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lunes, 10 de agosto de 2026

Un estudio argentino demuestra que las redes sociales pueden generar ansiedad en cuestión de minutos

Publicar una foto, por ejemplo, y no recibir reacciones o leer comentarios negativos sobre la misma, pueden causar efectos inmediatos en la salud mental. 

(Foto: psicologiaymente.com)

Hacer una publicación y no recibir un like, leer un comentario negativo o encontrarse con una imagen idealizada en redes sociales pueden generar un aumento inmediato de la ansiedad. Así lo demuestra un estudio realizado por investigadoras del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS) de la Universidad Nacional de La Plata, que comprobó mediante un experimento con más de 500 estudiantes universitarios que incluso experiencias digitales breves e hipotéticas tienen un impacto directo en el bienestar emocional

Generalmente, el foco sobre lo que generan las redes sociales está puesto en la cantidad de horas que las personas habitan el espacio digital. En este caso, las investigadoras de la UNLP María Laura Alzúa, Azul Menduiña y Milagros Onofri quisieron observar cuáles son las interacciones que pueden afectar la salud mental. Así, dividieron un grupo de 500 estudiantes ingresantes en dos. El equipo tratado leyó cinco escenarios hipotéticos y realistas inspirados en dinámicas comunes de las redes sociales: publicar contenido y no recibir reacciones, recibir comentarios negativos, ver contenido altamente idealizado, encontrarse con un video generado por inteligencia artificial sobre uno mismo, y hasta ser ignorado por amigos. Por su parte, el grupo de control fue expuesto a escenarios completamente neutrales, como un tutorial de cocina o un anuncio publicitario.

Inmediatamente después de la intervención, las investigadoras evaluaron a los participantes con el State-Trait Anxiety Inventory (STAI), una de las escalas más reconocidas y validadas a nivel internacional para medir la ansiedad. Los resultados indicaron que la exposición a los escenarios negativos aumentó los niveles de ansiedad de manera significativa respecto al grupo de control. Lo llamativo del estudio es que los efectos se generaron frente a situaciones que fueron breves y completamente hipotéticas

La antes mencionada Alzúa, subdirectora del CEDLAS y coautora de la investigación, plantea: "La motivación de realizar este estudio es generar evidencia sólida para el debate sobre cuán problemática es la interacción excesiva en redes sociales por parte de los adolescentes". Y agrega: "En el libro ‘La generación ansiosa’, el autor Jonathan Haidt atriubuye el aumento de síntomas de ansiedad y depresión en adolescentes a la interacción abusiva en redes sociales. Él presenta correlaciones al respecto y nosotras quisimos realizar este experimento que nos permitió establecer una relación entre la exposición a una situación agresiva en las redes y los indicadores de aumento de ansiedad".

Contrario a lo que revela gran parte de la evidencia científica hasta el momento, las investigadoras observaron que el impacto emocional es mayor en los hombres que en las mujeres analizadas. Como hipótesis, plantean que ellas podrían estar más acostumbradas a este tipo de experiencias en redes sociales y, por eso, partir de niveles de ansiedad más altos o reaccionar con menor intensidad frente a situaciones que forman parte de su vida digital cotidiana.

El estudio también detalla que el escenario actual es de una hiperconexión constante. El 60 por ciento de los encuestados reporta pasar más de cuatro horas diarias en redes sociales durante los días hábiles. Además, el 28 por ciento supera las seis horas en días hábiles y el uso crece durante los fines de semana.

El equipo científico concluye que se debe estudiar cuáles son los mecanismos que afectan el bienestar emocional de los jóvenes, desde lo que ven hasta cómo interactúan, para generar políticas públicas en función de eso. Alzúa define: "Muchos países prohíben el uso de las redes sociales en menores y eso es trasladar a los chicos la responsabilidad de qué contenido pueden ver y no a las empresas que deberían ser quienes moderen. A la vez, hace falta más evidencia sólida de qué efectos generan las redes y en qué momento, para generar políticas concretas".

