(Foto: Noppadol Buaroey / Shutterstock).
Ropa de seguridad y señales de peligro
Las células de nuestra retina tienen un máximo de sensibilidad al brillo justo en la zona del espectro visible frontera entre el verde y el amarillo. Por eso utilizamos esta tonalidad en los chalecos reflectantes, la ropa de seguridad y las señales de peligro.
Pero esa capacidad de llamar la atención viene de mucho más atrás. La humanidad ha hecho uso de ella durante miles de años. Sin ir más lejos, en la Cueva de Blombos, en Sudáfrica, se han hallado restos de ocre procesados de al menos cien mil años de antigüedad.
En la búsqueda del amarillo, sin embargo, Oriente y Occidente siguieron estrategias distintas. En los amarillos orientales predominaron los que procedían de lo vivo: el azafrán persa, la cúrcuma india y la gomaguta extraída de los árboles de la familia de las gutíferas, originarios del sudeste asiático. En los occidentales, en cambio, el predominio era mineral e iba del oropimente al cromo y al cadmio.
Actualmente predominan los pigmentos de síntesis en todo el mundo. Incluso el ocre, el pigmento milenario a base de óxido de hierro que se extraía de la tierra, se sintetiza hoy de manera industrial.
Para los muy quimiofóbicos digamos que esto, lejos de ser un inconveniente, supone una enorme ventaja, porque la obtención industrial es más barata y permite obtener un pigmento que es más uniforme y de color más duradero.
Y alguien dirá: "Ok, pero seguro que es más tóxico porque es artificial". Pero no es así, porque la toxicidad no deriva del origen sino de la composición química. Y, como ya dijo Paracelso hace cientos de años, "sólo la dosis hace al veneno".
Arsénico en las tumbas de los faraones egipcios
Valgan como ejemplos dos pigmentos naturales: el oropimente y la gomaguta. El primero de ellos, de un color amarillo brillante semejante al del oro, vino de Oriente y durante años fue utilizado profusamente, por ejemplo en las tumbas de los faraones egipcios como la de Tutankamón. Este pigmento es un sulfuro de arsénico y, como su composición indica, resulta altamente venenoso. De hecho, su uso está prohibido en la actualidad. Si hoy en día un pintor quisiese reproducir ese dorado cálido y semitransparente sin arsénico, la industria le ofrece varias alternativas sintéticas de naturaleza orgánica.
Para el color opaco, mejor usar un compuesto inorgánico, el vanadato de bismuto, que además ofrece unas interesantes aplicaciones tecnológicas; concretamente, en catálisis, "rompiendo" agua con luz solar para generar hidrógeno que pueda servir como combustible limpio. Esta interesante propiedad tiene el mismo origen que su color: deriva de que el pigmento es fotoactivo, es decir, reacciona con la luz. Y lo que en una lata de pintura conviene controlar para que no se estropee, en la fotocatálisis es la propiedad más deseada.
En cuanto a nuestro otro amarillo, la gomaguta, de origen vegetal, también es tóxico y tiene un potente efecto diarreico que, dependiendo de la dosis, puede ser mortal. Esto provocó su retirada como pigmento. Pero el ácido gambógico, su ingrediente principal, encontró otra aplicación en la investigación oncológica, ya que produce apoptosis -muerte inducida o "suicidio"- en células tumorales.
La cúrcuma no es pigmento, sino colorante
Una historia bien distinta es la de la cúrcuma, que no es un pigmento, sino un colorante. Como la curcumina es soluble en agua, es muy apreciada para teñir de amarillo la comida. Para poder usarla en pintura hay que fijarla sobre un sustrato inerte para fabricar una laca, o aplicarla directamente como aguada o veladura transparente. Eso condiciona todos sus usos: sirve para teñir, velar y bañar, no para cubrir.
Junto con la gualda y raramente el azafrán, debido a su elevadísimo precio, se utilizaba para la iluminación de manuscritos tanto en Oriente como en Occidente. Se aplicaba sobre hojas de estaño o plata para simular el dorado, o bajo el pan de oro para potenciar su efecto.
La cúrcuma también es capaz de teñir el algodón sin necesidad de mordiente, lo que disparó su uso en la industria textil. Además, tiene la capacidad de cambiar con el pH y con la luz, un aparente "inconveniente" en los usos artísticos clásicos que a John Herschel le sirvió en el siglo XIX para inventar la antotipia. Este nombre hace alusión a una técnica fotográfica que consiste en impregnar un papel con una disolución del colorante, cubrirlo con un negativo y exponerlo a la luz. Así, las zonas expuestas se blanquean y se obtiene una imagen fotográfica.
Ciertamente la cúrcuma no es tóxica -su inestabilidad le otorga una bajísima biodisponibilidad- pero tampoco es ese antiinflamatorio "bueno para todo" que muchos venden, ya que por el momento no existe evidencia científica sólida de sus propiedades beneficiosas. Aunque no dejemos de reconocer su valor gastronómico.
(Fuente: The Conversation / varios / redacción propia)
