestrados junto a sus padres durante la dictadura militar entre 1976 y 1983. Para ello, colaboró en el diseño del llamado índice de abuelidad. Basado en el ADN mitocondrial, no solo ayudó en esa búsqueda, sino que con el tiempo se convirtió en una técnica muy útil a la hora de localizar a personas desaparecidas.

No es de extrañar que esta científica haya recibido tantos premios y reconocimientos. Su figura no sólo es un ejemplo de clarividencia, perseverancia y generosidad: también es un nuevo exponente de las dificultades a las que se enfrenta quien desafía el dogma en ciencia.

Sería deseable que algo hubiera cambiado desde que, en 1948, el físico Max Planck afirmó que "la ciencia avanza de funeral en funeral". Pero vemos que, por el momento, su visionaria frase sigue vigente.

(Fuente: The Conversation / redacción propia)

lunes, 31 de marzo de 2025

¿De qué sirve conocer el genoma de todas las especies que viven en el planeta?

 

GoodFocused/Shutterstock

El Proyecto Biogenoma de la Tierra (Earth Biogenome Project) es un proyecto científico global que busca secuenciar los genomas de todas las especies de plantas, animales y hongos de nuestro planeta. Como resultado, generará un mapa muy completo de la ecología y diversidad de la vida en el planeta.

Pero ¿qué es un genoma y por qué es importante tener un mapa como este?

Un genoma es como un libro que contiene las instrucciones necesarias para que un ser vivo crezca, se desarrolle y funcione normalmente. En el genoma las letras son las bases del ADN y las palabras son los genes. Los genes contienen información sobre características específicas de un ser vivo.

Secuenciar el genoma de una especie es, por tanto, como leer el libro de instrucciones de la vida. Es importante porque nos ayuda a entender cómo funcionan y se relacionan entre sí los seres vivos.

Sin embargo, la labor de secuenciación es difícil porque un genoma puede contener miles de millones de letras químicas. Para hacerlo se necesita tecnología avanzada y tiempo. El ADN de la especie se separa de las células, se rompe en trozos pequeños y se leen las letras químicas de cada trozo. Después se arma un rompecabezas enorme y complicado con millones de estos trozos.

Si es tan complicado, ¿para qué secuenciar el biogenoma de la Tierra?
Hay millones de especies y cada una tiene un genoma de referencia único. Al secuenciar todos sus genomas, tendremos una comprensión más profunda de la biodiversidad y aprenderemos cómo protegerla.

Esta tarea enfrenta varios desafíos. Para empezar es un proyecto lento, que necesita mucho dinero. Además, requiere el desarrollo de tecnología de secuenciación más barata y más precisa. No podemos olvidar tampoco que es importante crear reglas éticas y de seguridad para el proyecto, y que sus resultados se usen de forma equitativa.

El proyecto empezó en 2018 y tiene tres fases.

Fase 1 (2018-2023): se crearon tecnologías más rápidas y precisas para leer genomas.

Fase 2 (2023-2028): se están secuenciando los genomas de las especies más importantes de plantas, animales y hongos para entender mejor la diversidad genética y biológica dentro de esos grupos de organismos.

Fase 3 (2028-2033): se secuenciarán los genomas de todas las especies en la Tierra.

Ahora mismo, se cumplen las expectativas para terminar el proyecto con éxito en el tiempo establecido.


¿Y de qué sirve todo esto?

Secuenciar el biogenoma de la Tierra será muy beneficioso para nosotros y para el planeta. Por ejemplo, conocer el genoma de plantas medicinales facilitará descubrir nuevos medicamentos. Del mismo modo, secuenciar el genoma del gorila, del chimpancé y de otros monos nos permitirá entender mejor sus necesidades y las diferencias entre ellos y nosotros. Será más fácil diagnosticar algunas enfermedades, o proteger especies contra la extinción.

Secuenciar el biogenoma de la Tierra también mejorará la seguridad alimentaria y la sostenibilidad agrícola. Con el biogenoma se entenderán mejor las relaciones entre plantas y insectos. Por ejemplo se podrían controlar plagas de insectos usando métodos más específicos y sostenibles. Esto reduciría la dependencia de pesticidas químicos y ayudaría a proteger la biodiversidad.

Conocer el genoma de organismos marinos, como corales o peces, hará más fácil entender el efecto del cambio climático y la contaminación en ecosistemas marinos y su salud. Esto es crucial para su conservación.

Hay animales salvajes, como murciélagos y roedores, que muchas veces pueden transmitir enfermedades a la gente. Conocer su genoma ayudará a reducir el riesgo de pandemias.

A nivel económico, conocer nuevos genomas permitirá a la industria a ser menos agresiva con el medio natural. Por ejemplo, hay organismos que crecen en aguas residuales y pueden transformar residuos orgánicos en productos necesarios, como la ectoína.

Además de enseñarnos más sobre cómo funciona y ha evolucionado la vida en nuestro planeta, estudiar el genoma de diversos animales y plantas nos puede ayudar a enfrentar problemas futuros resultantes del cambio del clima y de la pérdida de entornos naturales.

¿Cómo participa España en el proyecto?

España también participa en este esfuerzo internacional. A nivel individual, científicos españoles secuencian el genoma de especies nativas y ayudan con el genoma de especies de otros lugares. A nivel institucional, se creó la Iniciativa Catalana para el Biogenoma de la Tierra en 2020. Esta iniciativa quiere secuenciar los genomas de especies nativas de Cataluña, Andorra, Comunidad Valenciana, Islas Baleares y Franja de Aragón. Actualmente, está terminando la secuenciación de los primeros genomas.

Por ahora la iniciativa está secuenciando 42 especies. Algunas de ellas son solo locales, como las flores de nieve de los Pirineos. Otras especies viven en varias regiones, como la perdiz. Se espera que el número de especies aumente con el tiempo, sobre todo si se consigue financiación para extender la iniciativa.

(Fuente: The Conversation)