(Fuente: Agencia de Noticias Científicas / UNQ / redacción propia)

martes, 12 de mayo de 2026

Cuáles son las funciones sociales y emocionales que nunca podrá cubrir un chatbot

Millones de personas interactúan a diario con sistemas conversacionales, no solo para resolver dudas o aumentar su productividad, sino también para desahogarse, ordenar pensamientos o sentirse acompañadas.

(Foto: Brett Jordan / Unsplash).

Lo relevante no es únicamente el avance tecnológico, sino el tipo de vínculo que empieza a emerger. Aplicaciones diseñadas específicamente para ofrecer compañía -como Replika o Character.AI- y herramientas más generalistas como ChatGPT están ocupando un espacio que hasta hace poco pertenecía exclusivamente a las relaciones humanas: el de la interacción emocional cotidiana.

La cuestión ya no es si estas tecnologías pueden conversar de forma convincente sino qué ocurre cuando empezamos a relacionarnos con máquinas que simulan escucharnos, comprendernos y acompañarnos.

Cuando una herramienta se percibe como "alguien"

Desde la psicología social, sabemos que los seres humanos no necesitamos demasiado para activar nuestros mecanismos de interacción social. Basta con que algo responda de forma contingente, coherente y mínimamente personalizada. Este fenómeno, conocido como antropomorfización, describe la tendencia a atribuir mente, intención y emociones a sistemas no humanos.

Los sistemas conversacionales actuales cumplen con creces esas condiciones. Responden rápido, ajustan el lenguaje, recuerdan información previa y simulan estados emocionales. No es que confundamos una IA con una persona; es que nuestro sistema cognitivo no está diseñado para interactuar con entidades que "parecen sociales" sin tratarlas como tales. Como ya mostraron los investigadores de la Universidad de Standford Clifford Reeves y Byron Nass en su informe "The Media Equation", tendemos a aplicar normas sociales a ordenadores y medios, incluso cuando sabemos que no son humanos.

En la práctica, esto significa que hablar con una IA no es una interacción neutra. Es una interacción psicológicamente social, aunque uno de los interlocutores no sea una persona.

El atractivo de una relación sin fricción

Las relaciones humanas son complejas por definición. Implican tiempos de espera, malentendidos, reciprocidad, conflicto y ajuste continuo. Los compañeros artificiales o "AI companions" eliminan gran parte de esa fricción. Están disponibles en cualquier momento, responden de forma inmediata y rara vez introducen disonancia o desacuerdo.

Desde el punto de vista del aprendizaje, ésto genera un entorno especialmente reforzante. Las interacciones tienden a ser satisfactorias o, al menos, no aversivas, lo que incrementa su repetición. Este tipo de dinámica se entiende bien desde los modelos de refuerzo: cuando una conducta (en este caso, interactuar con la IA) produce consecuencias positivas de forma consistente, su probabilidad de repetición aumenta.

Además, la ausencia de evaluación social negativa reduce el costo de exponerse. Sabemos que las personas pueden llegar a compartir más información personal con sistemas automatizados que con otros humanos, precisamente porque perciben menor riesgo de juicio. En otras palabras, la IA ofrece algo difícil de encontrar en la vida cotidiana: escucha constante sin consecuencias sociales inmediatas (posibles juicios, críticas, burlas, etc.).

Qué necesidades emocionales pueden estar cubriendo

En este contexto, no resulta sorprendente que muchas personas empiecen a utilizar estos sistemas para funciones que antes cumplían otras personas. Una de ellas es la regulación emocional básica. Verbalizar pensamientos, ordenar lo que sentimos o recibir una respuesta estructurada puede reducir la activación emocional. Este efecto está bien documentado en la literatura sobre escritura expresiva: poner en palabras la experiencia emocional facilita su procesamiento.

También aparece la sensación de compañía. Aunque sepamos que la IA no tiene conciencia, la interacción continuada puede generar una percepción subjetiva de presencia. Este fenómeno conecta con las relaciones parasociales, donde los individuos desarrollan vínculos emocionales con figuras mediáticas o virtuales, sin reciprocidad real.

