Es un episodio breve en el que nos despertamos, o estamos a punto de dormirnos, y no podemos movernos ni hablar, aunque estemos conscientes. Asusta, pero no se considera peligrosa.
"La Pesadilla" (1781), de Johann Heinrich
Füssli (Foto: Wikipedia).
En 1781, el pintor suizo Johann Heinrich Füssli presentó en Londres un cuadro que causó sensación: "La pesadilla". En él, una mujer dormida yace boca arriba con un pequeño demonio sentado sobre su pecho, mientras una cabeza de caballo asoma entre las cortinas. Durante siglos, culturas de todo el mundo describieron escenas parecidas con nombres distintos: el íncubo europeo, la vieja bruja de algunas tradiciones anglosajonas, espíritus que oprimen el pecho en otras partes del mundo. Todas comparten los mismos ingredientes: alguien que se despierta, no puede moverse y siente una presencia amenazante.
Hoy sabemos que muchas de esas historias tienen una explicación más terrenal. La parálisis del sueño es un fenómeno bien documentado por la investigación del sueño y bastante más común de lo que se cree. Conocer qué ocurre en el cerebro durante esos segundos no elimina el susto, pero ayuda mucho a vivirlo con menos angustia y a saber cuándo conviene consultarlo con un profesional.
Durante la fase REM, la etapa en la que se producen los sueños más vívidos, el cuerpo entra en un estado de atonía: los músculos voluntarios se relajan casi por completo. Es un mecanismo útil, porque evita que representemos físicamente lo que soñamos. En la parálisis del sueño, ese estado se solapa con la vigilia: la mente se despierta, pero el cuerpo sigue unos instantes en modo REM. El Instituto de Neurología de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NINDS), explica en su guía sobre cómo funciona el sueño, sus fases y esta relajación muscular característica del REM. Es la misma fase en la que se concentran los sueños más vívidos, cuya posible función explica para qué sirven los sueños según la ciencia.
Las funciones automáticas, como la respiración y el latido del corazón, siguen funcionando con normalidad. La parálisis afecta a los músculos que movemos de forma voluntaria, no a los que mantienen las funciones vitales. Lo más característico es la sensación de estar despierto, ver la habitación y no poder movernos ni hablar. A eso se suman, con frecuencia, otras experiencias que hacen que el episodio resulte muy intenso.
Allan Cheyne y sus colaboradores ("Consciousness and Cognition", 1999) analizaron miles de relatos y agruparon estas experiencias en tres tipos:
• Sensación de presencia: la impresión de que hay alguien o algo en la habitación, a menudo vivido como amenazante.
• Presión en el pecho: la sensación de que algo nos oprime o nos dificulta respirar, junto con la idea de que nos ahogamos.
• Sensaciones de movimiento: flotar, caer, girar o sentir que salimos de nuestro propio cuerpo.
La explicación más aceptada es que la actividad onírica del REM se mezcla con la percepción real de la habitación, y eso ayudaría a entender por qué parecen tan creíbles: el escenario es nuestro cuarto, nuestra cama, la luz de siempre, y sobre él se superponen elementos propios del sueño. La sensación de ahogo no indica un problema respiratorio: no poder controlar a voluntad los músculos del pecho puede vivirse como falta de aire, aunque la respiración automática continúa.
¿Por qué ocurre la parálisis del sueño?
El mecanismo básico se conoce: un desajuste en la transición entre el sueño REM y la vigilia. Lo que no está tan claro es por qué este desajuste aparece en unas personas y en unos momentos más que en otros.
Una revisión sistemática de Dan Denis, Christopher French y Alice Gregory ("Sleep Medicine Reviews", 2018) recopiló los factores que se han asociado con la parálisis del sueño. Entre los más consistentes estaban:
• Dormir poco o mal, y tener horarios irregulares, como ocurre con los turnos de trabajo o el desfase horario.
• El estrés y haber vivido experiencias traumáticas.
• Algunos síntomas de ansiedad y otras dificultades emocionales.
• Otras dificultades del sueño, como el insomnio o la somnolencia diurna excesiva.
• Algunos factores relacionados con el consumo de sustancias.
Dormir boca arriba también se ha relacionado con más episodios en varios estudios. Se trata de asociaciones, no de causas demostradas: no significa que cualquiera de estos factores provoque por sí solo un episodio.
¿A cuántas personas les pasa?
Es más frecuente de lo que se suele pensar. Una revisión de Brian Sharpless y Jacques Barber ("Sleep Medicine Reviews", 2011), que reunió estudios con más de 36.000 participantes, estimó que alrededor del 7,6 % de la población general ha tenido al menos un episodio a lo largo de su vida. En estudiantes la cifra subía al 28,3 %, y en personas atendidas por dificultades psicológicas, al 31,9 %.
Estas cifras corrigen una idea que circula a menudo, la de que la mayoría de la población la experimentará. Lo que sí parece claro es que un episodio aislado es relativamente común y no indica, por sí mismo, ningún problema de salud.
¿Es peligrosa la parálisis del sueño?
En general, no. La parálisis del sueño no daña el cuerpo, no impide respirar y termina sola en poco tiempo. Su principal efecto es el miedo que genera, sobre todo la primera vez o cuando no sabemos qué está ocurriendo.
Ese miedo, sin embargo, no es un detalle menor. Algunas personas desarrollan temor a irse a dormir o se despiertan con ansiedad, lo que a su vez empeora el descanso y puede favorecer nuevos episodios. La Sleep Foundation recoge en su guía sobre la parálisis del sueño esta misma idea: el episodio no es dañino, pero cuando es frecuente puede afectar al bienestar general.
¿Qué se puede hacer durante y después de un episodio?
No hay una técnica que funcione para todo el mundo, pero algunas pautas ayudan a vivirlo con menos angustia:
• Recordar lo que está pasando: es nuestro cuerpo en fase REM, va a pasar en poco tiempo y no corremos peligro.
• No luchemos contra la parálisis: intentar movernos con todas nuestras fuerzas suele aumentar la angustia.
• Centrarnos en algo pequeño: mover un dedo de la mano o del pie, o los ojos, a veces ayuda a salir del episodio.
• Respirar despacio: aunque sintamos presión, la respiración automática sigue funcionando.
• Al terminar el episodio: caminemos un momento o encendamos la luz si lo necesitamos antes de volver a dormir.
Para prevenir nuevos episodios, lo más útil es cuidar el descanso: dormir las horas suficientes, mantener horarios regulares y reducir el estrés antes de acostarnos. No hay que confundir la parálisis del sueño con soñar que no podemos movernos o correr, una experiencia que ocurre dentro del sueño y que tiene su propia explicación.
(Fuente: psicologiaymente.com / varios / redacción propia)
