En su flamante trabajo, "Los años locos en la Argentina", el escritor e historiador retrata la década del 20, aquel "tiempo de creer que todo era posible". Pero "fue demasiado", asegura. Ya disponible en librerías, al final de este post es posible obtenerlo en formato digital.
(Foto: composición propia).
"El vértigo de los años veinte revolucionó todo". Hace unos años, recorriendo hemerotecas, archivos y expedientes ("Lo más fascinante que tiene nuestro trabajo", aclara), Daniel Balmaceda se encontró con una noticia. A veces piensa que la noticia lo encontró a él. "En 1928, una mujer se sentó a tomar café en un bar de la Avenida de Mayo vestida de amazona, es decir, con pantalones. Lo decían así porque mujer y pantalones no iban juntas", pone en contexto.
El diario Crítica tituló así: "En plena Av. de Mayo una dama fue silbada por vestir de amazona". Fue en la confitería del Hotel París el 31 de marzo en las vísperas de las elecciones presidenciales que le darían a Hipólito Yrigoyen su segundo mandato. Balmaceda recuerda cuando descubrió la noticia y lo vuelve a invadir la fascinación. Ésta y muchas otras historias se encuentran en el libro "Los años locos en la Argentina", editado por Sudamericana.
Viajar en el tiempo
Con la voracidad que caracteriza a un bestseller, Balmaceda tiene una obra larguísima que va de Manuel Belgrano a la historia de la cocina, pasando por el origen de las palabras y la ficción. Su verdadero interés por la investigación radica en los episodios extravagantes, ya sean grandilocuentes o imperceptibles. Los años veinte lo son. En el libro habla de "la década sin límites", de "la década del asombro". "Era el tiempo de creer que todo era posible", escribe este historiador y periodista de 64 años.
Daniel Balmaceda: "La historia es clave en
momentos de crisis, algo muy firme donde podemos aferrarnos"
(Foto: Alejandra López).
Los dos grandes actores de la década
Hay dos grandes actores en esta década. Por un lado, las mujeres. "El punto central o medular de los años veinte es la mujer, que en la época de la Gran Guerra ocupó los espacios productivos en Europa y ya no quisieron dar marcha atrás", sentencia Balmaceda. "Y esto también fue aprovechado por las sufragistas que venían hace mucho tiempo tratando de ganar un espacio: Alicia Moreau, Julieta Lanteri... había una gran corriente política. La mujer copó espacios de decisión, de entretenimiento, de acción".
Imagen coloreada de Buenos Aires en los años veinte
(Foto: Archivo General de la Nación).
Por otro lado están los jóvenes. "La juventud comenzó a tener entidad", asegura. "Empezaron a ser considerados como un grupo social al que había que ofrecerle actividades y posibilidades. Antes eran más bien un apéndice de la familia o un grupo acotado de estudiantes universitarios. Recién con los años veinte tienen una entidad propia. Eso se vio con mucha claridad en los tipos de programas que se organizaban: picnics, salidas, fiestas en casas. Y aparecen en el consumo y en las publicidades de aquel tiempo".
Imposible no contraponerlo el presente. Hay que hacerlo. ¿En qué se parecen los jóvenes de aquel ayer y de hoy? "La juventud de los años veinte era aventurera, muy rebelde. Hubo una distancia muy grande respecto de sus padres, tan conservadores, hijos de la belle époque. Fue un contraste muy, muy grande. A cien años de distancia... sí, efectivamente los jóvenes todavía están un poco adormecidos, más de la onda belle époque, que la pasaban bien, pero no tomaban una bandera e iban para adelante".
"Los cambios tecnológicos que estamos viviendo van a tener una influencia muy grande y van a generar un cambio muy fuerte, principalmente en la juventud. Ellos son a los que les va a tocar jugar en los próximos años", vaticina.
"Por esos días una tía de Victoria Ocampo llegó
escandalizada a su casa: había visto a Victorita manejar en
mangas de camisa", escribe Balmaceda (Foto: Archivo
General de la Nación).
La mirada puede ser idílica pero la Argentina de entonces era profundamente desigual. No sólo en Buenos Aires, en todo el país. Balmaceda pone un pero: "Las oleadas de inmigrantes, desde 1870, empezaban a estabilizarse. Eso permitió que fueran vistos también de otra manera. El inmigrante ya estaba insertado en la sociedad con espacios propios de acción, sobre todo como consumidores".
El consumo toma otro desarrollo con la aparición del crédito y la venta en cuotas. "Nunca se había dado esa posibilidad. Por supuesto que no eran los bancos los que daban las cuotas, sino las casas, los negocios, las grandes tiendas. Entonces, vos comprabas todo en cuotas. Ese gran cambio de la venta en cuotas hizo que estallara el consumo. Y ahí se equipararon mucho no sólo compras importantes, sino actividades, viajes y el turismo, algo absolutamente vedado un poco más atrás", cuenta.
En ese consumo la identidad nacional florece y el entretenimiento trasciende el límite localista. "En 1923 tuvimos el primer gran ídolo deportivo argentino. Dejó de estar acotado a una elite ni a las principales ciudades o a Buenos Aires. Estamos hablando de Luis Ángel Firpo, un boxeador que en 1923 fue a disputarle la corona al campeón de Estados Unidos Jack Dempsey. Nunca jamás se había visto semejante devoción hacia un deportista. Estaba representando nuestros colores", asegura Balmaceda.
Tapa de la revista deportiva "El Grafico" de
1923: Luis Angel Firpo en la previa de la pelea con Jack
Dempsey. "El primer gran ídolo popular", dice Balmaceda
(Foto: Archivo General de la Nación).
Fin de fiesta
No, no todo es para siempre. "Bajo ese entusiasmo infinito, se gestaba una fragilidad peligrosa", escribe el autor en este trabajo. "El mismo sistema que impulsaba la prosperidad -la producción en masa, el crédito, la fiebre especulativa- albergaba la semilla del colapso. Nadie parecía advertirlo: el futuro brillaba demasiado", se lee en el libro. Una suerte de fin de fiesta, de gran resaca. El crack del 29 bajó como una cascada desde el norte y se abrieron las puertas a la década infame.
Balmaceda recapitula: "En los años veinte aparecieron nuevas modas, hasta los perfumes se democratizaron, la mujer copó la calle con automóviles, la música comenzó a llegar de manera portátil a través de la vitrola o de la radio. Era todo mágico en ese momento. Todos esos cambios, todo ese vértigo... Buenos Aires se convirtió en un polo de atracción. Comenzamos a tener visitantes ilustres, entre ellos Albert Einstein. Todo ese vértigo fue demasiado para las posibilidades, no argentinas, sino mundiales".
Sin embargo, Balmaceda sostiene en el libro que "vale la pena volver a aquellos años: a esa Buenos Aires que creyó que todo era posible, que se hamacó sobre el filo del tiempo sin sospechar el riesgo del abismo". Ahora, asegura que "la historia es clave en momentos de crisis porque cuando empezamos a tambalearnos y necesitamos aferrarnos a algo. Y la historia es algo muy firme donde podemos aferrarnos".
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(Fuente: bajalibros.com / varios / redacción propia)