Finalmente, a todo esto se suma la validación. Los sistemas están diseñados para responder de forma comprensiva y ajustada, lo que facilita una experiencia de escucha difícil de sostener en relaciones humanas, en las que el otro también tiene límites, emociones y necesidades.

Lo que no está: reciprocidad, conflicto y reconocimiento real

Sin embargo, hay elementos fundamentales que no aparecen en este tipo de interacción y que son clave para el desarrollo psicológico. El primero es la reciprocidad real. En una relación humana, el otro no está ahí solo para responder. También tiene necesidades, puede retirarse, puede no entendernos o puede no estar de acuerdo. Esa interdependencia es parte esencial del vínculo.

El segundo es el conflicto. Aunque tendamos a evitarlo, el desacuerdo, la frustración y la necesidad de negociación son contextos donde se ponen en juego habilidades fundamentales: tolerancia a la frustración, regulación emocional, empatía recíproca y corregulación interpersonal. En las relaciones humanas, el conflicto obliga a ajustar la propia respuesta al estado emocional del otro. Las interacciones con IA, en cambio, tienden a reducir esta fricción: no sólo facilitan la conversación, sino que a veces disminuyen la exposición a información incómoda o discrepante.

Esa "fricción de verdad" es precisamente una de las dimensiones problemáticas de la bautizada en inglés como AI sycophancy -"adulación de la IA"-, entendida como la tendencia de los modelos de lenguaje a estar de acuerdo, halagar y validar al usuario.

El tercero es el reconocimiento genuino. Ser validado por otra persona implica una contingencia real, podría no ocurrir. Esa posibilidad es lo que da valor al reconocimiento. En una IA, la validación está garantizada por diseño. No hay riesgo de rechazo, pero tampoco autenticidad en sentido estricto.

Sustitución funcional y dependencia sin conflicto

El escenario más probable no es una sustitución total de las relaciones humanas, sino una sustitución funcional. Es decir, que determinadas funciones -desahogo emocional, toma de decisiones, compañía puntual- empiecen a desplazarse hacia la interacción con sistemas artificiales.

Este cambio es sutil, pero relevante. Reduce la exposición a la complejidad relacional humana y puede favorecer un patrón particular: dependencia sin conflicto. Una forma de relación que no exige adaptación, no genera rechazo y no obliga a revisar el propio comportamiento.

A corto plazo, esto puede resultar altamente eficaz para reducir el malestar. A largo plazo, puede limitar el desarrollo de habilidades psicológicas que sólo se adquieren en contextos donde hay fricción, incertidumbre y reciprocidad real. Como advierte la investigadora Sherry Turkle en su ensayo "Alone Together", la tecnología puede ofrecer la ilusión de compañía sin las demandas de la relación, pero eso no es equivalente a una relación.

Una nueva categoría de vínculo


Más que sustituir a las relaciones humanas, los "AI companions" parecen estar configurando una categoría intermedia: espacios psicológicos de baja exigencia donde es posible hablar, organizarse emocionalmente o sentirse acompañado sin asumir el costo de una relación.

La cuestión no es si debemos utilizar estas herramientas, sino cómo integrarlas sin que desplacen aquello que las relaciones humanas aportan y que no puede ser replicado: la negociación, la diferencia, la imprevisibilidad y, en última instancia, la capacidad de transformarnos a través del otro.

Y es que una conversación que siempre funciona puede ser cómoda. Pero no necesariamente es la que más nos hace crecer.

(Fuente: The Conversation / redacción propia)

viernes, 5 de septiembre de 2025

Un libro que cuestiona a las redes sociales está hace 75 semanas en la lista de bestsellers del New York Times

"La generación ansiosa", del psicólogo social Jonathan Haidt, ofrece un diagnóstico desolador: hay "una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes". Está publicado físicamente en español, y se puede comprar y descargar en formato digital desde este mismo post, para leer en cualquier dispositivo.

(Foto: composición propia).

