martes, 7 de abril de 2026

Leamos a una pluma en su momento no suficientemente reconocida: poniendo luz sobre Silvina Ocampo

Injustamente opacada por las figuras de, entre otros, su esposo Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, los años pusieron las cosas en su lugar y hoy es considerada una de las escritoras más importantes de la literatura argentina del siglo XX. Estas cinco obras suyas que hoy recomendamos se encuentran disponibles en librerías y se pueden descargar en formato digital desde este mismo post.

 

(Foto: composición propia).

Silvina Inocencia María Ocampo nació el 28 de julio de 1903 en la casa familiar de Viamonte 550, en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Fue la menor de seis hermanas de una de las familias más ricas y tradicionales de la Argentina. Fue educada con institutrices inglesas y francesas en su propio hogar, por lo que aprendió primero a hablar y a escribir en esos idiomas antes que en castellano. Su infancia la pasaba entre el caserón de la ciudad, la mansión Villa Ocampo en el partido bonaerense de San Isidro, los campos familiares de Pergamino en la provincia de Buenos Aires y la estancia Villa Allende, en la provincia de Córdoba. También, una vez por año, la familia viajaba a París acompañada de sirvientes y llevaban una vaca arriba del barco para que pudieran tomar leche fresca.

A los 26 años, Ocampo se fue a estudiar dibujo y pintura a París. En la capital francesa se unió al Grupo de París: artistas plásticos argentinos que se habían ido a establecer allí durante la segunda década del siglo XX. Entre ellos estaban: Norah Borgues, Raquel Forner, Lino Spilimbergo, Horacio Butler y Xul Solar. Durante su estadía en ciudad europea, Silvina tomó clases con el pintor italiano Giorgio de Chirico, fundador de la escuela metafísica, y con el francés Fernand Léger, figura del cubismo. Aunque en sus dos casas de Buenos Aires siempre tuvo un atelier, más tarde abandonó las artes plásticas para dedicarse a la literatura.

Una vez de regreso en Buenos Aires, conoce (o se reencuentra, el inicio de la relación no está claro) con Adolfo Bioy Casares, otro hijo de la clase alta argentina. La familia poseía grandes estancias y además era dueña de la empresa láctea La Martona, sin embargo a este hijo de terratenientes  no le interesaba ni tenía ninguna habilidad –según él mismo confesaba– para administrar los campos de la familia. Su principal interés era la literatura. Y las mujeres.

Silvina y "Adolfito", como le decían para diferenciarlo de su padre con el mismo nombre, se fueron a vivir a la estancia Rincón Viejo, propiedad de la familia de Adolfito, en la localidad de Pardo, partido de Las Flores, en la provincia de Buenos Aires. La pareja vivió allí entre 1934 y 1940, inmune a dos hechos que podrían haber sido considerados escandalosos: no estaban casados y ella era once años más grande que él. Ambos lo recuerdan como una época feliz.

Ese período fue importante para los dos, ya que por un lado, Adolfo abandonó la carrera de abogacía y se dedicó de lleno a la literatura, cuya consagración se daría en 1940 con la publicación de "La invención de Morel". Y por otro, según Aldolfo, fue el campo donde Silvina dejó el dibujo y la pintura y empezó a escribir. Quizás fue el lugar donde escribió los cuentos de su primer libro, "Viaje olvidado", que publicó en 1937.

La estancia Rincón Viejo también es muy significativa, ya que allí es donde se consolidó la amistad de Silvina y Bioy con Jorge Luis Borges, que duró hasta la muerte del autor de "El Aleph".

El más común de los lugares comunes sobre Silvina Ocampo es considerar que quedó a la sombra, oscurecida, empequeñecida por su hermana Victoria, Bioy y Borges. Que la opacaron. Pero es posible que la posición de Silvina haya sido más compleja. Quienes la admiran fervorosamente decretan que sin duda que fue ella quien eligió ese segundo plano. Dicen que desde allí podía controlar mejor aquello que deseaba controlar. Que nunca le interesó la vida pública sino, más bien, tener una vida privada libre y lo menos escrutada posible. Que, en definitiva, ella inventó su misterio para no tener que dar explicaciones.

La pareja contrajo matrimonio en 1940 y uno de los testigos del casamiento fue el propio Borges. Luego de un viaje de bodas un tanto excéntrico –viajar en casa rodante por todo el país con unos amigos, que terminó en fracaso y apenas llegó a Rosario y Córdoba­–, la pareja se instaló en Buenos Aires y el campo quedó sólo para unos días en verano. Desde entonces se los empezó a llamar "los Bioy". La vida de casados incluyó las innumerables infidelidades de él y rumores sobre presuntos romances de Silvina con otras mujeres.

Recibió, entre otros, el Premio Municipal de Literatura en 1954 y el Premio Nacional de Poesía en 1962, como así también la Beca Guggenheim. Murió a los 90 años, en Buenos Aires, el 14 de diciembre de 1993. Fue sepultada en la cripta familiar de los Ocampo en el cementerio de la Recoleta.

Las invitadas (1961)

(Foto: composición propia).