Parece un libro hecho a la medida de esta época: apunta a lo más evidente y, qué paradoja, a algo que nadie quiere mencionar. El subtítulo es más que elocuente: "Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes". Una crítica feroz al uso que los adolescentes hacen del teléfono y sus plataformas está entre lo más leído del año.

Su autor es Jonathan Haidt, un psicólogo social y profesor de Liderazgo Ético neoyorquino nacido en 1963. Es alguien que conoce el mundo de ambos lados: antes y después de internet. Su investigación se centra en la psicología de la moralidad y en las emociones morales complejas. Escribió libros como "La mente de los justos" y "La transformación de la mente moderna", este último junto con Greg Lukianoff. Con el texto que nos ocupa, consagró una mirada crítica que, poco a poco, se está popularizando.

La salud mental en la mira

El éxito del libro también se explica por la urgencia del fenómeno que analiza. El aumento de problemas de salud mental entre los adolescentes ha generado preocupación en la comunidad médica, especialmente al observar que los jóvenes nacidos a partir de 2010, conocidos como Generación Z, presentan tasas sin precedentes de ansiedad, depresión y autolesiones. Su intensificación coincide con la masificación de los teléfonos inteligentes y el acceso constante a las redes sociales.

Jonathan Haidt, autor de "La generación ansiosa" (Foto: captura de video, YouTube).

Según un informe de UNICEF, el 70% de los adolescentes aumentó el tiempo frente a pantallas durante la pandemia, lo que se asocia a un mayor riesgo de trastornos emocionales. Haidt aborda esta preocupante tendencia en su libro, haciendo un exhaustivo análisis sobre cómo los cambios en el estilo de vida infantil y el auge de las tecnologías digitales, particularmente smartphones y redes sociales, han reconfigurado la experiencia de la infancia y han participado en este deterioro de la salud mental.

Un diagnóstico desolador

El autor argumenta que, a diferencia de generaciones anteriores, los jóvenes actuales han crecido en un contexto donde la interacción social presencial ha sido reemplazada por la comunicación digital, lo que ha alterado los procesos de desarrollo emocional y social. En palabras del propio Haidt, “los adolescentes de hoy pasan mucho menos tiempo con sus amigos en persona y mucho más tiempo solos, frente a una pantalla”.

Haidt destaca que, entre 2010 y 2015, las tasas de hospitalización por autolesiones en adolescentes estadounidenses aumentaron un 62 % en niñas y un 37 % en varones. Además, el autor subraya que el uso intensivo de redes sociales se asocia con una mayor probabilidad de experimentar síntomas depresivos, especialmente en las adolescentes. El libro también explora cómo la cultura de la sobreprotección parental ha contribuido a este fenómeno.

Al limitar la autonomía de los niños y adolescentes en el mundo real, sostiene, se ha favorecido una dependencia excesiva de los dispositivos digitales como principal vía de socialización y entretenimiento. Esta tendencia, según el autor, ha debilitado la capacidad de los jóvenes para enfrentar desafíos y desarrollar resiliencia. Identifica cuatro grandes cambios: la disminución del juego libre, el aumento de la supervisión adulta, la proliferación de los teléfonos inteligentes y la omnipresencia de las redes sociales.

Haidt propone retrasar el acceso a los teléfonos inteligentes hasta los 16 años y limitar el uso de redes sociales en la adolescencia (Foto: Freepik).

Hacia un (posible) mundo mejor

El autor propone una serie de recomendaciones para revertir esta tendencia. Entre ellas, destaca la necesidad de retrasar el acceso a los teléfonos inteligentes hasta los 16 años y limitar el uso de redes sociales en la adolescencia. Haidt también aboga por fomentar el juego libre y la interacción presencial entre los jóvenes, así como por promover una educación que fortalezca la autonomía y la capacidad de afrontar la frustración. 

El impacto de las ideas de Haidt ha generado debate en el ámbito educativo y en la sociedad en general. Mientras algunos expertos respaldan la tesis de que la tecnología digital ha alterado de manera negativa el desarrollo de los jóvenes, otros señalan que factores como la presión académica, la incertidumbre económica y los cambios sociales también influyen en la salud mental de las nuevas generaciones.

A pesar de las diferencias de opinión, el libro ha puesto en el centro del debate la relación entre tecnología y bienestar emocional en la adolescencia. Y eso ya es un paso para pensar un mundo mejor. Sobre todo si cada vez hay más lectores. Que esté hace 75 semanas en la lista de bestsellers del New York Times es un buen augurio.

Se puede comprar y descargar el e-book haciendo click aquí.

(Fuente: The New York Times / Infobae / redacción propia)

martes, 12 de marzo de 2024

¿Qué es la Psicología Social?

La Psicología Social es una nueva disciplina dentro de las Ciencias Sociales y permite la percepción singular de cada sujeto pero abordados desde una trama vincular. Es decir, se estudia al sujeto desde su condición social.

Es decir, a la Psicología Social le interesa la persona singular y le interesa su inclusión social, pero la dimensión específica de su indagación, fundamentación e intervención es el campo interaccional humano (vínculos). Sus ámbitos de intervención son privilegiadamente los grupos, las organizaciones (empresas y de la sociedad civil) y las comunidades.

De esta forma, el grupo se constituye como el ámbito destacado para que la Psicología Social investigue, teorice, indague y opere sobre aquello que ocurre u acontece entre las personas en comunicación humana. Así, sus temas relevantes y objeto de análisis son: la comunicación, los vínculos, las problemáticas de los equipos, de los cambios, los proyectos grupales, etc.

Berger y Luckman plantean que las Instituciones existen o perduran porque dan respuestas permanentes a problemáticas permanentes. Cuando los seres humanos se reúnen para desarrollar tareas comunes (sean pedagógicas, empresariales, comunitarias, de capacitación, para conformar equipos, prevenir enfermedades, enfrentar cambios, etc.) surgen problemas de comunicación, rivalidades, malos entendidos y conflictos varios. La Psicología Social tiene respuesta y resolución para ello.

Pichon Rivière, una figura pionera en el desarrollo de la Psicología Social en Latinoamérica, piensa esta disciplina como una interciencia. Su concepcion teórica (ECRO – Esquema Conceptual Referencial Operativo) incluye saberes transdisciplinarios provenientes de los campos del psicoanálisis, la sociología, la antropología, la Psicología Social, la filosofía y la epistemología, entre otras.

Enrique Pichon Rivière

Enrique Pichon Rivière nace en Ginebra, Suiza el 25 de junio de 1907. Fue un médico psiquiatra argentino (nacido en Suiza y francés naturalizado) pionero en la región en el desarrollo de la psiquiatría dinámica, el psicoanálisis freudiano y kleiniano, la terapia familiar y de grupo, las comunidades terapéuticas, el psicoanálisis de la psicosis y el análisis institucional y comunitario.

Como creador de la corriente argentina de Psicología Social concibe al sujeto como un anudamiento singular de complejas tramas de relaciones que van desde el primer vínculo con la madre y la estructura edípica hasta las condiciones institucionales, comunitarias, políticas y socio históricas, incluyendo el azar.


Considera que los conceptos teóricos son instrumentos (conceptos instrumentales) valiosos en tanto dan cuenta de una práctica específica o de una determinada “lectura de la realidad”. Para sistematizar esa lectura crea un “aparato para pensar la realidad” (aparato como arte-facto y no como máquina): el ECRO. Se convierte así en el generador de la teoría de grupo conocida como Grupo Operativo, dispositivo destacado de su ECRO.

En la década de 1940 se convirtió en uno de los miembros fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y en la década de 1950 participó en la creación de la Primera Escuela Privada de Psicología Social y del Instituto Argentino de Estudios Sociales (IADES).

En 1951 viaja a Londres, donde expone su luego famosa tesis sobre la transferencia en los pacientes psicóticos. Con Pichon viaja su esposa, Arminda Aberastury, también prestigiosa psicoanalista, que traba relación con el referente más importante en psicoanálisis infantil: la austriaca Melanie Klein, con quien realizan una serie de controles. Luego viaja a Francia, donde Pichon afianza su antigua relación epistolar con Jacques Lacan.