Los cuentos de este volumen son una ventana abierta a un mundo familiar y perturbador a la vez, donde la realidad más prosaica se desliza sutilmente hacia la irrealidad o hacia esa zona de lo real que pertenece a lo desconocido. Entremezclada con las frases donde relampaguea un humor rebelde, la ambigüedad está acentuada por la mirada inocente que la autora parece arrojar sobre los objetos y las personas que la rodean, como si los contemplara por primera vez. O como si los creara por el sólo hecho de nombrarlos.

En el relato que da título al libro, el pequeño Lucio mantiene encuentros clandestinos con siete misteriosas invitadas que representan los siete pecados capitales. En "El diario de Porfiria", una romántica institutriz inglesa es sometida a una perturbadora metamorfosis. En otro, cuarenta niños sordomudos, tras un accidente aéreo, se arrojan al abismo, provistos de alas, y desaparecen en el cielo. Con estos relatos únicos en la literatura argentina moderna, la imaginación rigurosa e incansable de Ocampo logra, en palabras de Julio Cortázar, "mostrarnos el cielo para precipitarnos en el infierno".

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La torre sin fin (1986)

(Foto: composición propia).

Luminoso ejercicio de imaginación, "La torre sin fin" narra una aventura cuyos desenlaces pertenecen al sueño, a las menos sospechadas regiones, climas y peripecias que los sueños habilitan. Leandro, el protagonista, se asoma al igual que las criaturas de Lewis Carroll -como Alicia, como Sylvia, como Bruno- a un aspecto fantástico de lo real que no niega la realidad.

Cada una de sus experiencias, que incluyen un enfrentamiento con el Diablo, es parte de una suerte de rito de pasaje de la niñez a la adolescencia, narrado con una prosa resplandeciente. El genio imprevisible de Ocampo compone así un relato -publicado casi secretamente en España en 1986 y desconocido en nuestro país hasta su primera reedición en 2007- en el que la sutileza perceptiva y la captación psicológica nos conducen paso a paso por un territorio y un tiempo legendario, inolvidable.

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Los días de la noche (1970)

(Foto: composición propia).

Es te trabajo reúne veintinueve relatos breves (uno de ellos narrado en verso libre), escritos a lo largo de la década de 1960 y publicados originariamente en volumen en 1970. En ellos se despliega, como en una versión rioplatense de "Las mil y una noches", el imaginario tumultuoso y elegíaco de Ocampo, donde coexisten las situaciones y los sentimientos más disímiles: vidas entreveradas de ficción, traiciones ardientes y venganzas gélidas, espejos o sueños que reflejan fantasmas de carne y hueso.

Pero también "lo quimérico y lo casero", en palabras de Borges, la calma imperturbable que precede un crimen atroz, las metamorfosis de hombres y de plantas o las biografías de todos los perros que tuvo la autora. Y siempre la infancia, con su delicada trama de complicidades secretas donde se entremezclan, inextricablemente, la inocencia y la crueldad.

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Cornelia frente al espejo (1988)

(Foto: composición propia).

Publicado por primera vez en España en 1988, "Cornelia frente al espejo" es el último libro que Ocampo entregó a la imprenta y es también el más libre. Lo integran cuentos en los que la pasión por narrar desborda lúdicamente los límites impuestos por las convenciones del género: tramas reducidas a diálogos inquietantes, un estilo que se libera de todo lastre narrativo y asume una rara intensidad lírica, personajes que mutan y puntos de vista que cambian dentro de un mismo relato.

Alejada de toda forma de disciplina literaria, la autora nos invita a regresar a un estado de inocencia sin acudir a lo naif, a reconstruir la sintaxis de los sueños sin recurrir al automatismo. Así, infancia y madurez, sueño y realidad, prosa y poesía borran sus fronteras en su voz inconfundible. En esta nueva edición, corregida mediante el cotejo con los manuscritos hallados en el archivo de la autora, se añaden versiones alternativas de dos de sus principales relatos, "Diálogos de Narcisa" y "Nos olvidaremos de nosotros".

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La promesa (2011)

(Foto: composición propia).

Es la ficción más extensa de Silvina Ocampo y a la que se dedicó, con intermitencias, durante unos 25 años. Una mujer se inclina sobre la baranda de un transatlántico para recoger un broche y cae accidentalmente por la borda. Mientras el barco se aleja, promete a Santa Rita, la "abogada de lo imposible", que si logra salvarse escribirá su autobiografía. Personas y lugares desfilan ante sus ojos formando un "diccionario de recuerdos" a menudo crueles o perturbadores, mientras el mar la rodea con toda su furia.

Poco a poco, la imaginación de la náufraga empieza a jugar con esas imágenes del pasado como si quisiera distraerla de los peligros que la acechan, hasta que las fronteras entre lo vivido y lo soñado se desdibujan en una narración que va tornándose cada vez más exuberante, más poética, a medida que se acerca el desenlace inevitable. Escrita a comienzos de la década de 1960 y sometida a varias reescrituras durante las décadas siguientes, esta novela fantasmagórica permaneció inédita en vida de su autora. Publicada por primera vez en 2011, deslumbra por su audacia formal, por las invenciones de su trama y por su prosa siempre inspirada.

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(Fuente: bajalibros.com / varios / redacción propia)