En el año 1958 lleva a cabo la llamada "Experiencia Rosario": por primera y única vez se toma como material de una investigación a toda una ciudad y además ratifica su concepción de la investigación social como indagación operativa. La dimensión y la heterogeneidad de la población hicieron de este laboratorio social un acta de fundación de la técnica de Grupos Operativos.

Los años sesenta se despiertan con singular brío creativo en tanto la generación de trabajos fundamentales, artículos, publicaciones, notas, donde además crea la Primera Escuela Privada de Psicología Social.

En el año 1976, tras un año de reuniones donde revisan temas y anécdotas, se publica "Conversaciones con Enrique Pichon Rivière", con la firma de Vicente Zito Lema.

En el año 1977 se festejan "Los primeros 70 años del maestro". Una multitud se reúne en el Teatro SHA para celebrarlo. A los pocos días, el 16 de julio, a los setenta años, muere.

La originalidad de su teoría se basa en la visión dialéctica del funcionamiento de los grupos. Como pensador moderno, Pichon articula en su cuerpo teórico no sólo las condiciones por las cuales el sujeto produce y reproduce su existencia y la sociedad donde vive, sino las condiciones a partir de las cuales la cambia y cambia él mismo. Esto es la modernidad como oportunidad transformadora y como drama y angustia subjetiva.

“La Psicología Social es una de las formas que asume la crítica de la vida cotidiana, una indagación permanente del acontecer cotidiano, en el que por ser cotidiano e inmediato constituye, de manera fundamental, un objeto de conocimiento científico… la tarea del psicólogo social sólo puede ser comprendida desde esta perspectiva: la investigación de la realidad en que está inmerso para esclarecerse y esclarecer en la explicación de lo implícito”.

Diferencia entre Psicología y Psicología Social

La diferencia entre Psicología Clínica y Psicología Social es que el objeto de estudio de la primera es el individuo y sus problemas internos, mientras que la segunda trata fundamentalmente el tema de la dinámica grupal, de los vínculos, las comunicaciones, las interrelaciones que se generan entre los individuos cuando se agrupan con un objetivo común; también estudia lo que acontece en el ámbito individual, pero no con el énfasis que le da la Psicología Clínica.

Los conocimientos de Psicología Clínica son necesarios para la Psicología Social, pues lo que ocurre en el individuo es fundamental, pero el enfoque apunta a lo grupal y a su relación con lo social.

La Sociología estudia lo que sucede a nivel de la sociedad, de las comunidades. La Psicología lo que sucede a nivel individual, es decir, los problemas, dificultades, traumas y vivencias de una persona. Lo que hace la Psicología Social es estudiar ese nivel intermedio entre ambas especialidades, es decir: problemáticas grupales, vinculares y comunicacionales a nivel del grupo de trabajo, familia, escuela, o cualquier ámbito donde aparezcan los grupos.

Si te interesa la Psicología, la Sociología o cualquier otra carrera asociada, se abre la posibilidad de cursar los 3 años de carrera aquí en nuestra Escuela y luego articular con Universidades para alcanzar, en unos años más, la licenciatura en Psicología.

Pichon y su discípula

Semblanza de Pichon (Texto de la Dra. Gladys Adamson)

Es una tarea compleja trazar una semblanza de un profesional como el Dr. Enrique Pichon Rivière. Soy consciente que se deslizará en ella mi afecto entrañable por él que se mantiene a través de los años, la admiración que me despierta su condición de genio anticipatorio, mis recuerdos de su energía infatigable, su presencia serena, reflexiva, su escucha incondicional, su carácter fuerte y obstinado cuando de sostener un deseo se trataba.

Conocí a Pichon Rivière en abril de 1967 cuando me inscribí como alumna en su Primera Escuela Privada de Psicología Social. Él fue el docente exclusivo de ese primer año multitudinario en plena dictadura de Onganía. Cursaba la Carrera de Psicología en Filosofía y Letras de la UBA y luego de "la noche de los bastones largos" todos los profesores habían renunciado y la Universidad había quedado vacía.

José Bleger -quien debía ser mi profesor en el cuatrimestre siguiente- ya no estaba, pero descubrí que era docente de la Escuela de Pichon Rivière y allí fui tras sus huellas. Encontré más de lo que esperaba ya que Pichon Rivière era su maestro.

En ese primer año me deslumbraron su posibilidad de articular conceptos teóricos de compleja abstracción con hechos de la vida cotidiana, la autonomía que otorgaba a cada uno en el proceso de formación a través de la técnica del Grupo Operativo, la libertad de palabra -tan escasa en esos momentos-, su rigurosidad al atenerse a los emergentes de la producción grupal que lo llevaba por momentos a repetir casi textualmente una clase ya dada por el nivel de dudas registradas. Su presencia constante en la Escuela, su afabilidad cuando se lo abordaba incluso en la mesa de un bar, su respuesta siempre dispuesta.

Siendo todavía alumna participé como observadora en un Seminario de psiquiatría que dictó en el Hospital Borda. Allí me impactó su capacidad de recepcionar serena y afablemente las múltiples demandas de los psicóticos que deambulaban por los pasillos y jardines del Hospicio: "una moneda", "un cigarrillo", "papá", etc. Pichón los dejaba acercarse, los tocaba, les pasaba un brazo sobre los hombros, les palmeaba la cabeza, abrazaba cariñosamente a "Coquito", un microcéfalo famoso en el Hospicio, y todo espontáneamente sin ningún tipo de aprensión, como cualquiera podría hacerlo con un grupo de jóvenes que se acercara a bromear. Era muy espontáneo y locuaz también en relación con su vida privada.

Tenía una extraordinaria capacidad de lectura de lo latente a partir de mínimos indicios. Un verano, en Gesell, fui a visitarlo a la casa donde residía. Bajé de mi auto y me acerqué caminando al porche de la casa donde estaba Pichón sentado en un sillón. Cuando me incliné para besarlo me dijo casi al oído: "a vos te pasó algo bueno". Me quedé sorprendida, pensando. La noche anterior había conocido a un hombre que me había gustado y que sería luego mi primera pareja después del divorcio.

Tenía una insólita capacidad para metaforizar. Vino a mi casa una primavera y al invitarlo a ver "los malvones que habían florecido en mi balcón" me dijo: “parecés una adolescente a quien le vino la menstruación”.

Pichon Rivière tenía un don por el cual era muy fácil entrar en transferencia con él. En una oportunidad lo invité a cenar. Hacía dos o tres semanas un coche había pisado a la perrita fox-terrier de mi hija mayor que en ese momento tendría tres años. Ella había llorado en un primer momento pero no había vuelto a hablar del hecho. Cuando entra Pichón a mi casa los presento, mi hija lo mira y le empieza a contar que su perrita se había soltado de la correa, que había corrido a la plaza y un coche la había pisado. Pichón la escuchaba atentamente.

Como Director de la Escuela estaba siempre dispuesto a acceder al pedido de supervisiones o consultas relativas a clases, análisis de crónicas grupales, etc.

En 1975, vísperas del golpe militar y de la dictadura sangrienta de Videla, Pichon fue amenazado por la Triple A (grupo paramilitar de ultraderecha que actuó, durante el gobierno de Isabel Perón, con el mismo estilo de los Grupos de Tareas del Ejército quienes durante el gobierno de facto secuestraron, hicieron desaparecer y mataron con total impunidad a miles de personas).

A través de llamados telefónicos (como solían hacerlo) le ordenaron cerrar la Escuela e irse del país. Pichon Rivière, criado en una cultura aguerrida como la guaraní de Corrientes, hizo caso omiso a la amenaza y la Escuela siguió abierta. Se juzgó, de todas maneras, que por precaución durante la noche no permaneciera en su departamento (la mayoría de los secuestros solían ser nocturnos). Como yo vivía con mi pequeña hija a dos cuadras de distancia, Ana Quiroga me consultó acerca de la posibilidad de que durmiera en mi departamento. Pichon Rivière estaría durante el día en su departamento trabajando y a la noche yo lo iría a buscar para llevarlo a cenar y luego a dormir hasta la mañana en que pasarían a buscarlo alrededor de las 9. Esto implicaba para mí, que estaba divorciada, separarme de mi hijita a quien no quería arriesgar y que por lo tanto iría a vivir temporariamente con su padre.

Los pocos días que conviví con él fueron agotadores. Nuestro itinerario solía ser, un poco más o menos, el siguiente: al caer la noche siempre tenía una conferencia, o un reportaje o una inauguración de plástica donde se esperaba su crítica, luego íbamos a cenar a Edelweis, su lugar favorito, a continuación a las librerías de la calle Corrientes, luego a un café y finalmente a recorrer Buenos Aires en auto: "llevame a tal calle de Belgrano, y luego a tal sitio y luego a otro y otro y otro". A mí me habían recomendado que tratara que Pichón se acostara temprano, pero cada vez que yo insinuaba que ya era hora de regresar él golpeaba el bastón contra el piso del auto y ordenaba ir a un nuevo sitio. A las cinco de la mañana llegábamos finalmente al departamento y me invitaba: "¿Vos no querías supervisar la clase sobre Narcisismo?", "Sí, Pichón, pero, ¿ahora?", "", y comenzábamos nuevamente. Me pedía libros de la biblioteca, consultábamos mitos griegos: "Leé". A las seis o seis y media de la mañana se iba a la cama, no sin antes recorrer la biblioteca y llevarse varios libros de los más variados temas. A las nueve lo pasaban a buscar y si bien era difícil levantarlo lo hacía, trabajaba todo el día y a la noche ¡vuelta a empezar!

Yo generalmente comenzaba mi día laboral a las ocho de la mañana. A los pocos días de convivencia, la energía arrolladora de Pichón (quien ya tenía casi setenta años) me hacía temer por mi salud, a lo que se sumaba que extrañaba enormemente la cotidianidad con mi hija, aún pequeña. Sucedió entonces que mi hermano menor se fue a trabajar a Brasil y su departamento quedó desocupado, por lo que lo ofrecí como hogar temporario de Pichón quien lo utilizó durante el tiempo que se juzgó prudencial.

Tenía mucho sentido del humor y una disposición lúdica a flor de piel. En una fiesta de cumpleaños (creo que mis 33 años) luego de bailar tangos y chamamés, el disc jockey puso la Marcha de San Lorenzo y Pichon en la pista parodió un desfile militar. La única foto que conservo junto a él fue la de esa fiesta, bailando juntos un tango. No nos preocupábamos por retener los momentos vividos con él a través de fotos. Tal vez, como dice Borges de Buenos Aires, "lo juzgábamos tan eterno como el sol y el aire".

En 1977 se le festejaron "Los primeros 70 años del maestro" en el Teatro Sha. Fue un evento multitudinario. El teatro estaba repleto. Pasaron al escenario, para rendirle homenaje, una diversidad de personas realmente notable: poetas, psiquiatras, psicólogos sociales, psicoanalistas, actores, comentaristas deportivos, compositores de tango, artistas plásticos; recibió telegramas y cartas desde el exterior que se leyeron por micrófono. Se interpretaron escenas de obras de teatro, se leyeron los Poemas de Maldoror del Conde de Lautréamont, actuaron conjuntos de música, actores recitaron poemas, hubo palabras de homenaje de sus múltiples alumnos, etc. Fue un hermoso acto que se desplegó cual inmenso y vivo collage con una intensidad y heterogeneidad que hacia honor a su estilo.

Recuerdo la escena final: Pichón, de pie, acodado en el escenario, mirando hacia la platea que ovacionaba y aplaudía interminablemente. Era la escena del hombre y su obra: su figura delgada, frágil ya, pero firme, sosteniendo de pie, receptivo, serenamente, lo que sus discípulos expresaban en su homenaje.

Todo el festejo tuvo la emoción de una despedida. Todos lo sabíamos. A los quince días moría.

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